La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei La ex
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La ex

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Ayer volví a ver a mi ex. Fue culpa mía, en realidad.

Creo que, en el fondo, estaba buscando encontrarme con él.

Intento encontrar una excusa, un motivo por peregrino que sea para pasar cerca de su trabajo o de su casa.

Le espío. Pienso qué estará haciendo ahora sin mí. No me lo puedo sacar de la cabeza.

Estuvimos juntos diez años, en unión divina, y no tenía duda de que habíamos nacido el uno para el otro.

Desde que me levantaba por la mañana, pensaba en él, hasta que me acostaba.

Hablábamos sin parar, le contaba mis cosas: siempre estaba ahí para mí.

Bastaba con cerrar los ojos, suspirar y rezar para conseguir la comprensión perfecta.

Nadie me puede escuchar y entender como él, y por eso ahora la vida se vuelve insípida, sin sentido.

Quizá ahí estaba el problema: era demasiado.

Nuestro amor era asfixiante y, cuando iba mal, la culpa siempre era mía.

Sé que he hecho bien en dejar aquella relación tóxica, pero aún se me hace raro no tenerle aquí al lado, no contarle mis cosas.

—Algún día podréis llevaros bien —me dice Maitane—, es cuestión de tiempo.

Aunque mi amiga pronuncia esta frase esperanzada, percibo un gesto de compasión unido a una pequeña sonrisa de satisfacción que en realidad parece decir: «Por fin te has librado de ese capullo, ya eres libre.

Se te ve más feliz que antes». Mi amiga se alegra, en el fondo, de que lo haya dejado.

Sé que no volveré con mi ex y sé que ella lo sabe.

La relación ha terminado y guardo todo en cajas: los diarios, la ropa y el anillo que llevo en el dedo anular que me recuerda que, una vez, viví una vida en la que ya no me reconozco. Quiero lanzar el pasado por la ventana.

—Necesitas tiempo. —Esta vez lo dice la psicóloga sin dejar de garabatear en su cuaderno.

Otra vez el maldito tiempo. ¡Oh, Cronos!

El tiempo no está en mi mano, el tiempo pasa por encima de mí, me arrastra, es lo único que no puedo controlar.

La aguja del reloj se mueve, lo quiera o no lo quiera.

Aunque le quite la pila, el tiempo seguirá corriendo sin mi voluntad, el tiempo está en manos de los dioses.

Quiero estar bien ya, hoy, en este preciso instante.

Quiero saber qué apunta la psicóloga, cuál es el diagnóstico, cuál es la receta para superarlo de una vez, cuanto antes. Leo libros sobre estrés postraumático.

—Marina, deja el tema de una vez. Sí, el Opus Dei comete errores, como todo el mundo. No hace falta estar siempre con lo mismo. Los trapos sucios se lavan en casa.

—Vale, papá. ¿Qué errores comete el Opus?

Papá tiene las manos embutidas en guantes de fregar y se encoge de hombros. Mamá guarda silencio.

—Supéralo —sentencia papá mientras remoja un plato en la pila del fregadero. Ahora lava los cacharros antes de meterlos en el lavavajillas.

Han pasado diez años desde mi salida. He estado haciendo malabares para llegar a fin de mes y, cuando termina el confinamiento, consigo un trabajo en remoto para una empresa internacional.

El trabajo online llega como un rayo de esperanza.

La empresa exige que me dé de alta como autónoma para poder pagarme, y me especializo en posicionamiento web.

La palabra que inunda los periódicos digitales y artículos de blog es digital nomad .

Vuelvo a vivir con mis padres, que se han jubilado en Burgos.

Tengo más de treinta años, pero esta es la única solución que se me ocurre para terminar de pagar el préstamo.

Desde un punto de vista económico, es la mejor idea y me aferro a mi ordenador como tabla de salvación.

En el aspecto personal, es difícil vivir con mis padres porque discutimos mucho, siguen defendiendo al Opus Dei y yo llevo desde los quince años fuera de casa.

A veces pienso que son ellos quienes no tienen fe y que no han vivido un compromiso religioso al mismo nivel que yo.

Si creyeran de verdad, no necesitarían pertenecer a la Obra.

