Mi obra
Mi obra
Desde los quince a los diecisiete años, después de recibir clases en el colegio asociado al Opus Dei voy al club donde me confieso con un sacerdote y acudo a la formación para agregadas; después, cojo el metro y subo la cuesta hasta llegar a la casa Centro de Estudio y Trabajo, propiedad de una entidad vinculada a la organización, donde vivo y trabajo.
En mi segundo año, la directora sugiere que, en lugar de trabajar limpiando y cocinando con las numerarias auxiliares, sustituya algunas horas por dar clases de teatro y que vigile el estudio donde van las niñas a hacer sus tareas.
Es una buena oferta, teniendo en cuenta que odio cocinar y limpiar, y que vigilar el estudio me permite aprovechar el tiempo para mis exámenes.
Necesito una buena nota en selectividad para optar a la beca pública y superar la nota de corte de acceso a la licenciatura de Comunicación Audiovisual en Navarra.
Tengo claro que, además de mi vocación religiosa, tengo una vocación profesional y lucharé por ella.
Aprovecho los trayectos en metro, los ratos libres entre turno y turno de trabajo, los huecos antes de la meditación de los sábados, después del retiro espiritual de cada mes, antes del círculo, entre clase y clase, para escribir una obra de teatro para niñas.
Agotada, llego al fin de curso, termino segundo de bachillerato y me presento a la selectividad.
Después del último examen siento que ya he cruzado, por fin, la línea de meta: termina la maratón.
Aterrizo exhausta, solo para darme cuenta de que en unos meses empiezo la carrera, y en verano tengo que hacer una convivencia de un mes con otras agregadas.
Tengo que cumplir con las normas antes de empezar la otra carrera, la de verdad.
ESO y bachillerato solo han sido un entrenamiento, porque ahora viene la Universidad, con mayúscula, con una matrícula privada también mayúscula y con gastos y gestiones que se van acumulando.
He rellenado los formularios para la beca de universidad, la beca pública, la solicitud de preadmisión a la universidad y la solicitud de alojamiento en un piso que llaman «asociado a la Universidad de Navarra».
Un piso asociado es un piso de alquiler normal, pero gestionado por personas del Opus Dei, donde está prohibido que vivan juntos chicos y chicas y donde hay una tutora que garantiza el cumplimiento de las normas del piso.
Es necesario vivir en un apartamento de estas características o un colegio mayor para recibir la beca privada de la Universidad.
El objetivo último es que el alumnado con beca participe en un mínimo de las actividades organizadas y este es un requisito imprescindible.
Ellos dan el dinero, ellos ponen las reglas.
Estoy dispuesta a aceptar cualquier norma con tal de que me den la beca.
Necesito entrar en la universidad y Navarra es la mejor Facultad de Comunicación en España.
De lo bueno, lo mejor; de lo mejor, lo superior. De eso no hay dudas.
Mientras hago el papeleo se me cierran los ojos.
Estoy cansada y quiero dormir, pero en agosto me toca el curso anual y necesito organizarme: para pagar el curso anual tendré que trabajar el mes anterior.
A las exigencias académicas y laborales se unen las exigencias de la vocación.
Tengo que cuadrar mi agenda, planificar mis gastos y asumir que en unos meses cumpliré dieciocho años.
No me van a regalar nada, seré una adulta y podré —por fin— votar.
Soy libre, soy libre, soy libre. Dios lo quiere así.
Estoy tan cansada que, cada mañana, cuando suena el despertador, mi colchón parece transformarse en el campo de amapolas donde la malvada bruja hace un hechizo para dormir a Dorothy, la protagonista de El Mago de Oz , e impedir que la niña llegue a Ciudad Esmeralda.
Necesito energías para trabajar, para seguir adelante, pero cada vez me cuesta más levantarme por la mañana y me repito que debo ser responsable, cumplir con mis compromisos.
Con dieciocho años tendré que hacer la incorporación jurídica según el derecho canónico.
Por la vía civil, no hay rito ni paso, ni registro.
No hay pruebas de mi pertenencia al grupo.
No puedo hacerme pareja de hecho con Dios.
«Es un trámite —dice mi directora espiritual—, pero sirve para renovar tu fidelidad a tu vocación.
Reza y mortifícate de manera más intensa para preparar tu incorporación».
Me recuerda que, hasta ahora, soy de la Obra, pero solo de corazón, no puedo tener un vínculo legal porque no tengo la mayoría de edad, pero Dios es un amante que no mira la edad de sus novias.
Lo importante es el compromiso que he adquirido, mi fidelidad y que mi vocación es tan real como un matrimonio.
A veces me gustaría cerrar los ojos y que desapareciera el mundo a mi alrededor.
