Verdes praderas #3
Aviso a la directora del centro de mi situación.
Estoy tan desesperada que me planteo mudarme con un matrimonio que alquila una habitación sin ventana, a las afueras de la ciudad.
He buscado trabajo como limpiadora en un hotel para complementar mi beca de prácticas, pero los horarios no me cuadran.
La directora del centro se niega a que me mude al piso con el matrimonio: no es de recibo que una agregada, una célibe, viva con un hombre, por mucho que esté casado.
Suplico ayuda a la directora, necesito encontrar un alojamiento, el que sea.
Con la pena, condescendencia y firmeza típica de las numerarias, sostiene que no puede ayudarme, porque las agregadas no pueden vivir ni siquiera unos meses en un centro y, como los miembros agregados viven de su trabajo, tampoco pueden apoyarme con dinero.
Es la norma. Es inflexible. El dinero, el préstamo, el alquiler, el sueldo es mi puñetero problema.
El Opus Dei es una familia cuando a las auxiliares les toca limpiar y preparar la comida para la fiesta A o cuando me toca entregar el sueldo cada mes, claro, pero no cuando a tu casera se le va la olla y te deja tirada en la calle.
Repaso lo que memoricé en el catecismo, todas las normas insertadas en el software de mi cerebro robótico, descargo todas las preguntas almacenadas en mi disco duro y no recuerdo que los libros internos mencionen ningún punto específico sobre la caridad cristiana.
Colapso. Lloro en el último asiento de la iglesia.
Me empiezo a hundir. ¿Quién maneja el mundo?
, ¿por qué lo ha diseñado tan mal? Me rebelo.
Me niego a tocar fondo y levanto la cabeza: ahí está, en el sagrario, Dios, bien guardado en su cajita sin pasar frío ni calor.
Sin pagar alquiler ni IBI. Él sí tiene casas increíbles: catedrales, oratorios ostentosos (¡Torreciudad!), casas de retiros, colegios mayores, iglesias diseminadas por el mundo.
Allá donde vaya, una numeraria tiene una casa.
Yo no. Yo estoy sola con Dios porque es mi vocación.
Una vocación que tiene sus ventajas y desventajas, no hay más vueltas que darle, no sirve lamentarse.
La moneda clavada en mi garganta ya no es un euro ni un pound , se ha ido haciendo grande hasta convertirse en un lingote de oro.
Es un maldito lingote del tamaño de un ladrillo, que pasa a ser tan grande como la burbuja inmobiliaria y el tardocapitalismo.
Miro mi anillo con diamantes, pero no se me ocurre venderlo.
Eso sería altísima traición a mi recién estrenada fidelidad.
Mi anillo, en cambio, se transforma en un recuerdo de que Dios me cuida, es un amuleto de protección divina.
Me limpio las lágrimas y me arrodillo en el reclinatorio.
Un haz de luz ilumina el sagrario al fondo de la iglesia, rodeado por un precioso retablo tallado en madera.
Entonces, tengo una revelación. «Dios es mi padre.
Mi padre es el dueño de todas las casas del mundo.
Él es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar».
Beso mi anillo de la fidelidad, salgo de la iglesia y observo a una urraca que se posa en la lápida, en uno de los cementerios protestantes que pueblan la ciudad.
Escucho Joy Division en mi mp3 mientras deambulo por Manchester, entre la niebla.
Llego a casa y accedo otra vez en la página de Spareroom para buscar un piso de chicas donde vivir sin poner en peligro mi vocación.
Debo proteger mi don divino, es lo más importante, no puedo perder el control.
Mientras tecleo con los dedos bien colocados, como me enseñó mamá, no se me ocurre pensar que, colgado en mi anular, como si tal cosa, llevo cientos de euros que podrían estar en mi cuenta bancaria y pagar alguna noche de hotel.
No, ni se me ocurre pensar en eso. No vendería mi anillo ni por todo el dinero del mundo.
Al día siguiente, encuentro un piso en Old Trafford, con una señora india jubilada, Radha, que se convierte en mi mejor amiga en Manchester.
Radha me instala en la habitación de una de sus hijas, licenciada en Literatura por Cambridge.
De pronto, de la noche a la mañana, me veo viviendo en un cuarto con las paredes cubiertas de estanterías y libros hasta los topes.
Libros de filosofía, política, literatura y teatro al alcance de mi mano, como en mi casa de la infancia, como en los viejos tiempos.
Cuando no puedo dormir, leo. Cuando estoy triste, leo.
Leo con culpa, pero leo. Necesito saber, necesito evadirme y necesito alimentarme. Devoro La naranja mecánica .
Para mi sorpresa, descubro que la obra tan polémica y censurada de Anthony Burgess es, en realidad y en sus propias palabras, «un sermón».
Envalentonada, y gracias al wifi de Radha, voy un paso más allá: me descargo la adaptación cinematográfica en el ordenador, con las manos temblorosas, consciente de que no he pedido permiso a la directora, y que estoy haciendo algo prohibido.
Mientras veo la película, se me van abriendo los ojos.
Pasan ante mí las imágenes de Kubrick sin censura, sin prohibiciones, sin miedo.
Empiezo a pensar que lo que parece malo puede ser bueno, y al contrario.
Vivo mi propia revolución particular sorteando la censura inculcada.
La naranja mecánica me parece un auténtico horrorshow .
Cuando termino de verla, presiono la tecla del PLAY en mi reproductor VLC del ordenador portátil, bajo la mirada de Dios, en mitad de la noche. La película empieza de nuevo.
Dios es mi padre y no me abandonará jamás, perdona mis transgresiones, que quedan entre él y yo.
No respondo ante nadie más que él. Soy fiel a mi vocación y estoy feliz a pesar de las dificultades.
Tumbada en mi cama, rodeada de libros y dando gracias a Dios por haberme llevado a tan buen puerto, me reafirmo en que los milagros existen.