La obra perfecta Capítulo 1
5%

Capítulo 1

La invitación

El martes en que recibí aquella carta pasé casi toda la mañana frente a una vivienda donde no ocurrió absolutamente nada.

Una mujer de setenta y seis años había aparecido muerta en su dormitorio y un vecino aseguraba haber visto a un desconocido salir del edificio poco antes de que llegara la policía.

Durante buena parte de la mañana, en la redacción creyeron que podía tratarse de un asesinato.

Me enviaron para comprobarlo; los redactores principales estaban ocupados con asuntos que, según el director, exigían algo más que saber esperar en una acera.

A las doce y media salió un inspector al que conocía desde hacía mucho tiempo. Salcedo llevaba tantos años en Homicidios que parecía ofenderle cualquier muerte que no justificara una investigación.

—Puede irse, señor Rivas —me dijo mientras encendía un cigarrillo—. Muerte natural.

—¿Y el hombre que vieron salir?

—El repartidor del supermercado.

—El vecino juraba que llevaba una bolsa sospechosa.

—Llevaba yogures.

Volví la vista hacia el portal. Los cámaras recogían el equipo, los fotógrafos guardaban las mochilas y los curiosos se dispersaban decepcionados por el crimen que no se había cometido.

—¿Seguro que no hay nada más?

Salcedo expulsó el humo.

—Setenta y seis años, cardiopatía, ninguna señal de violencia y la puerta cerrada por dentro. Si quieres un titular, escribe que la vida sigue siendo peligrosa para los mayores.

Guardé la libreta.

—No me dejarían publicar algo tan interesante.

El inspector apenas sonrió antes de desaparecer tras la puerta.

Regresé al periódico poco después de la una con la sensación de haber desperdiciado otra mañana.

La redacción ocupaba la tercera planta de un edificio que había conocido tiempos mejores. En la fachada aún sobrevivía el viejo rótulo metálico del periódico, aunque dos letras habían desaparecido y las restantes se desdibujaban bajo una capa de suciedad que casi había borrado el azul original.

El inmueble se parecía al periódico. Hubo una época en la que ambos habían sido un referente.

Ahora sobrevivía gracias a la publicidad institucional y a una página web donde un accidente de tráfico generaba más visitas que meses de investigación.

Recuerdo que mi padre lo compraba todos los domingos.

Sobre mi mesa me esperaban un vaso de café, ya frío, y un mensaje del director: «Sube cuando llegues». Esa no era nunca una buena señal.

Tomás Llorente llevaba siete años al frente del periódico y parecía haber envejecido veinte durante ese tiempo. Tenía el cuello de la camisa desabrochado, la corbata abandonada sobre la mesa y unas ojeras permanentes que daban la impresión de haber sustituido el sueño por el café.

Cuando entré en el despacho, ni siquiera levantó la vista del monitor.

—¿Qué tenemos?

—Una muerte natural.

—¿Y el testigo?

—Confundió al repartidor del supermercado con un asesino.

—¿Podemos sacar algo?

—Podemos abrir un debate sobre los riesgos de los productos lácteos.

Tomás no sonrió. Se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa y se frotó los ojos.

—Daniel, necesito que vuelvas a encontrar historias.

—En eso consiste mi trabajo.

Negó con la cabeza.

—No. Tu trabajo consiste en traer algo que nadie más tenga. Últimamente solo llegas antes que los demás para descubrir que no hay nada.

Guardé silencio.

—¿Sabes cuál es el problema? Antes olías las historias. Ahora esperas a que alguien te diga dónde buscarlas.

La frase me dolió más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Durante dieciséis años había cubierto asesinatos, desapariciones, atracos y juicios de todo tipo.

Había pasado noches enteras siguiendo pistas que no llevaban a ninguna parte.

Sabía hacer mi trabajo, algunas veces, incluso, muy bien; pero nunca había firmado esa historia capaz de cambiar una carrera.

—¿Vas a despedirme?

Tomás tardó unos segundos en responder.

—Todavía no.

—Entonces, aún puedo dejar las cajas en el trastero.

Esta vez sí sonrió, apenas un instante.

—El periódico está recortando plantilla y necesito argumentos para defender a mi gente. Dame algo con lo que pueda pelear.

Aquello ya no sonaba a advertencia. Sonaba a una cuenta atrás.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Hasta final de mes. Tres semanas. Encuentra una historia que nos obligue a abrir la portada contigo… o me resultará muy difícil convencer a nadie de que debes seguir aquí.

No dije nada.

Cuando salí del despacho comprendí que ya no me preocupaba encontrar la gran historia que cambiara mi carrera, sino cualquier historia que me permitiera conservar el trabajo.

Volví a mi mesa. Claudia fingía estar concentrada en la pantalla. Tenía veintisiete años, apenas seis meses de experiencia y más seguidores en redes sociales que lectores digitales tenía el periódico. Lo peor era que, además, escribía muy bien.

Le bastó una mirada para adivinar cómo había terminado la reunión.

—¿Todo bien? —quiso saber.

Dejé la mochila junto a la silla.

