Capítulo 8
El eco
La mañana siguiente empezó mucho antes de que sonara el despertador.
No había dormido más de tres horas.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la pantalla del ordenador con el cursor parpadeando después de pulsar Enviar.
Por un momento había sentido alivio. Después llegaron las dudas.
Y, cuando por fin conseguí conciliar el sueño, apareció una sensación todavía peor: la de haber puesto en marcha algo que ya no dependía de mí.
El teléfono empezó a vibrar antes de las siete. Lo ignoré. Volvió a sonar un minuto después; y otro.
Cuando salí de la ducha tenía siete llamadas perdidas y una docena de mensajes.
El primero era de Claudia: «Llámame en cuanto puedas»; el segundo, de Tomás: «Ven cuanto antes. Esto está siendo una locura». Los demás eran números que no conocía.
No respondí a ninguno.
Los autobuses avanzaban con dificultad entre el tráfico, la gente caminaba deprisa hacia el trabajo y los semáforos seguían marcando el ritmo de una mañana cualquiera mientras yo conducía hasta el periódico.
Era el único que tenía la certeza de que algo había cambiado durante la noche.
Nada más cruzar la puerta de la redacción comprendí que no me lo estaba imaginando.
Aquello era un hervidero. Los teléfonos sonaban sin descanso. Varias mesas estaban ocupadas por compañeros que hablaban al mismo tiempo. El equipo digital seguía las estadísticas de la web en una pantalla proyectada sobre la pared, donde las cifras aumentaban casi en tiempo real.
Al verme entrar, uno de los redactores levantó una mano.
—¡Ya era hora!
Otro me dio una palmada en el hombro al pasar.
—Menudo bombazo has montado.
Ni siquiera tuve tiempo de responder. Claudia apareció entre dos mesas sujetando una carpeta y un teléfono inalámbrico.
—¡Por fin! ¿Dónde estabas?
—Conduciendo.
—Llevamos buscándote desde primera hora.
Me puso el teléfono en la mano.
—Era una televisión. Les he dicho que llamarías cuando llegaras.
Se lo devolví.
—No voy a hacerlo.
Me miró sorprendida.
—¿Cómo que no?
Negué con la cabeza.
—No quiero entrevistas.
—Daniel, medio país está hablando del artículo.
Como si quisiera demostrarlo, señaló la pantalla donde aparecían las estadísticas. Las visitas seguían subiendo. Cada pocos segundos cambiaban las cifras. Nunca había visto algo parecido.
Tomás salió entonces de su despacho. Tenía el periódico doblado bajo el brazo y una sonrisa que hacía tiempo que no le veía.
—Ven conmigo.
Entré detrás de él. Dejó el ejemplar abierto sobre la mesa. Mi reportaje ocupaba cuatro páginas. La fotografía de Marta presidía la portada. Mi firma aparecía debajo del titular.
—Esto nos ha salvado la semana.
Levantó otro papel.
—Y esto.
Era una hoja llena de nombres, televisiones, radios, agencias, editoriales…
—Todos quieren hablar contigo.
Me encogí de hombros.
—Pues tendrán que esperar.
La sonrisa de Tomás desapareció ligeramente.
—¿No estás contento?
Tuve que pensar un poco.
—No lo sé.
—Llevas años persiguiendo una historia como esta. —Me observó mientras hablaba.
Bajé la vista hacia el periódico.
—No estoy seguro de haber sido yo quien la encontró.
Antes de que pudiera seguir, alguien golpeó la puerta.
—Tomás, pon la tele.
Los dos levantamos la vista. En la redacción empezaban a escucharse voces. Salimos del despacho.
Los periodistas se agrupaban frente a los televisores suspendidos del techo. La programación habitual acababa de interrumpirse. Un rótulo rojo ocupaba la parte inferior de la pantalla: «Última hora».
La presentadora hablaba con un gesto mucho más serio que unos segundos antes.
—La Policía Nacional acaba de confirmar el hallazgo de restos humanos en una zona boscosa situada a las afueras de Madrid. Aunque la investigación continúa abierta, fuentes cercanas al caso indican que podrían corresponder a una mujer desaparecida hace casi veinte años.
En la redacción dejaron de oírse los teléfonos. Nadie hablaba.
La imagen cambió. Cinta policial, agentes, un helicóptero sobrevolando el bosque… Después apareció una fotografía que yo conocía demasiado bien: Marta.
Sentí un nudo en el estómago.
La periodista continuó.
—Las primeras investigaciones apuntan a que los restos podrían pertenecer a Marta Cifuentes.
No escuché el resto. Todo el ruido de la redacción desapareció de golpe. Solo veía la imagen que había contemplado durante días mientras escribía el reportaje. La misma sonrisa. Los mismos ojos.
Ya no era una desaparecida. Era una víctima.
Noté que alguien me observaba. Giré la cabeza.
Tomás seguía mirándome; no con orgullo, sino con preocupación. Acababa de comprender que aquello había dejado de ser únicamente una gran historia periodística.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo. Lo saqué sin apartar la vista del televisor. Era el inspector Salcedo. Contesté.
—Rivas, supongo que ya has visto las noticias.
Por el tono de su voz, más apagada de lo habitual, comprendí que aquello solo era el principio.
