La obra perfecta Capítulo 6
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Capítulo 6

El autor

La ciudad había empezado a vaciarse cuando salí del barrio donde vivía Laura Ortega. El sol descendía lentamente sobre los edificios de ladrillo, proyectando sombras alargadas sobre las aceras.

Había ido buscando respuestas.

Regresaba con preguntas nuevas, no sobre la desaparición de Julián, sobre Julián.

Esa diferencia empezaba a cambiarlo todo. Ya no era capaz de mirar una desaparición de la misma forma. Detrás de cada nombre empezaba a descubrir una vida.

Laura me había hablado de un padre, no de una víctima.

Madrid seguía inmersa en la rutina de cualquier jueves: repartidores sorteando el tráfico, peatones cruzando con prisa, conductores impacientes…

miles de personas ocupadas en llegar a algún sitio.

Mientras, yo no conseguía apartar de la cabeza una frase que repetí varias veces para mis adentros: «Lo peor no fue que desapareciera.

Lo peor fue que, poco a poco, la gente dejó de preguntar por él».

Quizá aquella era la verdadera desaparición. No el día en que alguien dejaba de estar, el día en que los demás dejaban de recordarlo.

Aparqué frente al periódico. La redacción conservaba el bullicio habitual. Teléfonos, teclados, pantallas de televisión encendidas que nadie miraba.

Todo seguía igual. Tenía la sensación de que el único que había cambiado era yo.

Dejé la mochila junto a la mesa y encendí el ordenador. La pantalla apenas había terminado de arrancar cuando oí mi nombre.

—Daniel.

Alcé los ojos. Ana, la secretaria de dirección, se aproximó a mi mesa.

—Hay un inspector de policía esperándote en la sala de reuniones.

Tardé un instante en reaccionar.

—¿A mí?

Sentí una ligera presión en el estómago. No recordaba haber publicado nada que pudiera provocar aquella visita.

«Entonces, ¿quién le habrá hablado de mí?», pensé.

Cerré despacio la carpeta de Julián.

—¿Sigue ahí? —quise saber.

Ana señaló el pasillo.

—La última puerta.

El hombre permanecía de pie junto a la ventana. Americana gris. Camisa azul sin corbata. Cabello completamente canoso.

Era Salcedo.

Cuando entré, se volvió con una sonrisa breve.

—Señor Rivas, gracias por recibirme.

Cerré la puerta.

—Depende del motivo —dije con cautela.

—Respuesta prudente.

El inspector señaló una silla.

—¿Le importa que nos sentemos? Empiezo a tener una edad en la que las conversaciones largas se disfrutan más sentado.

Nos acomodamos frente a frente. Ninguno habló.

No era un silencio incómodo.

Era un silencio estudiado.

—Hace unos días recibí una llamada —anunció finalmente—. Alguien me comentó que un periodista estaba removiendo el pasado de Julián Ortega.

—Hacer preguntas no es un delito.

—Desde luego que no. —Salcedo sonrió—. Si lo fuera, media universidad tendría antecedentes.

—La tensión se relajó apenas un instante—.

Lo que despertó mi curiosidad no fueron las preguntas.

Julián Ortega desapareció hace dieciocho años.

Nunca fue un caso especialmente conocido.

Resulta llamativo que alguien decida interesarse precisamente ahora.

—Estoy preparando un trabajo sobre desapariciones sin resolver.

—Eso imaginé.

Otra pausa, la misma calma calculada de antes. Tuve la impresión de que aquel hombre obtenía más información esperando que preguntando, y comprendí que sabía bastante más de lo que imaginaba.

El inspector se inclinó ligeramente hacia delante.

—No me malinterprete. No estoy investigándole. Si hubiera querido hacerlo, esta conversación tendría lugar en una comisaría, no aquí. Solo intento entender por qué alguien decide dedicar tiempo a una persona desaparecida hace casi veinte años.

—Porque alguien debería recordarla —respondí sin pensar.

Salcedo permaneció inmóvil. Después se levantó y caminó hasta la ventana.

—¿Sabe cuál es el mayor problema de las desapariciones?

Que nunca terminan. Los expedientes se archivan; las familias, no.

Con los años aprendí que resolver un caso no siempre significa cerrarlo.

—La frase quedó suspendida en la sala—. No voy a pedirle que deje de investigar.

Sería inútil. Pero sí voy a pedirle un favor.

—¿Cuál?

—Si vuelve a interesarse por Julián Ortega, llámeme antes.

—¿Por qué?

El inspector frunció ligeramente el ceño, como si intentase recordar algo. Luego, su expresión recuperó la seriedad.

—Porque hay casos que parecen dormidos, pero no lo están —me aclaró.

Abrió la puerta. Antes de salir, añadió:

—Cuídese, señor Rivas. A veces la curiosidad encuentra respuestas. Otras veces encuentra personas que preferían seguir siendo preguntas.

Y cerró con suavidad.

Permanecí inmóvil unos segundos, con la vista fija en el cristal de la sala de reuniones. No intentaba recordar las palabras de Salcedo, las tenía demasiado presentes. Trataba de reconstruir la conversación.

Había entrado convencido de que un inspector quería hacerme unas preguntas, y salí con la sensación de haber respondido a muchas más de las que recordaba.

Volví a la redacción.

Todo seguía igual. Los teléfonos sonaban sin descanso, un redactor discutía un titular y varias pantallas de televisión emitían imágenes que nadie miraba.

Sobre mi mesa seguía descansando la carpeta de Julián Ortega. La observé unos segundos antes de volver a abrirla.

«Ha dicho que no me está investigando», me dije.

La frase volvió a mi cabeza. A veces una negación bastaba para sembrar la duda.

Hasta ese momento no me había planteado que alguien pudiera seguir mis pasos. Ahora ya no estaba tan seguro.

Abrí la carpeta. Las fotografías, las declaraciones y los recortes aparecieron en el mismo orden impecable de siempre.

Sin embargo, ya no los veía igual.

Aquellos documentos no solo hablaban de una desaparición. Además, habían llevado a un inspector de Homicidios hasta la redacción de un periódico.

Demasiadas cosas empezaban a encajar como para seguir creyendo en la casualidad.

Cerré la carpeta. Aún no era el momento de Julián.

Abrí la de Marta. La fotografía ocupaba la primera página. Era una imagen tomada mucho antes de su desaparición, de convertirse en un expediente olvidado.

Permanecí un rato observándola, sin decir nada.

Recordé a su madre.

Giré la silla hacia el ordenador. Abrí un documento nuevo. El cursor comenzó a parpadear sobre la pantalla en blanco. Pensé durante unos segundos. Apoyé las manos sobre el teclado. Escribí un nombre: Marta Cifuentes .

Durante años había contado cómo terminan las historias. Aquella noche iba a intentar contar una desde el principio.