We are not in Kansas anymore
We are not in Kansas anymore
Una de las primeras cosas que te dicen cuando pides la admisión a la Obra es que hay una mortificación, una costumbre, que no es obligatoria pero que todo el mundo hace y que deberías empezar a hacer y apuntar en tu libreta cuándo lo haces y cuándo no y confesarte si incumples la norma y en la dirección espiritual te preguntarán, no por obligarte —¡qué va!
— es por ayudarte, para llevar la cuenta y acompañarte en tu camino.
Esta norma o costumbre o tradición es pequeña, una tontería, pero estaría bien que empezaras a hacerlo.
Es solo, simplemente que, si pudieras, estaría bien, que te ducharas cada mañana con agua fría.
Siempre. Cada día durante el resto de los días de tu vida.
Festivos incluidos. Como los festivos no usas la mortificación corporal para darte pequeños latigazos con la cuerda en las nalgas, ni el cinturón de pinchos que se ata al muslo, estaría bien que por lo menos te ducharas con agua fría.
Es una tontería, ya ves, menuda cosa, no es nada en comparación al cilicio o el pequeño látigo de cuerdas con el que debía azotarme cada semana.
Además, mucha gente se ducha con agua fría.
Compara ducharte con agua fría con parir un hijo, por ejemplo. ¡No es para tanto!
En lugar de encender el agua caliente, enciendo el grifo del agua fría.
Me enjabono y me aclaro con agua fría. Solo eso.
Es muy pequeño. Un gesto que me llevará al cielo.
Lo hago por Dios, no lo olvido. No es un sacrificio absurdo.
Es por amor. El agua fría me ayudará a no estar mucho tiempo desnuda mirando mis tetas que empiezan a crecer y el pelo que empieza a salir en mi pubis y las caderas que se hacen un poco más anchas y los pliegues de la tripa. Tengo quince años.
Salgo de la cama calentita, me quito el pijama de manga larga y pantalón largo, el pijama rosa polar con rayas blancas que he heredado de mi hermana mayor.
Saco pieza por pieza con cuidado, sabiendo que voy a entrar en la bañera: mi piel en contacto con la loza, mis brazos ya rígidos por el frío.
Me miro al espejo, cubierta con una toalla y pienso: «Sí, claro que puedo hacerlo, por supuesto.
Los miembros en el Opus Dei lo hacen —me repiten una y otra vez—, todos lo hacen y yo no puedo fallar en un detalle tan pequeño.
Esto es parte de mi entrega, de mi vocación.
Si tengo vocación, puedo. Lo hago por Dios y por el Padre».
Mis ojos brillan con determinación. Esto me hará más fuerte, más disciplinada, más santa y, ya ves, ¡cuesta tan poco!
No soy débil y, si formo parte de la organización como miembro célibe, quiero cumplir las normas bien desde el primer día.
De hecho, mortificarse debería ser más habitual.
Ducharse con agua fría te espabila en un momentito. La gente no sabe lo que se pierde.
Mascullo una oración improvisada siguiendo la consigna aprendida: «Lo ofrezco por el Padre, por sus intenciones, por el Opus Dei».
Mi sacrificio se transformará en santidad para el mundo, gracias a la comunión de los santos.
Es como cuando juego al escondite en el pueblo y grito «por mí y por mis compañeros».
Si un opusino como yo se ducha con agua fría en enero en Burgos, una señora se convierte al catolicismo en Kuala Lumpur.
No es una teoría. No son imaginaciones. Funciona así de verdad, según la teología opusina: cuanto más sufras, más santo haces al mundo.
Cumplo años y mamá prepara lasaña, mi comida favorita.
Capas y capas de tomate, queso, bechamel, pasta…
Me encanta celebrar mi cumpleaños, comer tarta y beber refrescos.
Solo bebemos refrescos los días de fiesta o los domingos después de misa.
No hacemos una celebración con otros niños porque, si celebráramos una fiesta por los cumpleaños de los siete hermanos que somos, imagínate, ¡nos arruinaríamos!
Comemos tanta lasaña que Irene sufre una indigestión.
Además, es un cumpleaños especial porque mis padres me regalan un teléfono móvil.
Me voy a ir a vivir fuera, a Bilbao, y necesitaré estar comunicada.
La directora del centro me ha dicho que, además de ducharme con agua fría, «sería bueno», más que bueno, «lo mejor», que pudiera estar cerca de un centro de la Obra.
En Miranda no hay centros, ni familias, ni niñas opusinas como yo.
No debería vivir mi vocación de agregada en soledad, aunque me haya librado de vivir en un centro.
Los años de formación son los más importantes y si no cuido mi vocación corro el riesgo de perderla antes de los dieciocho años.
La vela puede apagarse. Por lo que dicen, la vocación es un don que si no cuidas bien, se esfuma como la flor del diente de león, o se apaga como una llama, con un leve soplo de viento.
No estoy vinculada al grupo según el derecho canónico (y mucho menos por el civil) pero «sería bueno», insiste la directora, que tuviera mejor formación teológica y espiritual.
No es necesario apuntar con una pistola en la cabeza.
Es mucho más eficaz hacer una propuesta que no se puede rechazar.
Al principio no me convence la idea de dejar mi casa.
Se suponía que mi vida no iba a cambiar por ser agregada, pero poco a poco corroboro que las malas influencias de Miranda pondrán en peligro mi vocación.
