Perfect day
Perfect day
Pasé la mayor parte de mis veranos universitarios en el campus de la Universidad de Navarra.
Al acabar el curso académico tenía que continuar con los estudios de filosofía y teología obligatorios para miembros célibes, en los cursos anuales específicos para veinteañeras del Opus Dei.
Así que cuando llegaba junio, hacía la maleta y me trasladaba de mi piso de alquiler hasta un colegio mayor, que se vaciaba en verano, para asistir al curso anual.
Pagaba mi estancia en la convivencia de verano abonando los ochocientos o novecientos euros que costaba.
Entregaba el dinero en un sobrecito blanco a la secretaria del curso anual, sin factura ni recibo ni nada que se le parezca.
Era el mismo dinero, en el mismo sobrecito, que venía del centro.
Hacer la convivencia mientras vivía en mi piso de alquiler no era una opción.
Tenía que hacer lo mismo que todas y convivir con mis compañeras agregadas durante un mes al año.
Esos cursos anuales congregaban a las chicas de España que —como yo— habían pedido la admisión con catorce o quince años.
Con dieciocho años ya eran agregadas de pleno derecho reconocidas por la organización.
Se supone que antes no éramos miembros, pero lo cierto es que todas nos conocíamos desde los años de adolescencia.
Había alguna chica más mayor, que había pedido la admisión una vez superada la mayoría de edad, pero era la excepción y se le podía reconocer a distancia.
Para nosotras, las que entramos siendo menores, no había solución de continuidad entre pedir la admisión y ser del Opus Dei oficialmente.
Daba igual cualquier tecnicismo canónico: no tenía relevancia en la práctica.
En mi generación, éramos unas treinta chicas las que repetíamos cada año el curso de estudios.
El colegio mayor tenía piscina solo para chicas, a nadie se le pasaría por la imaginación ir a una piscina mixta.
Solía coincidir con las mismas compañeras cada verano, así que ya era como pasar un mes de vacaciones con mis pseudoamigas, en esa amistad difusa que se crea entre los miembros: eres amiga de todas y de ninguna, no llegas a intimar con nadie, está prohibido criticar a otros miembros y a la organización, y no puedes hacer diferencias en el trato con unas y otras.
La falta de unidad es un pecado del que te tienes que confesar y, tanto el sacerdote como la directora espiritual te preguntan quién te cae mejor, quién peor y te dan indicaciones explícitas en las charlas de formación grupales e individuales para que consigas llevarte mejor con la que te cae mal y te alejes de la que te cae bien.
Pero no se pueden poner puertas al campo.
Por supuesto, se puede retorcer la amistad, crear traumas de por vida y aislar a las personas, eso sí, pero hay veces en que se produce un flechazo y, de pronto, una o dos de esas treinta chicas consiguen romper las normas sin pretenderlo siquiera.
Aparece un vínculo, un cariño especial. Una amistad genuina que, como suele suceder, viene a salvarnos sin que nos percatemos, saltándose prohibiciones.
Aunque muchas chicas me caían bien, una de mis personas favoritas de estas convivencias era Pilar, una chica pelirroja, incapaz de pasar desapercibida y con risa contagiosa que, como yo, estaba obsesionada con Ana la de Tejas Verdes .
Me recordaba a todas las protagonistas de las novelas de mi infancia.
Pilar y yo creamos un tándem único desde el primer día, igual que en mis historias favoritas protagonizadas por mujeres: Puck y Karen, Rory y Lane, Ana y Diana.
En lugar de correr aventuras, enamorarnos de chicos o resolver misterios, en nuestro caso, acudíamos a clases de teología donde aprendimos las cinco causas causales de Santo Tomás de Aquino, estudiábamos latín y memorizábamos los puntos del Catecismo del Opus Dei (un libro de tapas verdes que debíamos recitar con precisión y del que nos examinaban al terminar el curso anual porque recogía las normas internas de la organización).
Pronto descubrimos que Pilar y yo teníamos la misma herramienta para sobrevivir en nuestro mundo complejo y contradictorio de niñas de los años noventa educadas en familias opusinas: la imaginación.
Como dos adolescentes sedientas que llevan toda su vida vagando por un desierto buscando alguien que les comprenda, encontramos en nuestra amistad un oasis.
Al mismo tiempo, sabíamos que a ojos de las directoras constituíamos un claro ejemplo de lo que llaman «amistades particulares» y no podíamos arriesgarnos a que nos separaran.
Mi estrategia fue por exceso: en lugar de romper mi amistad con ella, intentaba llevarme igual de bien con el resto de las chicas.
Por un lado, eso resultaba imposible y, por otro, era agotador.
Aprendí muy pronto a fingir y a desgastarme para complacer a todo el mundo, evitar diferencias, disimular mis ganas de mandar a la gente a freír espárragos.
