Que viva Santa Marina, ¡que viva!
Que viva Santa Marina, ¡que viva!
Sé que está prohibido ir a conciertos, y ya me he saltado varias normas en lo que va de año, con la consiguiente culpa y confesión, así que debo empezar a medir mis pasos si no quiero causar escándalo.
No me hacen muchas correcciones fraternas porque creo que a mis compañeras agregadas les han dado indicaciones de que me dejen tranquila.
Notan que estoy rara y desquiciada. Sé que aparentar normalidad es una práctica habitual, otras veces he oído en los pasillos ese tipo de consignas y me han dado pistas similares con frases en clave: «Fulanita necesita cariño», «Menganita se ha ido unos meses a una casa para descansar», «Zutanita está un poco enferma, ha ido con un médico de confianza».
Hacen la vista gorda y se tragan mis excusas mientras me observan con el rabillo del ojo y toman notas.
Me entero de que Kraftwerk actúa en el Liceu de Barcelona y no me lo quiero perder.
Mis amigas no me acompañan porque no les interesa la música electrónica alemana de los setenta, así que, de cara al Opus Dei no puedo disfrazar el evento como «plan apostólico».
Me quedo sin excusas. Quiero ir, y punto.
¿Eso no vale como argumento para las directoras?
No. ¿Pondré en la cuenta de gastos la compra de la entrada del concierto?
Menudo dilema. Me da rabia tener que ir sola.
El único que querría acompañarme es mi amigo Henry, pero él vive en Venezuela.
—¡Kraftwerk! Marina, de pana, tienes que ir.
Henry y yo somos amigos desde tercero de universidad y siempre compartimos música.
En cuarto de carrera, sometida a la presión de las constantes correcciones fraternas y forzada por mi directora espiritual, rompí con Henry.
Según mi directora, en algún momento yo podría confundir nuestra relación de amistad con el romanticismo.
Para evitar esas situaciones lo mejor era terminar con el vínculo afectivo.
La amistad es un arma de doble filo, los hombres y mujeres no pueden ser amigos y mi relación con Henry era demasiado estrecha.
Un pequeño resbalón podría llevarme directa a la impureza, la fornicación y el fuego eterno.
Yo insistía a mi directora en que Henry no me gustaba, porque me gustaban los chicos melancólicos y misteriosos y Henry es más bien alegre y festivo.
Cuando estamos a solas, lo único que hacemos es estudiar, ver Muchachada Nui y tomar cerveza.
Además, no es mi tipo. Aun así, obedecí a la directora.
—No deberíamos hablar más —disparé después de la ceremonia de graduación.
Henry me miró desolado y se le humedecieron los ojos.
—Eres mi amiga. Sé que tienes tu compromiso religioso, pero eres mi amiga. Siempre he respetado eso. Yo no busco otra cosa.
Se me rompió el corazón, pero no podía llorar.
Estaba rígida. El tubo que conectaba mis emociones con mis expresiones faciales y la empatía necesitaba varias reparaciones.
Sí fui consciente en aquel momento de que nunca antes había hecho algo tan cruel, tan violento, a una persona.
Me sentí fatal y apenas dormí. Al día siguiente, llamé a Henry y le pedí perdón, le dije que olvidara mis palabras del día anterior.
Cuando mi directora me preguntó si ya había cortado con él, asentí. Ella se quedó tranquila y yo aprendí a mentir para proteger mis vínculos y no transformarme en una psicópata. La mentira y el silencio me protegen. Desde entonces, mi amistad con Henry ha trascendido la distancia y el tiempo.
—De pana, Marina, qué bolas. Kraftwerk en directo. Tienes que ir.
Henry suele tener razón. Decido ir sola al concierto y no decirlo.
Un secreto más, qué importa. No estoy haciendo nada malo, el cura exorcista me insiste en que ir a un concierto no es un pecado, aunque yo lo sienta así.
Compro una entrada para el palco, me pongo las gafas de visión 3D y bailo al ritmo de We are the robots .
La vida es mucho mejor en 3D y con banda sonora electrónica.
La vida es mucho mejor con amigos. Me alegro de no ser un robot.
La lucha entre mi demonio iracundo y frustrado lleno de emociones incontrolables y mi raciocinio obsesivo es cada vez más intensa.
He pasado de enviar emails y confesarme durante horas con el sacerdote a hablar con él por teléfono.
Cada vez me cuesta más ir a trabajar. A veces necesito esconderme en el baño a llorar.
No entiendo qué me pasa y no entender me vuelve loca.
Cuando intento sentarme para escribir mi trabajo final de máster, no me salen las palabras.
No puedo pensar, no puedo leer, no puedo hilar dos frases lógicas juntas.
Mis amigas me convencen: necesito ayuda psicológica.
Después de hacer un Excel con todas las opciones terapéuticas de Barcelona, sigo el consejo del cura exorcista y voy a una psicóloga independiente del Opus Dei que no había oído hablar de esta organización.
