Verdes praderas
Verdes praderas
Al día siguiente de mi graduación, después de una infructuosa búsqueda laboral durante cuarto de carrera para hacer prácticas remuneradas y gracias al contacto de un profesor de la universidad, me embarco en un vuelo hacia Filipinas.
Voy a hacer un reportaje para una ONG, estoy emocionada y nerviosa.
Solo tengo veintidós años y será mi primer viaje transoceánico, yo sola, para iniciar mi carrera en el ámbito audiovisual.
Estoy convencida de que será la oportunidad de mi vida y que, cuando vuelva de Filipinas, me lloverán las ofertas de trabajo y habré adquirido una experiencia increíble.
Mi padre se niega en rotundo a que me vaya tan lejos de casa y me echa una bronca que me deja llorando.
Insisto en que no es un viaje de placer, es el único trabajo que he encontrado, durará un mes y, encima, ¡me pagan! Nada de eso le convence.
«Vas a Filipinas a hacerte la guay».
No hay manera de que entre en razón. Para mi padre, hacer un documental en la otra parte del mundo no es un trabajo de verdad.
Decide retirarme la palabra durante el tiempo previo a mi viaje, o quizá no sabe ni qué decir después de nuestra discusión.
Hay vocaciones maravillosas que se pueden practicar con seguridad (monja o numeraria auxiliar), y hay vocaciones llenas de peligros para las mujeres, como grabar en un país extranjero.
En Manila me recogen los empleados de la ONG y me reencuentro con mi antigua compañera de piso, Sofía, a la que no pensaba volver a ver. Nos damos un abrazo y nos reímos mientras recordamos nuestra época viendo Las chicas Gilmore y cuando la encargada del piso saltó del asiento al ver Juno .
Ruedo durante dos semanas en distintos lugares de Filipinas, bajo el calor y la humedad, con jet lag y la falta de experiencia típicas de una recién graduada que nunca ha cogido una cámara de vídeo en cuatro años estudiando Comunicación Audiovisual.
Insegura, aprieto el botón de ON . Capturo, extasiada, los cocoteros enormes, las playas del océano Pacífico, las hectáreas verdes de arrozales que contrastan con el tráfico y el ruido de la megalópolis.
Me reúno con algunos representantes locales, grabo en colegios los proyectos de la ONG y desde la lente de mi cámara descubro un país complejo y maravilloso.
En el retrovisor de las camionetas cuelga un rosario, un japa mala y la estrella Mabuhay.
Dos semanas después de estar trabajando allí, yendo a misa de cinco de la mañana y sacando tiempo y energías para cumplir con las normas de piedad estipuladas, decido que es el momento de acudir a un centro del Opus Dei para confesarme de una variedad de pecados: pereza para levantarme por la mañana, no hacer apostolado con mis compañeras de trabajo, no haber ido a misa un martes, no haber rezado el ángelus a las doce y haber sido demasiado simpática con los guapos botones del hotel que recogen mis maletas.
He decidido no llevarme el cilicio, por miedo a que me lo intercepten en el control de seguridad del aeropuerto así que, por primera vez desde los quince años, estoy un mes sin usarlo.
Me genera sensaciones contradictorias: ¿debería confesarme por eso?
, ¿lo que vale en España no vale en Filipinas?
Tranquilizo mi conciencia pensando que es un caso excepcional, y caigo en la cuenta de que la mayoría de numerarias y agregadas que conozco no se dedican a esta profesión ni se tienen que plantear si llevar el cilicio en un vuelo intercontinental.
Me pregunto si caeré en el relativismo al permitir estas dudas sobre la aplicación de la norma en mitad de la selva filipina.
El centro en Cebú al que acudo es el más grande que he visto, y eso que he estado en muchos desde que soy bebé.
Tiene un gran jardín en la entrada e incluye un centro de formación profesional para numerarias auxiliares, enfocado en mejorar sus destrezas de limpieza y cocina para servir a otros centros de la organización en el mundo.
Como esta visita al centro supone una pausa en mi semana de rodaje, he invitado a la fixer que me acompaña durante el mes que dura el proyecto, en un acto de proselitismo y confianza.
Es una chica filipina encantadora, muy católica, casada con un hombre muy católico que, sin embargo, son críticos con la radicalidad de la organización.
Ya me ha preguntado al respecto, cuando le he dicho que no tengo novio y no pretendo tenerlo.
Veo su cara cuando entramos en el oratorio, decorado con pan de oro hasta el techo, y cuando observa el comedor donde la mesa está dispuesta, impecable.
Yo he estado en su casa, pobre pero digna.
Un sexto sentido me dice que el hecho de ser blanca, española y agregada hace que las numerarias filipinas sean más amables conmigo y se deshagan en atenciones.
Se me hace raro, pero al mismo tiempo aprecio su acogida.
