El Exorcista
El Exorcista
Firmo un contrato fijo para trabajar en una universidad privada vinculada al Opus Dei, en Barcelona.
Me siento incómoda cuando las personas que conozco en los cursos anuales y convivencias se convierten en contactos laborales, pero después de que mi currículum haya sido rechazado para trabajar de camarera en Miranda, no sé qué más puedo hacer para conseguir un contrato fijo, el Santo Grial de los milenial.
No consigo trabajo en Manchester y necesito un ingreso más alto.
Así que cuando una compañera agregada me ofrece la posibilidad de hacer una entrevista en la universidad donde ella trabaja, acepto.
Me trago todas mis palabras, mis principios de separación de trabajo y vida personal, de creencias religiosas y vida académica, y acepto.
Al menos no es un colegio segregado y mis alumnos no son menores de edad.
Mis padres están contentos: por fin tengo un trabajo de verdad, un trabajo prestigioso, con un horario normal, y que ellos entienden.
Estoy convencida de que en Barcelona conseguiré terminar de pagar el préstamo, pero no puedo evitar sentir que me he traicionado a mí misma.
Desde la sucursal del banco me informan de que los ingresos que he hecho en los últimos dos años, ahorrando en tabaco y cafés, apenas llegan para cubrir los intereses.
Cada vez que hablo con Higinio el prestamista, aumenta mi dolor en la garganta y el corazón se me acelera, pero ya no puedo hacer más.
Solo yo puedo salir del lío en que me he metido.
Decido no sacar el dinero en efectivo para llevarlo al centro; ahora les digo que es mejor hacer una transferencia directa para el crédito según me llega la nómina.
La secretaria asiente, seria, pero me recuerda que presente cada mes los gastos, donde debo indicar a qué destino mi sueldo. Los miembros célibes lo hacen.
El contrato fijo en la universidad viene condicionado por mi compromiso para hacer una tesis doctoral.
No tengo claro si sirvo para la carrera académica, y más aún en una universidad de la institución, donde no acabo de sentirme cómoda.
En cierta manera, voy construyendo un futuro laboral opusino estereotípico, el estilo de vida que nunca he querido llevar: me miro al espejo y veo una réplica de mis profesores de la universidad.
¿Yo también acabaré comparando a los homosexuales con cuajadas?
Tengo miedo de mí misma, como si no estuviera tomando mis propias decisiones, como si las circunstancias me estuvieran empujando hacia el lugar donde no quise estar y la vida hubiera echado a rodar, aplastándome.
He pasado de ser alumna de la universidad, a ser profesora.
He completado el círculo y no tengo un grupo de teatro cerca en el que refugiarme.
Tampoco queda bien impartir clase con mi sudadera negra de Quiksilver en una universidad privada.
Debido a la nueva normativa de doctorandos, para poder hacer la tesis debo cursar un máster de investigación, y ahí marco una línea roja.
Me niego a estudiar en una universidad del Opus Dei.
No estoy dispuesta a repetir la asfixia de Pamplona.
Busco, como un perro trufero o como Hansel y Gretel, las miguitas que me conecten con la realidad, con un mundo no mediado por la institución.
Mientras algunas personas encuentran en su vinculación con el grupo (o en su falta de cuestionamiento) una vía de progreso y escalada profesional, yo solo veo un arma de doble filo, un quid pro quo , un disparo al pie.
En la universidad pública aprueban mi solicitud porque mi media de notable y mi situación económica sí resulta suficiente para que Papá Estado me otorgue una beca.
Basándome en experiencias pasadas, oculto mis decisiones a mi directora espiritual y a la directora del centro, y me matriculo en el máster de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra.
Tampoco menciono que tengo amigos chicos.
Me siento una desertora, como si estuviera escarbando un túnel con una cucharilla de yogur, buscando un salvoconducto para que mi cerebro no se atrofie, alimentando una pasión por estudiar, leer, pensar y vivir que escape a la supervisión opusina.
Ahora, seis años después, empiezo a entender lo que decía mi hermano sobre el lavado de cerebro.
Asisto, por fin, a la universidad pública.
Tengo que recorrer Barcelona cada día de punta a punta y leo los libros obligatorios para clase sentada en el V7, cuando termino de pasar las cuentas de los misterios dolorosos del rosario los martes y los gloriosos los miércoles, pero merece la pena.
Descubro que no todos mis compañeros son rojos e incluso mi nueva amiga (que sí es roja, ¡menuda casualidad!) respeta mis creencias, sin intentar convencerme, sin hacer apostolado comunista ni adoctrinamiento woke .
Además descubro, con grata sorpresa, que tampoco mis profesores piensan igual.
Me parece, incluso, que algunos profesores se contradicen entre ellos.
