El colegio de chicas
El colegio de chicas
Es la primera vez que estoy en un colegio de chicas.
No veo hombre alguno a varios metros a la redonda, exceptuando al sacerdote, que parece tener unos cincuenta y siete años (quizá son treinta y cinco en realidad…
soy una adolescente y no sé calcular edades).
El sacerdote está medio calvo y suele encerrarse en el confesionario del colegio en la planta de arriba.
El colegio solo tiene clases de bachillerato y de FP.
Es decir: es un colegio para pobres, repetidoras y chicas que no acaban de encajar en el colegio «bien» del Opus Dei.
Deduzco que las mujeres miembros de la organización que dan clases en el colegio buscan vocaciones de numerarias auxiliares y agregadas, no de numerarias y supernumerarias. Cada colegio tiene su target .
Este es el colegio que recoge las sobras del colegio grande, bonito y pijo.
Aquí todas venimos porque tenemos beca, porque contamos con algún tipo de subvención pública o porque algunos padres no se sienten seguros llevando a sus hijas a un colegio pijo de la Obra.
Este colegio parece más variado, menos elitista, más humilde, menos fanático, donde las niñas no pasan los fines de semana en su segunda casa de veraneo.
Y lo es. Me pregunto si soy la única chica con beca completa, y si la gente de clase sabrá que no he pagado ni un duro de matrícula porque la directora del club de Vitoria se ha encargado de eso.
Ni mis padres ni yo sabemos de dónde sale el dinero ni cómo se paga el colegio, no hacen reunión de padres con la directora y tampoco existe el AMPA, como yo estaba acostumbrada a ver en los colegios de Miranda.
La directora del club me dice que estudiar en este colegio es una gran oportunidad, he tenido muchísima suerte porque un donante anónimo ha hecho una aportación económica generosa y como el colegio necesita buenas estudiantes que den ejemplo con sus notas y con su vida, mi misión es estar agradecida, mantener mi buen expediente y arrastrar a otras niñas a la santidad.
No tengo que pagar la matrícula del colegio, solo tengo que ser un ejemplo.
Estoy acostumbrada a ser un ejemplo, es fácil para mí.
Entiendo sin necesidad de explicación en qué consiste ser ejemplar: obedecer, rezar, estudiar, hacer apostolado, caer bien, ser buena.
Seré la primera en la familia que estudia en un colegio solo de chicas.
Tendré la educación exquisita de las niñas bien a cambio de cero euros.
Estoy agradecida y me siento privilegiada.
Me han dado la beca porque soy responsable y estudiosa, y Dios quiere que sea una buena agregada.
Me lo merezco. Puede que, incluso, me sienta un poco mejor que los demás, una chica con una exigencia y madurez superior a la media.
Como llego en octubre, con el curso empezado, no tengo la falda del uniforme lista.
Me pongo la parte de arriba, un polo, con un pantalón verde estilo cargo y unos zapatos negros.
Me veo feísima con los colores amarillo y verde.
No entiendo por qué tengo que llevar uniforme en bachillerato, cuando en mi colegio de monjas lo quitaron durante la secundaria, pero entonces recuerdo que tengo una beca.
No debería quejarme, mis padres ni siquiera han tenido que comprar el uniforme porque he heredado una falda de una antigua alumna, más alta y gorda que yo.
Aparezco el primer día con mi pelo corto, con el que pretendía ser Meg Ryan.
Un pelo que no solo fue un fiasco desde su concepción, sino que pasó a esa fase terrorífica en la que ha empezado a crecer.
Aún no está largo ni tiene ondas, sino que se va creando una pequeña melena informe, que no es tan corta como para decir que llevas pelo corto ni tan larga como para hacerte una coleta.
El pelo está a una altura incómoda, por encima de las orejas, esa altura que mi amiga Macarena definió, llorando de risa muchos años después, como «de paje o de fraile».
Macarena se apiadó de mí en cuanto me vio entrar por la puerta.
Pensó, «ay, esta pobre pringada» mientras yo sonreía con timidez, disimulando mi ortodoncia.
En parte, aunque odiaba el uniforme, me sentí aliviada al ver que todas vestíamos igual: volvíamos a ser niñas.
Eran niñas de mi edad, no les importaba llevar falda con dieciséis años.
Nada me recordaba a Miranda ni al instituto.
Dentro de mí, volvía a tener doce años, como cuando llegué al colegio de monjas, pero ahora el Opus Dei había colonizado cada espacio de mi vida (casa, colegio, ocio) y me sentía protegida por Papá Opus a pesar de estar en un lugar desconocido.
