Contarlo bien
Contarlo bien
Algunos años después de salir de la organización, empecé a salir con un humano que, después de casi dos años de relación, me dejó. A veces dejas tú y a veces te dejan. Es ley de vida, a no ser que seas un miembro célibe del Opus Dei.
El humano, por lo menos, tuvo una conversación honesta de ruptura.
Me dio una serie de razones, unos argumentos que por lo visto había pensado durante un tiempo y le llevaban a concluir que era mejor no estar juntos.
Me revolví, como suelo hacer cuando alguien me lleva la contraria.
Me rebelé ante la decisión y estaba descolocada porque no lo veía venir.
Cuando el humano salió por la puerta, me invadieron el dolor y la pena.
Por primera vez, llamé a mi madre para pedirle que viniera a verme.
Vino y estuvo conmigo varios días, en el piso minúsculo donde yo vivía entonces.
Después empecé el análisis, un análisis profundo, detallado y obsesivo de cada gesto, de cada palabra, de cada expresión que me diera la pista de por qué, en el fondo, aquel humano no me quería y por qué yo había sido tan tonta de no haberme dado cuenta antes.
«¡Haberte ido antes!». A la gente le encanta decir eso, les hace sentir que ellos lo hubieran hecho mejor: dejar un grupo coercitivo, un trabajo, una pareja. ¡La vida ajena es tan fácil de vivir!
Al recapitular lo que pasó con mi ex (el humano), nuestra última conversación, sus argumentos y todas las dificultades de la relación, mi memoria iba estableciendo los puntos y colocando las piezas, pero siempre me tropezaba —una y otra vez— con una frase que me dejaba de cara frente al abismo, o al espejo.
Mientras limpiaba la casa, mientras regaba las plantas resecas en mi estudio de veinte metros cuadrados en un acto de esperanza, mientras doblaba la ropa y al borrar sus fotos en el móvil, esta frase volvía una y otra vez.
No lograba desencriptarla. La frase me despertaba en mitad del sueño y hacía que diera vueltas a mi café con una cucharilla, absorta.
La frase me perseguía: «No me has contado bien la historia».
Que te dejen es duro. Que te digan que cuentas mal las historias es el hundimiento definitivo.
Especialmente si eres conocida mundialmente por tu gracia, desparpajo y lujo de detalles al relatar anécdotas.
Mi orgullo de escritora se sintió herido.
No pude ni contestar. ¿Que no… qué? En el pasado se me ha acusado (con distintos grados de cabreo por parte de mi interlocutor) de olvidadiza, descuidada, desordenada, egocéntrica, interrumpir a otros cuando hablan, ir a mi bola, ser ansiosa, preocuparme demasiado por el dinero, no hacer la compra, no cuidar mi salud y ponerme de muy mal humor cuando algo me hace mucha ilusión y no sucede.
De acuerdo. Pero ¿no contar bien una historia?
¡Por favor! A la gente le encantan mis historias, de eso estoy segura.
Tengo mil anécdotas. Siempre me pasan cosas.
Mis historias son cómicas y trágicas, te emocionan y te hacen pensar, son una montaña rusa y al final mi público agradecido aplaude y sonríe diciendo: «Guau, menudo viaje. ¡Qué buena eres contando historias!».
Yo hablaba bastante sobre mi pasado con mi ex humano (casi diría que demasiado, si es que existiera un medidor objetivo y universal del oversharing ), así que no podía dejar de preguntarme qué era en concreto lo que no había contado bien.
Y empecé a atar cabos: cuando hay aspectos de tu pasado que no eres capaz de contarte a ti misma, cuando hay palabras como abuso, miedo, dolor, culpa o perdón, que no has utilizado, o que utilizabas con un significado diferente, puedes esforzarte mucho en contar tu vida, puedes dar muchas vueltas alrededor de un mismo punto, pero el mensaje no llega y se desvanece antes incluso de ser pronunciado.
Para la otra persona, contar bien las cosas puede significar que las cuente en un idioma que se entienda.
Ese idioma humano que yo aún no dominaba, a pesar de las notas que iba tomando en mi agenda de alienígena recién aterrizada a las relaciones de pareja.
