La obra perfecta Capítulo 5
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Capítulo 5

El Profesor

Atravesé la redacción con la mochila colgada del hombro, procurando no cruzarme con Tomás.

A aquella hora el periódico empezaba a entrar en la rutina frenética que precedía al cierre de la edición digital, y el ruido de los teléfonos mezclado con el de los teclados me permitió abandonar el edificio sin llamar la atención.

El aire de la calle resultó más cálido de lo que esperaba. Permanecí unos segundos junto al coche observando a la gente que caminaba por la acera. Todos andaban con la seguridad de quien sabe exactamente adónde va.

Yo no.

Apenas unas horas antes había buscado el cuerpo de una mujer desaparecida hacía casi dos décadas. Ahora llevaba en la mochila la vida de dos desconocidos reconstruida con una precisión que me costaba creer.

Arranqué el motor.

Mientras avanzaba entre el tráfico, la idea de acudir directamente a la policía regresó una y otra vez. Entregar las carpetas, explicar el origen del sobre y dejar que los investigadores hicieran su trabajo.

Algo seguía sin encajar.

No era desconfianza hacia las instituciones. Durante años había trabajado con inspectores y jueces suficientes para saber que la mayoría persiguen la verdad con los medios de que disponen.

La duda estaba en otra parte, en el hombre que lo había preparado todo.

Esperando ante un semáforo recordé el taller de imprenta, el olor a tinta y la calma con la que aquel desconocido parecía haber previsto cada paso. Nada en las carpetas parecía improvisado, eran el resultado de años de trabajo.

Alguien capaz de dedicar tanto tiempo a reconstruir dos vidas difícilmente dejaría al azar lo que ocurriría después.

Pensé en la carta.

No contenía amenazas, ni órdenes, ni una sola petición para que ocultara la información.

Simplemente daba por hecho que primero leería los expedientes.

Aquella certeza sobre mí me inquietaba más que cualquier advertencia.

Continué conduciendo hasta que los edificios de la comisaría aparecieron frente a mí.

Reduje la velocidad.

Bastaba con girar a la derecha y todo habría terminado.

Permanecí unos segundos con el intermitente puesto. Después seguí recto. No porque hubiera decidido ocultar nada, sino porque comprendí que antes necesitaba responder una pregunta: ¿Quién había sido realmente Julián Ortega Vidal?

El expediente describía una vida con un nivel de detalle extraordinario, y solo había una forma de saber si todo aquello era cierto.

Leí que Julián había dado clase durante más de treinta años en el Instituto Cervantes. Quizá allí encontrara la primera respuesta.

Giré en la siguiente rotonda.

Dejé de pensar en el hombre de la imprenta para concentrar toda mi atención en el profesor de Historia que había desaparecido dieciocho años atrás.

Empezaba a comprender que, si quería entender aquellos expedientes, antes debía conocer a las personas a las que se referían.

El instituto ocupaba un edificio de ladrillo visto levantado a finales de los años setenta. Tenía ese aspecto de los lugares que sobreviven a las reformas sin perder nunca del todo su identidad.

El patio comenzaba a llenarse de alumnos que aprovechaban el recreo. Algunos caminaban con la mochila colgada de un hombro; otros permanecían absortos frente al teléfono, ajenos al bullicio que los rodeaba.

Mientras atravesaba la verja principal pensé que el profesor había visto pasar por allí a varias generaciones de estudiantes. Muchos de los adolescentes que se encontraban allí ni siquiera habían nacido cuando él desapareció, pero seguían recorriendo los mismos pasillos.

Me identifiqué en conserjería y expliqué que preparaba un reportaje sobre desapariciones sin resolver.

Era una verdad a medias.

Las verdades a medias abren más puertas que las mentiras completas.

La conserje hizo una llamada y me pidió que esperara.

Pocos minutos después apareció una mujer de unos cincuenta años, cabello completamente blanco y unas gafas sujetas por un cordón azul.

—Soy Elena Ruiz, la directora. Me han dicho que quiere hablar sobre Julián.

Le estreché la mano.

—Daniel Rivas. Trabajo para La Crónica.

Su expresión cambió apenas un instante.

—Han pasado muchos años. Pensé que nadie volvería a interesarse por él.

La seguí por un pasillo decorado con fotografías de antiguas promociones y trabajos de los alumnos. Al fondo llegaba el sonido apagado de una clase de música.

