Los chicos están bien
Los chicos están bien
A pesar de mi vida de castidad, celibato y pureza, seguía enamorada de Johnny Deep en secreto y, desde que perdí la beca de la universidad, veía A quién ama Gilbert Grape casi cada día.
Usaba un ordenador portátil heredado de mi hermana Marta, que no podía desenchufar así que —a efectos prácticos— funcionaba como un ordenador fijo.
Tenía, además, acceso a internet, una habitación propia y el eMule para descargar películas.
En comparación, vivía con mucho más que Virginia Woolf.
Era una privilegiada. Debía pedir permiso a la directora espiritual para ver ciertas películas y leer ciertos libros, eso sí, e intentaba hacerlo, pero me daba demasiada vergüenza reconocer que, antes de acostarme y de rezar los tres avemarías, veía a aquel Johnny Depp adolescente que me hacía sentir menos sola, menos rara.
Necesitaba creer que era posible encontrar el amor incluso en un lugar como Endora.
Desde los catorce años sabía que el amor estaba prohibido para mí y la ficción se convirtió en un sucedáneo del afecto.
Durante los dos primeros años de carrera seguí viviendo en uno de los pisos asociados a la universidad, donde no se permitía que subieran chicos ni podíamos celebrar fiestas.
En segundo curso, viví con una chica filipina que solo sabía decir «hola, me llamo Sofía».
Sofía era católica pero no conocía bien el Opus Dei y, gracias a mi ejemplo de chica opusina pero normal y simpática, rompió sus prejuicios sobre la organización.
Se me daba genial mostrar una cara amable, convincente y rompedora, con mi pelo rapado y mi sudadera de mercadillo.
Sofía y yo nos hicimos amigas, me ayudó a mejorar mi fluidez en inglés y vimos toda la serie de Las chicas Gilmore en atracones sucesivos.
A mi lista de amores ficticios añadí a Jess, el adolescente problemático, triste y atormentado que sacaba la parte más rebelde de Rory Gilmore y odié a Dean, el novio tradicional y respetuoso, que me parecía un auténtico aburrimiento.
Solía ver series y películas compulsivamente cuando estaba triste, cuando estaba de exámenes y cuando me sentía sola.
Es decir, casi todo el tiempo. La ficción me permitía completar aquello que le faltaba a mi vida y encontrar un vacío legal teológico en el que enamorarme de personajes televisivos no constituía materia de confesión.
La ficción cada vez ocupaba más parte de mi vida e imaginaba vidas posibles mientras estudiaba, mientras estaba en clase, mientras volvía a limpiar en colegios mayores masculinos para sacarme unos euros.
Era muy práctico tener el trabajo al lado de la facultad, no hacía falta salir del campus para estudiar, rezar y trabajar.
Todo lo que echaba de menos en el exterior, estaba dentro de mí.
Soñaba despierta y la pregunta constante «¿qué es la vida?
una ilusión» retumbaba como un eco en las paredes de mi caverna interior, en un lugar tan oscuro y profundo de mi corazón que aún no había logrado pronunciar.
A la vez, mi cerebro y mi imaginación rumiaban avemarías y jaculatorias: pequeñas exhortaciones espirituales, mantras de amor a Dios.
Cada día a primera hora, pasaba por el oratorio de la facultad, hacía una genuflexión antes de entrar corriendo a clase de Teoría de la Comunicación y reafirmaba mi amor y fidelidad a Dios: «¡Quiero ser fiel hasta la muerte!
». No era una exageración. Lo quería de verdad. Morir en el Opus Dei.
Sin pedir permiso a la encargada del piso asociado, mi compañera Sofía y yo alquilamos una película del videoclub del barrio, el Policarpo, cuando ya habíamos terminado todas las temporadas de Las chicas Gilmore y aún teníamos mono de romanticismo adolescente.
Decidimos alquilar Juno . Creo que yo había visto algún cartel anunciándola y, como los miembros célibes teníamos prohibido ir al cine, estaba esperando a que saliera disponible en alquiler.
Pensaba que sería la típica comedia adolescente que me encanta, como Ponte en mi lugar de Lindsay Lohan o El sueño de mi vida o 10 razones para odiarte .
Siguiendo nuestro ritual, Sofía introdujo el DVD en el reproductor y luego se tumbó en el sofá.
En cambio, yo me senté: tumbarse en el sofá estaba prohibido para las agregadas, ya que es una postura impropia de una mujer casta y, como cualquiera puede imaginar, despatarrarse en el sofá es tentar a la lujuria y la pereza.
