La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Verdes praderas #2
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Verdes praderas #2

El proyecto de Filipinas marca un antes y un después, y cambia mi percepción del mundo y de mí misma.

Me hace más crítica y me impulsa a estar más informada, pero no soluciona mis problemas económicos ni, por supuesto, hace que mi currículum atraiga a los empleadores ni se resquebraje mi confianza ciega en el Opus Dei y mi título de la Universidad de Navarra.

A la deuda pendiente con el banco se van sumando los intereses, bajos, pero constantes.

Los indignados del 15-M dejan las acampadas y los contratos de prácticas se vuelven cada vez más precarios. La nueva palabra de moda es minijob .

Rezo a la estampa de san Josemaría Escrivá cada día para encontrar trabajo y escribo una carta a la decana de la facultad, pidiéndole que, al menos para los alumnos con deudas bancarias sin aval, exista la opción de solicitar prácticas remuneradas.

Necesito dinero, pasta, panoja. Desde la universidad, un profesor designado por la decana me informa: si obligan a que las prácticas se paguen, muchas empresas no ofrecerían esta opción a sus alumnos.

Es la pescadilla que se muerde la cola, y no puedo salir del laberinto capitalista.

En el buzón de casa se acumulan las cartas del banco solicitando que devuelva el crédito y los intereses suben mes a mes.

Encadeno trabajos sin declarar y vuelvo a Pamplona unos meses para un proyecto de comunicación, gracias al mismo profesor de la universidad que me propuso el rodaje en Filipinas.

Yo ya no soy la misma y Pamplona no es igual que antes.

Se han ido mis amigos de clase con sus Oktoberfest y cada vez se me atraganta más ese mundo universitario perfumado con eau d’Opus .

Un aroma embriagador, lleno de sonrisas, camisas con cuellos y puños sin una arruga, hombres con traje, mujeres con fulares y una secreta violencia económica, psicológica y espiritual que aún no sé definir pero que inunda cada rincón del campus.

Creo que no podré salir, Pamplona será mi peak y solo el silencio me protegerá.

Desesperada, me refugio en la ficción: por las noches, engancho capítulos y capítulos de series en sitios web como Cuevana, Megaupload, Putlocker, descargas piratas del eMule y Ares.

Quiero irme de Pamplona y de España, quiero irme del mundo conocido.

Creo que estoy empezando a descubrir la parte oscura de la vida adulta y no me gusta ni un poquito.

Para sobrevivir, necesito hacer trampas y no informar a mis padres sobre mis siguientes pasos. Solo ponen palos en la rueda.

Consigo una beca pública de la Unión Europea para hacer prácticas en Manchester durante medio año con una remuneración de seiscientos euros mensuales.

Antes de irme, la directora del colegio de Bilbao donde fui becada en bachillerato me ofrece un trabajo como profesora en el colegio de chicas con uniforme.

Me reúno con ella y, a pesar de mi necesidad económica, rechazo la oferta: no he estudiado para ser profesora, ni quiero serlo, tampoco me gustaría trabajar en un colegio de chicas, y no quiero recibir ofertas laborales por ser miembro.

¿No se supone que la institución religiosa no es un espacio de networking y se ofenden cuando les acusan de hacer negocios por detrás?

No tengo preparación, ni ganas, ni vocación de profesora.

La propuesta es extraña. Ella parece decepcionada, pero necesito preservar mi independencia o acabaré arrastrada al laberinto de las profesoras, tutoras, directoras espirituales, cumpliendo varios personajes en uno.

Sonrío y me despido, con la sensación de que, a partir de ahora, la vida tomará un rumbo más difícil.

He elegido mi propia aventura, y eso me llevará a enfrentar otras dificultades.

El mercado laboral, por ejemplo. Un tiempo después, me voy a Manchester, con mi sudadera en la maleta, mi beca de seiscientos euros y la ilusión de dejar Pamplona atrás.

Por primera vez, mamá me pregunta cuánto dinero tengo y me hace un ingreso sin que papá se entere.

«Por si acaso lo necesitas», me dice. Seguiré siendo agregada, pero a mi manera, y seguro que cuando vuelva de Reino Unido encontraré un buen trabajo con contrato fijo.

Enciendo el mp3 y escucho mis canciones descargadas del Ares.

En la vorágine postuniversitaria, en medio de la desbandada de estudiantes recién graduados a Reino Unido, hago el ritual de la fidelidad a la Obra.

Es el último paso en mi vinculación con la organización.

Confirmo mi matrimonio celestial con Dios poniéndome un anillo con diamantes que han comprado mis padres haciendo un enorme esfuerzo.

