Capítulo 4
El segundo expediente
A la mañana siguiente, el periódico había recuperado su rutina.
Bajé al archivo. Desde la planta superior llegaba el sonido de las primeras llamadas telefónicas, pasos apresurados y el golpeteo irregular de los teclados. Allí abajo, entre estanterías metálicas y cajas de cartón, el tiempo parecía avanzar a otro ritmo.
La segunda carpeta, color crema, sin nombre, permaneció varios minutos cerrada sobre la mesa. No parecía un expediente policial. Daba la impresión de haber estado esperando mucho tiempo.
Unos pasos resonaron en la escalera. Guardé el sobre en el cajón casi por instinto. Segundos después apareció Claudia con un café en una mano y el móvil en la otra.
—Buenos días. Tienes una cara horrible —me saludó.
Sonreí.
—Siempre es agradable empezar el día con un cumplido.
Dejó el vaso sobre la mesa y me observó con atención.
—No has dormido —adivinó.
—¿Se nota tanto?
—Lo suficiente para que parezca que has pasado la noche persiguiendo a alguien… o huyendo de alguien.
Durante un instante estuve a punto de contarle que había recorrido un bosque siguiendo las indicaciones de un desconocido y que había encontrado un lugar que quizá ocultaba un secreto desde hacía veinte años.
Pero nada de eso sonaba razonable.
Levanté el café.
—Ojalá tuviera una historia así.
Claudia arqueó una ceja. No insistió.
—Tomás preguntó por ti.
—¿Está de buen humor?
—Eso dependerá de si llevas una exclusiva… o una excusa.
Sonrió antes de dirigirse a la escalera.
—Intenta no morirte antes del cierre. Hoy vamos justos de personal.
La vi desaparecer.
Cuando el ruido de sus pasos se extinguió, abrí de nuevo el cajón. La carpeta seguía donde la había dejado.
La coloqué sobre la mesa y retiré con cuidado la cinta negra que mantenía unidos los documentos. No sabía por qué lo hacía con tanta delicadeza. Aquellas páginas no eran mías, pero tenía la sensación de que cualquier gesto brusco rompería algo más que el papel.
La primera hoja no era una fotografía ni un informe, solo un párrafo.
No todas las vidas empiezan el día en que nacemos. Algunas comienzan cuando tomamos una decisión de la que ya no podemos regresar.
La leí dos veces. No tenía fecha. No estaba firmada.
Debajo aparecía un nombre que no me decía nada: Julián Ortega Vidal .
Pasé la página. Una fotografía ocupaba casi todo el papel. Un hombre de cabello entrecano sonreía junto a un embalse mientras sostenía una caña de pescar. Vestía una camisa de cuadros remangada y una gorra gastada por el sol.
Le di la vuelta. No había ninguna anotación.
La hoja siguiente recogía únicamente datos objetivos. Fecha y lugar de nacimiento. Profesor de Historia. Separado. Una hija.
Continué leyendo. Infancia. Estudios. Primer destino como docente. Mudanzas. Aficiones. Todo estaba recogido con la misma sobriedad que el expediente de Marta.
No era una investigación policial, tampoco una biografía. Era la reconstrucción de una vida. Y, cuanto más avanzaba, más evidente resultaba que quien había reunido aquella documentación había dedicado años a hacerlo.
Seguí adelante. Esperaba encontrar el crimen, una fotografía, un informe forense, una confesión…
No apareció nada de eso. Solo en las últimas páginas cambió el tono. Un encabezado decía:
Últimos días.
Leí con atención. Las cuarenta y ocho horas anteriores a la desaparición de Julián Ortega estaban reconstruidas casi minuto a minuto: la hora a la que salió de casa, la gasolinera donde repostó, el importe exacto de una compra, dos llamadas telefónicas, un café en un área de servicio y una visita a una librería.
Después, una anotación final.