Entramos en una pequeña sala de reuniones.

Sobre una estantería descansaba una fotografía del claustro tomada años atrás. Reconocí a Julián de inmediato. Era más joven que en la imagen del expediente. Sonreía con una naturalidad que ninguna de las imágenes posteriores conservaba.

Elena siguió mi mirada.

—Cumplía veinticinco años en el instituto. Nunca quiso homenajes, pero aquel día no consiguió escaparse.

—¿Cómo era?

La directora tardó unos segundos en responder.

—Era de esos profesores que consiguen que los alumnos escuchen sin levantar la voz. Empezaba a contar una historia y la clase dejaba de mirar el reloj.

Anoté dos palabras: contar historias.

—¿Tuvo problemas con alguien?

Negó con la cabeza.

—Nunca. Era reservado, pero jamás conflictivo. Llegaba antes que nadie y muchas veces se marchaba el último. Le gustaba quedarse en la biblioteca.

—¿Preparando las clases?

—Eso creíamos.

Los dos guardamos silencio

—¿Y ahora ya no lo cree?

Elena respiró despacio.

—Después de su desaparición revisamos todo lo que había dejado aquí. Encontramos apuntes, libros, cuadernos... y varias carpetas con notas sobre personas que no pertenecían al instituto. La policía se llevó varias cajas. —Hizo una pausa—. Y unas semanas después también vino un funcionario.

—¿Funcionario?

—Sí. Dijo que necesitaba revisar el expediente personal de Julián. Pensé que era un trámite. —Se encogió de hombros—. Nunca volvimos a saber de aquello.

Sentí cómo el bolígrafo se detenía entre los dedos.

—¿Qué clase de notas había en las carpetas?

—No llegué a leerlas. La policía se las llevó durante la investigación y nunca regresaron. Solo recuerdo que no parecían apuntes de Historia.

Aquello no figuraba en el expediente, era un dato completamente nuevo.

Cerré la libreta y me despedí.

—Gracias por su tiempo.

Elena asintió con una sonrisa cansada.

—Si necesita consultar algo más, la biblioteca sigue prácticamente igual que cuando Julián trabajaba aquí. Quizá encuentre alguna respuesta entre esos estantes.

Le estreché la mano una vez más y salí de la sala siguiendo las indicaciones que me había dado.

La biblioteca permanecía casi vacía, en un silencio que contrastaba con el bullicio del recreo.

Me acerqué al mostrador. Una mujer levantó la vista del ordenador.

—¿Puedo ayudarle?

Volví a presentarme y repetí la explicación. Cuando pronuncié el nombre de Julián Ortega dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Así que alguien vuelve a interesarse por él...

—¿Lo conocía?

Sonrió con melancolía.

—Compartimos esta biblioteca casi veinte años.

Miré alrededor. Resultaba difícil imaginar que aquel lugar despertara tanta dedicación en un profesor.

—La directora me ha dicho que pasaba aquí muchas horas.

—Más de las que necesitaba para preparar las clases. —Dudó unos segundos antes de continuar—. Al principio pensé que estaba escribiendo un libro.

—¿Llegó a decírselo?

—Nunca. Julián hablaba poco de sí mismo, pero siempre llevaba una libreta y tomaba notas constantemente. A veces observaba a los alumnos desde la ventana y escribía durante varios minutos; otras, copiaba frases que escuchaba al pasar.

—¿Frases de los alumnos?

—De cualquiera. —Sonrió, consciente de que sonaba extraño—.

Una vez le pregunté para qué servían aquellas notas.

Me respondió que la historia siempre se escribe desde los grandes acontecimientos y que, por culpa de eso, nadie presta atención a los pequeños detalles que explican quiénes somos de verdad.

Sentí un leve escalofrío. Aquella frase no parecía la respuesta de un profesor, sino de alguien que miraba el mundo de otra manera.

—¿Conserva alguna de esas libretas?

Negó con tristeza.

—La policía se llevó todo lo que había en su mesa. Nunca volvimos a verlo.

Salí de la biblioteca con una sensación inesperada. Había llegado buscando a un profesor desaparecido y empezaba a descubrir a un hombre mucho más complejo.

Introduje en el navegador la dirección que me había facilitado Elena. El trayecto apenas duró unos minutos.

Llegué a un bloque de viviendas construido a principios de los noventa en una zona tranquila de la ciudad.

