Estudio y Trabajo
Estudio y Trabajo
Tengo quince años y una habitación para mí sola en el Centro de Estudio y Trabajo (CET) de Bilbao.
En la mochila, me he traído unos libros que me ha dado mi hermano: Los hermanos Karamazov, La dama de blanco y mi favorito, que ya he leído unas tres veces, El guardián entre el centeno.
Aún no sé —y si me lo han dicho, no me acuerdo o he decidido hacerme la longuis— que debo consultar mis lecturas, ya que los libros están catalogados por expertos del Opus Dei, de acuerdo con puntuaciones en función de su inmoralidad e ideas contrarias al catolicismo.
Los miembros deben consultar estas indicaciones antes de leer un libro o ver una película.
Los libros evaluados negativamente son aquellos que solo pueden leerse con permiso explícito del Padre.
Hay que enviar una carta a Roma para que te otorguen ese permiso y solo los que cursan estudios internos (impartidos por la organización) en filosofía y teología pueden leerlos.
En aquel momento, yo ignoraba este sistema, y me llevaba El guardián entre el centeno a todas partes junto a mi sudadera negra de Quiksilver del mercadillo, como un amuleto, como un recordatorio de que seguía siendo una adolescente y que tenía una vida anterior a mi vocación de agregada.
Ahora recuerdo que existe una página web que se llama delibirs.org, donde personas afines a la Obra reseñan y evalúan libros y películas para orientar a los fieles confusos que buscan lo mejor para sus almas.
Tienen la obligación religiosa y moral de evitar tentaciones e ideas que puedan poner en peligro su fe.
Vivir en el mundo es maravilloso, pero sin olvidar que está lleno de peligros y que solo unos pocos están en posesión de la doctrina correcta para navegar la incertidumbre y son portadores del manual de instrucciones para llegar al cielo.
Hay peligros también dentro de la Iglesia.
La censura de esta página, igual que la de almudi.org, se basa en recomendaciones.
El guardián entre el centeno
[ The Catcher in the Rye ] SALINGER, Jérôme David
Año: 1951
Género: Literatura
Público: Jóvenes
Tags: Literatura
Editorial: Alianza Editorial
Año de publicación: 2016
Páginas: 208
Valoración moral:
Género: Literatura
Sin inconvenientes.
Algunos inconvenientes morales.
Presenta pasajes de cierta entidad contrarios a la fe o la moral.
Presenta pasajes escabrosos o un fondo ideológico general que puede confundir a personas con una escasa formación cristiana.
Abundan los pasajes escabrosos o un fondo ideológico contrario o extraño a los valores cristianos.
Por sus contenidos explícitos, la obra contraría la fe o la moral de la Iglesia católica o el cristianismo en general.
Calidad literaria:
Recomendable:
Transmite valores:
Contenido sexual:
Contenido violento:
Lenguaje vulgar u obsceno:
Ideas contrarias a la doctrina
de la Iglesia:
La calificación de las distintas categorías proviene de la opinión de los colaboradores de Delibris
No parece posible vincular a los autores de las reseñas de delibris.org con el Opus Dei, ni con ninguna asociación en concreto.
Cualquiera diría que la página web la ha montado un club de lectura de señores católicos jubilados que se entretienen catalogando cada uno de los libros de la faz de la tierra, mientras abanderan la fe católica como criterio para determinar qué libros son adecuados y cuáles no.
Me pregunto para qué sirve una página así, sin publicidad, sin más finalidad que el altruismo de guiar a los fieles.
Me pregunto quién consulta esta página y si alguien más sabe que existe.
Supongo que los directores de los colegios, los padres que acuden a los centros y los profesores de universidades de la Obra.
Solo acudirán a esta fuente de sabiduría aquellos que, en pleno siglo xxi , siguen atemorizados por el veneno que encierran los libros.
Una amiga me dice que ha visto la reseña del libro El cuento de la criada y me encuentro esto: «Por sus contenidos explícitos, la obra contraría la fe o la moral de la Iglesia católica o el cristianismo en general». La evalúan con un punto. Adalides de la Iglesia.
El cuento de la criada
[ The Handmaid’s Tale ] ATWOOD, Margaret
Género: Literatura
Público: Not determined
Valoración moral:
La habitación del CET es pequeña, parecida a una celda de monja.
Detrás de la puerta hay un lavabo minúsculo con un espejo y un armario empotrado al lado.
El cabecero de la cama lo corona una cruz con un Jesucristo crucificado y, en la pared junto a los pies, cuelga una imagen de la Virgen María.