Si tuvieran fe, se plantearían dudas de verdad.

Otras veces, en cambio, pienso que Dios me ha abandonado y se pone de su parte.

Me sigo sintiendo traidora entre los míos.

Necesito saber si Dios me ha olvidado, si ha renegado de mí o si él piensa que algún día podremos ser amigos, como dice Maitane.

Me gustaría ver cómo le va, si sigue siendo el mismo, si en realidad yo era tan importante para su plan como aseguraban en el club, o si soy un cero a la izquierda, una excusa para que él —Dios— vuelva a estar de moda y siga enamorando a las niñas.

Me pregunto si, en el fondo, él tuvo razón desde el principio.

Puede que tenga un proyecto para mí que se cumplirá, tanto si yo quiero como si no.

¿Estoy predestinada a la soltería? ¿Por eso fracasan mis intentos de tener pareja?

En mi búsqueda de respuestas existenciales, me obsesiono con el horóscopo.

Rastreo señales del oráculo que me marquen el camino, una carta del tarot que me diga quién soy.

Miro las estrellas usando el telescopio del rey Basilio.

Si Dios ha fracasado manejando mi vida, igual los astros consiguen reconducirla.

Si solo dispongo de mi cerebro, mi corazón y mis manos para reconstruir mi historia y superar mis traumas, enfrentándome a la existencia yo sola, estoy perdida.

Necesito encontrar un Mago de Oz, un guía, una voz clara y firme que indique el camino.

Tecleo horoscoponegro.com y escucho los pódcast de Mia Astral.

Mi signo zodiacal es Libra. Comienzo a leer la descripción: una persona equilibrada y…

paro ahí. Empezamos mal. Nada. El horóscopo, a todas luces, tampoco me conoce.

En realidad, solo tengo una pregunta que me ronda el corazón, que determinará el resto de mi vida: ¿volveré a enamorarme de un humano igual que me enamoré de Dios?

, ¿debería casarme con un niño bien del mundo Opus, un cantante de Hakuna, y seguir el plan B, como sugería mi amiga numeraria de la adolescencia, eligiendo a alguien - que - nos - entienda ?

No. No puedo caer en la trampa de la complacencia.

Quiero enamorarme de verdad, sin hacer un cálculo frío supeditado a la salvación eterna.

A pesar de mis esfuerzos por ser adulta, después de la enésima discusión con mis padres, me encierro en mi cuarto y escucho Onda Vaselina a todo volumen.

«Qué va a pasar, se terminó, qué triste es el primer adiós».

¿Habrá algún ser humano sobre la faz de la tierra que entienda mi pasado sin juzgarme?

, ¿podré ser yo la protagonista de mi historia, o quedaré siempre como la dama de honor, recogiendo el ramo de la novia camino al altar?

, ¿soy acaso la hermana fea de las novelas de Jane Austen, que en un arranque de practicidad acaba casándose con el fiel y aburrido reverendo?

Me trago la serie de The Young Pope , pensando que Jude Law, un papa sexy, moderno y ultracatólico es el único que me entiende ahora mismo.

Me atrae y me aterra por igual. Por suerte, ahora puedo pagarme la suscripción a HBO.

De forma inevitable, vuelvo a él una y otra vez como la polilla a la luz.

A mi ex, Dios: fuente y solución de mis problemas.

No vivo en una película de Sorrentino ni paseo por los jardines vaticanos, estoy en Burgos y hace un frío que pela.

Salí de casa. Deambulé por el paseo del Espolón, bien abrigada y con bufanda, me tomé un chocolate calentito y acabé dando con mis huesos en la catedral, que vigilaba la ciudad imponente como un centinela.

Allí estaba, como siempre al fondo, Dios en su cajita dorada rodeado de espectacularidad gótica, sin discusiones familiares.

Hijos únicos… ¡lo tienen tan fácil! En las paredes con arcadas ojivales asomaban las fotos de toda la vida, las que he visto mil veces: con un cordero en brazos, partiendo el pan con sus amigos, la foto de cuando era pequeño y fue de excursión al templo…

ahí, como siempre, como si no hubiera pasado el tiempo.

Como si nuestra ruptura no le hubiera afectado en lo más mínimo.

