Economía
Economía
Accedo a mi expediente en la intranet de la universidad.
Han salido las notas de la asignatura de Economía, una de las más aburridas del primer curso.
El examen incluye un filtro obligatorio que consiste en vomitar definiciones.
Si te dejas alguna palabra clave de la definición, te quitan puntos.
No soy la mejor memorizando. Además, las explicaciones sobre economía me parecen confusas y ya en el colegio cursé una asignatura de Contabilidad por obligación.
Mi padre es contable así que, como es lógico, yo aborrezco la economía y la contabilidad.
Rastreo mis calificaciones y veo la peor noticia posible: he suspendido.
He suspendido la asignatura en primero de carrera.
El profesor de Economía, el primer día de clase, hizo un alegato contra el matrimonio igualitario, aprobado dos años antes por el gobierno de Zapatero, basándose en un ejemplo inventado por él mismo en un ataque de genialidad, comparando la homosexualidad con cuajadas y yogures.
Si los gays eran los yogures o las cuajadas, no lo recuerdo.
Deduzco que su mensaje final era que una cuajada se tiene que casar con un yogur, porque yogur-yogur / cuajada-cuajada sería una defensa del matrimonio homosexual.
Tampoco recuerdo las definiciones que nos hizo aprender para su asignatura.
Sí recuerdo, en cambio, mirar a mi alrededor, observando las caras impávidas de mis compañeros, algunos asintiendo con la cabeza, otros con el ceño fruncido y yo, incomodísima, preguntándome si ponerse a disertar sobre los gays en clase de Economía era normal y sabiendo desde el primer minuto que tendría problemas con este profesor trajeado que hablaba con tanta autoridad sobre temas no relacionados con su asignatura.
Yo era del Opus Dei, pero aún creía que los temas políticos no tenían que ver con mi vocación, y no esperaba que se hablara con tanta ligereza en la universidad sobre cuestiones religiosas.
Igual debía haber sospechado algo al saber que la asignatura troncal de Antropología es obligatoria en todas las carreras y siempre la imparte un sacerdote. Detallitos.
Es el mismo centro donde me confieso cada semana con un sacerdote, asisto al círculo semanal y hablo con una directora espiritual que, además, está al tanto de mis agobios financieros.
Ya me lo dijo la responsable de las becas de la Universidad: «Seguro que tu familia está muy orgullosa de ti al ver que trabajas y estudias a la vez pero, si no llegas a la media de notable alto, un ocho y medio, perderás la beca para el segundo curso».
Intento explicarle que la beca privada solo cubre la matrícula, necesito trabajar para pagar el alojamiento, y solo puedo trabajar en turnos de mediodía y de noche, y los fines de semana para compatibilizarlo con las clases.
Me cuesta organizarme para estudiar y el ritmo de la universidad no es el del colegio.
Había conseguido hacerlo durante el bachillerato con buenos resultados, pensaba que no sería tan difícil.
Muchas veces llego cansada después de trabajar en el turno de mediodía y hay fines de semana que me quedo dormida encima del libro.
La chica asiente con una sonrisa fría. Con esa sonrisa del que te escucha sin que le importe lo que estás contando. Cadáveres ambulantes.
«Sí, Marina —insistió con un punto de irritación—. Lo que me cuentas es muy admirable, sé que te esfuerzas, pero si no llegas a la nota, no te podremos renovar la beca».
Un suspenso implica la negación automática de la renovación del apoyo económico.
Es lo justo, son las normas y yo quiero cumplir las normas.
No hay personalización que valga. Me duele el pecho.
Estoy tan tensa que no puedo llorar. Empiezo a hacer cálculos: ocho mil euros de matrícula anual, más los gastos del piso, más los cursos de retiro y el curso anual de los veranos, más los gastos en comida, ropa y libros.
No puedo hacer frente a todo yo sola, es imposible.
La beca privada no es compatible con la beca pública.
En primero de carrera, Papá Estado me dijo que tenía que elegir entre su beca o la de Papá Opus.
Elegí la de Papá Opus porque pensaba que, gracias al acompañamiento personalizado de la universidad y a que varios de mis hermanos mayores habían estudiado allí y a que éramos familia numerosa y a que yo trabajaba limpiando en colegios mayores de la universidad, tendría más posibilidades de renovación al año siguiente o poder evaluar mi caso si se daban mal las cosas.
Pensaba que Papá Estado era más implacable que Papá Opus, que había sido tan flexible para ofrecerme una beca en el colegio de Bilbao a mitad de curso, llamando a mi puerta.
Los mensajes de Papá Opus eran confusos: a veces era muy rígido y a veces muy motivador.
