La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei La cuestión es pasar el rato
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La cuestión es pasar el rato

La cuestión es pasar el rato

Inma me suele llamar «personaja», y yo contesto: «¡Tú sí que eres personaja !

», o «¡menuda person !». Somos amigas desde primero de carrera y fue una de las impulsoras de la fiesta del Oktoberfest en mi piso.

En el último curso, me invita a unirme al grupo de teatro de la universidad para representar la obra de los hermanos Quintero, La cuestión es pasar el rato .

El grupo de teatro está formado por outsiders de la Universidad de Navarra de distintos cursos y facultades.

Algunos son repetidores, han cambiado varias veces de carrera o han dejado la universidad, pero siguen en el grupo de teatro.

Decido apuntarme el mismo día que decido cortarme el pelo a lo chico, cortísimo por detrás y con un poco de flequillo por delante.

Tengo muchísimas ganas de irme de Pamplona y dejar la universidad. Necesito respirar.

En aquel momento no soy capaz de darme cuenta, pero la mayoría de los miembros del grupo de teatro son gays, algunos siguen dentro del armario y otros están fuera con ciertas reservas, como el chico que cantaba Single Ladies en mi fiesta de cumpleaños.

En esa época, no se podía exhibir la homosexualidad a la luz del día en el campus de la universidad.

Pude intuir que había heterocuriosos, aunque en esa época no utilizábamos ese término.

Tampoco sé si hoy se sigue diciendo «heterocurioso» o si es una palabra de persona que ha estado demasiado tiempo en el Opus Dei.

Aún sufro una especie de desfase con mi generación, como una Benjamin Button educada entre el franquismo y los milenial que necesita ponerse al día cada semana para entender los avances del lenguaje social.

En cualquier caso, el grupo de teatro de la universidad aglutina a una parte de la sociedad universitaria que ha sido rechazada de los colegios mayores por cuestiones ideológicas, no va a misa los domingos y sospecha que, por mucho que disimulen, varios de sus profesores pueden ser homosexuales reprimidos.

Los estudiantes del grupo de teatro no hablan de esas cosas delante de mí y yo tampoco saco el tema.

Parece que están acostumbrados a no encajar en ningún sitio y creo que eso nos une en cierto modo.

Me recuerdan a Miranda, a mi grupo de teatro del colegio y a mis amigos del pueblo.

No usan pendientes de perlas, no me miran de arriba abajo cuando aparezco en el primer ensayo con mi sudadera negra y solo quieren pasárselo bien en un espacio libre.

A pesar de nuestras diferencias, tenemos menos de veinticinco años y queremos vivir una vida universitaria más auténtica.

Es obligatorio que las obras de teatro del grupo pasen una revisión por parte de la universidad.

El comité de cultura debe autorizar qué obras se pueden representar y cuáles no, basándose en criterios propios acorde a la ideología de la universidad, de sus objetivos educativos y de promoción de la cultura.

A final de curso, en la semana del teatro, cualquier vecino de Pamplona podrá acudir a ver las obras en el centro cívico.

Las representaciones son abiertas al público, con un coste mínimo, en un espacio del ayuntamiento.

Aun así, la universidad no va a permitir que su imagen se vea dañada por un grupo de irreverentes que se pronuncien en contra de la moral cristiana o el Opus Dei.

En cuarto de carrera, el comité acepta que un grupo represente Dios , una comedia de Woody Allen.

Los actores están impresionados. Yo pienso: «Bueno, lo raro no es que te permitan hacer una obra, lo raro es tener que pedir permiso, ¿no?

Esto es la universidad, no un centro». Por lo visto, para ellos es lo mismo y, desde el instante en que ponen un pie en el campus, saben que deben aceptar e integrar las normas no escritas que moldean la academia.

Los miembros del grupo de teatro parecen tener muy claro que, si la universidad es del Opus, el Opus manda.

Esa sensación de que lo privado es público en el ámbito de la universidad y de que lo sociológico debe ser interiorizado para no desentonar me acompaña durante mis años universitarios.

Siento una cierta asfixia, una incapacidad de establecer límites claros entre dónde manda el grupo y dónde hay libertad de expresión.

Me doy cuenta de que si decidiera dejar la organización, o si fuera lesbiana, por ejemplo, aspectos como mi relación con los profesores, con las numerarias de Pamplona e incluso mi acceso al préstamo podrían verse perjudicados.

Un día llamo a mi madre.

—Mamá, ¿tú qué harías si yo fuera lesbiana?

Silencio. Un silencio largo.

—No sé, hija, llevarte al psicólogo.

