La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Los chicos están bien #2
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Los chicos están bien #2

Acababa de cumplir veinte años y, como cada semana, acudí a mi centro para confesarme con el sacerdote y hacer la charla con la directora espiritual asignada por la organización.

A principios de mes, como cualquier miembro agregado y numerario, llevaba mi dinero en un sobre a la secretaria del centro.

Le daba el importe que ganaba limpiando, le explicaba que debía pagar el alquiler y necesitaba dinero para gastos y ella, con gran diligencia, me entregaba la parte que necesitaba para vivir, quedándose el resto.

Entonces, la secretaria anotaba la aportación que ingresaba a las arcas del centro y cuánto me llevaba yo.

Como era mi cumpleaños, en el centro todas me felicitaron y las numerarias auxiliares prepararon una merienda.

El día de mi cumpleaños, 6 de octubre, coincide con el aniversario de la canonización de Escrivá, así que es fiesta A; es decir, fiesta grande.

Las fiestas se catalogan por A, B y C según su importancia.

En las fiestas A, las numerarias auxiliares dejan un carro lleno de refrescos y comida para las chicas del club, las numerarias y las agregadas.

Son los mismos carros que preparo yo cuando trabajo con las auxiliares en los colegios mayores de la universidad: a veces estoy detrás del carro y a veces delante, comiendo tan a gusto. He normalizado mi cambio de rol.

Celebramos la canonización, no mi cumpleaños, y acuden muchísimas chicas de la universidad que no son del Opus Dei pero que van a charlas de formación, a confesarse con el sacerdote, a estudiar en las grandes salas de estudio disponibles solo para ellas y asisten a actividades formativas.

Ellas no saben cómo se preparan esos carros, solo saben que las numerarias auxiliares son felices con su vocación y apenas interactúan con ellas.

Tenemos meditación de media hora con el sacerdote y bendición.

La casa huele a incienso, cantamos el Pange Lingua y luego comemos canapés.

Sería absurdo pensar que todas y cada una de aquellas personas eran malas, víboras.

Yo tampoco lo era ni lo soy, creo. El sacerdote me caía bien, dudo que tuviera lo que llamamos mala intención o que quisiera hacerme daño.

Nadie me insultó ni me golpeó. Por suerte, tampoco me medicaron ni me enviaron a un psiquiatra.

Mi sensación era que todas estábamos ahí unidas por nuestras creencias y nuestra vinculación a la organización desde adolescentes.

Mi vida consistía en estudiar, cumplir normas y vivir las prácticas en las que me había introducido hacía más de cinco años.

Todo era normal: las correcciones fraternas, la presión, dar el dinero, mortificarse con el cilicio, hacer actividades para universitarias, invitarlas a charlas, intentar que se convirtieran en miembros del Opus Dei.

Sin embargo, me sentía sola entre esa masa informe de chicas con las que apenas había conexión emocional.

Celebrábamos los cumpleaños, santificábamos las fiestas y éramos perfectas desconocidas.

Lo opuesto al piso de estudiantes, donde vivía con dos amigas.

Quizá con ellas no compartía un compromiso de por vida, ni me repetían hasta la saciedad que eran mi familia.

Nuestro rol estaba claro: compañeras de piso y amigas, sin más líos.

Discutíamos sobre a quién le tocaba cocinar o limpiar, no compartíamos creencias, no me hacían correcciones fraternas y cuando veían que no me levantaba de la cama por las mañanas pensaban que tenía algún problema, no que debiera confesarme o que era una perezosa incorregible.

Mis compañeras de piso celebraban los cumpleaños y las fiestas, pero no cantaban en latín.

Por eso, cuando llegué a casa después de cumplir con los rituales estipulados en el día de la canonización y mi cumpleaños, me esperaba una sorpresa.

Mis compañeras de piso, ajenas a las normas opusinas, habían decidido montar un Oktoberfest e invitar a mis compañeros de clase. Inma, la person, abrió la puerta y me dio un fuerte abrazo.