—Perfectamente. Mi carrera acaba de entrar en una fase de crecimiento inverso.

—¿Te van a despedir?

—Tomás dice que no.

Claudia apartó la vista del monitor.

—Entonces, te van a despedir.

No pude evitar sonreír.

Abrí el correo. Cuarenta y tres mensajes.

La mayoría eran comunicados sobre inauguraciones, ruedas de prensa y éxitos empresariales que solo interesaban a quienes los organizaban.

También había dos insultos por un artículo publicado la semana anterior y el aviso de un hombre convencido de que su comunidad de vecinos ocultaba una red internacional de espionaje.

Lo dejé marcado para revisarlo más tarde. «Nunca se sabe», pensé.

—Podrías hacer un pódcast —dijo Claudia sin apartar las manos del teclado.

—Prefiero el despido.

—Los de sucesos funcionan muy bien. Casos sin resolver, desapariciones, crímenes antiguos…

—Eso ya lo hacen miles de personas.

—Sí, pero tú eres periodista.

Sonreí con resignación.

—Para mucha gente, eso ya no cuenta como ventaja.

Mi compañera arqueó una ceja y volvió a escribir.

Abrí un documento en blanco y redacté la noticia de la anciana.

Después de varios minutos conseguí escribir tres párrafos impecables sobre una historia que no tenía absolutamente nada de interesante.

La envié a la sección de Local con el título provisional «Una mujer aparece muerta en su domicilio».

Sabía que, antes de publicarla, alguien añadiría un interrogante y alguna referencia al misterioso desconocido.

Porque los clics siempre necesitan un sospechoso.

El resto de la tarde transcurrió igual que tantas otras.

Llamé a policías que no sabían nada, abogados que sabían demasiado y funcionarios que preferían no saber más de la cuenta.

Un agente me habló de un robo de bicicletas, un abogado insinuó una detención importante, pero se negó a dar nombres, y una funcionaria del juzgado terminó confesándome que un empresario conocido iba a divorciarse para, acto seguido, suplicarme que no publicara nada porque su mujer era prima suya.

Cuando apagué el ordenador eran las ocho y cuarto.

En la redacción solo quedábamos media docena de personas.

Años atrás, a esa hora todavía se discutía la portada del día siguiente entre teléfonos sonando, humo de tabaco y cafés recalentados.

Ahora casi todo se decidía desde una oficina situada a quinientos kilómetros.

Nosotros solo rellenábamos los huecos que un algoritmo consideraba interesantes para los lectores de la provincia.

Recogí la chaqueta y bajé por las escaleras.

La lluvia había empezado a caer mientras trabajábamos. No era intensa, pero tenía la constancia suficiente para empapar a cualquiera que confiara demasiado en su suerte.

Corrí hasta el coche.

Solo cuando cerré la puerta y el golpeteo del agua quedó amortiguado, recordé la carta. Descansaba sobre el asiento del copiloto. La observé unos segundos sin tocarla.

La dirección correspondía a una antigua zona industrial en las afueras de la ciudad. La cita era a las nueve y media.

Miré el reloj.

Todavía tenía tiempo para volver a casa, preparar cualquier cosa para cenar y empezar a actualizar el currículum. O romperla y olvidarme de todo.

Esta última era, con diferencia, la decisión más sensata.

Arranqué el coche.

Conduje sin rumbo durante casi media hora, creyendo que el simple hecho de retrasar la decisión podría resolverla por mí.

A las nueve menos cuarto me dije que aún podía dar media vuelta.

A las nueve aparqué frente a una cafetería y pedí un café que apenas probé.

A las nueve y diez volví a leer la carta.

A las nueve y cuarto introduje la dirección en el navegador.

El trayecto apenas duraba doce minutos.

La lluvia había vaciado las calles. Los limpiaparabrisas marcaban un ritmo constante. Poco a poco, los edificios del centro dieron paso a naves industriales. Al otro lado del cristal, la ciudad parecía apagarse.

La voz del navegador anunció la llegada a mi destino.

Detuve el coche frente a un edificio de dos plantas encajonado entre un almacén de repuestos y una empresa de transportes abandonada. La fachada de ladrillo estaba ennegrecida por el tiempo. Sobre la entrada, un rótulo descolorido apenas conservaba algunas letras.

Bajé y me acerqué.

Solo cuando estuve a unos metros pude leer el nombre: Talleres Gráficos Orfeo.

No había ningún vehículo en las inmediaciones.

Aparqué bajo una farola y permanecí unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante, observando el edificio. Solo una ventana de la planta baja estaba iluminada. Todo lo demás era oscuridad.

Saqué el teléfono y busqué información sobre la dirección en la que me encontraba. La imprenta había cerrado nueve años antes. La nave figuraba a nombre de una sociedad inmobiliaria de Madrid. No encontré anuncios de alquiler, actividad reciente ni ninguna explicación para aquella luz.

Crucé la calle bajo la lluvia. La puerta principal tenía los cristales cubiertos con pintura blanca. Junto al marco había un timbre sin ninguna identificación. Lo pulsé. Nada.