Una catedrática en Literatura nos habla sobre Hildegarda de Bingen y me pregunto por qué, en diez años en el Opus Dei, estudiando meses y meses de teología y filosofía cada verano, no había escuchado nombrar a una doctora de la Iglesia.
He tenido que descubrir el misticismo en una universidad pública.
¿Puede que la doctrina y la educación opusina no sea tan buena como proclaman?
Me veo obligada a pensar con un nuevo marco de referencia y lo disfruto, igual que hacía en clase cuando era niña.
Leo muchísimo, me enfrasco en la hermenéutica, en la literatura comparada y me imagino que el mundo es un gran texto que puedo interpretar y que me invita a sacar conclusiones propias.
Empiezo a pensar, incluso, que escribir y crear es posible para mí.
Durante mis horas de trabajo en el despacho de la universidad privada, escucho una y otra vez en YouTube el disco de Brian Eno Apollo: Atmospheres and Soundtracks, que el músico compuso a raíz del alunizaje del Apollo 11.
La atmósfera de grandiosidad me sobrecoge, me siento pequeña en un mundo enorme y complejo.
A veces lloro sin darme cuenta y las lágrimas caen sobre mis apuntes de Teoría de la literatura cuando suena An Ending (Ascent).
Tengo el alma hecha trizas, famélica y deshidratada.
En esa misma época, un astronauta estadounidense que hace fotografías desde el espacio acude a la universidad privada donde trabajo para dar una charla y varias alumnas me piden que les ayude como traductora.
Le entrevistan para la radio y, a medida que interpreto las palabras de Pettit al castellano, cuando voy describiendo las sensaciones de vivir en el espacio, tomando palabras ajenas y haciéndolas propias, traduciendo la experiencia del astronauta extranjero al hombre común español, escucho los ecos de la ascensión de Brian Eno y resuena con fuerza el cántico de Hildegarda.
Se abre dentro de mí una posibilidad llena de admiración y sueños inalcanzables.
Me imagino al Pettit niño, aquel chaval que un día dijo «quiero ser astronauta.
Quiero estar en la NASA», igual que cientos de miles de chavales en el planeta.
Fue uno de los pocos que pudo hacerlo. No necesitó una llamada divina para cumplir su propósito, ni tuvo una revelación mística.
La misión interespacial, tal y como Pettit la describe, se parece más a un deseo unido a las circunstancias y el trabajo en equipo que a una predestinación guiada por una voluntad de hierro.
Cuando termina la entrevista, necesito encerrarme en el baño.
No quiero que los alumnos y compañeros me vean llorar.
Sigo calmando mi ansiedad con el cine y vigilo mi corazón para no enamorarme.
Tengo prohibido enamorarme. Amar a una persona de carne y hueso es un pecado, una traición y me llevará directa al infierno.
Pertenezco a Dios, no debo olvidarlo ni un solo día de mi vida, pero noto que mi corazón se va transformando en un desierto que no reverdece.
La ficción llena los huecos. Me engancho a la serie Freaks & Geeks , que puedo ver gratis en YouTube y que me ayuda a vivir una adolescencia interrumpida.
Solo necesito un ordenador y unos cascos: tecleo, husmeo, busco historias que me hagan sentir menos sola y menos rara, donde pueda habitar en una pseudorrealidad.
A veces me pregunto cuál es el simulacro: mi vida o lo que veo en la pantalla.
Sigo confesándome, cada semana, por supuesto.
Hago lo estipulado. Mientras, me enamoro sin remedio de James Franco, pero me enamoro con un amor distinto al que me enamoré de Johnny Depp y diametralmente opuesto al que sentía por el señor Darcy del libro Orgullo y Prejuicio .
La adolescencia posmoderna estaba llegando a mí, solo que con diez años de retraso.
Aquella chica que soñaba con ser escritora, con hacer películas y teatro reaparece, pero con una nueva voz más quejica, más cínica, más amargada y dubitativa: ¿me estoy perdiendo algo de la vida?
En la universidad soñaba con crear una obra propia, mía y solo mía.
Cada vez veo más lejos esa posibilidad: desde mi rol de aspirante a doctoranda me dedico a criticar y comentar, enseñar y analizar lo que otros crean.
Mis alumnos hacen prácticas en productoras, y yo peleo para que les paguen.
Soy apenas tres años mayor que ellos pero siento que he envejecido de golpe, como si cargara el fardo de la vida sobre mis espaldas y arrastrara una pesadez que mis guías espirituales siempre han identificado como madurez y compromiso.
Me desoriento en Barcelona, corro de lado a lado, estudio, trabajo, quedo con las pocas amigas que tengo para compartir mis quejas, mis frustraciones, y mi cerebro empieza a cortocircuitar. Pierdo las cosas por casa, incluido mi anillo de la fidelidad. Estoy ansiosa.