Capítulo 2
La carpeta
El hombre seguía sentado al otro lado de la mesa, con las manos apoyadas sobre la carpeta y la misma serenidad con la que acababa de poner patas arriba todo lo que yo creía saber sobre el caso.
No parecía preocupado por mi reacción. Ni siquiera daba la impresión de contemplar la posibilidad de que me levantara, llamara a la policía y lo señalara como responsable de la desaparición de Marta Cifuentes.
Miré el teléfono. La grabadora seguía registrándolo todo.
—Acaba de confesar un asesinato.
—Lo sé.
—Y está dejando que lo grabe.
—También lo sé.
—Podría llamar ahora mismo a la policía.
—Podría.
Esperé algún cambio en él. No llegó.
Alargué la mano hacia el teléfono, pero me detuve antes de tocarlo. Él siguió el gesto con la mirada y volvió a fijarse en mí.
—¿Qué pretende? —me atreví a preguntar.
—Que tome una decisión, señor Rivas.
—¿Después de citarme en una imprenta vacía, negarse a decirme quién es y enseñarme una fotografía de una mujer desaparecida hace dieciocho años?
Su expresión permaneció inalterable.
—Todo eso ya ha ocurrido. Lo único que importa ahora es lo que haga usted.
—Empieza a sonar como un juego.
Negó con la cabeza.
—Los juegos tienen reglas. Esto solo tiene consecuencias.
No supe si aquella frase era una amenaza o una advertencia.
Se levantó y fue hasta la cafetera. Sin perderme nunca de vista, dando la sensación de haber calculado cada movimiento antes de que yo llegara, sirvió dos tazas con una calma desconcertante y dejó una frente a mí.
El café desprendía un aroma intenso, pero no la toqué.
—¿Ha matado a más personas? —pregunté.
Regresó a su asiento mientras me respondía:
—Esa no es la pregunta adecuada.
—Es la primera que haría cualquiera.
—Precisamente por eso.
Sentí cómo empezaba a perder la paciencia. Guardó unos segundos de silencio antes de contestar.
—Si le doy un número, ¿dejará de escuchar todo lo demás?
—Depende del número.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—No. Depende de usted.
Observé de nuevo la fotografía de Marta. La cinta azul resaltaba sobre la piel de su muñeca. El despertador, detenido a las tres y diecinueve, parecía demasiado bien colocado, casi preparado para la cámara.
Podía ser un montaje, una fotografía manipulada. Incluso era posible que el reloj se hubiese comprado esa misma mañana en un mercadillo.
El mapa era otra cosa. Las coordenadas señalaban una zona de monte situada a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Si allí había realmente unos restos, aquel hombre no era un simple obsesionado con un caso antiguo.
—¿Por qué Marta?
—Porque con ella cambió todo —tardó en responder.
La frase me dejó inmóvil. No había dicho que la matara, tampoco que la conociera; solo que todo había empezado con ella.
—Yo cubrí aquel caso cuando hacía prácticas —dije.
—Lo sé.
—Ni siquiera firmé una noticia —recordé mientras me preguntaba cómo él podía saberlo.
—Pero estuvo allí.
Noté un escalofrío.
—Eso aparece en mi currículum.
—No.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
Tomó un sorbo de café antes de contestar.
—Llegará el momento de hablar de usted.
No me gustó aquella respuesta. No sonó a una promesa, sino a una certeza.
—No pienso volver si sigue respondiendo de esa manera.
—Sí volverá.
—¿Cómo está tan seguro?
—Necesita saber qué ocurrió realmente con Marta. Y, cuando lo descubra, querrá entender por qué.
Mi mirada regresó a la carpeta.
—¿Qué guarda ahí?
Él apoyó una mano sobre la cubierta negra.
—Solo el principio.
—¿El principio de qué?
—De una historia que nadie ha sabido leer.
No respondí. Empezaba a comprender por qué me había citado a mí y no a la policía. Un inspector habría intentado resolver el caso. Yo, en cambio, necesitaba comprenderlo.
