La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Perfect day #2
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Perfect day #2

«Venga, chicas, vamos a hacer el examen de conciencia».

Seguimos a la directora, obedientes, en fila hasta el oratorio.

Entonces daba comienzo el «tiempo de la noche», el periodo durante el que los miembros no pueden hablar ni hacer ruido, ni mirar el móvil ni tener distracciones porque deben preparar su alma para comulgar al día siguiente.

El tiempo de la noche empezaba con el examen de conciencia y terminaba con el desayuno del día siguiente.

Pilar y yo nos mirábamos, conteniendo nuestra emoción, mientras hacíamos el examen de conciencia arrodilladas y apuntando en nuestras libretas cuántas jaculatorias habíamos dicho aquel día y si habíamos repetido el postre o no, si habíamos sido suficientemente simpáticas con la compañera que nos caía mal y si habíamos hecho por fin la corrección fraterna a nuestra hermana agregada, superando la violencia interna que nos suponía cumplir con aquellas prácticas.

Sin embargo, Toy Story 3 ya había encendido una chispita en mi imaginación y la de Pilar.

Cualquier película tenía la capacidad de hacerlo: recreábamos escenas, nos inventábamos diálogos posibles, dábamos la vuelta a cada historia y jugábamos con los dobles sentidos de cada frase.

En definitiva, como niñas de veinte años que éramos, usábamos cuatro palos a nuestro alcance para construir una tienda de campaña donde refugiarnos del frío exterior.

Al poco tiempo, en una de las habitaciones de las residentes del colegio mayor que vivía allí durante el curso académico, encontramos abandonado un oso de peluche enorme: ¡era igualito a Lotso, el oso resentido de Toy Story !

Se nos ocurrió una idea maravillosa. Lotso planearía su propio secuestro y solicitaría un rescate para volver al mundo de los juguetes.

¿A quién podríamos acusar de secuestrar al oso?

¿Qué víctima propiciatoria podría ser la elegida para esconder el peluche robado?

¡El sacerdote! El sacerdote venía cada día y se instalaba en su despacho, al que teníamos prohibido acceder.

El sacerdote tendría unos treinta años, era calmado y bastante guapo, opinión que todas compartíamos (estoy segura) pero no decíamos en voz alta.

Como buen sacerdote de la Obra que acude a un centro de mujeres, vestía siempre con sotana larga abotonada hasta el alzacuellos y mantenía la vista fija en el suelo.

Hablaba con una voz susurrante y tranquila, que nos hipnotizaba en cada meditación matutina.

Era un sacerdote que no daba miedo, más bien parecía tímido.

Quizá se le hacía raro estar rodeado de chicas de veinte años y no poder decirles «buenos días, ¿qué tal?

», o «¿cómo llevas el examen de Patrística?

». Se le notaba que estaba aburrido, como Pilar y como yo.

Seguro que nuestra broma le haría muchísima gracia.

Ni cortas ni perezosas, nos afanamos en buscar una estola morada de confesión, que colocamos con sumo cuidado alrededor del cuello del oso de peluche, escribimos una carta con letras recortadas de revista pidiendo un rescate y, antes de la meditación a la que acudíamos con el estómago vacío, nos colamos en el confesionario, un pequeño despacho con rejilla para las confesiones.

Rápidas y eficaces, sentamos a Lotso en la silla giratoria del cura, con el breviario abierto entre las manos y salimos de la salita del cura.

Esa misma tarde la directora nos llamó a su despacho.

Ya ni recuerdo qué nos dijo para reprendernos.

Solo me quedé con una sensación difusa, a medio camino entre la sorpresa y la rabia, que a día de hoy podría resumir en: «Madre mía, si nos tienes que reñir por esta chorrada, que es la cosa más infantil del mundo, imagínate si nos hubiéramos fumado un porro en el baño».

No contesté, pero sí recuerdo que, por primera vez, me daba igual lo que dijera la directora.

Todo rezumaba infantilismo. Era una broma inocente y aquella bronca era desproporcionada, según mi sentido de la justicia.

Mi escala de la rebeldía iba adquiriendo un umbral más alto que cuando era niña.

Me reí por lo bajini mientras Pilar miraba compungida al suelo.

Pilar y yo nos despedimos aquel verano sin abrazarnos, como siempre, esperando vernos en el curso anual del año siguiente.

Sin embargo, Pilar no volvió al curso anual.

Una agregada me dijo entre susurros y con cara de circunstancias que, por lo visto, había dejado su vocación.

Recordé a Lotso en el camión de basura, apartado del resto de los juguetes.

No entendía bien por qué ella no seguía fiel en nuestro camino hacia la santidad y yo sí.

Éramos besties . Las Batman y Robin, las Thelma y Louise de los cursos anuales.

Es verdad que no hablábamos durante el año y que, por supuesto, no me había mencionado que quisiera dejar la Obra (eso sería considerado alta traición, una muestra innegable de confabulación y la prueba definitiva de nuestra amistad particular).

No alcanzaba a comprender cómo Pilar podía dejar la organización cuando ella era, a todas luces, más lista, más obediente, más buena y más disciplinada que yo.

¿Sería Pilar una traidora? ¿O, peor aún, una débil?

Me daba igual que lo fuera. Una parte de mí sabía que ella era mi amiga.

Pero, no sabía determinar si lo que habíamos vivido era una amistad o una hermandad opusina, no sabía qué éramos, en realidad, porque no habíamos puesto nombre a la relación.

No hacía falta. Éramos agregadas. Y punto.

Ahora no sabría cómo colocar a Pilar en mi vida.

No sabría si era mi amiga, mi compañera de vacaciones estivales, mi hermana espiritual, mi compinche o un regalo que me había dado Dios durante aquellos veranos en Pamplona y que, de acuerdo con sus planes, tenía fecha de caducidad.

La eché mucho de menos en el siguiente curso anual y en los que vinieron después, pero no me atreví a escribirle por Facebook.

Incorporé una regla de la organización: si una hermana se va, no hagas preguntas.

Hablar con ella estaba al alcance de mi mano.

Visto desde fuera, podría parecer que dejar el grupo también era una opción, pero en realidad no era así: yo seguía convencida de que era mi camino designado por Dios.

El silencio inundaba aquellos huecos y las preguntas sin responder me paralizaban.

Pilar desapareció de mi vida y quedó un vacío, un tabú y una tristeza que solo me hacía repetir aún más fuerte la jaculatoria: «Dios mío, quiero ser fiel hasta la muerte».

Pensaba mucho en ella, pero seguí adelante. Hasta que un día, varios años después, Pilar tuvo la valentía de enviarme un email con el asunto: «Desde Sunnyside, con amor, Ken». Le contesté. Nos hicimos amigas. Amigas de verdad, hasta el día de hoy.