La Obra
La Obra
Por ironías del destino, el día de mi cumpleaños, aniversario de la canonización de Escrivá, fiesta A, se celebra el estreno de La Obra en una pequeña sala de Madrid.
Aviso a dos amigas, Rocío y Clara. Ellas aún pertenecen a la Obra y les tengo mucho cariño.
Quiero que estén informadas, quiero ser transparente y resolver sus dudas sobre el proyecto.
Sé que es un tema sensible así que les invito a la función y les paso mi manuscrito para que lo lean con antelación, pero aclaro: «Si no quieres venir, lo entiendo».
Acudo a cada representación. Los asistentes destacan que La Obra es respetuosa, emotiva y profunda (al menos eso señalan los que hablan conmigo).
Coinciden en que no se ataca a la institución, sino que describe una experiencia de fe, de crisis y recuperación en clave de performance .
A la salida del teatro, suele quedar una nube de gente charlando y me gusta compartir impresiones con el público.
Ya no tengo problemas en hablar sobre el tema y veo que incluso me ayuda hacerlo para dar sentido a lo que viví.
Acuden algunos exmiembros que han conocido La Obra gracias a la pequeñísima promoción que hemos podido hacer.
Varios me dicen que se han sentido identificados con la protagonista o, al menos, con ciertos elementos.
No espero que mi voz sea la de los exmiembros, sino la mía, única e irremplazable, pero me alegra ver que ayuda a otros.
Caigo en la cuenta de que jamás se ha hecho una obra, una serie, una película, sobre los exmiembros del Opus Dei.
No he hablado con otros exmiembros y me pregunto dónde han estado durante estos años, cómo habrán sido sus historias y qué habrá pasado con las numerarias auxiliares con las que viví.
Rocío entra en la sala con la obra ya empezada.
La veo moviéndose entre las sombras, cuando Maitane, mi amiga actriz, lleva ya un rato en escena.
A pesar de que el acceso a la sala está cerrado, el acomodador me cuenta después que Rocío insistió en entrar, con la típica actitud de la que se merece estar en primera fila.
Toma asiento, con seguridad. Observo a Rocío en algunos momentos durante la representación en la sala a oscuras.
La veo tensa. Ha ido sola y a veces mira hacia los lados, parece buscar reacciones, intentando leer los pensamientos de la audiencia.
Salimos del teatro y me dirijo a ella. Está alterada, habla con nerviosismo.
Me mira extrañada: «La obra es muy dura, ¿no?
», como si no le acabara de encajar, como si hubiera ido a ver una película futurista de espías rusos y se hubiera encontrado con un drama decimonónico.
Me encojo de hombros y musito: «Bueno, la experiencia fue dura».
Noto una distancia que no había percibido antes.
Creo que no le ha gustado la obra de teatro o, al menos, le deja sentimientos encontrados.
Me sorprende su reacción, porque le envié el manuscrito para que pudiera hacerse a la idea, pero quiero darle tiempo.
Sigo a su lado. Algunas personas me saludan, pero yo no me aparto de Rocío, esperando a que digiera lo que acaba de ver.
Seguro que, sea cual sea su impresión, podemos hablarlo como buenas amigas.
Puedo ser amiga de personas del grupo, claro que sí.
Nada se interpondrá en nuestra amistad, me repito.
Rocío trata de controlar su nerviosismo, que no disminuye, a pesar de mi presencia silenciosa a su lado.
Sonríe mucho con una sonrisa que conozco bien.
Yo misma la he usado muchas veces. Mira a su alrededor.
Parece estar buscando apoyo, el refuerzo de otro espectador que, como ella, se sienta desconcertado, ¿hay caras conocidas?
, ¿unos pendientes con perlas, un sacerdote con alzacuellos, una mano amiga que le tienda un rosario?
Estamos en un teatro off de Madrid y la audiencia de esa noche está compuesta por veinteañeros, algunos exmiembros y varios gays, así que es posible que un porcentaje alto del público no comparta sus impresiones.
