El Exorcista #2
—¡Chicas! ¡Por favor! ¡Ayudadme a buscar mi anillo!
Levanto cojines, muevo libros, histérica.
—Si pierdo este anillo…
Mi compañera de piso me mira extrañada.
—¿Qué, Marina, qué pasaría?
No puedo contestar. «Si pierdo este anillo, si pierdo mi fidelidad, mi vida no tendría sentido».
Es un horrocrux, y yo soy una pieza del puzle de Dios, el divino guionista que va desarrollando las tramas y subtramas de mi existencia.
Mi vida solo tiene sentido dentro del plan de Dios para mí y si ese objeto desaparece, mi alma se consumirá al instante.
Toda mi trayectoria desde niña, con mis defectos y virtudes, ha ido encaminada a cumplir el plan.
Pero cada vez me siento más a la deriva y ya no diferencio qué es culpa, qué es amor y dónde está el bien y el mal.
Dios es mi padre, eso lo tengo claro, pero no estoy segura de que Barcelona sea una verde pradera donde recostarme.
Más bien parece una ciudad a punto de explotar.
Los okupas toman Can Vies, la crisis se hace más profunda y una grieta fractura su identidad enfrentando a sus habitantes al abismo. Yo la primera.
—Creo que estoy poseída.
En un viaje de autobús, yendo del trabajo a la universidad pública en el V7, necesito bajarme y entrar en una farmacia.
Estoy pálida y mareada, a punto de caerme al suelo.
Las farmacéuticas se miran preocupadas, les digo que estoy bien, estoy con la regla.
«Seguro que solo es un poco de anemia sin importancia».
Mis reglas son muy abundantes, pero tampoco se me ocurre ir al ginecólogo ni hablar sobre la menstruación con las numerarias.
A pesar de que pertenezco a una comunidad religiosa rodeada de mujeres, no hablamos sobre un tema tan…
pegajoso. Sonrío. Sonrío muchísimo. Estoy bien.
Las farmacéuticas hacen una excepción y me dan unas pastillas de Ferbisol.
Me recomiendan hacerme una analítica cuanto antes.
No saben que odio a los médicos y las agujas.
No saben que evito el ginecólogo y los hospitales desde la adolescencia.
Mi voluntad está por encima de la salud.
La actitud va por delante. Todo va bien, Dios es mi padre.
Mi compañera de trabajo conoce el Opus Dei, pero no le gusta.
Como yo, las dos trabajamos en la universidad vinculada a la organización.
Yo me tomo el trabajo con resignación y agradecimiento servil, y ella con practicidad.
Conforme nos hacemos amigas, confronta mi vinculación a la institución religiosa de manera directa.
Ninguna amiga se había atrevido a tanto.
Me hierve la sangre. No quiero hablar, ¡no quiero dar explicaciones a nadie!
¡Nadie me entiende! ¡Soy libre! ¡Hago lo que me da la gana!
¡No soy una adolescente! Y, sin embargo, cada vez consigo controlar menos mis emociones.
Cambio de humor cada cinco minutos y puedo pasar de la tranquilidad más absoluta al llanto en cuestión de segundos.
Me obsesiono con un chico, le persigo, me escondo detrás de un árbol para verle pasar.
No quiero follar (ni siquiera puedo decir esa palabra), pero por primera vez noto que en el famoso soga-tira que suele controlar mi relación con los chicos que me gustan hay una parte irracional, obsesiva, poseída, que gana fuerza, contra la que no puedo hacer contrapeso y que me arrastra hacia el mal.
Necesito ayuda. Necesito un exorcista profesional que haga un ritual para que esa locura salga de mí.
Basta con un crucifijo, un poquito de agua bendita y una oración en latín preconciliar.
Asunto: Horario Soy Marina, estuve en Pamplona el año pasado. Quería saber las horas a las que confiesa en la parroquia, si está por aquí.
Un sacerdote numerario, que he conocido en mi último curso anual en Pamplona, ha cometido un acto de rebeldía inusitado: me ha dado su dirección de email.
Me ha hecho prometer que no diré a nadie que me ha facilitado su correo, ya que desde la dirección han intentado apartarle varias veces por sus ideas revolucionarias y su comportamiento excéntrico.
Por ejemplo, insiste en que si nos han adoctrinado desde pequeñas, no podemos elegir porque nuestra psicología está deformada, como si hubiéramos desarrollado una miopía y, por tanto, no podemos ni ser virtuosas ni pecar porque no vemos la realidad tal cual es.
Asegura que la institución necesita una reforma profunda y que los directores «no se enteran de nada» pero que algún día todo volverá al buen camino.
Echa espuma por la boca y en las meditaciones, en lugar de susurrar, grita y exclama improperios contra los directores y sus técnicas de control.
Ahora se ve obligado a actuar por detrás, a escondidas, para evitar represalias. Le prometo confidencialidad.
—Este es mi email. Si algún día necesitas ayuda, escríbeme.
El episodio de Lotso secuestrado ya da muestras de lo que supone una violación de las estrictas normas de separación entre las mujeres y los sacerdotes, ¡qué decir, entonces, del intercambio de datos personales!
Transgresión, y de las gordas. Sin embargo, por alguna razón que no acabo de entender, este sacerdote insiste en que no me encuentro bien y está dispuesto a arriesgarse con tal de echarme una mano.
Lo primero que afirma cuando voy a confesarme con él es que no me puede dar la absolución porque lo que estoy diciendo, de acuerdo con la Iglesia, no es pecado.
¿Cómo? Es la primera vez en diez años que un sacerdote hace una afirmación tan severa.
Yo estoy convencida de que peco muchísimo.
Por ejemplo, hace solo unos días insulté al compañero que me gusta y le tiré un objeto a la cabeza, en un ataque de posesión iracunda, para que se fuera de mi vista y así evitar la tentación. Dies irae.
—Necesito que me dé la absolución. Por favor.
La culpa me asfixia, debo ser juzgada, cumplir mi castigo.
Si me dan la absolución, sentiré alivio.
Esa es la única dinámica que conozco: culpa, alivio, culpa, alivio, en un baile infinito de amor entre Dios y yo.
Se me da genial encontrar la culpa y el pecado en mi personalidad, soy adicta al sufrimiento.
Podría sacarme dos másters en autodestrucción sin necesidad de becas.
Es uno de mis dones más preciados, siempre ensalzados por mis directores como parte de mi lucha espiritual.
Resulta que ahora este sacerdote extraño, como un rebelde dentro de la organización, insiste, diez años después de que yo empezara mi camino de santificación, en que lo que yo siempre he llamado «pecado» puede ser un posible inicio de depresión.
Al fin, tras mucho suplicar, me absuelve.
—Ego te absolvo …
Inclino la cabeza.
—Marina, tendrías que hablar con una psicóloga. El poder de Cristo te obliga.
El demonio dentro de mí suelta una risotada.
¡Un psicólogo! ¡Ja! ¡Eso es de lesbianas!
Yo estoy genial. Soy libre y soy feliz. Vuelvo a casa tranquila después de confesarme, suave como la seda.
Me enchufo otro episodio de Freaks & Geeks , me tomo una pastilla de hierro y me abrazo a mi sudadera negra de Quiksilver falsa.