La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Mi papá lo arregla todo, todo y todo
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Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Los peores miedos del Opus Dei son el sexo, el demonio y el comunismo, y no necesariamente en ese orden.

El hijo pequeño del comunismo es el socialismo.

Por tanto, no es de extrañar que en los gobiernos del Partido Popular haya habido ministros pertenecientes al grupo.

Durante mis años en la institución, a pesar de que la retórica opusina defendía una neutralidad política en su discurso público y social, se hablaba de manera natural sobre estos políticos y se les ensalzaba.

Nadie esperaba otra orientación ideológica por nuestra parte que no fuera la de derechas: conservador en lo moral, liberal en lo económico.

Era así, sobre todo entre las más jóvenes, hijas de supernumerarios que han recibido buena formación.

Pronto me di cuenta de que el tema del aborto era un envoltorio político, una excusa para defender a los partidos de derechas y que, en el fondo, estaba el miedo profundo, el terror constante a Papá Estado , de quien hablaban como si fuera una persona real, un Frankenstein fabricado por los científicos locos hijos del comunismo anticlerical que venían a matar niños y a adoctrinar a los supervivientes.

Yo era antiabortista, pero crítica con el Partido Popular, que consideraba interesado y oportunista.

Nunca expresé mis críticas en alto, por supuesto.

Papá Estado se manifestaba en la ley de matrimonio homosexual de Zapatero, en la ley antitabaco que iba a reducir nuestras libertades y en la intervención estatal en fundaciones, colegios y universidades católicas privadas.

Papá Estado quería abolir la iniciativa de los padres que, por decisión propia y genuina, sin alicientes de ningún tipo, por generación espontánea, montaban colegios segregados por sexos y los ponían en manos de directores, capellanes, profesores, tutores y los financiaban con donaciones y herencias del Opus Dei.

Colegios que afloraban como setas dando trabajo a miles de numerarios, y que cobijaban a niños-adscritos que podrían pedir la admisión con catorce años.

Desde su punto de vista, la institución no genera dependencia económica, ni corrupción, ni crisis de deuda.

La Obra es el buen padre, el proveedor que da la mejor educación a sus hijos para que sigan la carrera de la meritocracia y, como en una empresa familiar, recoloca al que haga falta siempre y cuando sea fiel.

Fiel al Padre. A tu padre supernumerario.

Al padre Dios, el Dios verdadero que no se junta con rojos ni ateos ni gays ni otros lobos con piel de cordero que buscan la destrucción de la humanidad.

La Obra es el buen padre que viene a salvar al mundo, o la madre que acuna al bebé dependiente.

Para eso fue creado por Dios, a través de Escrivá, llamado internamente «Nuestro Padre».

En cambio, Papá Estado es el mal padre. El padre que malcría a sus hijos.

Papá Estado te llena de becas sin que tengas que dar un palo al agua, sin necesidad de esforzarte lo más mínimo.

Papá Estado mantiene a los pobres, a los vagos e inmigrantes.

Papá Estado no ayuda al crecimiento de la economía ni apoya la iniciativa privada, que es la que saca adelante el país.

Papá Estado no ayuda a los empresarios ni a los colegios impulsados por los padres, ni a las universidades que aportan un bien a la sociedad, ni a las familias numerosas que traen hijos blancos y cristianos al mundo.

Sin embargo, mientras no dejo de escuchar las críticas a Papá Estado, viajo a mitad de precio en el tren que recorre Bilbao, Miranda de Ebro y Pamplona hasta los dieciocho años, mis hermanos y yo estudiamos en los colegios públicos sin pagar un duro y vivimos en una vivienda de protección oficial.

Cada año, antes de empezar el curso, nos sentamos con mamá para rellenar las solicitudes de becas y ella nos va guiando con paciencia, igual que nos enseña a cocinar o poner la lavadora y doblar la ropa.

Son actividades de supervivencia en una familia numerosa.

Con doce años, ya sé que las solicitudes de beca deben completarse con letras mayúsculas, el estado civil de mis padres es «casado» y tengo que marcar la casilla «ama de casa» cuando me pidan indicar la profesión de mamá.

¿Número de hijos? Siete, sin titubear. ¿Edades?

Me las sé todas, de carrerilla. Es muy importante entregar las solicitudes a tiempo, porque Papá Estado tiene unas fechas estrictas.

No es un padre al que puedas llamar un día cualquiera y decir «oye, estoy pelado, ¿no podrías hacerme una transferencia?

», Papá Estado no está siempre disponible y no distingue si eres Marina Pereda o Antonia Ruiz.