Rocío se sabe en territorio enemigo. Su única aliada soy yo, pero por desgracia soy la coautora y la protagonista real en la que se inspira mi alter ego en La Obra.
Ella esperaba otra obra, eso está claro.
Ahora no sabe bien dónde está la trinchera, qué obra ha visto ella, qué obra he escrito yo, en qué obra estamos, si es un teatro absurdo y cómo salir de esta situación tensa.
Algunos espectadores se despiden, después de charlar un rato.
Creo que a Rocío le empieza a irritar ser la única que se siente incómoda.
La gente está tan pichi, yo incluida. Hablamos poco entre nosotras dos pero seguimos ahí, una al lado de la otra, intentando comunicarnos con torpeza.
Entonces se acerca María, una mujer que había conocido unos meses antes en una convocatoria de apoyo a artistas emergentes.
María ha ido a ver la obra de teatro con su marido.
Está emocionada con lo que acaba de ver.
«Enhorabuena, ¡es increíble! Me ha encantado».
María me da un abrazo y su marido asiente.
Los dos me felicitan. Rocío, sin despegarse de mi lado, observa la escena y noto cómo aumenta su tensión.
Yo mantengo un perfil bajo, les agradezco sus palabras con cortesía y profesionalidad.
Miro de reojo a Rocío, la veo a punto de saltar en cualquier momento.
Entonces María me mira a los ojos y dice: «Sigue adelante con cualquier proyecto que quieras hacer. Tienes mi apoyo».
En ese instante, al escuchar esas palabras, Rocío amplía su sonrisa, dulcifica sus gestos, modula su voz para sonar más amable sin resultar combativa y saca la artillería que yo tantas veces he visto antes, desde mi infancia: un miembro listo para defender a la organización, una mujer dispuesta a ganarse la confianza de una desconocida y cambiar la narrativa sobre lo que acaba de suceder sin perder la sonrisa.
Como un comercial que encuentra a su público objetivo, es su momento estelar, el momento de brillar, el momento de… hacer apostolado.
—¿Ah, sí?, ¿qué proyectos? —Rocío me mira pero no contesto, así que vuelve su mirada a María, sin desviar el foco del objetivo—. ¿Qué es lo que te ha gustado tanto?, ¿por qué te ha impactado así esta obra?, ¿conoces a más personas de la Obra?
El marido sale al rescate ante la avalancha.
—Yo conozco algún exmiembro que acabó bastante mal. Marina está genial, en comparación.
Sonrío. Rocío se desconcierta, pero se recupera en un microsegundo y vuelve al ring con una sonrisa brillante.
—Sí. Es que necesitan mucho amor. Yo quiero mucho a Marina. —Me agarra del brazo—. Marina necesita mucho amor.
La miro, inexpresiva, con esa maldita rigidez de bicho palo que me ataca cuando menos lo espero.
Me invade una ola de culpa, rabia, impotencia y «tierra trágame», pero ya he aprendido a dominar mis demonios.
María me lanza una mirada comprensiva: se da cuenta.
Mi amiga está intentando manipularla, pero no cuela. Respiro.
—Bueno, María, gracias por venir, ya vamos hablando…
—¿Te llamas María? Yo, Rocío. Encantada. ¿No queréis ir a tomar una cerveza y comentamos la obra de teatro?
—Muchas gracias, pero nos tenemos que ir. Nos esperan los niños en casa.
Sonrisa aún más amplia de Rocío, que no me suelta el brazo.
—Yo también soy madre, pero ¡un día es un día! Vamos a por una birra, venga.
María y su marido se miran de reojo, y repiten por segunda o tercera vez que no. Intervengo, no lo soporto más.
—Rocío, se tienen que ir. —Consigo zafarme de su brazo, y doy un abrazo a María—. Gracias por venir. Hasta la próxima.
Mientras María se aleja con su marido, Rocío y yo nos despedimos.
No quiero comentar el incidente. Me esperan dos chicas exmiembros de la organización que han venido ya un par de veces a ver la obra.
Aunque me hubiera encantado, es un mal momento para presentarles a Rocío.
