Capítulo 7 #2
—¿Hay algo que no me estés contando?
Tardé más de la cuenta en responder.
—Hay muchas cosas que todavía no entiendo.
—No te he preguntado eso.
—Todo lo que aparece en el artículo está comprobado.
—Tampoco te he preguntado eso.
Acercó una silla y se sentó a mi lado.
—Déjame leerlo.
Dudé antes de abrir de nuevo el documento. Tomás empezó a leer. No hizo comentarios ni corrigió el texto sobre la marcha como acostumbraba. Al principio avanzó deprisa. Después redujo el ritmo. En dos ocasiones regresó a un párrafo anterior.
Cuando terminó, permaneció mirando la última línea.
—¿Cuándo has aprendido a escribir así?
No supe si aquello era un elogio.
—Siempre he sabido.
Sonrió apenas.
—Entonces llevas muchos años esforzándote por ocultarlo.
Se quitó las gafas.
—Esto abre la edición de mañana.
—No he dicho que vayamos a publicarlo.
—Lo has escrito para publicarlo.
—Lo he escrito porque alguien tenía que hacerlo.
—Es lo mismo.
Negué con la cabeza.
—No. No lo es.
Dejó las gafas sobre la mesa.
—¿Qué te preocupa?
Miré el nombre de Marta en la primera línea.
—Que la historia no sea mía.
—Ninguna historia es nuestra.
—Esta puede pertenecerle a alguien que está esperando que yo la publique.
—No te entiendo.
—La familia puede sufrir —dije al final.
Tomás sostuvo mi mirada. Sabía que aquella no era toda la verdad.
—La familia lleva dieciocho años sufriendo.
—El artículo puede devolverles a los periodistas, las cámaras, las llamadas de desconocidos...
—Habla con la madre. Explícale lo que has escrito. Si ella se opone, lo detenemos.
Miré la hora.
Era demasiado tarde para llamar.
O quizá llevaba casi dos décadas siendo demasiado tarde.
Busqué el número y me levanté. Entré en una de las salas de reuniones y cerré la puerta.
La madre de Marta respondió al quinto tono. Su voz sonaba cansada.
—¿Sí?
—Soy Daniel Rivas. Cubrí la desaparición de su hija.
Hubo una pausa.
—El periodista. —Se acordaba de mí.
—Sí. Siento llamar tan tarde.
—A mi edad, todas las llamadas después de las diez son malas noticias.
No encontré una respuesta.
—He terminado un artículo sobre Marta.
—¿Ha descubierto algo?
Había tanta esperanza en aquella pregunta que me sentí incapaz de sostenerla.
—No. No sobre su desaparición.
—Entonces, ¿para qué sirve el artículo?
Miré a Tomás a través del cristal. Seguía esperando.
—Para que la gente recuerde quién era.
La mujer no respondió. Continué.
—No habla de sospechosos ni de teorías. Habla de ella. De las personas que la conocieron. De las cosas que le gustaban. Pero no quiero publicarlo sin que usted lo sepa.
—¿Ha escrito lo de la taza?
—Sí.
—Marta decía que esa grieta la hacía distinta.
—También he escrito eso.
Escuché una respiración entrecortada. Durante un instante temí haberla hecho llorar.
—Los primeros años —dijo al fin— venían periodistas todos los meses.
Después, en cada aniversario. Luego dejaron de venir.
Al principio me enfadaba. Pensaba que, si ellos dejaban de hablar de Marta, la policía también dejaría de buscarla.
Con el tiempo comprendí que el mundo no puede detenerse por una sola persona.
—No debería haber tenido que comprenderlo.
—El mundo solo se detiene para quien pierde a alguien, señor Rivas. Los demás siguen viviendo.
Cerré los ojos mientras ella seguía hablando.
—Es extraño, ¿sabe? Durante un tiempo parecía que Marta estaba en todas partes. En la televisión, en los periódicos, en las conversaciones de la gente… Después parecía que nunca hubiera existido.
—¿Quiere que lo publique?
No estaba segura.
—¿Usted cree que la gente recordará a mi hija?
—Sí.
—¿Aunque sea solo durante un día?
Pensé en el título del artículo.
—Creo que será más de un día.
La respuesta llegó casi en un susurro.
—Entonces, publíquelo.
Colgué el teléfono sin moverme. Seguí sosteniendo el móvil unos segundos, con la mirada perdida en el cristal de la sala de reuniones.
Al otro lado, Tomás seguía esperándome. Cuando regresé, no hizo ninguna pregunta. Bastó con mirarme para comprender la respuesta.
—¿Sí?
—Quiere que se publique.
Él respiró despacio y añadió:
—En ese caso, ya no queda ninguna decisión que tomar.
Volví a mi mesa. Abrí el documento por última vez.
No cambié una sola palabra. Añadí únicamente una nota para el equipo digital. «Programar para la edición de las siete de la mañana. Portada».
Pulsé Guardar; después, Enviar.
El archivo desapareció de la bandeja de salida.
No ocurrió absolutamente nada más.
La redacción seguía en calma, los fluorescentes continuaban zumbando sobre mi cabeza, y en la calle un autobús pasó frente a los ventanales y volvió a dejar el edificio sumido en la quietud.
Era extraño. Después de tantos días persiguiendo respuestas, el momento decisivo apenas había ocupado un segundo.
Cerré el ordenador. Mientras guardaba los papeles en la mochila volví a observar la fotografía de Marta antes de devolverla a la carpeta.
Ya no era únicamente la mujer que había desaparecido hacía dieciocho años. Era alguien cuya historia acababa de volver al mundo.
Apagué la luz de mi mesa. La planta estaba casi vacía. Solo el equipo de cierre permanecía junto a las pantallas donde empezaban a ordenarse las noticias del día siguiente.
Atravesé la redacción, ya casi desierta.
Nadie imaginaba que el artículo que acababa de enviar cambiaría mucho más que una portada.
Yo, tampoco.
Pero estaba convencido de que, en algún lugar de la ciudad, alguien esperaría a las siete de la mañana con la misma impaciencia que yo.
No para leer el artículo, sino para comprobar que había dado el primer paso exactamente cuando él había previsto.
Salí del edificio.
La noche de Madrid seguía siendo la misma. El aire era cálido. Los coches continuaban atravesando el paseo de la Castellana y las luces de los semáforos cambiaban de color con la indiferencia de cualquier jueves.
Todo parecía igual.
Y, sin embargo, tuve la certeza de que acababa de cruzar un límite del que ya no podría regresar.