No sabe nombres y apellidos, solo mira los ingresos familiares anuales, el número de miembros, las edades, los cursos y, cuando soy más mayor, el expediente académico.

Conforme pasan los años, me pregunto qué opciones habría tenido mi familia sin Papá Estado y si papá solo, papá a secas, el único padre de carne y hueso que conozco hasta el momento, con su sueldo de contable en una empresa de conservas en Miranda de Ebro, sin estudios superiores, y si mamá, ama de casa y sin la ESO terminada, podrían hacerse cargo de los gastos de siete hijos.

Leo revistas como Mundo Cristiano (que está siempre en la mesita del comedor) o Telva (en las mesitas del salón de los centros).

Sus columnistas dicen que Papá Estado hace inútil a la sociedad y me pregunto si esos autores conocen familias como la mía, pobres y tan católicas como las suyas.

No estamos tan lejos unos de otros. Puede que esos columnistas coincidan con mis padres en retiros espirituales o incluso en misa.

Seguro que sus hijos han estudiado conmigo en la universidad o hemos coincidido en cursos anuales.

Creo que ciertos padres y familias de la Obra no ven a padres como los míos y prefieren pensar que es gracias a ellos y su generosidad (y no gracias al presupuesto público) como las familias pobres salen adelante.

Tenemos que estar agradecidos con la organización y sus benefactores, y seguir desconfiando de lo público.

Conforme crezco, me repiten mil y una veces en charlas, tertulias y clases de teología que hay que rezar mucho por los colegios y fundaciones.

Que hay políticos que «no nos entienden» y que necesitamos aportaciones económicas individuales.

Los gobernantes necesitan visión sobrenatural, no basta con la democracia de las urnas y con que nos respeten.

Deben entendernos, hacerse cargo de la excepcionalidad de nuestra institución para poder financiarnos.

Incluso hay en el Vaticano gente que no nos entiende.

Somos unos incomprendidos. Poco a poco, confirmo mis sospechas: sin Papá Estado, no podría existir Papá Opus.

Papá Opus concede becas a quien elige, a través de sus fundaciones y asociaciones, colegios y universidades, con criterios propios e incuestionables (para eso son becas privadas) y consigue dinero de bancos donde trabajan miembros de la organización.

Papá Opus persigue conciertos públicos para sus colegios y anima a sus miembros a «rezar» y «hacer presión» para que las comunidades autónomas vean la importancia de que estos colegios católicos que siguen su ideario sigan siendo asequibles para familias pobres.

¿De dónde, si no, sacarían alumnos y vocaciones?

La palabra favorita de Papá Opus, la palabra mágica que abre las carteras de los donantes y el alma de los niños, es «personalizado».

Las tutorías de los colegios son personalizadas y las becas se otorgan de acuerdo con circunstancias personales.

Papá Opus no tiene fechas publicadas en boletines oficiales ni admite reclamaciones.

Uno puede matricularse más tarde en la universidad o en el colegio, es posible recibir una beca a mitad de curso gracias a un donante anónimo y toda su estructura se basa en los miles de personas buenas y generosas que hay en el mundo y que, como en una gran familia feliz, donan sus herencias y sueldos para becas.

Becas para sacerdotes (que hacen un mundo mejor), becas para adolescentes (que asistirán a las convivencias y cursos anuales) y becas para universitarios (que están obligados a vivir en pisos o colegios mayores asociados a centros del Opus Dei).

Yo me pregunto si tiene más dinero Papá Estado o Papá Opus porque, desde luego, a Papá Opus le puedes llamar en cualquier momento y, si te has portado bien y eres fiel, te echará una mano.

El papá que menos tiene, en toda esta lucha de padres proveedores, de eso estoy segura, es el mío.

Y el de tantas familias como la mía. Las reconozco a la legua, nos entendemos con la mirada.

Las hijas de los supernumerarios pobres saben rastrear becas.

A veces pido dinero a papá y me dice: «Marina, no hay.

Apáñatelas». Otras veces, en cambio, me dice: «Mira a ver cuánto hay en el sobre».

El dinero se comparte en casa. Papá deja un sobre a buen recaudo donde, si alguien necesita algo solo tiene que pedir permiso y cogerlo con confianza.

Somos responsables y nos damos cuenta de cómo, semana a semana, va bajando el dinero del sobre. No hay secretos.

Un día, mamá viene a hurtadillas a mi habitación:

—Te he comprado el nuevo libro de Gloria Fuertes, el de Diccionario Estrafalario . No digas que te lo he comprado. Que no lo vean tus hermanos. Es caro. Es una excepción, ¿vale?

Asiento. Será nuestro secreto. Lo ha sido hasta ahora. ¿Podría existir Mamá Estado?