Era extrasimpática. Sonreía y hacía chistes.
Siempre estaba de buen humor. Aprendí a dosificar las relaciones como una alquimista de la complacencia para que no se notara lo que pensaba en realidad, me amoldaba a cada personalidad y así no llamaba la atención de las numerarias y directoras que tenían la misión de formarnos.
Me acercaba a la que estaba sola. Gracias a esta estrategia, siempre recibí elogios por mi buen hacer y mi capacidad de acoger a las nuevas.
Me sentía bien porque mi relación con Pilar repercutía en el grupo: las dos nos esforzábamos en organizar alguna actividad para todas o dar un toque de alegría general y evitar la temida corrección fraterna por «egoísmo» o «hacer grupitos».
Extrovertidas y deseosas de hacer cada verano de árido estudio filosófico más divertido, liderábamos el Comité de Festejos.
Uno de aquellos meses de verano, Pilar y yo escribimos y planificamos una obra de teatro musical, sacando huecos entre clase y clase, aprovechando los escasos ratos de descanso y haciendo un casting entre nuestras compañeras.
El musical comenzaba con el asesinato de un hombre a manos de una mafia.
Su mujer (la protagonista) buscaría venganza.
Por cuestiones narrativas, necesitábamos un flashback que retratara el amor de la mujer por su marido, ya que este era el motor de la protagonista.
Mis padres me habían regalado una cámara de vídeo barata, que compraron en el Eroski, y que yo llevaba siempre conmigo.
«Necesitamos retratar su relación apasionada, el amor de la esposa por su difunto marido asesinado. Si no, no se entenderá la venganza», insistía Pilar.
Por razones obvias, no podíamos contar con actores masculinos, así que —en aras de la verosimilitud y narrativa teatral a la que estábamos tan consagradas como al Altísimo— nos vimos obligadas a rodar unas escenas de matrimonio protagonizadas por dos mujeres.
Convencimos a una de ellas para que se maquillara y vistiera de hombre y grabamos con mi cámara de supermercado.
El día del estreno del musical, invitamos a la directora de agregadas de la delegación; es decir, la numeraria supervisora máxima de la región.
Aún recuerdo su cara de tensión, su sonrisa acartonada e incómoda cuando proyectamos las escenas de nuestras dos compañeras caracterizadas como hombre y mujer con la estética hippy de los ochenta, en pleno homenaje al amor libre, dadas de la mano por Pamplona y retozando en el jardín de la entrada del colegio mayor mientras sonaba Perfect day de Lou Reed.
En una esquina Pilar y yo nos reíamos, orgullosas de nuestro musical y con la satisfacción infantil de haber desafiado, sin pretenderlo, una de tantas normas.
Cuando ya habíamos acudido a todas las clases sobre historia del Opus Dei, cuando habíamos escuchado las charlas que impartían las directoras de las delegaciones regionales, después de asistir a tertulias con profesoras de la universidad que nos alertaban sobre el auge del lobby gay y la ideología de género y habiendo cumplido con fidelidad las normas de piedad pautadas por la directora del curso anual (oración de la mañana y de la tarde, misa, rosario, ángelus, lectura espiritual, preces, visita), podíamos aflojarnos los cilicios de la pantorrilla y descansar un rato.
Algunos fines de semana veíamos una película.
Nos sentábamos en el salón y la directora del curso anual sacaba un gran proyector, ya que no veíamos la tele.
Teníamos teléfonos móviles con internet, sí, pero Facebook aún no era una fuente de información, sino de conexión entre personas, y había demasiadas cosas que hacer como para preocuparnos del mundo exterior.
La película que proyectaron aquella noche fue Toy Story 3 .
Buenísima. Pilar y yo (yo más) comíamos gominolas a puñados y llorábamos de risa viendo la película, dejándonos sumergir en la ficción que dotaba de sentido a nuestras vidas.
Mientras tanto, nuestras amigas no-Opus de la universidad estaban emborrachándose en las fiestas del pueblo, haciendo sus primeras prácticas profesionales en radios y televisiones, o disfrutando de unos días en la playa con su familia comiendo un plato de paella.
Pero ¿quién querría esa vida de pecado y perdición cuando puedes santificarte estudiando latín durante el día y luego darte un gustazo viendo Toy Story 3 ?
Pilar y yo aún recordamos la escena en que Lotso, el oso de peluche, es apartado por el resto de los juguetes y abandonado en un camión bajo la lluvia.
Lotso comienza a planear su venganza cuando se siente rechazado, aislado y roto, en un dramatismo irónico que nos parecía tronchante.
Terminó la película y todas aplaudimos. Pilar y yo repetíamos las mejores frases del guion, que pasaban en cuestión de segundos a formar parte de nuestra jerga particular. La directora nos miraba de reojo.