Ni siquiera se había cortado el pelo, mientras que yo me lo había teñido de rosa.

Llevaba puesta mi sudadera negra de imitación, para que me reconociera.

Quise colocarme más cerca de la cajita, en el primer banco, asegurarme de que me veía bien, que no se hiciera el despistado.

Avancé por el pasillo central. Escuchaba susurros a mis espaldas: «Es ella, mira…

Pablo, Pedro, mirad quién ha vuelto». Judas, mítico Judas, metiendo cizaña: «Os lo dije.

O se suicidaba o volvía. Been there, done that ».

En el fondo, les tenía cariño, eran buena gente.

Notaba sus miradas refugiadas en el claroscuro catedralicio, siguiéndome mientras caminaba en piloto automático hasta el altar, repitiendo aquellos pasos tan conocidos.

Decidí no hacer la genuflexión, pero incliné la cabeza por respeto.

Donde hubo llamas, quedan cenizas. No sentía rencor ni rabia, pero toda la situación era incómoda.

Solíamos pasar juntos las navidades, hablábamos cada día —también con su madre, siempre tan sonriente— y, mira, así habíamos terminado.

Me senté en un banco, sin saber qué decir.

«Hola, cuánto tiempo», sonaba tan banal.

Además, ¿es el tiempo de Dios igual que el tiempo humano?

Para mí habían pasado unos años desde la ruptura, pero quizá para él había pasado un siglo y ya estaba ocupado en sus cosas: planificando el apocalipsis y su posterior repoblación con niños caucásicos vestidos de Naf Naf, designando a Tamara Falcó como representante del catolicismo e insuflando su espíritu a Rosalía para que se hiciera célibe.

Lo que para mí era un drama cósmico, para él podía ser otro día en la oficina.

Yo siempre estuve en una relación monógama, y él en una relación abierta.

Intenté hablar, lo intenté de verdad, pero justo cuando iba a hacerlo, una bola de llanto y dolor me subió por el pecho y se me clavó en la garganta.

Tenía la tráquea cerrada. Hacía tiempo que no lloraba así.

Me faltaba aire, me dio hipo, estaba encorvada con la cabeza entre las piernas haciendo respiraciones profundas como me había enseñado la psicóloga.

—Toma y suénate.

Frente a mí, una mujer (en torno a los cuarenta años, de carne y hueso, no demoniaca) tendía un pañuelo de papel.

Se lo agradecí y, ansiosa, me soné la nariz con todo el estruendo del que fui capaz: quería que me oyeran Pedro y Pablo.

Que Judas no viniera ahora con lecciones de fidelidad.

Quise que mi llanto y mi dolor llegaran hasta el Vaticano y que ningún cuñado pudiera volver a decir: «Pues yo estuve en un cole del Opus y, chica, no es para tanto».

Justo cuando estaba acabando de limpiarme, vi a una dulce niña con pelo rubio y rizado, con mejillas sonrosadas, que se acercaba dando saltitos hacia su madre, la señora que, compasiva, me tendía un segundo pañuelo.

En la mano derecha, la niña llevaba un libro de catequesis con el título «Creo en Jesús».

Supuse que iba a clases de primero de comunión.

No me pude resistir. Me levanté de una vez, con tal mala suerte que me di un golpe en el tobillo con el reclinatorio del banco.

Cojeando, con los ojos hinchados, como una especie de jorobado de Notre Dame, como una figura goyesca que habita las catedrales y las catacumbas, con el corazón roto y abrazándome a mi nueva vida de incomprensión y soledad, me acerqué a la niña.

Aún tenía la respiración entrecortada. Me puse a su altura para no asustarla.

Conseguí justo lo contrario, ante la mirada atónita de su madre. Con voz ronca y firme, susurré:

—No te fíes. No te fíes de ellos. Son todos iguales.

Al día siguiente, cogí el coche del año 1998 que acababa de comprar, tiradísimo de precio, y conduje hasta Ahedo, escuchando Believe de Cher con el volumen a tope, estrenando mi nuevo carnet de conducir y mi vida sin deudas pendientes.

Había terminado de pagar el préstamo, me fui por fin de casa de mis padres y la vida se abría ante mí. Do you believe in life after love?