A pesar de mi autodiagnosticada posesión diabólica, sigo siendo fiel a mis compromisos opusinos.
Informo a mi directora de que voy a acudir a una especialista.
Este es el tipo de cosas que hay que consultar a la directora y al sacerdote.
Oculto el tema del concierto, pero en las cuestiones de salud mental aún confío en la organización.
La directora levanta una ceja. No es habitual que los miembros busquen sus propios recursos de salud.
Lo lógico es que lo hagan las directoras, que son quienes más te quieren y mejor te van a guiar.
Asiento mientras escucho la charla motivacional de la directora, que me recuerda a la explicación que me dieron sobre la universidad pública, antes de endeudarme hasta las cejas.
—Y por eso, para ayudarte, te hemos buscado una psicóloga buenísima. Aquí tienes sus datos.
Hago una búsqueda rápida en internet.
—Perdona, pero esta psicóloga es experta en trastornos de la alimentación. No es mi problema.
—Bueno, pero es una psicóloga de confianza.
—¿Quieres decir que es del Opus Dei?
No, no diría «Opus Dei» en este contexto. He traducido, he cambiado el código para que el lector siga la conversación. En realidad, diría «Casa». Los miembros son «de Casa», así, en mayúscula. Los demás son extraños, no son de los nuestros, no viven bajo nuestras normas, no nos entienden.
La posesión diabólica va a más, mi cabeza empieza a dar vueltas sobre sí misma y cuestiono a la directora por primera vez. Ella no me contesta, así que sospecho que toma mi pregunta como retórica e interpreto su silencio como un sí. El demonio dentro de mí se envalentona.
—Si te dijera que me duele la rodilla, ¿me llevarías a un dermatólogo solo porque es de Casa?
Ahora la pregunta sí es retórica. Me alegro de que la directora no conteste en este caso. Belcebú ha tomado posesión de mi lengua y estoy disfrutando la sensación.
—Pues bien, yo no voy a pedir ayuda a una experta en anorexia solo porque sea una psicóloga de Casa. ¿Cuál es el objetivo aquí: que yo esté bien, sana y feliz, o que siga siendo agregada?
Le miro a los ojos. Ahora sí espero respuesta.
—Los psicólogos no entienden nuestra vocación…
Resoplo al escuchar el argumento de siempre y ella se queda en silencio.
Ya está bien de excusas: los psicólogos no nos entienden; los medios de comunicación, tampoco; los creyentes, tampoco, y los no creyentes, nos odian.
Es la primera vez en diez años que me enfrento a una directora, y yo soy la primera sorprendida.
Necesito poner límites cuanto antes o tanta hipocresía acabará conmigo.
Me repantigo en el sofá de la temida psicóloga. No me fío del todo.
«Estoy bien. Solo es una mala racha».
Sonrío muchísimo para que la terapeuta vea lo bien que estoy.
Ella, en cambio, abre su cuaderno y toma notas.
Le digo que no soy capaz de presentar el trabajo de fin de máster en la convocatoria correspondiente y lo tengo que posponer.
Me encanta estudiar, pero estoy agotada, triste y quiero irme de Barcelona.
Cada vez que abro el folio en blanco me hundo en arenas movedizas.
Cuando acaba el curso, decido no renovar mi ansiado contrato laboral fijo con la universidad privada, aunque eso suponga no saber cómo voy a pagar el préstamo y volver a la casilla de salida.
Por lo menos tengo paro. Es una decisión difícil, porque los intereses siguen subiendo, pero prefiero invertir mi dinero en la psicóloga.
Temo que, si no, acabaré en un pozo profundo.
No me veo capaz de volver a trabajar ni de levantarme por la mañana.
Dejo de funcionar: no puedo cumplir un horario, solo lloro y duermo.
Parezco un bebé. El sacerdote-exorcista me dice que es cuestión de tiempo, que cada vez iré estando mejor.
Hago un acto de fe y pido a Dios que me saque de ese sinsentido.
La psicóloga me pone algunas tareas como, por ejemplo, tumbarme en el sofá un sábado por la tarde y ver qué sensaciones aparecen.
Lo hago. Apunto lo que siento, inspecciono mi estado emocional y descubro una diversidad de sentimientos complejos que desconocía, entre los que se incluyen sin quedar limitados a:
culpa por tumbarme, incumpliendo la norma del saber estar («mantener el tono humano») y dar ejemplo;
ansiedad por no estar siendo productiva, incumpliendo la norma de «descansar es cambiar de ocupación»;
deseo de cerrar los ojos y echarme una siesta como cuando era pequeña, incumpliendo la norma que prohíbe echarse siestas;
nostalgia recordando el sofá de mi casa, en la que no estoy hace meses porque tengo retiros espirituales mensuales, bendición cada sábado, charlas cada jueves y fechas de entrega del máster;
agobio por no haber limpiado el salón en la última semana. Puedo ver el polvo que se acumula en las estanterías;
deseo de cerrar aún más fuerte los ojos y, otra vez, echarme una siesta que dure años. Deseo no despertarme;