Arrancar los barrotes de la ventana y adentrarme en el mar con unas piedras en los bolsillos, dejarme ir como hizo Virginia Woolf cuando salió de su habitación propia.
Cuando duermo, no pienso en Dios ni en mi vocación, que voy arrastrando como una losa no elegida.
Cuando duermo, no tengo preocupaciones ni me siento culpable por no estar haciendo lo suficiente. Cuando duermo, no siento.
Dormir es la tentación, la prueba del demonio que quiere hacerme caer y flaquear desde que abro los ojos.
Dormir es la trampa de la bruja que quiere entorpecer para que no cumpla mis propósitos: «Descansa un poquito, anda.
Duerme un poco más, solo un poquito…». Me encantaría dormir, pero el minuto heroico (levantarte en cuanto suena el despertador) es la primera batalla del día.
Además, me toca turno de trabajo este fin de semana, justo después de selectividad.
Quiero meterme en la cama y no levantarme en mucho tiempo, sin alarma y sin responsabilidades, como cuando estaba en casa de mis padres un sábado cualquiera.
Aprieto los puños: no hay vuelta atrás. Igual que en El Mago de Oz cae la nieve y anula el somnífero de las amapolas malignas, la ducha de agua fría me espabila y me recuerda que el chorro helado me hará más fuerte.
Tengo diecisiete años y una misión que cumplir para la eternidad.
Hoy por la tarde se representa la obra de teatro que llevo preparando durante el curso con las niñas del club.
Ellas están emocionadas, sus padres también y la directora del CET, más.
Yo no sé ni cómo me siento. Me gustaría estar en casa, en mi casa de verdad, en la casa de mis padres de la que me fui hace dos años.
Parece que han pasado diez. Me gustaría coger el primer tren de vuelta a Miranda o golpear los talones de mis zuecos blancos de trabajo y mascullar «a casa, a casa, a casa» para que suceda el milagro.
Mi casa está tan solo a dos horas de trayecto en tren y tengo el viaje gratis por ser familia numerosa.
Sería tan fácil como coger la maleta e irme, pero no puedo abandonar ahora: los padres y las niñas y la directora me esperan.
Ya he llegado hasta aquí. No soy una cobarde.
Soy una chica «muy madura para mi edad» (repite el sacerdote, repite la directora, apunto en mi agenda) y soy muy capaz de asumir compromisos.
Aun así, mi cuerpo no obedece. Me levanto, me enfundo la sudadera negra de Quiksilver y…
me vuelvo a la cama. Quizá no se dan cuenta de que falto.
Me pongo la capucha. Quizá puedo desaparecer, usando la sudadera como la capa de invisibilidad de Harry Potter.
Me gustaría que el internado se pareciera más a Hogwarts que a Torres de Malory, y tener a Dumbledore como directora, pero estoy atrapada en un bucle espacio-temporal: me parezco más a una niña educada en el puritanismo franquista que a Hermione Granger.
«No quiero ir, no puedo, no estoy bien», le digo a la directora, que está preocupada por la actuación de fin de curso.
Cuando está nerviosa, la directora no deja de sonreír, con una sonrisa tensa y una mirada fría que recuerda a las modelos en las pasarelas de moda, rivales entre sí que compiten por ver quién es más agradable, más simpática, aunque los zapatos de tacón les estén haciendo sangrar los pies y aunque en ese momento —lo sé— la directora quiere matarme.
Creo que tengo fiebre. Me cuesta respirar.
Lloro. Me abrazo a mi sudadera. «¿Qué más da si yo no estoy?
Ya está el trabajo hecho. Descansen en paz.
Amén». La directora se ha sentado en la silla del escritorio y me toma la mano con cariño.
Persuasiva, y con cariño. Con cariño, e insistente.
Me agarra la mano con fuerza. No deja de mirarme a los ojos y habla con voz dulce pero implacable: «Los padres están esperando abajo.
Has escrito tú la obra de teatro. Has ensayado con las niñas.
Has buscado canciones y os habéis inventado las coreografías.
Tienes que presentar. Te toca. Eres la responsable, la monitora de las niñas, la profesora de teatro.
Es tu responsabilidad». Show must go on.
Que el club esté ubicado en la planta de abajo, que mi trabajo sea mi casa, que la directora del club y la supervisora de mi trabajo sea numeraria y miembro del Opus Dei, no me ayuda.
Escaquearse es difícil en un laberinto de espejos.
No puedo decir «el metro va con retraso» o «me encuentro fatal, me quedo en casa».
Tampoco puedo llamar a mi madre o a mi hermana inventándome una excusa.
Estoy indefensa. Vivo en un club-casa-centro-residencia-trabajo.
