La obra perfecta Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Regresé a la redacción cuando el sol empezaba a caer sobre Madrid.

El ambiente seguía siendo el mismo que había dejado unas horas antes, aunque ahora se respiraba una euforia difícil de contener.

Las pantallas continuaban mostrando las cifras de audiencia, los teléfonos no dejaban de sonar y varias personas iban y venían por el pasillo con la prisa de quien siente que está viviendo uno de esos días que justifican una profesión.

Al cruzar la puerta, varias conversaciones se interrumpieron.

—Ahí está.

—¡El protagonista!

—Rivas, luego no te escapes, que nos debes una cerveza.

Se escucharon algunas risas. Sonreí por compromiso. Aquello era exactamente lo que había soñado durante años.

Nunca me había sentido tan lejos de disfrutarlo.

Claudia apareció con un folio lleno de anotaciones.

—Han vuelto a llamar de tres televisiones. También de una editorial. —Levantó otra hoja—. Y una revista quiere hacerte un reportaje.

Cogí las dos páginas. Las miré apenas un instante, y se las devolví.

—Recházalo todo.

—¿Todo?

—Absolutamente.

—Hace una semana habrías aceptado hasta la última entrevista.

Apoyé una mano sobre el respaldo de mi silla.

—Entonces pensaba que las historias terminaban cuando se publicaban.

—¿Y ahora?

Miré hacia la redacción. Todos seguían trabajando. Nadie parecía darse cuenta de que el caso acababa de cambiar para siempre.

—Ahora creo que algunas empiezan justo en ese momento.

Claudia se quedó callada unos segundos. Después sonrió con tristeza.

—No sé qué te ha pasado estos días.

—Yo, tampoco.

La puerta del despacho de Tomás se abrió.

—Daniel.

Entré detrás de él. La sala olía a café recién hecho y a papel de periódico. Sobre la mesa había varios ejemplares abiertos por distintas páginas, todos con marcas hechas a bolígrafo. Dejó uno frente a mí.

Durante años había imaginado cómo sería ver mi nombre asociado a una historia capaz de abrir informativos. Pensé que sentiría orgullo. Sin embargo, solo notaba una extraña responsabilidad.

—Nos llaman de la central —dijo mientras se sentaba—. Quieren republicar el reportaje. También ha llamado una agencia francesa.

No respondí.

—¿Me estás escuchando?

—Sí.

—Pues disimula un poco. —Intentó sonreír, pero no lo consiguió. Se inclinó hacia delante—. ¿Qué demonios ocurre?

No hablaba el director. Me preguntaba el hombre que llevaba años viéndome llegar el primero y marcharme el último.

Bajé la vista hacia el periódico.

—¿Alguna vez has tenido la sensación de que una historia te ha elegido a ti?

Tomás apoyó los codos sobre la mesa.

—Todas las buenas historias hacen eso.

Negué con la cabeza.

—No hablo de inspiración. Me refiero a manipulación.

Él dejó de sonreír. Fue la primera vez, desde que había empezado todo, en que le vi preocupación en los ojos.

—¿Hay algo que deba saber?

Durante un instante estuve a punto de contárselo. La imprenta. Las carpetas. Las grabaciones. Las llamadas. Todo.

Pero recordé las palabras de Salcedo: «Si alguien consigue que hagas exactamente lo que espera de ti…».

Aparté la mirada.

—No —mentí—. Solo estoy cansado.

Tomás no pareció convencido. Aun así, decidió respetar mi silencio.

—Vete a casa. Mañana seguiremos.

Lo miré sorprendido.

Acepté. Quizá era la primera decisión sensata que tomaba en todo el día.

El trayecto transcurrió como una sucesión de semáforos y calles que apenas fui consciente de recorrer.

Cuando abrí la puerta de casa, me recibió una quietud que me resultó casi extraña. Durante las últimas horas había vivido rodeado de teléfonos, voces, cámaras y titulares. Allí solo existía el zumbido del frigorífico y el leve tictac del reloj del salón.

Dejé las llaves sobre el aparador.

El teléfono vibró. Número oculto. No contesté. La llamada cesó. No volvió a repetirse.

Entré en el despacho.

Coloqué los expedientes sobre la mesa y saqué uno a uno los documentos del sobre: las fotografías, los recortes, los mapas y las notas mecanografiadas.

Los distribuí frente a mí con un orden que solo tenía sentido en mi cabeza.

Dejé la grabadora junto al ordenador y permanecí unos segundos observándolo todo.

Necesitaba verlo de una sola vez. Como si, al reunir todas aquellas piezas delante de mí, pudiera descubrir una conexión que hasta entonces se me hubiera escapado.

EXPEDIENTE I

MARTA CIFUENTES

Pasé la mano sobre la cubierta. Pensé en el entierro, en su madre, en aquella frase que seguía resonando dentro de mí. «Ahora ya puedo venir a verla».

Cerré la carpeta con cuidado. No como quien termina una investigación, sino como quien cierra una tumba.

Comprendí que la historia de Marta siempre había tenido un propósito diferente. Prepararme para la siguiente.

Mi mirada descendió hasta la carpeta que esperaba debajo.

EXPEDIENTE II

JULIÁN ORTEGA VIDAL

Le había asegurado a Laura que seguiría buscando respuestas; y a Salcedo, que no volvería a acercarme al caso sin avisarle.

Aquella noche supe que iba a romper una de las dos promesas. Todavía no sabía cuál.

Imaginé una vida distinta. Guardar las carpetas en un cajón. Volver al periódico al día siguiente. Escribir sobre política, sobre economía, sobre deportes si hacía falta. Historias que terminaran al cerrar la edición y no siguieran esperándome al volver a casa.

Sonreí con amargura. Sabía que eso ya era imposible.

Mi mirada fue hacia la grabadora, y en ese momento entendí el verdadero plan del hombre de la imprenta.

No quería que resolviera un asesinato. Quería enseñarme a mirar donde nadie más miraba.

Porque solo quien había recorrido el camino de Marta podía comprender lo que estaba a punto de leer sobre Julián Ortega.

Apoyé ambas manos sobre la carpeta. Respiré una última vez. Antes de llegar a la documentación de Julián, encontré una hoja separada del resto. En la parte superior pude leer el nombre de Marta.