—Quiero verla.
—Todavía no.
Hizo un leve gesto hacia la carpeta.
—Ha dicho que quiere que cuente su historia —le recordé.
—He dicho que quiero que la comprenda.
—Difícilmente voy a comprender algo que no puedo leer.
—Precisamente por eso —respondió después de pensar durante un instante.
Aquella conversación era como perseguir una sombra. Cada respuesta parecía desplazar la siguiente pregunta unos metros más allá.
Introdujo la mano en la carpeta y extrajo un sobre grueso de color marrón. Lo dejó frente a mí. En la parte superior aparecía un nombre escrito a máquina: MARTA CIFUENTES .
Debajo figuraba la fecha de su desaparición. No lo toqué.
—Puede llevárselo.
—¿Y la carpeta?
—Se queda conmigo.
Sacó el mapa, lo dobló con un cuidado casi ritual y lo introdujo en el sobre. Después lo empujó hacia mi lado de la mesa.
—Aquí encontrará todo lo necesario para empezar.
—¿Empezar qué?
—A hacer las preguntas correctas.
Deslicé el sobre unos centímetros con la yema de los dedos. Pesaba más de lo que esperaba.
—¿Hay más documentos?
—Sí.
—¿Cuántos más?
—Los suficientes.
No insistí. Intuía que cualquier respuesta concreta solo serviría para abrir otra puerta.
—¿Y si no vuelvo?
Su expresión permaneció inmutable.
—Entonces, me habré equivocado.
—¿Buscará a otro periodista?
Su negativa con la cabeza resultó extrañamente definitiva. Parecía que todo dependiera únicamente de mí.
—¿Qué espera que haga?
—Compruébelo.
Guardé silencio unos segundos.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—¿Y después?
—Dentro de una semana recibirá otro sobre.
—No pienso esperar una semana si encuentro algo ahí fuera.
—No tiene por qué hacerlo.
—Si esas coordenadas conducen a unos restos, llamaré inmediatamente a la policía.
—Es lo correcto.
—Les entregaré esta grabación.
—Me parece bien.
Su respuesta me desconcertó. Hasta ese momento había dado por hecho que intentaría impedirlo, pero no parecía preocuparle.
Empecé a pensar que quizá no buscaba escapar. Tal vez llevaba años esperando aquel instante. Sin embargo, había algo que no encajaba: no había culpa en su voz, ni alivio, ni miedo; solo una calma difícil de explicar.
—Entonces, ¿por qué no acude usted mismo a la comisaría?
Bajó la vista hacia el sobre.
—Porque ellos buscarán respuestas distintas.
—¿Qué respuestas?
—Solo les importará el cómo. Y eso solo explica los hechos, no a las personas.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué intenta demostrar? —seguí interrogando.
—Nada.
—Entonces, ¿qué pretende?
Levantó la vista.
—Que alguien vea el conjunto.
Seguía sin entenderlo. Y sospechaba que él lo sabía.
—¿Todo lo que hay ahí dentro está relacionado con Marta?
—Todo empieza con Marta.
La diferencia era sutil, pero estaba ahí.
Sentí un rechazo inmediato.
—Era una persona —le recordé.
—Precisamente.
Aquella única palabra me incomodó más que cualquiera de sus respuestas anteriores.
Me levanté de golpe. La silla chirrió sobre el suelo de cemento.
—Se acabó.
Guardé el teléfono en el bolsillo. Él no hizo el menor intento de detenerme.
—Llévese el sobre.
—Quédeselo.
—Entonces nunca sabrá si merecía la pena haber venido.
Di dos pasos hacia la puerta.
—Cuando desapareció, Marta llevaba un único pendiente —me sorprendió—. Una media luna de plata en la oreja derecha. Su madre declaró que había salido de casa con los dos. Aquello nunca apareció en los periódicos.
Me detuve. No quería hacerlo, pero me giré.
El desconocido introdujo dos dedos en el bolsillo del jersey y dejó un pequeño objeto sobre la mesa: una media luna de plata.