El jueves, 14 de septiembre, abandonó su domicilio a las 07:42. Nunca regresó.
Pasé la página. No había más.
Cerré la carpeta. Dejé las manos apoyadas sobre la cubierta durante unos segundos.
Dos expedientes, dos personas, dos vidas reconstruidas con una precisión casi imposible. Sin embargo, la desaparición de uno y otra apenas ocupaba unas páginas.
Abrí de nuevo el documento de Julián y coloqué a su lado el de Marta. Fui pasando las páginas de ambos al mismo tiempo.
No compartían edad, profesión ni ciudad. Aparentemente, tampoco tenían relación entre sí.
Aun así, las dos carpetas seguían exactamente la misma estructura: infancia, personas importantes, hábitos, rutinas.
Aquello no se parecía a una investigación policial. Un investigador habría empezado por el delito, las pruebas o los sospechosos. Quien había preparado aquellos expedientes había elegido otro camino.
Primero, la persona; después, su desaparición.
Durante años había escrito noticias reducidas a unas pocas líneas: edad, profesión, estado civil, una fotografía cedida por la familia y las declaraciones de quienes habían conocido a las víctimas. Nunca me había detenido a pensar en todo lo que quedaba fuera de aquellos comunicados.
Los expedientes que tenía en mis manos parecían construidos precisamente alrededor de esa ausencia.
No sabía qué pretendía transmitir quien los había elaborado, pero empezaba a comprender que su verdadero interés no estaba en la forma en que desaparecían sus protagonistas, sino en cómo habían vivido.
Esa idea me produjo una incomodidad difícil de explicar. Dejé de preguntarme cuántos expedientes podía haber. La pregunta era otra mucho más inquietante.
¿Qué clase de hombre dedica años a reconstruir la vida de un desconocido con semejante paciencia?
Permanecí un largo rato contemplando ambas carpetas abiertas sobre la mesa.
No encontré odio, tampoco orgullo; mucho menos la necesidad de exhibirse que tantas veces había visto en cartas de asesinos o secuestradores.
Solo una serenidad casi imposible de interpretar.
Como si el propósito de aquellos documentos no fuera impresionar a alguien, sino impedir que aquellas vidas terminaran reducidas a la forma en que habían desaparecido.
Me levanté y recorrí el archivo. Las estanterías formaban pasillos interminables de cajas numeradas. «Elecciones». «Accidentes». «Desapariciones». Décadas de noticias perfectamente clasificadas.
Durante años había pensado que aquel lugar guardaba la memoria del periódico. Aquella mañana empecé a sospechar que solo conservábamos los hechos, nunca a las personas.
Regresé a la mesa.
No sentí curiosidad, más bien prudencia.
Si los dos primeros sobres seguían el mismo patrón, no podían ser los únicos. Me descubrí imaginando más nombres, más vidas reconstruidas con aquella precisión casi obsesiva. Y comprendí que aún no estaba preparado para abrir otro expediente.
Me senté de nuevo.
Desde la reunión en la imprenta me preguntaba si estaba dejando de comportarme como periodista. Lo razonable era entregar el sobre a la policía. Cualquier otra decisión solo complicaría las cosas.
Cuanto más pensaba en ello, más evidente resultaba una idea. El desconocido había previsto esa posibilidad. Si había dedicado años a reunir aquella documentación, también había supuesto que alguien acudiría a denunciarlo.
Entonces, ¿por qué entregármela a mí?
Miré el reloj. Unos minutos después, Tomás bajaría al archivo. Bastaría un rato de conversación para que el periódico recuperara su rutina y aquellas carpetas volvieran a quedar enterradas bajo reuniones, llamadas y cierres de edición.
Todavía estaba a tiempo de cerrar el cajón y olvidarlo todo.
No lo hice.
Introduje con cuidado los expedientes de Marta y Julián en la mochila.
Aquella decisión, que me pareció insignificante, nunca volvió a serlo.