Estoy sola y la directora me coge de la mano con fuerza.
Toca apechugar. Tomo aire, me levanto de la cama y voy a presentar la obra de teatro.
Me quito la sudadera porque no es apropiada para la ocasión.
Mientras bajo a la primera planta, saco fuerzas para autoconvencerme: «Esta es mi obra, la he escrito yo.
Son mis palabras, dichas en boca de niñas de nueve y once años.
Es mi creación. Ya no soy la niña-actriz que juega a hacer teatros, sino que me he convertido en la artífice, la narradora y directora de un teatro cuyo objetivo es conseguir que las niñas de ocho, nueve y once años vengan al club y, gracias al club, descubran su fe».
Cada sacrificio me hace estar más cerca de la santidad y llevar a otros conmigo.
Mi obra de teatro escrita a retazos entre clase y clase, en el metro y entre turno y turno de trabajo, resulta ser una mezcla extraña y sorprendente donde se unen las canciones de High School Musical con un abordaje de un barco pirata y un baile final tipo cabaret.
Las niñas bailan encantadas. Otras numerarias auxiliares del CET se implican en el proyecto, nos lo pasamos genial haciendo la obra.
Tengo cualidades de líder y puedo llevar la obra a cabo.
Sí, yo puedo. Tengo una vocación religiosa y una vocación artística, puedo con ello.
Bueno, yo no. Dios puede a través de mí.
Yo no valgo nada, soy un instrumento inútil.
Debo estar siempre agradecida a Dios y no cuestionar al grupo.
Todas tenemos vocación, todas hemos hecho la obra posible: mayores, pequeñas, directoras, numerarias, padres.
Ahora tocaba ver el resultado, celebrar y sentirnos parte de una obra única y especial.
Nos aplaudimos a nosotros mismos por nuestra propia creación.
Saludo a los padres y presento a las niñas con una gran sonrisa.
Veo sus caritas maquilladas y me acuerdo de mi actuación en El Mago de Oz , cuando tenía su misma edad.
Carla, una niña con la cara grande y redonda, lleva un parche en el ojo e interpreta al pirata Miko.
Bea, que suele llevar una coleta atada con un lazo, se ha puesto una pata de palo para representar al pirata Camy.
Son monísimas. Sentada en un lado, al fondo de la sala, asisto a la representación.
Veo a las niñas felices en el escenario de aquella sala y me veo a mí misma.
Siento que han pasado muchos años desde que yo iba al club y jugaba con otras niñas.
En realidad solo han sido dos o tres, hasta los catorce años que pedí la admisión al Opus Dei, pero me siento mucho mayor, incluso envejecida.
Ya no sé dónde quedó aquella niña que hacía de espantapájaros.
Quizá solo era un disfraz que quedó en un baúl con el atrezo de la infancia. Lo he olvidado.
Mientras veo la representación desaparece mi agotamiento y mis ganas de huir.
Dios está conmigo. Los sentimientos pueden transformarse en un abrir y cerrar de ojos, igual que los niños de Lluvia de Estrellas traspasaban la puerta estrellada y se convertían en Rocío Dúrcal o Joselito, gracias a la magia de la televisión.
Cuando me sentía triste o cansada, bastaba con rezar, cerrar los ojos muy fuerte y decir: «Dios mío, quítame este cansancio», o «Aunque esté cansada, lo haré por ti», y ya.
Con diecisiete años descubrí que todo estaba en mi mano, solo era cuestión de disciplina, abandonarse a Dios y usar mi fuerza de voluntad.
No tenía a Bertín Osborne llevándome de la mano a través de la pasarela donde sucedía la magia, pero tenía a Escrivá.
Termina la función. Los padres aplauden y yo respiro aliviada.
«¿Ves? No era para tanto», susurra la directora.
Espera, no, no lo dice la directora: lo digo yo misma.
Me lo susurra el Espíritu Santo. No, no, espera, lo dice Santi, mi Ángel de la Guarda al que ya tengo casi olvidado y aparece de vez en cuando.
No, ¿y si lo dice mi yo verdadero, mi yo fuerte y resiliente? «No es para tanto».
Qué más da quién lo diga. Con diecisiete años ya no distingo las voces, es lo mismo: Dios, la Obra, mi conciencia, la voz de las directoras, el sacerdote.
Da igual. Da igual porque el mensaje es el mismo siempre, una y otra vez: la obra soy yo.
Rezo los tres avemarías con los brazos en cruz antes de acostarme y me meto en la cama a descansar, por fin.
Dormir. Cerrar los ojos. Echar el telón, al menos unas horas, hasta que suene la alarma para volver al trabajo.