Había un aroma familiar, como si fuera a pasar una temporada con unos primos lejanos ricos, que me dejaban más libertad si cumplía con sus normas absurdas y no cuestionaba los protocolos de cara a la galería.
Como toda familia rica que se precie, no dejaban de recordarme que eran ellos los que me habían abierto las puertas de su casa.
En Bilbao, una nueva ciudad, podía empezar de cero y encontraría más chicas como yo.
No encajaba en Miranda, eso era evidente.
Tenía claro que ya no podría irme de la Obra, pero cada vez que me sintiera mal, podría escapar a otra ciudad.
Solo necesitaba una beca y a Dios de mi lado.
Ni siquiera mis padres podrían retenerme, y tampoco el dinero, si estaba dispuesta a sacrificarme, a trabajar, a seguir las normas y no rebelarme.
La organización es la mano proveedora, el genio de la lámpara que hace posible lo imposible, llamándolo milagro, vocación o beca.
Una de las cosas más aterradoras de mi experiencia en un colegio del Opus fue constatar una realidad que, para los niños que han ido a estos colegios es lo más normal del mundo: muchas profesoras eran numerarias, las mismas numerarias que luego te encontrabas en el club o en las convivencias de verano, o que actuaban como directoras espirituales de las niñas.
Igual que en el siglo xix una ardilla podía recorrer España saltando de árbol en árbol sin tocar el suelo, una niña podía tener como tutora del colegio y profesora de Matemáticas a su directora espiritual, que luego podría transformarse en su directora del centro y, además, ser la directora espiritual de su madre para, unos años después, convertirse en la portavoz de la organización que saldría ante las cámaras para negar todas las acusaciones de abuso psicológico y captación de menores.
Además, si tenías suerte, podía ser tu tía o tu hermana, o tu cuñada.
El entramado perfecto para que circulen los secretos, los contactos y se expanda el control como el fuego en un trigal.
En el mundillo Opus, todos se conocen más o menos.
Quizá tu madre ha coincidido con una numeraria u otra supernumeraria con ocho hijos en un retiro espiritual o en una convivencia.
En el Opus Dei circulan anécdotas, rumores, historias sobre familias bien que acaban en desgracia, sobre conversiones y enfermedades que acechan a niños santos, pero queda la sensación de que es una comunidad donde no nos conocemos en profundidad, vuelan los chascarrillos y las anécdotas, los apellidos circulan de centro en centro y los wasaps llenos de cotilleos se disfrazan de oración.
«Reza por Loreto Díaz. Su marido la ha dejado por su secretaria, que está embarazada de un niño discapacitado.
Que Dios le dé la gracia de seguir amando a su marido y perdone sus errores de hombre débil.
Loreto, sé fuerte». ¿Cuántas veces podrías encontrarte en tu vida, en distintas fases y lugares, con la misma persona?
¿Cuánta información tiene gente desconocida sobre ti y tu familia?
«Rezad por la hija de Paqui, que ya no es numeraria y como la han echado del colegio ahora está muy rebotada.
Por lo visto Dios castigó su infidelidad dándole una enfermedad. Oremos al Señor».
En este colegio entendí que había que llevarse bien para evitar problemas a largo plazo.
No hacía falta que me lo explicaran. Cuando eres la alumna con beca, entiendes cómo funciona el mundo de los negocios, la socialité opusina, el hormiguero donde se trabaja en pos de un mismo sueño y cobrando de un único puchero.
Fue un entrenamiento útil que me preparó para mi siguiente destino (beca mediante): la Universidad de Navarra.
La Obra es muy grande y muy pequeña a la vez, como suelen serlo la burguesía, el networking y los laberintos.
En aquel colegio, mi libro de filosofía consistía en un cuaderno autoeditado en el que se hacía un resumen de lo que entraba en selectividad y se explicaban algunos conceptos básicos.
La profesora era muy inteligente e inspiraba mucha autoridad.
Siempre me sorprendió que el libro de esta materia no se comprara en una librería ni perteneciera a una editorial, como mis libros en los colegios anteriores, incluido el de monjas.
En esta asignatura, el material de estudio se componía de un taco de folios escritos en tipografía Comic Sans, imprimidos y unidos por una espiral en el lado izquierdo. Lo había fabricado la misma profesora.
En mi inicio de curso, eché de menos la rutina familiar, yendo a encargar los libros de texto en la tienda de toda la vida, comprar el plástico para forrar los libros, jugar con los dedos pegados con celo.
Eché de menos el olor a libro nuevo, hojear las páginas antes de clase y las secciones que decían «¿y tú qué piensas?
» o «curiosidades». El taco de folios encuadernado no inspiraba mucha reflexión filosófica.
Inspiraba, más bien, «esto es lo que hay».