Me enfado. No sé explicar bien qué es lo que me molesta, pero el discurso de la terapia de conversión me hace sentir incómoda.

—Mamá, las lesbianas no están enfermas. Ser homosexual no es una enfermedad.

Vuelve el silencio.

Cuando, años después de terminar la carrera, mi amigo Pablo insinúa que Inma, mi amiga y directora de teatro, la «personaja», es lesbiana, me indigno.

«Si Inma fuera lesbiana, me lo habría dicho.

¿Por qué no me lo iba a decir?». Pablo se queda en silencio unos segundos y trata de hacer memoria sobre aquella época, cuando los dos actuábamos en La cuestión es pasar el rato .

«Yo qué sé, Marina, igual porque eras del Opus Dei, o porque no quería decirlo en aquel momento.

Mucha gente ocultaba que era gay en la universidad.

Pero estoy bastante seguro de que es lesbiana». Trago saliva.

¿Puede ser que Inma tenga un secreto? Hago un repaso mental de mis compañeros: el delegado de mi clase, el director de Dios , la hermana de mi mejor amigo, el chico aquel alto, el alumno modélico…

un momento, un momento, paren las rotativas: ¿todos han sido homosexuales durante este tiempo y yo no me he enterado hasta ahora?

Como suele pasar en estos casos, quiero pensar que no les hubiera juzgado, que siempre he sido una cristiana buena, santa y tolerante, ejemplo de respeto y diplomacia, pero no es verdad.

Lo cierto es que el discurso de odiar al pecado y no al pecador había calado en mí: puedes ser homosexual, pero no tener relaciones, ni tener hijos ni casarte ni hacer nada explícito ni público como homosexual.

No se debe practicar la homosexualidad. Tu vida será sometida a escrutinio.

El matrimonio tradicional (que yo no viviré por ser célibe) es la única forma de amor aceptada, porque es natural.

El celibato no es natural, pero es una vocación.

Cualquier argumento encaja en el plan de Dios si crees que tu verdad es incuestionable.

El día que representamos La cuestión es pasar el rato, una comedia de los hermanos Quintero, no pienso en esto.

Como me enseñaron desde pequeña, me centro en hacer bien mi papel: ahora soy una señora cínica, secretamente enamorada del señor de la casa que, sin embargo, bebe los vientos por una jovencita dulce interpretada por mi amiga Maitane.

Soy una vieja que podría ser un cadáver ambulante o una aparición demoniaca.

Cada vez que suelto una frase, con la retranca e ironía de la mujer desesperanzada que lleva años alimentando un amor imposible, con la amargura de la anciana que ya perdió la flor de la juventud, con la desdicha de la eterna solterona, la gente se troncha.

Busco en mi desesperación la complicidad del público, y lo consigo.

Adoro al público y el público me adora. Al bajar, Inma, emocionada, susurra: «Lo has bordado, person ». Nos damos un abrazo.

En ese preciso segundo, mientras la person me sostenía con su abrazo, me arrepentí de no haberme apuntado antes al grupo de teatro.

De haber sido así, podría haber conocido a aquellos estudiantes que me enseñaron la otra cara de la universidad y mis años universitarios podrían haber sido muy diferentes.

Podría haber sido más libre. Entonces recuerdo mis apuros económicos, mi adhesión emocional al grupo, la falta de tiempo para pensar y el estrés.

El cuarto año de carrera fue el único en que decidí no trabajar, para poder terminar bien el curso, aunque eso implicara pedir más deuda al banco.

Sin embargo, esa decisión me permitió ir a los ensayos de teatro.

Los miembros del Opus Dei tienen prohibido ir al cine, al teatro y a conciertos, salvo excepciones puntuales.

Es decir, lo que pude hacer durante esos años universitarios fue porque, o bien se me concedió un permiso excepcional para que no abandonara mi vocación, o bien lo hice con el cargo de conciencia de saber que estaba yendo en contra de las normas y asumiendo el coste emocional de la culpa. La deuda era muy alta.

¿Cuándo es un buen momento para salir del Opus? Cuanto antes, supongo, o en cuanto puedas. No hay normas. Algunos pensamos que lo mejor sería no entrar.

En la nevera, tengo unas fotografías de mi visita a Inma, donde salgo con el pelo teñido de rosa fucsia, muchos años después de terminar la carrera y dejar mi vida de agregada.

Desde Edimburgo, donde vive ahora, la person me envía una invitación a su boda y una foto de sus dos hijas recién nacidas.

Compro los billetes, por supuesto. Brindaremos con unas buenas pintas de cerveza y seguiremos celebrando la vida y el teatro que nos unió en un lugar insospechado.