La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Estudio y Trabajo #2
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Estudio y Trabajo #2

De camino a la habitación, entro en el oratorio, una capilla igual a la del club de Vitoria y a la de los colegios donde voy de convivencias.

Rezo un poco para tranquilizarme y pedir perdón a Dios por mis cagadas del día.

Subo a mi cuarto, en la tercera planta. Hay otras chicas que no son del Opus Dei pero que, como yo, viven en el CET para pagarse los estudios.

Me recuerda un poco a Torres de Malory , como tanto me gustaba, pero trabajando para cubrir los gastos.

La casa-residencia-centro-de-trabajo tiene ese gusto romántico y literario de vivir en un internado con otras chicas alegres y traviesas, pero con la contrapartida de que puedes rebanarte un dedo.

Será mejor que me quede con la parte literaria y romántica si quiero sobrevivir, y que intente hacer bien el trabajo.

En el CET hay una habitación pequeña, una salita que suele estar vacía.

Me doy cuenta al poco tiempo, husmeando detrás de las puertas.

Está en la primera planta, apartada de la zona del estudio y del club.

Es una sala pequeña, con una ventana (con barrotes) que da al jardín de la entrada.

No hay muebles, solo una silla, una mesa desnuda y un ordenador viejo con la torre de la CPU en el suelo.

No he visto a las numerarias auxiliares usar el ordenador, y apenas se menciona la existencia de ese objeto tecnológico abandonado.

En Miranda, el tío Ángel, uno de los hermanos de mamá, nos había regalado un ordenador que colocamos en la habitación de los chicos.

Luego, creo que Álvaro consiguió un ordenador mejor cuando empezó la carrera de Informática, y lo puso en el salón para que cualquiera lo pudiera utilizar.

Mamá nos enseñó a escribir a máquina con los dedos bien colocados, porque ella había hecho un curso de mecanografía cuando era joven y se siente muy orgullosa de su número de pulsaciones por minuto y su práctica con el Accu-type.

A mí me encantaba demostrar mi talento escribiendo a toda caña sin mirar el teclado.

En el colegio de monjas nos habían enseñado a usar el ordenador y un día, en clase con una amiga, entramos en el chat de Terra para hablar con desconocidos a los que no llegamos a ver.

Uno de ellos decía tener nuestra edad y vivir en Vitoria.

Nosotras nos hacíamos pasar por un alter ego llamado Eustaquia y asegurábamos tener 43 años.

Era divertido. Me gustaba el ordenador y era genial que existiera ese fenómeno que acababa de aparecer, que llamaban internet y conectaba a gente desconocida y permitía crear identidades falsas.

A veces, en secreto y sin pedir permiso a la directora que siempre estaba al acecho, me escabullía hasta la primera planta y me refugiaba en la sala del ordenador.

Quería estar sola y escribir. No pensaba que la escritura podía ser una vocación y había que cuidarla para que no se perdiera.

No hacía falta que me lo dijeran: era orgánico, natural y lo necesitaba igual que comer para sobrevivir.

Escondida en la sala del ordenador, abría un documento Word en blanco y empezaba a teclear.

Un día, por curiosidad, busqué información sobre la visita del papa a Valencia para la Jornada de las Familias que se aproximaba.

Ya no escuchaba la radio en el desayuno, como solía hacer en casa, acompañada del magacín matutino de la Cope, ni veíamos las noticias.

Me sentía desinformada y desconectada. Y eso que yo, con catorce años me había unido a la huelga contra Aznar y, junto a dos amigas de clase, habíamos hecho pellas para plantarnos ante la sede del PP y gritar «no a la guerra» en 2003. Echaba de menos el mundo exterior.

Me apetecía saber cuándo iba a llegar el papa, cómo estaban siendo los preparativos, qué comentaba la gente…

Curiosear. Con un par de clics, aterricé en un foro que se llamaba jo no t’espere .

No sabía valenciano, por supuesto, pero entendí que había muchas personas en contra del papa.

Yo estaba deseando ir a verlo pero, por lo visto, había gente en España que odiaba al papa. Algo no cuadraba.

Antes de darme cuenta, me enzarcé en una discusión en uno de los hilos del foro.

Había que ser mayor de dieciocho para participar, pero mentí en las preguntas del filtro.

Empecé a debatir con un internauta que parecía ser un señor mayor, aunque perfectamente podría ser Eustaquia de 43 años, de Vitoria, que se oponía al gasto público en la Jornada de las Familias y daba argumentos contundentes para exigir que se cancelara el viaje.

No recuerdo qué decía el forero y qué decía yo.

Recuerdo que aquella conversación me obligó a pensar, me obligó a escribir párrafos muy largos y, a mis quince años, necesité responder muchas preguntas que no me había hecho, buscar argumentos de algún lado, para defender al papa y a la Iglesia.

Recuerdo sentir que era mi deber, que Dios estaba de mi lado y que Benedicto XVI estaría orgulloso de mí.

Recuerdo que la discusión fue respetuosa y que no hablé sobre lo que había pasado aquella tarde en el foro valenciano.

Supongo que, mientras los adolescentes de mi edad usaban internet para ver porno a escondidas, yo estaba peleándome con desconocidos y empezando a desentrañar la compleja relación entre Iglesia y Estado.

Estuve un buen rato enganchada al foro, leyendo comentarios y pensando.

Se me hacía tarde y me tocaba el turno de trabajo de noche, en el que preparábamos la cena para los chicos de la residencia y luego fregábamos sus cacharros.

Eran los mismos chicos de la residencia cuyas habitaciones limpiábamos las chicas del CET.

A ellos, como al señor del foro, tampoco los había visto.

Sin embargo, había hablado más con un supuesto señor de Valencia en la plataforma jo no t’espere , que con los chicos que vivían puerta con puerta en la residencia de al lado y a los que lavaba los calzoncillos cada semana.

Durante los días siguientes, y mucho tiempo después, mientras trasladaba el carro lleno de comida por el largo pasillo que conectaba la casa de los chicos con el CET, mientras la numeraria abría y cerraba puertas con llave, mientras limpiaba el suelo con la gran máquina de lavado industrial y mientras me duchaba con agua fría antes de ponerme el uniforme de trabajo, pensaba: «Hay gente ahí fuera, desconocidos, con una opinión distinta a la mía.

No les odio y no me odian. Puedo hablar con ellos gracias a internet».

Y eso, aunque ahora suene peligroso, podía ser bueno.