La obra perfecta Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Cuando empezaba a convencerme de que todo aquello había sido una estupidez, escuché unos pasos al otro lado. Lentos. Tranquilos.

La cerradura giró con un chasquido metálico. La puerta se abrió.

El hombre aparentaba rondar los sesenta años.

Vestía con una sobriedad impecable: pantalón oscuro, camisa blanca y un jersey gris de cuello redondo.

No era especialmente alto ni llamaba la atención por ningún rasgo físico.

Su rostro tenía esa cualidad extraña de las personas que podrían pasar inadvertidas en cualquier lugar.

Podría haber sido profesor, médico o ese vecino con el que uno coincide durante años sin llegar nunca a recordar su nombre.

Lo observé unos segundos.

—¿Daniel Rivas? —dijo por fin.

—Sí.

—Ha venido solo.

No era una pregunta.

Miré instintivamente hacia la calle.

—Eso decía la carta.

Abrió un poco más la puerta.

—Entonces, pase.

No había solemnidad en su voz; tampoco prisa. Solo la educación tranquila de alguien acostumbrado a recibir visitas.

El interior conservaba el olor húmedo del papel antiguo.

Las enormes máquinas de impresión habían desaparecido hacía años, aunque el suelo aún mostraba las marcas rectangulares donde habían permanecido durante décadas.

En una pared sobrevivían varios estantes metálicos vacíos y, al fondo, un viejo rodillo de imprenta descansaba cubierto por una fina capa de polvo.

Recorrí el lugar con la mirada mientras avanzaba. Él caminaba unos pasos por delante y no comprobó ni una sola vez si lo seguía.

Llegamos a una sala situada al fondo de la nave.

Había una mesa de madera, dos sillas, una cafetera todavía caliente, una lámpara de sobremesa y una carpeta negra colocada exactamente en el centro de la mesa. Nada más. Daba la impresión de que alguien había dedicado tiempo a decidir la posición exacta de cada objeto.

El hombre tomó asiento. Después señaló la silla frente a él.

—Siéntese.

Permanecí de pie. No había cámaras visibles, ni ordenadores, ni otra puerta; solo aquella habitación silenciosa y un desconocido que parecía encontrarse perfectamente cómodo en ella.

—Puede dejar el teléfono sobre la mesa.

—Prefiero conservarlo.

—No le pido que lo apague —hizo una breve pausa—. Solo quiero verlo.

—¿Tiene miedo de que lo grabe?

Negó lentamente.

—Sé que va a hacerlo.

Aquella respuesta me desconcertó.

—Entonces, ¿para qué quiere verlo?

Me sorprendió con una sonrisa que no era de superioridad, sino de alguien que llevaba varios minutos viviendo una conversación que para mí acababa de empezar.

—Para saber cuándo empieza la entrevista.

Yo seguía sin sentarme.

—No sé quién es usted ni qué espera conseguir con todo esto —le advertí.

—Lo comprendo.

—Si pretende venderme algo, denunciar a un vecino o convencerme de alguna teoría extravagante, creo que ambos estamos perdiendo el tiempo.

Guardó silencio. No parecía ofendido ni sorprendido. Simplemente, esperaba.

—Siéntese, señor Rivas.

La serenidad con la que pronunció aquellas palabras terminó resultando más convincente que cualquier insistencia.

Dejé el teléfono sobre la mesa. Activé la grabadora delante de él. Observó el gesto con un leve asentimiento.

—Ahora sí.

Tuve la sensación de que aquella conversación estaba siguiendo un guion que solo él conocía.

—Necesito saber cómo se llama —le pedí sin apartar la vista de sus ojos.

Negó con tranquilidad.

—Todavía no.

—No puedo entrevistar a alguien sin saber quién es.

—Lo ha hecho otras veces.

—No en una imprenta abandonada.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—No está abandonada. La alquilé para esta conversación.

Miré alrededor. No había rastro de actividad. Solo el silencio, el olor a papel envejecido y aquella mesa preparada con un cuidado casi obsesivo.

—Eso me tranquiliza muchísimo —expresé con ironía.

Apoyó ambas manos sobre la carpeta negra, sin abrirla, solo para asegurarse de que seguía allí.

—Quiero que escuche una historia.

—¿Por qué yo?

Sostuvo mi mirada unos segundos.

—Porque todavía hace las preguntas correctas.

Fruncí el ceño.

—No sabe nada de mí.

—Sé lo suficiente.

Aquella respuesta no sonó desafiante, sino serena, como una constatación.

Entrelacé las manos sobre la mesa.

—Empiece.

Esperó unos segundos más. Después abrió la carpeta, sacó una fotografía y la dejó boca abajo sobre la mesa.

Levantó la vista.

—Antes de darle la vuelta, quiero hacerle una pregunta. ¿Recuerda a Marta Cifuentes?

El nombre encontró su sitio casi al instante: la estudiante desaparecida dieciocho años atrás. Su caso había ocupado portadas durante semanas. Tras varios meses de búsqueda, no se encontró ningún rastro de ella.

—Claro que la recuerdo.

Giró la fotografía.

Una mujer yacía sobre el suelo de una habitación. Los ojos permanecían abiertos. En la muñeca izquierda llevaba anudada una cinta azul. Junto a la cabeza descansaba un pequeño despertador detenido a las tres y diecinueve.

Sentí cómo se me contraía el estómago.

Era ella. O, al menos, se parecía tanto que cualquier diferencia dejaba de importar.

Lo miré.

—¿De dónde ha salido esta fotografía?

No respondió. Sacó un mapa de la carpeta y lo deslizó hacia mí. Varias coordenadas estaban marcadas a mano.

—Vaya allí.

Observé el plano.

—¿Qué encontraré?

—Un cuerpo.

La respuesta cayó con la misma naturalidad con la que otros hablan del tiempo.

—¿Está diciendo que es ella?

—Le estoy diciendo que lo compruebe.

Noté cómo la respiración empezaba a acelerarse. Volví a mirar la fotografía; después, el mapa; finalmente, al hombre.

—¿Quién es usted?

Introdujo una mano en el bolsillo del pantalón. Se me tensaron los hombros por puro instinto. Aunque solo dejó un pequeño despertador blanco sobre la mesa.

Las agujas marcaban las tres y diecinueve. Era el mismo reloj que aparecía junto al cadáver de la fotografía.

Permanecí inmóvil. No necesitaba tocarlo para saber que era real.

Volvió a cerrar la carpeta con absoluta calma.

—No quiero que escriba un artículo. Quiero que escriba mi historia.