La observé desde donde estaba. Podía ser una copia o pertenecer a cualquier otra persona. Sin embargo, algo en la naturalidad con la que la había dejado junto al despertador hizo que me resultara imposible apartar la vista.
—¿Se lo quitó usted?
—No.
—Entonces, ¿cómo llegó a sus manos?
Guardó silencio unos segundos.
—Ella me lo dio.
La respuesta me desconcertó más que cualquier confesión.
—¿Por qué iba a hacer eso?
La leve sonrisa regresó.
—Cuando vuelva… —señaló el sobre y lo empujó hasta el borde de la mesa— lo entenderá. Una semana, señor Rivas.
No recuerdo haber decidido aceptarlo; solo que, cuando crucé la puerta de la imprenta, lo llevaba bajo el brazo.
La lluvia casi había cesado. No miré atrás hasta llegar al coche. La ventana iluminada seguía siendo el único indicio de que había alguien dentro del edificio. Ya no podía ver al hombre.
Dejé el sobre sobre el asiento del copiloto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
Saqué el teléfono. Busqué el número de Salcedo. Pulsé el icono de llamada.
Sonó una vez. Colgué.
Me quedé inmóvil, con las manos apoyadas sobre el volante. Tenía una grabación en la que un desconocido afirmaba conocer el destino de Marta Cifuentes, un mapa que señalaba un lugar concreto y un sobre cuyo contenido todavía ignoraba.
Lo lógico era llamar a la policía, también lo profesional.
Si lo hacía en aquel momento, la historia dejaría de pertenecerme.
Salcedo llegaría con varias patrullas, acordonarían la nave y todo quedaría bajo secreto de investigación.
Yo pasaría a ser un simple testigo, un periodista que había recibido una información y había hecho lo correcto.
Tomás jamás abriría una portada conmigo. Ni siquiera estaba seguro de que me permitieran seguir el caso.
Apreté los dedos contra el volante. Me odié por pensar en aquello, pero mentiría si dijera que no lo hice.
Arranqué.
No recuerdo el camino de vuelta. Me acuerdo de la lluvia deslizándose por el parabrisas y de las dos veces que me detuve en el mismo semáforo, pero no de cómo había llegado hasta allí.
Sé que miré una y otra vez por el retrovisor con la absurda sensación de que alguien me seguía, aunque no vi a nadie.
Pensé en las veces que había conducido cientos de kilómetros después de cubrir accidentes y escenas de crimen. Con el tiempo uno aprende a dejar el trabajo atrás antes de llegar a casa.
Aquella noche fue diferente.
El sobre permanecía en el asiento del copiloto. Lo observaba cada vez que el coche se detenía, pero no lo abrí. Mientras siguiera cerrado, todavía podía convencerme de que todo era un montaje, una broma pesada, un engaño cuidadosamente preparado para alguien desesperado por encontrar una historia.
Aparqué frente al edificio y subí sin encender las luces del portal.
Dejé todo sobre la mesa del salón. El piso estaba en silencio.
Hacía tres años que vivía allí. Desde que Paula decidió que nuestro matrimonio necesitaba una pausa y, poco después, comprendió que también prefería una vida sin mí. Conservaba algunos muebles de aquella época. No muchos. Los suficientes para recordar que el silencio también puede ocupar espacio.
Puse café. Necesitaba mantener la cabeza despejada.
Antes de abrir el sobre permanecí unos segundos contemplándolo. No tenía sellos ni marcas, solo el nombre de Marta escrito en mayúsculas negras y la fecha de su desaparición. Debajo se podía leer una única palabra: el mismo título que encabezaba todo el contenido.
No recordaba haberlo visto en la imprenta.
Rompí la cinta adhesiva.
La primera hoja era una cronología que comenzaba tres semanas antes del suceso y reconstruía los movimientos de la joven con una precisión inquietante: la hora a la que salía de casa, las calles que recorría, la cafetería donde desayunaba los jueves y el nombre de una compañera de trabajo.