No tengo dinero ni apoyo de mis padres para pagar el préstamo, pero sí para comprar un anillo siguiendo las indicaciones estipuladas por la organización: debe ser de oro o plata y tener alguna piedra preciosa incrustada.

Mis padres acceden a comprarlo porque yo no tengo un duro y ellos saben que sin esa sortija no podría hacer la fidelidad.

«Total, como no vas a casarte, al menos te hacemos un regalo».

Según la norma, una vez en Reino Unido firmo el testamento donde dejo mis bienes a miembros del Opus Dei, representantes de fundaciones y colegios, incluso un par de vecinas de Pamplona que no conozco.

La directora de agregadas, la misma que sonreía incómoda viendo el vídeo de dos mujeres hippies dándose la mano que Pilar y yo preparamos en el curso anual, me envía la plantilla, desde Pamplona hasta Manchester por correo certificado.

Copio —palabra por palabra, de mi puño y letra— el testamento. Dudo unos instantes.

—Veo que este testamento incluye una fundación asociada a un colegio de Madrid. Yo no quiero que con mi dinero se financien colegios segregados por sexo.

Mi voz es firme y tajante. Aun así, la directora de agregadas se encoge de hombros.

—Marina, tú solo tienes que confiar en el Opus Dei. El Opus Dei apoyará las iniciativas apostólicas que considere más convenientes. Es tu familia y usará el dinero con responsabilidad. Es tu familia. Confía. Confía. Es tu familia.

Como siempre, ese desdén hacia mi criterio, ese saltarse límites disfrazado de positividad y cercanía, con una sonrisa, me neutraliza.

El mensaje queda claro: el testamento, en mi caso, no es negociable.

Y los colegios son «iniciativas apostólicas».

No hay salida. Cumplimos un rol, yo también.

Firmo. Si lo piensas bien, tirar casi diez años de compromiso y un anillo de diamantes por esa nimiedad, no tendría sentido.

Cuando llegue el momento de mi muerte, seguro que puedo cambiar esa cláusula.

Tiempo al tiempo. Yo soy muy lista y a mí no me engañan.

Firmo mi testamento de la fidelidad y, tras cumplir el ritual dirigido por el sacerdote y con la directora del centro como testigo, me coloco el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.

Este ritual de enorme simbolismo es mi compromiso de por vida.

¡Seré fiel hasta la muerte, ahora sí! ¡Lo he conseguido!

¡He llegado al máximo nivel! Es el 5 de octubre de 2012.

Al día siguiente cumplo veintitrés años y lo celebro sola, porque en el centro de Manchester hay muy pocas agregadas y apenas tienen tiempo para estar conmigo.

Hay bendición porque es fiesta A, eso sí.

Aún no he conseguido hacer amigas en la ciudad.

Las numerarias me felicitan y me dejan comiendo un postre que la administración ha preparado para mí.

Una amiga de la universidad, Rocío, me envía por sorpresa una caja de dulces y productos desde España.

Se lo agradezco muchísimo. En Manchester no tengo un teléfono con internet, porque es más caro, pero nos escribimos por email.

En Manchester hace muchísimo frío, más que en Miranda, y en octubre y noviembre ya anochece a las cuatro de la tarde.

Cuando mi casera (la señora mayor viuda y con la que vivo en el piso) decide que paso demasiado tiempo trabajando en casa, o leyendo en el sofá, o cocinando, o tomando té con leche, me pide que me vaya.

Me manda un SMS y me comunica que debo dejar el piso en menos de una semana, porque ya ha alquilado mi habitación a otra persona.

Recibo el mensaje y me quedo en shock. No tengo contrato de alquiler así que no creo que pueda tomar acciones legales al respecto.

Desesperada, llamo a mi madre para darle la noticia e inicio una búsqueda en Spareroom, la plataforma británica de alquiler de pisos: necesito una habitación en un piso exclusivo de chicas, que cueste menos del equivalente en libras de unos 200 o 300 euros (la mitad del importe de beca) y que esté disponible en una semana.

No lloro. Una vez más, busco soluciones.

Creo haber encontrado un piso, pero mi madre me alerta.

Me dice que puede ser una posible estafa y no se equivoca.

Menos mal que me echa una mano. Mi madre —como suele hacer— me dice que pida ayuda en el centro.

Ella siempre confía en el Opus Dei y desconfía de las ofertas del mundo exterior que suenan demasiado buenas para ser verdad.

«Tanta amabilidad confunde», repite con ironía.

Yo sé que las numerarias nunca han buscado piso en una aplicación y sospecho que no acaban de entender qué hago en Manchester pudiendo vivir con mis padres, pero aun así hago caso al consejo de mi madre y les pido ayuda.