Hay una mesa pequeña y unas estanterías.
Si me subo a la mesa, puedo asomarme a una ventana estrecha y alargada desde donde se ve el mar.
Echo de menos los grandes ventanales de mi habitación de Miranda que dan a las vías del tren, donde paso las tardes viendo cómo pasa un convoy cargado de coches y se va, cómo llega un tren de pasajeros y se va, cómo nieva sobre las vías que se cubren de blanco con la nieve intacta, virgen e impoluta, que desaparece cuando llega el verano.
La ventana en el CET es estrecha y alta, me impide ver gente y movimiento.
Estamos un poco en mitad de la nada, en lo alto de una colina rodeada de montañas, pero la ventana da al mar.
Es maravilloso ver el azul del cielo y el azul —más brillante, mágico— del mar.
Es una buena ventana para inspirarme y soñar.
Aunque sea pequeña y tenga que subirme a la mesa para mirar a través de ella, es una buena ventana para una chica nostálgica y con ganas de escribir.
Sería una ventana perfecta, de hecho, si no fuera por los barrotes.
El CET es una casa enorme, con un jardín verde alrededor, y tiene tres plantas.
Hay que caminar quince minutos y subir una cuesta para llegar a la boca de metro.
En la primera planta, a la altura de la calle, está el club para las niñas que vienen a estudiar entre semana.
Hay varias mesas grandes de madera para el estudio, una biblioteca con la colección de enciclopedias Gredos y libros clásicos de Miguel de Cervantes en papel de Biblia.
A veces los cojo para ir leyendo en el metro.
No están mal, pero echo de menos la colección desestructurada, basada en gustos de cada uno, caótica y sorprendente de mi casa, donde cada uno va dejando sus adquisiciones en las estanterías para que otros las disfruten.
Así me leí la colección entera de Puck, los de Julio Verne, la saga de Harry Potter y los libros de fantasía y romanticismo de mi hermana pequeña.
En el CET nadie lee, solo la directora hojea el periódico los fines de semana.
En la segunda planta está la cocina, de tamaño industrial, con un gran lavaplatos, las islas de metal donde trabajo picando verduras, los enormes fregaderos donde trabaja la administradora (una numeraria encargada de supervisar a las residentes y a las numerarias auxiliares) y el horno con varios estantes.
El primer día, según llego, me dan el uniforme de trabajo.
Me toca hacer lonchas de embutido en una máquina como la que he visto en la carnicería de Miranda, pero que nunca he utilizado porque en casa compramos el embutido en los packs envasados al vacío.
Con paciencia, una numeraria auxiliar me explica cómo funciona la máquina: el disco marca los milímetros de grosor de cada loncha, tengo que colocar el bloque de queso o de jamón sobre la placa lateral y cuando dé al botón «on», el disco comenzará a girar.
La cuchilla irá cortando las lonchas. En cuestión de segundos, me hago un corte en el dedo pulgar y la sangre sale a borbotones.
Doy un gritito, no muy alto. No quiero que piensen que no sé hacer el trabajo.
No quiero que se den cuenta de que mi torpeza es congénita.
Intento que parezca un accidente impropio de mí, pero me da la sensación de que las numerarias auxiliares no son tontas, ya han visto pasar a muchas chicas por ahí: sí, soy torpe.
Se me nota. Sé que se me nota, sé que lo saben.
Es perceptible por mi manera de andar y mi manera de coger los cuchillos.
Queda claro cuando organizo el espacio de trabajo y cuando me tropiezo con el carro donde están los cruasanes recién horneados.
Las numerarias auxiliares me miran con cariño, y confirmo que Dios no me ha llamado a ser una de ellas, lo cual (seamos honestos) es un alivio.
Qué bien elige Dios las vocaciones desde la eternidad, se nota que tiene un departamento de recursos humanos especializado.
La encargada del trabajo en el CET me pide que pase una de las bandejas con los cruasanes calientes, inflados y relucientes.
La cojo, sin darme cuenta de que la bandeja aún está quemando.
Doy un grito, ahora es un grito alto y de verdad, instintivo.
Todas se giran. Corro a meter la mano bajo el grifo de agua fría, pero las yemas de los dedos se inflaman.
Más tarde, en el comedor (que está en la segunda planta, junto al planchero donde un año después trabajará mi hermana pequeña), la directora me dice que lo deje por hoy.
Me venda los dedos —menos el pulgar, que ya tenía una tirita por el corte con la máquina de cortar fiambres—, y me pide que vaya a mi habitación a descansar un rato.