Capítulo 8 #2
Cada vez que alguien entraba en la redacción pronunciaba la misma frase. «Enhorabuena, Daniel».
Sonreía por educación, pero aquella palabra empezaba a resultarme incómoda. No sentía que hubiera conseguido nada. Lo único que había hecho era poner algo en marcha. Y ni siquiera estaba seguro de haberlo hecho yo.
Las redes sociales se ocuparon del resto.
Al principio aparecieron mensajes de lectores. «Gracias por no dejar caer esta historia en el olvido». «Ojalá más periodistas trabajaran así». «Por fin alguien hizo justicia».
Después fueron familiares de desaparecidos, personas que aseguraban conocer casos similares, hombres y mujeres que llevaban años esperando una llamada que nunca llegó. «No se olvide también de mi hija». «Mi hermano desapareció en 2004». «Nadie volvió a buscar a mi padre».
Cada mensaje terminaba pareciéndose al anterior. No buscaban una noticia. Buscaban esperanza.
Y aquello empezó a pesar mucho más que cualquier felicitación. Caí en la cuenta de que el artículo ya no pertenecía al periódico; tampoco a mí. Había pasado a ser de todas aquellas personas que seguían esperando una respuesta.
Al caer la tarde del segundo día me acerqué a la máquina del café. Necesitaba cinco minutos sin nadie alrededor.
Mientras esperaba a que cayeran las primeras gotas escuché a dos redactores hablando detrás de mí. No sabían que los estaba oyendo.
—Dicen que Rivas llevaba meses investigándolo.
—Pues ha tenido suerte.
Negué para mí mismo.
Suerte. Qué palabra tan extraña. Si supieran que todo había empezado porque un desconocido decidió sentarse frente a mí en una imprenta, que cada paso que daba parecía haber sido previsto por otra persona, probablemente pensarían que había perdido la cabeza.
Cogí el vaso de café. Ni siquiera recordaba haber echado azúcar.
Aquella tarde tuve la certeza de algo que me acompañaría durante el resto de la investigación. Ya no me inquietaban únicamente las personas que conocían mi nombre. Me preocupaban, sobre todo, las que parecían conocer mis siguientes pasos antes incluso de que yo los decidiera.
Desde que abrí la primera carpeta, deseé que llegara cuanto antes el entierro de Marta. Necesitaba despedirme de ella. Empezaba a sospechar que, a partir de ese momento, la historia dejaría de ser la suya para convertirse en la mía.
La enterramos dos días después.
La lluvia de las jornadas anteriores había desaparecido, pero el cielo seguía cubierto por una capa uniforme de nubes grises que apagaba los colores del cementerio. El ambiente olía a ciprés recién regado. Era uno de esos días en los que hasta el aire parecía pesar más de lo normal.
Llegué unos minutos antes de que comenzara la ceremonia. Había dudado hasta el último momento si debía asistir. No era familia. No era amigo. Ni siquiera había conocido a Marta. Solo era el periodista que había escrito sobre ella.
Aun así, sentía que no podía faltar.
Durante demasiados años, aquella mujer había sido para mí únicamente una fotografía archivada en un expediente, una imagen detenida en el tiempo, congelada mucho antes de que yo empezara siquiera a ejercer esta profesión.
Ahora iba a asistir a su verdadera despedida.
Me quedé junto al muro de piedra que rodeaba el recinto. Desde allí podía observar a los familiares sin invadir un dolor que no me pertenecía.
Algunos se abrazaban sin hablar. Otros caminaban mirando al suelo, como si después de tantos años todavía no supieran muy bien cómo debía afrontarse un funeral que había tardado casi dos décadas en celebrarse.
Vi llegar a dos policías. Después reconocí a uno de los inspectores que había llevado el caso en sus primeros años. Había envejecido, como todos. Me pregunté cuántas veces habría repasado aquel expediente antes de aceptar que probablemente nunca encontrarían a Marta.
Cuando llegó su madre, el murmullo se apagó. No fue por algo especial, es que todos comprendimos que aquella mujer llevaba dieciocho años preparándose para ese instante.
Avanzó despacio, sin ayuda, sujetando un pequeño ramo de flores blancas. No lloraba. Tampoco sonreía. Tenía el rostro de quienes ya han agotado todas las lágrimas posibles mucho antes del día del entierro.
Mientras se acercaba al féretro pensé en todas las veces que la había visto en archivos de televisión sosteniendo la fotografía de su hija delante de una cámara, repitiendo una y otra vez que solo quería saber dónde estaba.
Durante años había creído que aquella imagen hablaba de esperanza. Aquel día comprendí que hablaba de descanso.
La ceremonia fue breve. El sacerdote habló del tiempo, de la memoria y del consuelo.
Escuché algunas palabras, perdí otras. No era capaz de concentrarme.
Mi atención volvía una y otra vez al ataúd.
Pensaba en la carpeta, en la grabación, en aquel hombre que había sido capaz de esperar veinte años antes de mover una sola pieza.