Puede pasar que, por mucho que te esfuerces, para la otra persona la historia no sea tan buena ni tan interesante.
O que el otro no quiera escucharte o, peor aún, no comparta tus ideas.
Siempre hay muchas caras, adaptaciones, versiones y acotaciones a una misma historia.
Estoy segura de que sucederá con este libro: es posible que no haya contado bien la historia.
Puede que no sea la historia que quieras leer, por supuesto.
Puede que no sea tu historia, eso seguro.
Igual necesitamos el Diccionario Estrafalario de Gloria Fuertes para entendernos.
Ser novia de Dios desde los catorce años a los veinticinco no es fácil.
Salir con humanos tampoco, aunque es una dificultad distinta.
Mucha gente piensa que, después de una década de celibato, solo quieres ligar.
Y la verdad es que sí. Pero es mucho más complicado tener pareja cuando no te has preguntado cómo funciona tu clítoris, cuál es la diferencia entre un amigo y un novio y tu ideal de hombre soñado es un actor de Hollywood que acaba en un juicio mediático por violencia doméstica.
Hay mucho que descubrir sobre el mundo antes de estar lista para empezar una relación en condiciones.
Como mujer, mi referente siempre fue la Virgen María.
Un ideal basado en la belleza, pureza y perfección.
En el diccionario estrafalario de normas y costumbres del Opus Dei, la acepción principal de la entrada «pureza» es sinónimo de aquello que los humanos denominan «sexo».
La pureza incluye muchos otros aspectos, desde la forma de vestir y la forma de mirar, hasta no llevar el pelo húmedo delante de un chico o no decir palabrotas.
Recuerdo una charla de los campamentos de mi infancia que me marcó por su ironía, la charla en la que entendí que los grandes ideales opusinos se concretan en cosas pequeñas, tan pequeñas como el tamaño de un bañador.
La pregunta brillante de la numeraria que nos explicaba cómo vivir la pureza fue: «Cómo os imagináis a la Virgen María en la piscina, ¿en biquini o en bañador? ».
Era imposible imaginarse a la Virgen María en la piscina.
Creo que ella misma, cuando lo dijo, se dio cuenta de lo imposibles que eran esas imágenes para nosotras.
Salto mortal con tirabuzón, para tratar de actualizar el mito.
Solo podíamos imaginar a la Virgen como esa señora inalcanzable, impenetrable, peinada con su pelo largo, su dulce rostro siempre sereno y sus tres mantos: blanco, azul y dorado, cubriéndola de pies a cabeza.
Si acaso, se le veían las manos para sostener al hijo, o un pie para aplastar a la serpiente demoniaca.
Su cuerpo era totalmente funcional, mujer definida por su rol de madre.
Este era el modelo. Nadie se imaginaba a María enfadada, triste, con la regla, pidiendo un taxi a la salida de un after.
Solo lloraba por su hijo, no por ella. Era inmaculada, que es casi como decir sobrehumana.
En mi descubrimiento de la noche madrileña, en mis fiestas en discotecas y en mis primeras citas sentía que el mito que me habían inculcado no tenía la fuerza suficiente, creaba un ideal que no representaba a una mujer completa.
Cuando, siendo niña, escuché aquella pregunta de la numeraria, la pregunta tramposa que nos hacía elegir entre el bañador o el biquini con trece años, entre la pureza y la impureza, sin medias tintas, mi respuesta interna fue clara: «Yo soy una niña gorda, iré con el bañador que más me cubra, el más grande y feo.
Ni siquiera puedo permitirme la posibilidad de elección.
Yo no soy una mujer como las demás, no soy como las niñas que me rodean y, desde luego, no tengo el tipín de la Virgen María».
Si hay algo que siempre supe es que María nunca fue gorda.
Esta creencia me acompañó durante los años siguientes a mi salida: yo debía ser pura.
Si un hombre pecaba, era por mi culpa. Por eso, lo más fácil era intentar salir con una persona que ya me conociera desde antes, y así ahorrarme toda la traducción de idioma opusino a humano.
Si encontraba a un chico con el que me llevara bien y a quien el físico no le importase demasiado, podríamos ser novios.