Permanecí unos minutos dentro del coche observando el portal.

Durante toda la mañana había reconstruido a Julián Ortega a través de los recuerdos de quienes trabajaron con él.

Ahora iba a conocer la versión de quien lo había perdido.

Llamé al telefonillo.

—¿Sí?

—¿Laura Ortega?

—Sí. ¿Quién es?

—Me llamo Daniel Rivas. Soy periodista. Me gustaría hablar con usted sobre su padre.

Hubo una pausa breve. Después sonó el zumbido del timbre que abría el portal.

Subí hasta el tercer piso. Laura abrió la puerta antes de que llamara.

Tendría poco más de cuarenta años. Conservaba la mirada serena que había visto en las fotografías del expediente, aunque transmitía el cansancio de quien ha respondido demasiadas veces a las mismas preguntas.

—Pase.

El salón era pequeño y luminoso. Sobre un aparador descansaban varias fotografías familiares. En una de ellas aparecía Julián sosteniendo en brazos a una niña de unos cinco años.

—Esa soy yo —dijo mientras dejaba dos vasos de agua sobre la mesa.

Nos sentamos frente a frente.

—En el instituto me han dado su dirección. Estoy preparando un trabajo sobre desapariciones sin resolver…

Laura sonrió con amabilidad.

—No hace falta que busque una excusa.

La miré sin comprender.

—Reconozco esa forma de empezar una conversación.

La policía la utilizó muchas veces. También los periodistas.

—Bajó la vista—. Siempre terminaban haciendo las mismas preguntas.

Querían saber dónde estuvo mi padre el último día.

Qué ropa llevaba. Si tenía enemigos. Si debía dinero.

—Levantó la cabeza—. Nunca nadie me preguntó cómo era.

No respondí. Saqué la libreta, pero volví a guardarla.

—Entonces, empecemos por ahí —sugerí.

Sonrió de verdad.

—Mi padre escuchaba más de lo que hablaba. Decía que las personas siempre terminan contándote quiénes son aunque no se den cuenta. Solo hay que tener paciencia.

No quise interrumpirla.

Laura desapareció por el pasillo y regresó con una pequeña caja de madera. La abrió sobre la mesa. Dentro había un reloj, unas gafas, varias plumas estilográficas, una cartera de cuero muy gastada y una libreta negra de tapas duras.

Mi mirada se detuvo en ella.

—No se preocupe. Esa no fue una de las que se llevó la policía. —La sostuvo unos segundos entre las manos—. La encontró mi madre meses después, escondida entre unos libros. Nunca entendimos por qué la ocultó.

Me la ofreció.

La cogí con cuidado. Era el primer objeto de Julián Ortega que veía. Y, por alguna razón, aquella libreta me imponía más respeto que todos los expedientes de mi mochila. La guardé para examinarla después.

Cuando salí de su casa la tarde empezaba a caer.

Detrás de una de aquellas ventanas quedaba una mujer que llevaba dieciocho años respondiendo siempre a las mismas preguntas. «¿Cuándo desapareció? ¿Dónde lo vieron por última vez? ¿Tenía enemigos?».

Yo mismo había formulado aquellas cuestiones decenas de veces. Nunca me había detenido a pensar en todo lo que quedaba fuera de ellas.

Entré en el coche.

Conduje despacio mientras recordaba la conversación con Laura; no las fechas ni los lugares, sino la forma en que hablaba de su padre: las pequeñas costumbres, los silencios, los detalles que solo conserva quien ha querido de verdad a alguien.

Detuve el coche junto a un parque. Una niña enseñaba a montar en bicicleta a su hermano pequeño. El niño caía. Ella volvía a levantarlo. Ninguno parecía tener prisa.

Pensé en Marta; después, en Julián.

Intenté recordar cuántas víctimas había convertido en noticia durante todos aquellos años. Sabía casi siempre cómo habían muerto, dónde, quién encontró el cuerpo, qué decía la autopsia; pero apenas recordaba quiénes habían sido.

Abrí la mochila y saqué el expediente del profesor. En vez de ir al final, volví a la primera página, a la fotografía del embalse, a sus primeras clases, a las excursiones con los alumnos. El expediente ya no pertenecía a una víctima. Estaba conociendo a un hombre.

Cerré la carpeta.

Ya no quería averiguar por qué había desaparecido esa persona.

Necesitaba saber quién había sido Julián Ortega.