La directora me cuenta que en Filipinas no hay muchas agregadas.
En esa parte del mundo, por lo visto, Dios tiene predilección por las numerarias auxiliares, sus favoritas, las hermanas pequeñas de la Obra, las madres que cuidan de los numerarios con la delicadeza y discreción que corresponde.
Lo que años antes había aceptado como voluntad divina, ahora me empieza a chirriar.
Dios es muy organizado, ¿demasiado organizado, incluso?
La ostentosidad de la institución en Cebú me revuelve el estómago.
Mi compañera, la fixer , que a diferencia de mí ha leído El Código Da Vinci , me hace muchas preguntas cuando salimos de allí.
Contesto algunas y otras las desvío. Ni yo misma sé cómo responder cuando me pregunta si todas esas chicas usan el cilicio.
Cuestiona por qué Dios, viendo el sufrimiento que hay en el planeta, se complacería en que una criatura hiera su cuerpo.
Me pregunta si estoy en contra del uso del preservativo para controlar la natalidad.
Sonrío de manera inflexible, como he visto hacer a las numerarias cuando quieren decir que no, que no se pueden hacer excepciones.
Mi compañera no tiene las típicas dudas básicas de mis amigas de la universidad, el mundo es mucho más complejo de lo que pensaba y de lo que me han enseñado en las aulas de la facultad.
Sus argumentos tienen sentido, pero me niego a caer en el relativismo: la «religión a la carta» es una trampa.
Mi doctrina es la mejor, y se caracteriza por no ceder ni un ápice en cuestiones de moral.
Yo, blanca, europea y defensora de la moralidad cristiana, estoy legitimada para dar lecciones porque mi vida es casta y pura. El Espíritu Santo está de mi lado.
Al día siguiente, nos toca rodar en un vertedero donde una mujer, que ha sufrido varios abusos, se encarga de clasificar la basura.
Aguanto las lágrimas y grabo su testimonio.
Aunque vea después el vídeo en mi pantalla del ordenador, el día a día de la mujer que separa con parsimonia los plásticos no es ficción, no tiene que ver con mis comedias adolescentes.
Me doy de bruces con la realidad más cruda a la que me he enfrentado jamás, y tengo que tomar decisiones: qué grabar, qué preguntar, cómo acercarme a una experiencia para la que no estoy preparada ni tengo herramientas.
Una cámara de vídeo, un trípode y un título universitario de una universidad prestigiosa no significan nada, absolutamente nada.
¿Soy una buena profesional? ¿Soy una buena cristiana?
Si tengo que santificar mi vida con el trabajo, algo falla.
No tengo ni idea de cómo hacer este proyecto.
El calor y la humedad señalan que se aproxima el monzón.
Empieza a llover, como no he visto llover antes, pero mi compañera me mira, divertida, diciendo: «¡Esto es una lluvia normal!
». Recogemos y volvemos al hotel. Me tumbo en la cama, abatida, con un agotamiento que ya empieza a ser una segunda piel.
Una noche, vamos a cenar con algunas voluntarias de la ONG y a mi lado veo un par de hombres blancos, enormes, viejos, desaliñados, que cenan con dos chicas filipinas no mayores de quince años.
Mis compañeras de trabajo me explican que, por desgracia, el turismo sexual es frecuente en los bares y las calles de Manila.
No puedo seguir cenando, se me hace un nudo en el estómago.
En cuestión de horas y semanas, con un océano de por medio, el mundo se ha vuelto un lugar enorme e inescrutable donde mis códigos y esquemas no tienen validez.
Me siento impotente y, por primera vez, me rebelo contra Dios. «¿Cómo puedes permitir esto?». No sé qué significa esto , supongo que esto es un término insuficiente para englobar la injusticia, el dolor, la desigualdad y la maldad humana.
—¿En España os cuentan cómo fue la independencia de Filipinas?
Pienso «pérdida de las colonias» y «los últimos de Filipinas» y contesto a mi compañera que no, no se menciona a José Rizal en los colegios de España.
Necesito explicaciones y Dios sigue sin responder.
Quizá la culpa no es de Dios, quizá no es Dios el que tiene que arreglar el mundo y no es Dios quien ha provocado esta situación.
La sensación de injusticia y mi propio privilegio me asfixian: quizá la culpa, como siempre al fin y al cabo, es mía. Tengo que rezar más.
Me despido con abrazos de mi compañera de rodaje, de su marido, de las voluntarias y trabajadores de la ONG y de mi amiga, pensando, una vez más, que no volveremos a vernos.
Cuando regreso a Miranda sana y salva, mi padre decide levantar la veda y, por su propia voluntad, vuelve a hablarme.
Está muy orgulloso de su hija, la sexta, que ha llevado a cabo una hazaña impensable para la nieta de un pastor burgalés.