Que viva Santa Marina, ¡que viva! #2
tristeza por no estar agradecida por tener un techo, un trabajo y un sofá. No debería quejarme y estoy cayendo en el victimismo, debería levantarme y ponerme a hacer cualquier cosa, en lugar de comportarme como un chicazo;
alivio al saber que algún día —quizá más pronto que tarde— moriré y podré descansar en la Eternidad, en un sofá mullidito en forma de nube mientras un querubín me abanica con una hoja de palmera y de fondo suena Cheek to Cheek de Fred Astaire.
Mientras yo duermo, Dios sigue lanzando rayos con un báculo, concediendo vocaciones a niñas de trece y catorce años. El cielo es maravilloso.
Explico esto a la psicóloga, que asiente con una sonrisa cálida y agradable, muy distinta a la de las numerarias.
Parece preocupada. Me recomienda que vaya unos días a casa con mi familia.
Abono el coste de la sesión, que no viene del sobrecito del centro ni me lo da la secretaria, por supuesto. La que tiene un problema soy yo.
Envío una foto a mis amigas desde Ahedo.
Ellas están achicharradas bajo el sol de agosto en Barcelona, mientras yo poso con la sudadera de Quiksilver de imitación, disfrutando de un pincho de tortilla en la fiesta de Santa Marina, patrona de mi pueblo.
Me reencuentro con Juan y con mis amigos de la infancia, con los que solía hacer obras de teatro en verano.
«Madre mía, Marina, ¡cuánto tiempo! Casi no te reconozco».
Mis amigos siguen estando ahí. Duermo como solo se duerme en Ahedo: sin ruido de coches, con el fresquito burgalés de las noches veraniegas, arropada por el canto de los grillos.
Descanso de verdad, por fin, y saboreo la miel mordiendo directamente del panal.
Ya no hago el examen de conciencia por las noches, así que no tomo nota de mi gula.
Fuera, oigo la comparsa animada por el sonido de la dulzaina, mientras los vecinos del pueblo se paran en cada casa habitada, lanzan un petardo y gritan: «¡Que viva Santa Marina, que viva!
», a lo cual se debe responder: «¡Y se portará!
». «Portarse», en este contexto, significa dar un aguinaldo, poner de comer o agasajar a los vecinos con alguna bebida.
Papá regala diez euros a la comparsa y mamá saca mosto para beber.
En la ermita de Santa Marina, durante la misa, el sacerdote recuerda la historia de esta santa, que ya es una leyenda conocida.
Por lo visto, Marina nació en el siglo ii en un parto múltiple, junto con otras ocho niñas, siendo hija de un gobernador romano que perseguía a los cristianos.
Marina y sus octillizas, sin embargo, abrazaron la fe cristiana, oponiéndose a su progenitor, que intentó hacerlas renegar de sus creencias.
Como era de esperar, Marina, virgen y mártir, fue decapitada y arrojada a un horno.
Dicen que al cortar su cabeza, esta dio tres botes, de los que manaron tres manantiales.
Desde pequeña, entendí que mi santa, mi patrona, vivió de manera heroica las virtudes del no follar y el ser cabezota.
Gracias a su tenacidad logró llegar al cielo, enfrentándose a su propio padre y al gobierno de la época.
También logró construir tres manantiales, con tres botes craneales, pensando siempre en los demás hasta en el momento mismo de su muerte.
Un ejemplo a seguir. Me pregunto si hay algún hombre en el santoral con virtudes semejantes.
Me doy cuenta de que ser virgen y mártir es lo que hoy llamaríamos «cosas de chicas».
Gracias a la psicóloga voy flexibilizando mi forma de pensar, dejo de ser tan cabezota, algo que yo siempre había interpretado como una virtud.
El tema de la castidad lo cumplo a rajatabla y prefiero que la psicóloga no sepa que tengo un compromiso de celibato de por vida.
A pesar de mi discusión con la directora, sigo temiendo que los mundanos no entiendan mi vocación al Opus Dei y estén llenos de prejuicios.
La gente cree que los de Casa somos muy raros o no existimos, y seguro que en la facultad de Psicología no les han explicado los misteriosos mecanismos de la llamada divina.
No, no, mejor no sacar ese tema del celibato con la terapeuta.
Basta con que ella me dé unas pautas sobre cómo extirpar el demonio de mí.
Un par de chasquidos con los dedos y mi vida volverá a ser la de antes.
Sin embargo, en la terapia semanal descubro que lo que siempre ha entorpecido mi vida es, en realidad, mi personalidad.
La psicóloga considera que la culpa y la exigencia pueden ser agravantes de mi ansiedad, y sostiene que no son innatas.
No menciona al Opus Dei en ningún momento, pero empiezo a ver el origen de mi miedo y necesidad de control acechando en los medios de formación: en la prédica del sacerdote, en la charla con la directora espiritual, en el círculo, en los textos de Escrivá, en las charlas del retiro espiritual.
¿Puede ser que una gran parte de mi problema provenga de causas externas?
Pienso en mis hermanos, algunos de los cuales han dejado el grupo, y empiezo a dibujar patrones.
—¿Estás pensando en dejar el Opus? —me pregunta Maitane, amiga actriz con la que actué en La cuestión es pasar el rato y que me conoce desde hace años.
—¿Vas a dejar la Obra? —me pregunta una amiga, recién conversa, que acaba de recibir el sacramento de la confirmación gracias a mi apostolado.
Irse me parece tirar la toalla, decepcionar a mi entorno y a mi familia.
Dejar mi vocación supone retractarme de lo que pensaba que era mi vida, dar explicaciones, contestar preguntas.
Renunciar ahora, después de la fidelidad, es un gran fracaso, como un divorcio celestial.
Seguir dentro supone vivir con una constante violencia interna.
Quiero creer que, aunque me salga del grupo, puedo seguir siendo cabezota y virgen si me lo propongo.
No son virtudes exclusivas de la organización, ya santa Marina lo hizo en el siglo ii , mucho antes que Escrivá.
Es cuestión de actitud. Mi vinculación a la organización no me define, ¿verdad?
Yo soy yo, una sola persona, no hay un yo-yo y un yo-Opus…
, ¿o sí? Igual ha llegado el momento de encontrar mi yo, un ser único y exclusivo, ver qué pasa si me quito la capa de superwoman agregada.
Parece necesario que todo cambie para que, de verdad, algo cambie.