Mientras veo a mi amiga alejarse, no puedo evitar sentir lástima.
Recuerdo las consignas que tantas veces escuché en la organización: «hacer apostolado», «hacer del limón, limonada», «ahogar el mal en abundancia de bien».
He visto la transformación de Rocío en tiempo real, ante mis ojos, y soy consciente de que tanto la empatía como el fanatismo no surgen de un día para otro.
«Ya hablaremos otro día con calma», pienso, pero no es así.
Rocío llega a casa y escribe una reseña en la página web del teatro.
La otra “Obra” (Valoración representada con estrellas: )
Los actores y el juego de luces para recrear la atmósfera asfixiante que vive alguien con depresión dentro del Opus Dei magníficos.
Pero la historia pierde toda la fuerza en el momento en el que se ridiculiza a Dios y los Sacramentos (momento de la actriz subida al «altar» consagrando una oblea y el zumo, Comuniones «bulímicas» o pantomimas de la Virgen sobre su peso…).
Lo teníais TODO para contar una historia llena de superación y libertad interior.
El final triste y solitario donde se ve una persona «laica» que se va por la puerta de atrás de un convento, solo puede representar una cosa: a la historia le faltaron todos esos personajes que rodeamos con MUCHO AMOR a Marina.
:) Porque haberlos, haylos y también en el Opus Dei.
Y estampa su firma con apellido compuesto.
Escribo a mi amiga. No comparto su opinión, pero, ante todo, le pregunto por qué no me ha dicho esto en persona y por qué echa por tierra el trabajo de la compañía de teatro, y el mío.
Dos estrellas. ¿Se ridiculiza a Dios? Estoy enfadada.
Dejo que mi demonio salga, porque gracias a la terapia ahora sé cuándo lo quiero sacar a pasear y cuándo encerrarlo en casa.
La ira me protege, la rabia marca mis límites.
Me siento traicionada, como si hubiera expresado su opinión sobre mi obra a los demás, a la masa informe y anónima de internet, en lugar de hablar conmigo tomando un café.
Además, la gente no lee esas reseñas, nuestra obra ni siquiera es tan importante.
No sé a quién pretende evangelizar o alertar desde las redes.
Cuando le pregunto sin rodeos, reconoce que no ha leído mi manuscrito, argumentando que era innecesario porque ella ya me conoce.
La tensión sube. Rocío se ampara en la libertad de expresión para justificar su reseña en la web, como si estuviéramos en el Congreso de los Diputados.
No está dispuesta a que le cuenten mi historia, ni siquiera yo misma.
Ella la contaría mucho mejor, ella me conoce mejor que yo a mí misma.
Ella es mi amiga de verdad, y tiene la obligación de ser sincera conmigo: la historia que vio en La Obra no es mi historia.
Ahora me doy cuenta de que esa no es la obra que le gustaría ver y la obra que se ha contado a sí misma.
Sin embargo, tanto aquella obra como esta son mi obra.
—Estoy enfadada, Rocío.
—No. Estás confundida, Marina.
Clara, mi otra amiga del Opus Dei, fue a ver la obra de teatro.
Ella sí leyó el texto con antelación. Unos días después de la actuación nos fuimos a tomar un café para comentar la representación, me dijo que le parecía dura, pero era consciente de que muchos miembros han pasado por lo mismo.
Le gustó que al final de La Obra diéramos un mensaje de esperanza y mostráramos una imagen bonita de Dios.
Agradecí su honestidad. Yo le pregunté si ella estaba bien con su vocación y me dijo que sí.
Es lo que hubiera dicho yo misma años atrás. Nos dimos un abrazo. Haberlos, haylos.
A veces lamento que Clara no dejara una reseña en internet, como hizo Rocío, pero es lógico.
Aún no he visto, ni en internet, ni en los medios, ni en el periódico, ni en ningún lugar público que un miembro en activo salga a defender a los exmiembros críticos o alce la voz por ellos.
Yo tampoco lo hice mientras estaba en la organización.