Capítulo 7
Marta vuelve
El nombre de Marta permaneció solo en la pantalla durante varios minutos.
No pensé en titulares ni en entradillas. Escribí su nombre porque, después de tantos años convertido en una carpeta, una fotografía repetida y una fecha de desaparición, me pareció la única forma honesta de empezar.
El cursor parpadeaba al final de la línea, esperando que añadiera algo. Retiré las manos del teclado.
A mi alrededor, la redacción empezaba a vaciarse.
Los del turno de tarde recogían sus cosas mientras los responsables de la edición digital repasaban las últimas noticias del día.
Claudia discutía por teléfono con un concejal.
El olor del café recalentado se mezclaba con el de la comida que alguien había preparado unos minutos antes.
Todo seguía funcionando con la normalidad de siempre.
Solo aquella pantalla parecía pertenecer a otro lugar.
Extendí sobre la mesa algunos documentos. No saqué las fotografías tomadas desde el interior del coche ni la imagen del cuerpo con la cinta azul alrededor de la muñeca; tampoco el mapa, la copia del atestado o las páginas tituladas Elección .
Aquello no podía utilizarlo sin explicar de dónde lo había obtenido y sin admitir que un hombre había confesado ante mí un asesinato; y que, en lugar de acudir inmediatamente a la policía, había decidido seguir investigando.
Busqué entre las hojas que había reunido por mi cuenta.
Tenía fotografías de la infancia, de la ceremonia de graduación y una más reciente, pocos meses antes de desaparecer, en la que se veía a Marta sentada en la terraza de un restaurante junto a su madre. Las dos miraban a la cámara. Marta sonreía; su madre, no.
También estaban las transcripciones de las conversaciones que había mantenido con antiguos compañeros de trabajo, vecinos, familiares lejanos y una amiga de la universidad que ahora vivía en Bruselas.
Marta ordenaba los libros por el color del lomo, aunque insistía en que aquello no tenía ningún sentido.
Era incapaz de dormir con las puertas de los armarios abiertas.
Llegaba siempre cinco minutos antes y fingía que había sido por casualidad.
Guardaba las entradas de cine en una caja de zapatos.
Cuando se enfadaba, hablaba más despacio.
Detestaba las aceitunas. Le gustaban las tormentas.
Y llamaba a su madre todos los domingos, incluso cuando acababan de verse el sábado.
Nada de eso explicaba su desaparición, y precisamente por eso era importante.
Volví a colocar las manos sobre el teclado. Escribí una primera frase. La leí, la borré y probé con otra. También la eliminé.
Durante años había aprendido a empezar una noticia por lo esencial. Quién. Qué. Cuándo. Dónde.
Pero, en el caso de Marta, eso era precisamente lo que todo el mundo conocía: una mujer había salido de casa una mañana y nunca había regresado.
Eso no era lo que quería contar.
Miré otra vez su fotografía.
Entonces, empecé:
«Marta Cifuentes siempre llegaba cinco minutos antes.
Lo hacía cuando quedaba con sus amigas, cuando tenía una reunión de trabajo y cuando visitaba a su madre los domingos. Después fingía que había llegado por casualidad, como si la puntualidad fuera un defecto que necesitase ocultar.
Hace dieciocho años llegó tarde por primera vez.
Desde entonces, todos siguen esperándola».
Durante las dos horas siguientes, la redacción fue apagándose a mi alrededor. Primero se marcharon los redactores de Local; después, los fotógrafos.
Claudia pasó junto a mi mesa con el abrigo puesto. Se detuvo al verme escribir y observó los documentos extendidos.
—¿Has encontrado algo? —se interesó.
No aparté la vista de la pantalla.
—No lo sé.
—Llevas más de una hora sin insultar al ordenador. Eso suele ser buena señal.
—Estoy escribiendo sobre Marta Cifuentes.
Tardó en recordar el nombre.
—¿La desaparecida?
La miré. Durante dieciocho años, aquellas dos palabras habían sustituido a todo lo demás.
—Marta Cifuentes —repetí—. Estoy escribiendo sobre Marta Cifuentes.
Comprendió que no la estaba corrigiendo por precisión, sino por algo mucho más importante. Dejó el bolso sobre una silla y se acercó a la pantalla.
—¿Puedo?
Me aparté ligeramente.
Leyó los primeros párrafos sin hacer ningún comentario. Al terminar, volvió al principio y los releyó con más calma.
—¿De dónde has sacado todo esto?
—De personas que la conocieron.
—No me refiero a los datos. —Señaló la pantalla—. Parece que tú también la hubieras conocido.
Aquellas palabras me incomodaron más de lo que esperaba.
—No la conocí.
—Ya…
Recogió el bolso, pero antes de marcharse volvió a mirar la fotografía colocada junto al teclado.
—Termínalo.
—Todavía no sé si voy a publicarlo.
—Entonces, termínalo antes de decidirlo.
La vi alejarse hacia los ascensores.
Me quedé solo con la imagen de Marta, el documento abierto y el recuerdo de mi conversación con Salcedo: «Si vuelve a interesarse por Julián Ortega, llámeme antes».
