Economía #2
Ni siquiera mis padres me han forzado a estudiar una carrera o ir a una determinada universidad.
No sé cómo reaccionar ante la sorpresa de la directora.
No había pensado que hubiera rojos en la pública.
En ese momento recuerdo que, con sorna y humor soez, cada vez que escucho un eructo, mascullo «¡Para el rey!
», como si fuera una jaculatoria. Es una broma que solía hacer con mi hermano, el que me alertó sobre el lavado de cerebro.
Igual ese chiste es un poco rojo, no lo había pensado, pero es que renuncio a las etiquetas.
¿Acaso una broma inocente me define? ¿Tengo que enseñar mi voto al entrar en el Opus Dei?
En mis años como agregada no me pronuncio en términos políticos y juego a la ambigüedad.
Sigo convencida de que mi vocación no tiene que ver con mis posicionamientos ideológicos.
Ese es el discurso público de la organización: una cosa es la institución y otra, la actividad de sus miembros.
Entonces ¿por qué a la directora le horroriza tanto que me vaya a una universidad pública?
Me quedo pensando si tiene razón, si mi plan es tan descabellado como ella lo pinta y si estaré arruinando mi futuro. La directora espiritual tiene sus planes: «Déjame que lo hable con la delegación. Hay otras alternativas a la beca. No te vayas a Madrid».
A los pocos días, mi directora me informa sobre unos préstamos.
Por sorprendente que parezca, con dieciocho años es la primera vez en toda mi vida que escucho la palabra «préstamo» o «crédito».
Es curioso: no aparecía en el temario de la asignatura de Economía, aprendizaje que me hubiera sido mucho más útil que memorizar definiciones.
La directora me explica con paciencia que un préstamo es un adelanto del banco que, después, cuando ya esté trabajando con un maravilloso contrato fijo, podré ir devolviendo en cómodos plazos.
Me da el contacto de un responsable de Becas y Ayudas en la Universidad que puede informarme al respecto.
La persona que me informa insiste en la palabra «cómodos plazos» y pone casos muy claros: «Si una semana, por ejemplo, en lugar de comprar dos cajetillas de tabaco compras solo una, esos cuatro euros que te estás ahorrando, los pones para ir devolviendo el préstamo.
O si, en lugar de irte a tomar un café, lo guardas para el crédito, ya irás descontando el dinero de la deuda».
Yo no tengo muchos gastos, apenas voy de compras y mis únicas excepciones son tomarme unas cervezas de vez en cuando o comprar pizzas del supermercado para hacer en casa.
Robo cigarros a mis amigos y a mi hermana pequeña.
Soy muy austera. Mis mayores gastos son los cursos anuales que duran un mes y los cursos de retiro de cinco días en casas del Opus Dei.
Nunca me voy de vacaciones ni de viaje, tampoco tengo carnet de conducir ni coche.
Pienso que seré capaz de devolver rápido ese dinero, ya que no parece difícil para una chica tan responsable como yo.
Mis hermanos mayores han encontrado trabajo al terminar la carrera y la Universidad de Navarra se jacta de que los alumnos salen preparadísimos .
Si hay que matarse a trabajar, estoy dispuesta a hacerlo.
Al fin y al cabo, no estoy segura de que vivir en Madrid vaya a ser más barato que Pamplona, y ya tengo un grupo de amigas.
Además, no sé, mira una foto del campus de la Universidad de Navarra.
De verdad que parece Harvard. ¿Quién no querría estudiar ahí? Es una universidad de élite.
Me reúno con un banquero en una sede del Banco Popular, aunque mi solicitud se tramita a través del Banco Condal (que ya no existe) a una entidad llamada Banco de Depósitos, cuya sede jamás conocí.
En aquel momento, yo confiaba en todas las personas trajeadas y serias que venían recomendadas por mis directoras y por la universidad y quería quitarme ese nudo que me oprimía la garganta desde que vi el suspenso de Economía.
Firmé el crédito por unos diez mil euros, para pagarme la matrícula y parte del alojamiento, aunque necesitaba seguir trabajando.
Al no tener beca privada, pude solicitar la pública.
Papá Estado sí era compatible con mis resultados académicos, no iba a traicionarme por un suspenso.
Después de firmar el préstamo, entré en la primera peluquería low cost que encontré en la Pamplona profunda y me rapé la parte izquierda de la cabeza, al nivel tres, más o menos, dejándome el pelo largo en la parte derecha, para satisfacción de la peluquera punkarra que sonreía, maquinilla en mano.
Renové el crédito en el tercer y cuarto año de carrera, siempre en la misma oficina del Banco Popular, siempre ante notario y sin aval, con diecinueve, veinte y veintiún años.
La presión en la garganta se iba transformando en alivio cada vez que entraba dinero en mi cuenta.
Lo que no sabía es que esa presión volvería aún con más violencia, más dolor y angustia al final de la carrera.
La moneda atravesada en mi tráquea me acompañaría durante toda mi vida laboral, desde el día mismo de la graduación hasta los diez años posteriores.
Cuando entré a estudiar en la universidad privada, tenía diecisiete años y no tenía un duro.
Cuando salí, tenía veintidós años y una deuda de 27.
000 euros sin aval. Era el año 2011. En los medios españoles empezaban a usar el término «mileurista» para referirse a un nuevo fenómeno nunca visto hasta entonces, la palabra «crisis» se atragantaba en boca de Zapatero, las cifras del paro copaban las portadas de los periódicos y unos chavales indignados acampaban en las plazas de las ciudades.