Que viva Santa Marina, ¡que viva! #3
Como siempre, hago la charla espiritual con mi directora y paso por el confesionario con el sacerdote del centro cada semana.
Sigo en contacto a escondidas con el sacerdote-exorcista-clandestino que recalca: «No hagas nada que no quieras hacer.
Si dices que no y te insisten, diles que estás actuando en conciencia, que lo has visto en la oración.
No dejes opciones abiertas. Repite conmigo: lo he visto en la oración».
Voy identificando las técnicas de manipulación que utilizan y aprendo a contrarrestarlas, como el niño de Karate Kid que se adelanta a los golpes de su contrincante, guiado por el profesor Miyagi.
Me mandan a hablar con la directora de la delegación, la responsable de todos los centros de Cataluña, para ver si ella puede ayudarme con esa crisis tan extraña, tan excepcional, que estoy viviendo.
A la vez, la directora y el sacerdote me animan a rezar más, a ilusionarme y recuperar la alegría de la vocación.
Las otras agregadas, mindundis como yo, han pasado de hacer la vista gorda ante mis ausencias a planificar mil actividades.
Me llevan a pasar el día al Tibidabo, para «animarme» pero ni siquiera nos montamos en la noria.
A nadie le apetece, creo. Sospecho que siguen indicaciones.
Funcionan como un novio tóxico que, cuanto más te alejas, más te agasaja, y siento que a mi alrededor empieza una actuación, un baile, una ronda de la tuna o los mariachis que tiene como objetivo reconquistarme, no perderme.
Pido espacio y no lo respetan, en nombre del cariño y el cuidado, rodeándome de sonrisas y palabras amables.
Rezo y rezo, pero sigo sin noticias de Dios, que me ha dejado sola con mi libre albedrío al mando de una nave a la deriva.
En un giro inesperado de la estrategia, me cambian a la directora espiritual y ahí sí que exploto: es una numeraria sosa que no soporto, una personalidad gris con un pensamiento blanco y negro.
No es que sea mala persona, es que no entiende lo que le cuento, vive inmersa en los mundos de Oz y yo ya estoy a punto de llegar a Ciudad Esmeralda.
¿No se dan cuenta de que necesito hablar con alguien que de verdad me ayude a decidir, que pueda llamar a las cosas por su nombre y que esté dispuesta a aceptar mi deserción?
Veo en la numeraria que me asignan una máscara con patas, una alienación total, una cáscara vacía.
Me confieso de soberbia, en el fondo la numeraria me da pena, pero también me da rabia.
El demonio se está apoderando de mí. Voy perdiendo el miedo: ahora escucho a esa voz crítica, que siempre estuvo ahí, agazapada y silenciosa.
Las emociones me arrastran, a mi pesar, por el camino de baldosas amarillas hasta llegar a un lugar seguro.
En la Navidad de 2013, manifiesto a la directora que quiero dejar la Obra para siempre, sin vuelta de hoja.
Me niego a hablar con ninguna autoridad más, ni directora, ni cura simpático, ni numeraria cool , ni el sursuncorda.
He aprendido a poner límites, gracias a la terapia y a mi amigo sacerdote-salvoconducto.
La directora de agregadas, la misma que me envió la plantilla del testamento, me mete en una salita de la delegación en Pamplona.
Charlamos y me pregunta tres veces si estoy segura de que me quiero ir.
Tres veces contesto que sí. Una parte de mí aún se siente como Pedro negando a Cristo, pero también estoy empezando a sentir el gustillo de la fortaleza y la libertad.
Ahora sé que es posible llevar la contraria a las directoras y decir «no» resistiendo la presión y el chantaje.
Cuando la directora de la delegación me pregunta, por cuarta vez, si estoy segura de estar segura, si mi seguridad no será en realidad inseguridad y si mi «no» puede que signifique «todavía no» o incluso «sí», le contesto implacable y con una sonrisa, como aprendí en mis años del Opus Dei: «Estoy tan segura como el día que entré.
Tenía catorce años. No me hiciste tantas preguntas.
Entrar fue muy fácil». Se queda callada y me tiende un papel y un bolígrafo.
No derrama una lágrima. Por fin, escribo la carta para salir de la Obra, cumpliendo con lo estipulado hasta el último día y sintiendo que el laberinto de puertas cerradas con llave, pasillos tortuosos, despachos de dirección y rejillas de confesionario quedan por fin atrás.
Fuera, me espera mi amiga, la que acaba de convertirse y recibir la confirmación.
Hace solo unos meses ella ha decidido pedir la admisión como supernumeraria, en un giro de los acontecimientos.
Yo salgo de la organización y ella entra.
Es raro, pero no sé qué decir: soy su madrina de confirmación.
Comemos juntas. Somos amigas, tenemos claro que la vinculación al grupo no define nuestra amistad.
Estoy convencida de que puedo llevarme bien con los miembros aunque ya no pertenezca a la institución.
De eso estoy segura: la institución, mi decisión y mis cambios vitales no se interpondrán entre nosotras. Nuestra amistad seguirá igual.
Cojo el tren y vuelvo a la estación de Miranda, donde me esperan mis padres.