—¿Dónde te habías metido? ¡Te estábamos esperando!

El espectro de asistentes a la fiesta era tan variopinto que iba desde un chico tímido que me gustaba, un chico abiertamente gay y un amigo de un amigo que nos enseñó a beber cervezas partiéndolas por la mitad con una llave.

Además de Inma, estaban otras chicas de clase y mis compañeras de piso.

Como la celebración en el centro de la Obra se había alargado, para cuando llegué a mi apartamento, ya estaban borrachos.

En esa época se habían puesto de moda los barriles de cerveza portátiles con dispensador y había varios en la cocina.

Inma y yo llevábamos gafas de pasta negra y camisas de cuadros, en pleno auge de la moda hípster.

La gente fumaba en el salón, mientras una de mis compañeras abría la ventana, nerviosa, para que la casa no se llenara de humo.

El chico gay subía el volumen de la música e iba por el pasillo bailando Single ladies , de Beyoncé, mientras yo intentaba acceder a mi habitación, avasallada por las felicitaciones de cumpleaños, los abrazos y los botellines de cerveza que me ofrecía todo aquel con el que me encontraba.

Dejé la mochila y el abrigo sobre la cama.

Me quité el jersey con cuello de pico y la camisa, y me puse la sudadera negra de imitación de Quiksilver, que ya se había impregnado del olor a tabaco y café característico de las noches de estudio.

Al salir de la habitación me topé de bruces con mi crush , el chico tímido al que había estado evitando desde primero de carrera.

Él solía sentarse en las primeras filas y a veces nos encontrábamos de camino a clase o en la salida de la universidad.

Una vez me dijo que le parecía que mis ojos eran bonitos, a lo que yo contesté con frialdad y sin dar cabida a un simple rastro de presunción: «Bueno, nací así.

No tiene ningún mérito». Era mejor ser una borde que ser vanidosa.

Aun así, seguía acordándome de aquel piropo y martirizándome por no haber sabido ser casta y pura, evitando que sus ojos se cruzaran con los míos.

Una fuerza instintiva me atraía hacia este chico pero, como si fuera una vasca experta en soga-tira, mi fe en Dios, mi vocación de agregada para toda la vida y mi sentido del compromiso y el deber eran más fuertes que aquel magnetismo.

Mis compañeras de piso y algunas amigas muy íntimas sabían que me gustaba un poco ese chico y que, por eso mismo, le evitaba.

No tenía problemas en hablar con otros compañeros, como dejaba claro a todas luces en el campus universitario, pero con este en concreto era extraño, como si no pudiera estar cerca de él porque me ponía nerviosa y me costara mirarle a la cara.

Ahora mis amigas, las muy irresponsables, le habían invitado a la fiesta sorpresa.

Yo no había provocado la situación. No era culpa mía y sin embargo, ahí estaba él, frente a mí con dos cervezas en la mano.

—Felicidades, Marina.

Bueno, tampoco pasaba nada por tomar una cerveza.

Sería la primera y única vez que sucedería.

Siempre podría confesarme después por no haber sabido evitar la tentación.

Era mi cumpleaños, al fin y al cabo, una ocasión especial, y no tenía escapatoria.

Nos sentamos en el pasillo y estuvimos charlando.

Perdí la noción del tiempo y me sentí como la protagonista de una película.

A nuestro alrededor, la gente iba y venía, la canción Unbelievers de Vampire Weekend sonaba cada vez más lejana, mi compañera de piso empezaba a prohibir a la gente fumar en el salón y suplicaba «por favor, limpiad los ceniceros», pero eso no era más que un ruido de fondo, porque el tiempo se detenía, la luz del pasillo se volvía más tenue y yo estaba sentada en mitad de un pasillo, en mi piso universitario, rodeada de mis amigos, tomando una cerveza con un chico guapo y tímido.

Cualquiera podría pensar que era una chica normal que acaba de cumplir veinte años.

Repetía en bucle la jaculatoria «¡Dios mío, quiero ser fiel hasta la muerte!» mientras mi corazón latía con fuerza.