El inspector había mencionado a Julián, no a Marta. Pero aquella advertencia parecía extenderse ahora a todo lo que hacía.
Había casos que solo parecían dormidos, y preguntas que podían despertar a quien llevaba mucho tiempo oculto.
Publicar aquel artículo significaba colocar de nuevo el nombre de Marta delante de miles de personas, despertar recuerdos, provocar llamadas, obligar a su familia a revivir los días en que los periodistas esperaban frente a su casa y las cámaras buscaban una declaración.
También significaba advertir al hombre de la imprenta que había aceptado el papel que me había reservado. El autor. La expresión apareció en mi cabeza con una claridad incómoda.
Una vez más, pensé en contarle todo al inspector.
También podía volver al periódico y fingir que nunca había encontrado aquella historia.
Cerraría el documento. Guardaría los expedientes.
Marta volvería al archivo y yo recuperaría una vida que todavía podía parecerse a la que tenía antes de recibir aquella primera carta.
Durante unos instantes, esa posibilidad me produjo alivio.
Hasta que volví a mirar la foto… No era la imagen de los carteles de búsqueda.
La joven estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de papeles de regalo, intentando colocarle un sombrero absurdo a un perro que parecía soportarlo con resignación.
En el reverso, su madre había escrito una fecha y una frase: «El cumpleaños en que se empeñó en que todos lleváramos sombrero».
Volví al teclado.
Mencioné la caja de entradas de cine y los libros ordenados por colores.
Conté que había querido ser profesora antes de estudiar Derecho y que, durante dos veranos, colaboró como voluntaria en una asociación que asesoraba a mujeres sin recursos.
Escribí que su madre todavía conservaba una taza con una grieta en el asa porque era la que Marta utilizaba cuando iba a desayunar a su casa.
No describí la habitación de su infancia como un santuario.
No hablé de una madre incapaz de aceptar la pérdida.
Expresé que hay personas que conservan ciertos objetos porque deshacerse de ellos sería admitir que nadie volverá a utilizarlos.
La historia fue creciendo sin que apenas me diera cuenta.
No incluí sospechosos, ni reconstrucciones morbosas, ni teorías sobre una fuga voluntaria, ni párrafos dedicados al coche encontrado junto a la estación.
La desaparición aparecía casi al final, como un hecho brutal que interrumpía una vida que hasta entonces había estado llena de pequeñas costumbres.
Cuando terminé, eran más de las once.
Leí el artículo completo. En la última parte había escrito: «Durante dieciocho años hemos preguntado qué le ocurrió a Marta Cifuentes».
La policía lo preguntó. Los periodistas lo preguntamos. Su familia continúa preguntándoselo cada mañana.
Marta no desapareció una sola vez. Lo hizo el día que no volvió a casa y todas las ocasiones en que dejamos de plantearnos quién había sido.
«Este artículo no puede devolverla, pero, mientras alguien recuerde su vida, y no únicamente su ausencia, no habrá desaparecido del todo», me dije.
A esa hora, el silencio de la redacción tenía un peso distinto. Solo quedaban encendidas las luces de unas pocas mesas, y los cristales devolvían el reflejo de un espacio demasiado amplio para una sola persona.
Moví el cursor hasta el botón de guardar. El archivo quedó registrado con un título provisional. Marta vuelve.
No sabía si aquello era un titular o un deseo.
Abrí el correo y escribí el nombre de Tomás en el destinatario. Adjunté el documento, pero no lo envié.
Durante varios minutos permanecí mirando la pantalla. Cada argumento a favor encontraba otro en contra.
El artículo no revelaba ninguna información confidencial. No mencionaba la fotografía del cadáver, el pendiente ni el lugar señalado en el mapa. Todo lo que había escrito procedía de entrevistas, archivos públicos y testimonios autorizados.
Podía publicarlo.
Sin embargo, no era la legalidad lo que me detenía. Era la intención.
Sabía que no había empezado aquel reportaje por iniciativa propia. El hombre de la imprenta había colocado el expediente delante de mí. Había elegido a Marta porque fue el primer caso en el que participé. Sabía que, tarde o temprano, dejaría de limitarme a comprobar datos.
Publicar significaba obedecer.
No publicar significaba abandonar a la mujer otra vez.
La puerta del despacho de dirección se abrió. Tomás apareció con la chaqueta colgada sobre un hombro y las gafas en la mano. Se sorprendió al encontrarme todavía allí.
—Creía que te habías marchado.
—Estoy terminando algo.
Se acercó a la mesa.
—¿Lo de Marta Cifuentes?
Lo miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Claudia me ha enviado un mensaje. Dice que estás escribiendo el mejor artículo de tu vida o sufriendo una crisis nerviosa. No ha sabido distinguirlo.
Cerré parcialmente la ventana del correo.
—No sé si quiero publicarlo.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué va a provocar.
—Los buenos artículos provocan cosas.
—No siempre cosas buenas.
Me observó unos segundos.