Capítulo 3
Las coordenadas
Las cuatro y media de la madrugada nunca habían sido una hora amable.
La ciudad permanecía suspendida en un silencio extraño, indecisa entre la noche y el amanecer. Las farolas seguían encendidas y el asfalto conservaba el brillo húmedo de la lluvia.
Subí al coche.
Acomodé el mapa sobre el asiento del copiloto. Lo había doblado con cuidado antes de salir de casa. El sobre se quedó sobre la mesa del salón, a salvo. Si aquello terminaba mal, prefería no perder la única prueba que tenía.
Introduje la llave en el contacto. No llegué a girarla. No me moví. Mantuve las manos sobre el volante mientras el motor seguía apagado.
Después arranqué.
—Solo voy a comprobar el lugar —murmuré.
No era una explicación. Era una excusa.
Conduje hacia las afueras mientras el cielo empezaba a aclararse por el este. Las avenidas vacías dieron paso a carreteras secundarias y, poco a poco, las últimas luces de la ciudad desaparecieron por el retrovisor.
No tenía sueño. La posibilidad de que aquellas coordenadas condujeran a algo real mantenía todos mis sentidos en alerta.
De vez en cuando miraba el mapa para asegurarme de que seguía allí. Era absurdo, pero una parte de mí esperaba descubrir que había desaparecido y que toda la conversación de la imprenta no había sido más que una alucinación provocada por el cansancio.
Intenté reconstruir el rostro del desconocido. No pude. Recordaba su voz con absoluta claridad, sus manos, impecablemente cuidadas, y aquel cabello completamente gris; pero su cara parecía deshacerse cada vez que trataba de fijarla en la memoria.
Si me hubiera cruzado con él por la calle el día anterior, no habría reparado en su presencia. Y quizá eso era lo más inquietante.
El navegador dejó de dar instrucciones veinte minutos después. La cobertura desapareció y la pantalla quedó muda.
Detuve el coche en un arcén y extendí el mapa sobre el volante. Las coordenadas estaban escritas a mano con una precisión casi obsesiva. Junto a ellas aparecía un pequeño croquis: un depósito de agua abandonado, una verja metálica y un camino forestal que apenas figuraba en los mapas actuales.
Aquello no se había improvisado. Quien había preparado aquella documentación conocía el terreno.
Volví a la carretera. A ambos lados solo había campos húmedos, alguna nave agrícola abandonada y caminos que se perdían entre los árboles. Durante varios minutos no me crucé con ningún vehículo.
Intenté recordar a Marta Cifuentes sin mucho éxito. Guardaba en mi memoria la desaparición, las cámaras frente a su casa, los periodistas aguardando una declaración, las portadas… pero no a ella. Su rostro se había ido diluyendo entre otros nombres y otras tragedias.
El depósito de agua apareció a la derecha, justo donde indicaba el croquis. Unos metros después encontré la verja. Tras ella nacía un camino de tierra que se internaba en el bosque.
Aparqué junto a la entrada y apagué el motor.
El silencio fue inmediato.
Miré el teléfono. Apenas quedaba cobertura. Durante un instante pensé en enviar mi ubicación a Salcedo. No lo hice. Todavía no tenía nada que contar.
Guardé el mapa en el bolsillo de la chaqueta, cogí la linterna y eché a andar.
El aire olía a tierra húmeda. El barro se pegaba a las botas mientras seguía las indicaciones del mapa. Con cada paso, el bosque parecía absorber cualquier sonido hasta dejar únicamente el viento entre las ramas y el crujido de mis propias pisadas sobre el terreno embarrado.
No había nada amenazador en aquel lugar. Era un bosque cualquiera. Precisamente por eso, costaba creer que hubiera podido guardar un secreto durante casi veinte años.
Consulté las coordenadas.
Cincuenta metros. Treinta. Diez.
Cuando el GPS indicó que había llegado levanté la vista y recorrí el claro con una mezcla de alivio y decepción.
No había nada. Solo tierra, matorrales y varios alcornoques dispersos por la ladera.
Guardé el teléfono, doblé el mapa y me di media vuelta. Había empleado casi una hora en confirmar lo evidente: las instrucciones de aquel desconocido no me habían llevado a ninguna parte.
Di tres pasos, y recordé una frase: «La naturaleza siempre intenta borrar nuestras decisiones. Nunca lo consigue del todo».
Me detuve. Volví a recorrer el claro con la mirada. Buscaba algo que el tiempo no hubiera conseguido eliminar.
Tardé unos instantes en descubrir una ligera depresión en el terreno. Era mínima, apenas unos centímetros más baja que el resto. Sin las coordenadas, jamás habría reparado en ella.
Me acerqué despacio, procurando no salir de la zona por la que ya había caminado. Había cubierto suficientes escenas del crimen para saber que los mayores errores suelen cometerse cuando uno cree que no está alterando nada.