Igual ya no les interesaba tenerme como alumna ejemplar, no estaba haciendo suficiente proselitismo en clase…
¿qué había cambiado? Yo era la misma. Un suspenso en Economía iba a acabar con mi castillo de naipes.
«Bueno, no es el fin del mundo —pensé—, puedo volver a la pública.
Soy una ciudadana con derechos. Puedo estudiar en una universidad pública, irme a Madrid.
De hecho, Pamplona está empezando a agobiarme».
Abro el buscador de Google y saco mi cuaderno.
No me permito ni un minuto para llorar por el suspenso, mi primer suspenso oficial en toda mi vida, mi primera mancha en un expediente académico impoluto desde los diez años, con algún seis raspado en Gimnasia o Matemáticas.
No puedo asumir la sensación de fracaso, de efecto dominó que va directo al desastre.
Necesito una solución rápida. Soy experta en becas, puedo hacerlo.
En la Universidad Carlos III la matrícula cuesta la mitad.
Y en la Complutense. Mi hermana mayor vive en Madrid, ¿podría irme a vivir con ella?
Tendría que ver cuánto cuesta alquilar una habitación en Madrid, seguro que es caro, pero Pamplona tampoco es barato en la zona de universitarios. Voy tomando notas, saco mi calculadora.
Noto unos toquecitos suaves en la espalda.
Me giro: es mi directora espiritual, que además es directora del centro.
Cada semana tengo que hacer la charla con ella; es decir, conversar durante una hora sobre mis dificultades, mis problemas, mis agobios y alegrías.
Compartir mi intimidad sin tapujos y repasar juntas la «lista de San José», donde enumero a tres amigas que podrían pedir la admisión ese año.
Ninguna amiga lo hace durante mis años de universidad.
Me levanto y sigo a mi directora hasta la salita.
El centro está lleno de salas de estar, con una mesa en el medio, unas butacas elegantes con tapicería perfecta, un suelo reluciente y varios cuadros del papa, Nuestro Padre Josemaría Escrivá y los padres sucesores.
Lo suelto en frío: «He suspendido Economía.
Voy a perder la beca. Aún puedo hacer una solicitud de reclamación, pero no creo que me la den.
Es probable que, si sigo trabajando al ritmo que lo estoy haciendo, el año que viene vuelva a suspender al menos una asignatura, y lo saben.
La chica de las becas no me inspiró mucha confianza.
Una media de siete o siete y medio no es suficiente.
Parecía que querían quitarse gente de encima».
La directora me escucha con atención y asiente.
Mientras hablo, se me saltan las lágrimas.
No me gusta que me vean llorar. Soy castellana.
Me seco las mejillas con el dorso de la mano y noto que la presión en el pecho sube a la garganta, clavándose en mi tráquea, como una piedra o una moneda de dos euros atravesada que no puedo tragar.
Maldito, maldito, maldito dinero. Toda la rabia, la frustración y la impotencia se quedan dentro de mí.
La directora no me abraza ni llora conmigo.
Me pregunta si tengo algo pensado. «Sí, claro».
He aprendido a buscar soluciones antes de que me las pidan, a dar un plan ya cerrado para adelantarme a las opiniones ajenas y para seguir adelante, siempre adelante.
«Me voy a ir a Madrid, a la pública. Me da pena por las amigas que he hecho este año, pero es lo que hay.
No me puedo permitir esta universidad». Entonces, la directora sí reacciona.
Abre los ojos. No da crédito, sin enfadarse.
Me da la sensación de que no se lo esperaba, le resulta inconcebible que una alumna aplicada como yo —cuyo sueño era estudiar Comunicación en la Universidad de Navarra ( aka la Harvard española)— vaya a dejarlo por una cosa tan banal como el dinero y, peor aún, que cometa la osadía de ir a una universidad pública.
«¿Cómo vas a ir a la pública? ¿La pública? Está llena de rojos, y más en Comunicación Audiovisual. No es un buen sitio para estudiar. No es como la Universidad de Navarra. Pondrías en peligro tu carrera profesional y, peor aún, tu vocación».
Me quedo en shock. Tiene sentido: la universidad pública es una continuación del colegio público y el instituto público.
La pública es la pendiente inclinada por la que iré rodando, cuesta abajo y sin frenos, rodeada de cuajadas y yogures hasta terminar achicharrada en el noveno círculo del infierno.
Me asusto, pero tengo dudas. Por ejemplo, mi hermano Álvaro ha estudiado Informática en la pública y creo que le va bien, aunque me parece que ha dejado el grupo, pero tampoco hablo con él de estos temas.
Las cuestiones vocacionales solo se hablan con la directora y el sacerdote.