Me alejé unos pasos del resto de la redacción. A mi alrededor volvían a sonar teléfonos y teclados, pero ya no distinguía ninguna conversación.
—Sí —respondí.
—Han confirmado la identidad hace menos de una hora.
En el televisor, la imagen aérea del bosque había dado paso a la fotografía de Marta. Debajo aparecía el rótulo que tantas veces había visto en otros casos: «Identificados los restos de Marta Cifuentes dieciocho años después».
Nunca imaginé que aquellas palabras pudieran producirme tan poco alivio.
—Necesitamos hablar. Te llamaré cuando termine todo esto —me avisó.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que deberías saber antes de que lo escuches por otro lado.
Noté cómo el pulso empezaba a acelerarse.
—¿Qué han encontrado?
—No voy a contártelo ahora.
Fruncí el ceño.
—¿Tiene que ver con Marta?
—Tiene que ver contigo.
Aquellas cuatro palabras me dejaron completamente inmóvil.
—¿Conmigo?
—Alguien hizo una llamada anónima pocas horas después de publicarse tu artículo. Y esa llamada condujo directamente hasta los restos.
No respondí.
Miré instintivamente hacia el ejemplar del periódico que seguía abierto sobre una mesa cercana. Mi firma ocupaba media página.
—¿Insinúas que fui yo?
—No —contestó sin vacilar—. Insinúo que alguien esperaba este resultado con precisión. ¿Puedes venir al mediodía?
—Sí.
—No vengas acompañado.
La llamada terminó sin despedidas. Permanecí unos segundos con el teléfono todavía pegado a la oreja hasta que la pantalla se apagó sola.
Desde que había conocido al hombre de la imprenta tuve la sensación de que ya no estaba siguiendo una investigación. Estaba caminando por un recorrido que otra persona había diseñado mucho antes de que yo apareciera.
Volví a mi mesa. Claudia hablaba con una emisora nacional. Tomás discutía con el equipo digital sobre la portada de la edición de tarde. Dos fotógrafos debatían cuál era la mejor imagen para abrir la web.
Todo el mundo tenía algo que hacer. Yo no era capaz de concentrarme en nada.
Abrí el portátil. Intenté releer el reportaje. No pasé de la tercera línea. Cerré el documento.
Pensé en hablar con Tomás.
Descartado. Le preocuparía el periódico, no yo.
La siguiente opción era Claudia.
Demasiado perspicaz. Acabaría haciéndome preguntas para las que todavía no tenía respuesta.
Entonces recordé a Paula.
Hacía meses que no hablábamos, quizá más. La última conversación había terminado como casi todas las anteriores: con silencios y la sensación de que ninguno de los dos sabía ya cómo acercarse al otro.
Saqué el teléfono. Busqué su contacto. «¿Qué voy a decirle? ¿Hola, Paula, creo que un asesino lleva semanas utilizándome para contar su historia?», dudé.
Sonaba ridículo. No obstante, era la explicación más cercana a la verdad que tenía.
Pulsé el botón. El tono comenzó a sonar. Uno. Dos. Tres. Saltó el buzón de voz. Cerré los ojos. Por un instante estuve a punto de colgar. No lo hice.
—Paula, soy yo.
Mi propia voz me sonó extraña, más cansada de lo que imaginaba.
Me quedé callado un momento. Había ensayado aquella conversación muchas veces. Ninguna se parecía a ese momento.
—No sé muy bien por qué te llamo —continué—. Supongo que porque eres la última persona con la que no necesito fingir que entiendo lo que está pasando. Si escuchas este mensaje, llámame cuando puedas.
Colgué.
Me quedé observando la pantalla unos segundos. No esperaba realmente que devolviera la llamada. Lo único que necesitaba era comprobar que todavía existía alguien perteneciente a la vida que tenía antes de aquella imprenta, antes de las carpetas, antes de Marta.
Abrí un documento en blanco. «Esta historia ya no es solo suya, también es mía», escribí. Leí la frase tres veces. No era una reflexión. Era una confesión.
Cerré el portátil sin guardar el documento. Todavía quería creer que existía una salida, que bastaría con entregar las carpetas a Salcedo, que todo volvería a ser como antes.
Sin embargo, mientras levantaba la vista hacia el reflejo de la redacción en los cristales de la ventana, empecé a entender algo que hasta entonces me había negado a aceptar. No estaba intentando resolver la historia del hombre de la imprenta, él llevaba semanas resolviendo la mía.
Comprendí esa verdad demasiado tarde.
Las siguientes cuarenta y ocho horas pasaron delante de mí como si pertenecieran a otra persona.
Dormía poco. Comía cuando alguien dejaba un café o un bocadillo sobre mi mesa. Y contestaba preguntas que empezaban a sonar todas igual: «¿Cómo llegó hasta la historia? ¿Por qué decidió reabrir el caso? ¿Cree que habrá nuevas detenciones?».
Respondía lo imprescindible. El resto del tiempo permanecía escribiendo, leyendo o fingiendo que hacía cualquiera de las dos cosas.
El periódico vivía una de esas semanas que los periodistas recuerdan durante años.
La edición digital batía récords de visitas cada pocas horas.
Los teléfonos no dejaban de sonar. Las cadenas nacionales pedían conexiones en directo.
Las radios querían entrevistas. Incluso la prensa extranjera solicitó permiso para reproducir parte del reportaje.