Me detuve a un metro. La luz del amanecer incidía ahora con otro ángulo y hacía visible una ondulación casi imperceptible.
No era una prueba, ni siquiera un indicio, solo un lugar que invitaba a formular una pregunta: ¿por qué aquí?
Comprobé las coordenadas una vez más. Coincidían.
Recorrí el claro con la mirada, buscando cualquier detalle capaz de explicar aquella depresión sin recurrir a la historia del desconocido. No esperaba una cruz grabada en un árbol ni una pala abandonada. Bastaba con algo.
No apareció.
Las hojas secas cubrían el suelo de forma uniforme. Las raíces sobresalían con la misma naturalidad que en cualquier otro rincón del bosque y la vegetación no mostraba alteración alguna.
Nada lo distinguía de cualquier otra zona del paisaje.
Y eso era precisamente lo que lo volvía inquietante.
El aire olía a humedad, a corteza mojada y a un secreto que llevaba demasiado tiempo bajo tierra.
Durante un instante dejé de pensar como periodista, y eso me hizo reaccionar.
Saqué el teléfono y fotografié el claro desde distintos ángulos. Después tomé varias imágenes del mapa, de la pantalla del GPS y de los alrededores, procurando incluir referencias suficientes para localizar exactamente el mismo punto si volvía otra vez.
Cuando terminé, guardé el móvil y permanecí unos instantes observando el terreno. Entonces comprendí qué me había inquietado desde la imprenta.
El desconocido nunca había intentado convencerme.
No me pidió que creyera en él. No insistió.
Simplemente colocó una pieza delante de mí y esperó a que yo decidiera mover la siguiente.
No me condujo hasta aquel bosque, consiguió que fuera por mi propia voluntad.
Y esa diferencia cambiaba por completo las reglas del juego.
Debía telefonear a Salcedo. Si lo llamaba, todo terminaría allí; pero no lo hice.
No fue la decisión correcta. Era, sencillamente, la única que en ese momento fui capaz de tomar. Necesitaba una comprobación más. Si el desconocido volvía a tener razón, no habría más excusas.
Miré el claro por última vez. El viento levantó unas hojas secas y volvió a dejarlas caer con la misma calma con la que, probablemente, llevaba casi veinte años cubriendo aquel lugar.
Regresé al coche. Mientras dejaba el mapa sobre el asiento, comprendí que acababa de cruzar una línea invisible.
Durante el camino de vuelta no dejé de pensar en el claro.
Cuando entré en la ciudad, el tráfico empezaba a despertar. En lugar de dirigirme a casa, puse rumbo al periódico. Necesitaba comprobar hasta dónde llegaba la información contenida en el sobre.
Aparqué frente al edificio.
La redacción comenzaba a llenarse de periodistas con cafés en la mano y pantallas encendidas desde primera hora. Saludé con un gesto a un par de compañeros y bajé directamente al archivo.
Siempre me había gustado aquel lugar. Mientras el resto del edificio cambiaba con los años, allí seguían las mismas estanterías metálicas y el olor a papel envejecido. Era el único rincón del periódico donde la memoria todavía ocupaba espacio físico.
Encendí el ordenador. Escribí un nombre: Marta Cifuentes.
Durante casi media hora revisé artículos, fotografías y notas internas, comparándolos con la documentación del sobre. Buscaba una explicación sencilla que no apareció.
Ni una sola publicación mencionaba las coordenadas. Nadie hablaba del pendiente de media luna. Tampoco existía referencia alguna al lugar donde yo acababa de estar.
Había información que nunca llegó a hacerse pública. Y aquel individuo la conocía.
Me recosté en la silla. Hasta ese momento me había convencido de que estaba frente a un hombre extraordinariamente bien documentado, alguien que había dedicado años a investigar una desaparición olvidada; pero esa explicación empezaba a desmoronarse.
Cerré la última carpeta y apagué el ordenador.
Salí del archivo con más preguntas de las que había traído. Saludé distraídamente a un compañero que entraba en la redacción y crucé el vestíbulo sin detenerme.
Fuera seguía lloviendo. Durante el trayecto a casa no encendí la radio. No dejaba de pensar en Marta, en las fechas y en la precisión con la que aquel desconocido había reconstruido una historia que casi nadie recordaba.
Cuando llegué, encontré un sobre apoyado en el buzón. No tenía sello ni remitente. Pensé que algún vecino lo habría dejado allí por error. Solo cuando vi mi nombre mecanografiado, comprendí que no era una equivocación.
Dentro había una única carpeta idéntica a la anterior. El mismo cartón gris, la misma encuadernación, el mismo cuidado en cada detalle. No llevaba ningún nombre, solo un número romano: II .
La observé un instante sin atreverme a tocarla.
Sentí un escalofrío.
Aquello no era un único expediente. Formaba parte de una colección que alguien había preparado mucho antes de que el primero llegara a mis manos en aquella imprenta.