En el margen aparecían anotaciones mecanografiadas.
No mira detrás de ella. Cambia de ruta cuando llueve. Los lunes sale sola.
Pasé la página. Había varias fotografías tomadas desde la distancia. Marta entrando en un edificio. Marta sentada en una terraza. Marta abriendo la puerta de su coche. No eran imágenes difundidas por la prensa. Todas incluían fecha y hora.
Continué revisando el contenido. Encontré recortes de periódicos, documentos policiales y copias de diligencias cuya autenticidad no podía comprobar.
Varias páginas contenían observaciones manuscritas que no parecían venir de alguien que la odiara.
Al contrario, quien las redactó había estado pendiente de ella durante mucho tiempo.
Demasiado.
Encendí el ordenador y busqué el caso en la hemeroteca digital del periódico. Encontré decenas de artículos y una nota interna que nunca llegó a publicarse. Una frase llamó inmediatamente mi atención: «La madre insiste en que llevaba dos pendientes. No publicar para evitar falsas pistas».
Me aparté de la pantalla. El asunto del pendiente nunca había trascendido.
¿Cómo lo sabía aquel hombre?
Podía haber muchas explicaciones. A través de un antiguo policía, alguien del juzgado, un periodista, un familiar… O alguien que, simplemente, hubiera tenido acceso al expediente. Nada demostraba todavía que hubiera estado con Marta, pero sí que sabía cosas que casi nadie conocía.
Seguí leyendo. Al final del sobre encontré seis hojas mecanografiadas. El título ocupaba la primera página: ELECCIÓN .
Esperaba una confesión. No lo era. Tampoco un relato. Era una reflexión. Describía a Marta con una cercanía incómoda: la forma de caminar, la manera en que observaba a los demás, los pequeños hábitos que solo percibe quien dedica mucho tiempo a mirar.
No encontré odio ni desprecio. Intuí una atención enfermiza.
La última página solo contenía un párrafo.
Marta nunca comprendió cuál era la decisión que realmente estaba tomando.
Durante años pensé que todos los seres humanos se aferran a la vida por miedo a la muerte.
Ella me enseñó que algunos lo hacen por no decepcionar a quienes los esperan.
Por eso conservé el reloj. No para recordar la hora en que murió, sino el instante exacto en que comprendió que no regresaría.
Aparté las hojas.
Aquel texto no demostraba que el hombre hubiera matado a Marta, pero estaba escrito para que cualquiera creyera que había permanecido junto a ella hasta el final.
Saqué el mapa del sobre e introduje las coordenadas en el ordenador. El punto señalaba un antiguo camino forestal, junto al cauce seco de un arroyo. No había viviendas, naves ni caminos transitados, solo monte.
Pensé otra vez en llamar a Salcedo. Cogí el teléfono y lo volví a dejar sobre la mesa, sin marcar.
En lugar de eso abrí la grabación. Escuché nuestra conversación desde el principio. La voz del desconocido sonaba tranquila, controlada. Cada respuesta parecía elegida con precisión.
Cuando terminó la charla solo se oían nuestras respiraciones, el zumbido de los fluorescentes y la lluvia golpeando la cubierta metálica.
Miré el reloj. Las cuatro y veintisiete.
Volví a guardar todos los documentos en el sobre. Todos menos el mapa.
Podía esperar al amanecer. Podía llamar al inspector. Podía hacer cualquiera de las cosas sensatas que llevaba horas evitando.
En lugar de eso cogí las llaves del coche, una linterna y el mapa. Sabía exactamente lo que no debía hacer. Si encontraba algo, no tenía que tocarlo ni acercarme. Solo llamar a la policía.
Me repetí aquellas normas mientras cerraba la puerta de casa. No estaba seguro de creer al desconocido, pero necesitaba comprobar si existía una razón para hacerlo.
Si el lugar estaba vacío, todo terminaría aquella misma noche; si no…, ya sería demasiado tarde para volver atrás.