Además, en este caso, estaría dando mal ejemplo a Sofía.
En la organización, dar buen ejemplo es primordial.
PLAY . Justo cuando empieza la película, aparece nuestra compañera-supervisora del piso, la agregada que tendrá unos veintitrés años y es —sin lugar a dudas— mucho más ortodoxa que yo.
Llevo puesta mi sudadera negra de Quiksilver falsa.
La agregada responsable de mantener las reglas del piso se sienta a mi lado; ambas damos buen ejemplo.
En una de las primeras escenas, Juno, la protagonista, mira a su novio, interpretado por Michael Cera, que entrena con sus compañeros del equipo de fútbol.
La voz en off de Juno describe con ironía cómo se imagina la polla de su novio, saltarina, dando botes de un lado a otro.
La agregada supervisora da un grito de terror como si acabara de aparecer el mismo demonio con cara de vieja en el salón y se levanta corriendo para ponerse frente a la pantalla.
Tapa el televisor con su espalda y su pandero.
Yo me quedo en shock, y me da un poco la risa.
No es la primera vez que veo esta reacción, por supuesto.
Es lo normal en la organización, un clásico de los clubes, centros y colegios mayores cuando sale una escena subidita de tono.
Por eso, de adolescentes, solo nos ponían la película Un paseo para recordar , donde la protagonista, casta y firme, vela por la virginidad de su novio antes del matrimonio, en un romanticismo puritano edulcorado.
Lo contrario que Juno, chica adolescente y lasciva.
Mi compañera Sofía me mira desconcertada, porque es la primera vez que ella ve a una adulta saltar como un gamo para tapar una pantalla de televisor con su cuerpo, esquivando una bala pecaminosa, ocultando los besos y los genitales de los protagonistas ante dos universitarias vulnerables.
Aunque no vemos la escena, escuchamos la voz de Juno que continúa su descripción durante un par de minutos, en los cuales la agregada supervisora permanece de pie, azorada, jadeando, musitando: «Esto no se puede ver, chicas.
Teníais que haberme consultado». Temo que dé al botón de STOP y nos prohíba ver la película, pero no sucede.
Somos dos contra una, creo que se siente en minoría y suspiro aliviada.
Quizá espera que yo me ponga de su parte, pero no lo voy a hacer.
Quiero ver Juno y no estoy dispuesta a negociar.
Cuando pasa el peligro, la agregada se sienta de nuevo, rígida, a mi lado, y seguimos viendo la película sin sobresaltos, pero con una sensación constante de que hay alguien vigilando. Esto no pasaba con Las chicas Gilmore .
Cuando termina la película, la agregada concluye satisfecha que es una película antiabortista, lo cual está muy bien, pero que tiene «alguna cosa soez» e «innecesaria», hablando al estilo de las reseñas de almudi.org .
Luego, a solas, me recuerda que la próxima vez que alquile una película debería consultar las valoraciones y recomendaciones en la página web apropiada.
Corregirse entre miembros del grupo es una práctica extendida y estipulada por la organización: si ves que tu hermana se comporta mal, debes consultar a la directora y —si esta lo aprueba— debes decirle con sinceridad y firmeza qué es lo que hace mal.
Denominan a esta práctica «corrección fraterna».
Durante mis años de universidad, recibí constantes correcciones fraternas por llegar tarde a las actividades, por ejemplo.
Mi talón de Aquiles, sin embargo, siempre fue relacionarme con el otro sexo.
Las numerarias me veían con mis compañeros de clase, caminando, paseando y tomando cafés en el campus y, luego, en el centro me corregían, me reprochaban que siendo agregada diera ese mal ejemplo al ir con chicos.
Yo suspiraba y prometía cambiar, con una mezcla de culpa y desesperación.
Me preguntaba si eso pasaría estudiando en la universidad pública, donde ninguna numeraria ni sacerdote podría vigilar si me tomaba un café con Antonio o con Antonia.
Necesitaba formas de esquivar el control en aquel show de Truman.
Al año siguiente, en tercero de carrera, dejé el piso asociado y empecé a vivir con dos amigas de clase que no se asustaban por mis gustos cinematográficos y no me prohibían hacer fiestas, sino todo lo contrario.
Gracias a eso, pude tener una experiencia universitaria más normal.
La decisión de alejarme de la supervisión del Opus Dei y las normas de los pisos trajo otros problemas.
En concreto, la presión de mis directoras para que no me relacionara con chicos incrementó de manera exponencial.