Cuando el féretro comenzó a descender, el silencio se hizo absoluto. Escuché el roce de las cuerdas, la madera golpeando suavemente los laterales, la primera palada de tierra. Un niño preguntó en voz baja quién era aquella señora. Su padre no respondió. Simplemente, le acarició la cabeza.
Sentí un nudo en la garganta.
Había cubierto funerales antes, accidentes, homicidios, atentados… y siempre encontraba la distancia necesaria para escribir sobre ellos. Aquella mañana descubrí que la había perdido.
Esperé unos minutos antes de marcharme. No quería acercarme a la familia. No tenía derecho.
Fue la madre quien vino hacia mí. Caminaba sin prisa, sujetando todavía una fotografía gastada por los años. No nos dijimos nada durante un instante. Pensé que iba a preguntarme algo, o quizá a reprocharme haber devuelto a su hija a los titulares. En lugar de eso, solo dijo:
—Gracias.
Sentí que cualquier respuesta iba a sonar insuficiente.
—No estoy seguro de haber hecho tanto.
Negó muy despacio.
—Sí, lo ha hecho.
Bajó la mirada hacia la tumba.
—Durante dieciocho años no he sabido dónde dejarle flores. —Se le quebró un poco la voz, casi nada, algo que no le había ocurrido hasta entonces—. Ahora ya puedo venir a verla.
No fui capaz de responder. Comprendí que, mientras yo llevaba semanas intentando descubrir quién había matado a Marta, ella solo había necesitado un lugar donde seguir siendo su madre.
Bajó la mirada hacia la fotografía que aún sostenía entre las manos. Era la misma que había enseñado en decenas de entrevistas. Las esquinas estaban desgastadas. La sonrisa seguía siendo la de una chica de veinte años.
La observó unos segundos antes de volver a guardarla.
—Creo que ya no necesito llevarla siempre conmigo.
Se marchó sin esperar respuesta. Permanecí inmóvil, viendo cómo se alejaba.
En ese momento entendí que el hombre de la imprenta no solo había hecho aparecer a Marta, había cerrado una herida que llevaba veinte años abierta. Eso era lo verdaderamente inquietante.
—Rivas.
Reconocí la voz antes de girarme. Salcedo estaba apoyado junto a un coche sin distintivos, con las manos en los bolsillos y la americana desabrochada. Parecía más cansado que la última vez que lo había visto.
—Has hecho algo bueno —reconoció.
Lo miré con sorpresa.
—Pensaba que ibas a echarme la bronca —le dije mientras seguía caminando.
—Todavía estoy decidiendo si hacerlo.
Nos detuvimos junto a la hilera de cipreses. Desde allí podía verse la tumba de Marta. Su madre seguía de pie, completamente sola.
Salcedo también la observó.
—Ahora podrá empezar el duelo.
—¿Después de dieciocho años?
—Hay familias que nunca llegan a empezarlo. —Se quedó callado un momento—. Porque nunca tienen un final.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier informe.
—Hay algo que llevo dos días intentando entender —me dijo directamente—. La llamada anónima llegó unas horas después de publicarse tu artículo. El lugar era exacto, sin margen de error. Eso significa que alguien quería que encontráramos el cuerpo.
No hablaba como un policía, sino como alguien que llevaba tiempo buscando un patrón.
—¿Por qué ahora? —quise saber.
Negó, tomándose su tiempo.
—Esa es la pregunta equivocada. —Lo miré y él clavó los ojos en mí—. La correcta es por qué esperó a que tú escribieras ese artículo.
Sentí un escalofrío. Nunca me había planteado la investigación desde ese punto de vista. No era el hallazgo lo importante. Lo relevante era el momento.
Salcedo continuó hablando.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre un asesino impulsivo y uno inteligente?
—Negué con la cabeza—. El impulsivo mata cuando quiere.
—Sacó un mechero del bolsillo y comenzó a hacerlo girar entre los dedos—.
El inteligente mata cuando necesita hacerlo.
Y el realmente peligroso… es el que sabe esperar veinte años.
Toda una vida. —continuó—. He visto gente capaz de desaparecer durante años después de cometer un crimen.
Personas que no vuelven a llamar la atención, que no cometen errores, que simplemente esperan.
—¿Crees que estamos ante alguien así?
Me sostuvo la mirada.
—Eso es, precisamente, lo que me preocupa.
Miré hacia la tumba. El viento movía con suavidad las flores recién depositadas.
Antes de marcharse abrió la puerta del coche. Luego volvió a cerrarla. Se quedó mirándome unos segundos.
—Escúchame bien, Daniel. —Era la primera vez que pronunciaba mi nombre—. Si alguien consigue que tomes las decisiones que él había previsto, una a una, dejas de ser periodista.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿qué soy?
No respondió inmediatamente. Su expresión cambió. Era la de alguien que ya conocía la respuesta desde hacía mucho tiempo.
—La siguiente pieza.
Subió al coche. El motor arrancó. Yo permanecí quieto mientras desaparecía entre los cipreses.
Solo entonces comprendí lo que realmente había querido decirme.
Quizá el hombre de la imprenta nunca había necesitado esconderse. Le bastaba con decidir quién escribiría cada capítulo de su historia.