Había visto que en las películas solía funcionar, porque los amigos siempre acaban enamorándose.
Cuando Harry encontró a Sally . En el fondo, la amistad entre hombres y mujeres se sublima con el matrimonio, es el summum del romanticismo.
Yo estaba más que dispuesta a vivir una vida de película.
Un fin de semana otoñal, en el que había pillado un catarro y sobrevivía en mi miniestudio de Madrid a base de ibuprofenos, siestas y películas de Nora Ephron, abrí mi agenda.
Después de descartar un par de opciones, llamé a mi amigo Pablo, que me contestó de inmediato, cosa rara en él. Era una señal.
—¿Qué pasa, homie ?
—Oye, Pablo, ¿por qué no salimos?
Mi voz nasal restaba romanticismo a la escena. Pablo dudaba al otro lado del teléfono.
—¿A qué te refieres con «salir»? Salir… ¿ahora? Hace frío y he quedado para ver un partidito de la NBA con mis coleguis. ¡Juegan los Grizzlies!
—No, no, me refiero a una cena romántica. Tú y yo. Yo y tú. En plan cita.
Pablo carraspea. Oigo explotar la membrana de Meg Ryan y Billy Crystal que llevo tejiendo durante semanas en mi cabeza.
—Eh… no. No me gustas.
Es verdad que a mí Pablo tampoco me gustaba, pero era mejor un chico conocido que cualquier extraño, ¿no?
Me negaba a usar Tinder, eso lo tenía clarísimo.
Las apps me parecían un invento de mal gusto y poca clase.
Lo de gustarnos o no gustarnos, en aquel momento, me parecía una nimiedad y no entendía por qué Pablo le daba tanta importancia.
Mi objetivo era estar con alguien de fiar, no con cualquier imbécil como los que me había cruzado hasta entonces.
Con el esfuerzo suficiente, podríamos acabar enamorándonos o, por lo menos, soportándonos.
Ya era mucho más de lo que veía en otras parejas a mi alrededor.
Asumí el rechazo con toda la elegancia de la que fui capaz.
—Bueno, vale. Sin problema. ¿Nos vemos otro día, entonces?
—Eh, sí, claro. Otro día.
Pasaron varios meses antes de volver a ver a Pablo.
Cuando nos encontramos, en la entrada de una sala donde un amigo común estrenaba una obra de microteatro, Pablo se acercó a mí con cautela, como si cualquier mínima interacción entre nosotros le obligara por ley a hacerse cargo de la custodia de mis futuros hijos, como si un leve roce fuera a hacer que me abalanzara sobre él.
Los dos intentamos aparentar normalidad.
—¿Qué pasa, Marina?, ¿cómo va la vida?, ¿sigues escribiendo?, ¿cuándo veremos una obra tuya?
Era la época previa a La Obra . Me encogí de hombros.
—Creo que no soy buena contando historias.
Pablo hizo un gesto de incredulidad.
—Lo que pasa es que igual tienes miedo. Igual eres una gallina.
Agachándose, Pablo sacó el culo hacia fuera, ahuecó los brazos y se alejó en la noche, imitando el suave cacareo de una gallinita ciega por la Corredera Baja de San Pablo.
Mi amigo, como en ocasiones anteriores, tenía razón.
Había llegado el momento de hacer un acto de valentía, sin intentar malabarismos extraños.
No podía planificar tanto, necesitaba abrirme y dejarme llevar.
«Libra: es hora de que fluyas, sal de tu mente por un rato, conecta con tu cuerpo y relájate», diría Mia Astral, y también mi psicóloga.
Tiempo después, conocí a un chico guapete, amigo de unos amigos, buena gente.
Me invitó a su casa a tomar algo y subí las escaleras sin pretensiones.
Nos fumamos un porrito a medias y, tumbados en un colchón, escuchamos R&B.
Nos relajamos. Sobre todo yo. Dejé que me quitara la sudadera negra de Quiksilver.
No me confesé después ni vi Freaks and Geeks cuando llegué a casa, tampoco me enamoré.
Me di una ducha bien calentita y llamé a Maitane.
Definitivamente, no soy la Virgen María. Soy humana.