Lo constato cuando empiezo las clases en el instituto (el temido instituto público lleno de alumnos repetidores) que mis padres han querido evitar, con peleas a la salida de clase y droga que pasa de mano en mano en la hora del patio.
Yo no veo las peleas ni la droga y mis compañeros no me tratan mal, pero se intuye en el ambiente: entro de lleno en la adolescencia sin uniforme y donde los padres ya no pueden autorizar a ver películas a sus hijas.
Esto es el instituto, no el colegio de monjas.
La directora del centro del Opus Dei me ha alertado y mis padres también.
Por lo que veo en las primeras semanas, confirmo mis peores sospechas: el mundo va a peor.
El instituto ya no es lo que era. Es mejor que me vaya lejos de Miranda, aunque sea a mitad de curso.
Mi alma depende de ello: si sigo aquí, algún alumno repetidor con rastas, sudadera ancha y zapatillas Buffalo me llevará directa al mal camino.
En Bilbao estaré bien, trabajaré con las numerarias auxiliares limpiando y cocinando para la residencia de chicos.
La directora del club me asegura que pagaré mi estancia con mi trabajo.
Odio las tareas domésticas y no entiendo muy bien por qué son las mujeres quienes tienen que hacerlas para los centros de hombres.
Se lo pregunto a mi directora espiritual, pero me dice que así es la vocación de las numerarias auxiliares y que ellas son felices.
Igual que Dios me ha pedido a mí ser agregada, a ellas les ha pedido limpiar.
Y ya. La vocación es un don de Dios que explica muchas cosas; todas, en realidad.
Es un argumento chantajista y que te deja desarmada: o lo tomas o lo dejas.
«Es su vocación. Dios lo ha querido así.
No cobran las horas extra ni los fines de semana.
Hacen todo por amor. Son felices». OK. No hay más preguntas, señoría.
Me encantaría tener mi propio dinero y dejar de ser una carga para mis padres.
Me encantaría tener mi dinero y viajar para conocer otros lugares.
Sospecho que hay un mundo ahí fuera que desconozco.
No tenemos un duro, eso está claro. No sé cuánto dinero tenemos, ni lo pregunto, pero sé que no es suficiente.
Somos muchos. Aunque ya solo quedemos las dos hermanas pequeñas en casa y mis hermanos mayores se hayan independizado, seguimos sin dinero.
No llega. Solo entra un sueldo en casa. Trabajar y estudiar me hará más responsable, más adulta y, total, ya me he comprometido con Dios para ser célibe de por vida, así que trabajar no puede ser mucho más difícil que eso.
Cuando cumplo dieciséis años, papá y mamá me regalan un Nokia 5200 naranja y blanco para que podamos hablar de vez en cuando.
Alucino. Es la primera vez que me regalan algo tan valioso, sólo las pijas de mi clase o las hijas únicas (para mí es lo mismo) tienen móvil.
Siento que mis padres están orgullosos de que me vaya a estudiar y trabajar y apoyan mi decisión, que es digna de una persona responsable que puede tener un móvil.
Por supuesto, confían al cien por cien y no hacen muchas preguntas porque me voy a un centro-residencia-trabajo del Opus Dei, no me voy a vivir con mi novio adolescente mientras curro en un McDonald’s y termino el bachillerato antes de dar a luz a mi segundo hijo.
Eso sería una desgracia familiar y los trabajadores sociales intervendrían de inmediato.
No. Voy a vivir y trabajar en un centro de la Obra, que es buenísimo, con Dios mi gran amor y donde no se asoman los inspectores de Hacienda.
Mis padres saben que en Miranda no me pueden dar la educación ideal a la que aspira la organización pero, si me esfuerzo, podré alcanzar el nivel de santidad de las niñas opusinas y reconducir el barco.
Estaré bien. En el viaje a Bilbao, juego a la Serpiente con mi móvil Nokia.
No preguntamos por el contrato de trabajo a las directoras, si tengo derecho a vacaciones, si se pagan las horas extra, cómo funcionan los turnos, los fines de semana o cuánto pagan.
La directora del club y la directora del Centro de Estudio y Trabajo donde voy a vivir durante dos años ni se molestan en dar explicaciones.
Trabajaré a cambio de comida y alojamiento, eso es todo.
Años después, cuando reclame mi cotización y un contrato de trabajo, negarán incluso que he trabajado ahí.
Dirán que yo era una «voluntaria» y que vivía con «compañeras de piso».
Solo mi hermano, que está de visita y ha empezado a cuestionar la institución, me advirtió a mis quince años: «Que no te laven el cerebro».
Me quedo sorprendida. Su mensaje es claro y directo, pero no entiendo a qué se refiere.
Yo tengo mucha personalidad y criterio propio, eso del lavado de cerebro les pasará a otras adolescentes superficiales y que salen de fiesta, no a mí.
Yo estoy haciendo todo porque quiero, soy superlibre y superfeliz.
Soy muy madura para mi edad. El sacerdote siempre me lo dice.
En el tren, de camino a Bilbao, ya había nacido una voz, pequeña y aislada dentro de mí.
Una voz que me acompañaría durante años y años.
Una voz que se fue transformando en un deseo oculto, un anhelo secreto, como cuando solo queda un trozo de tarta o lasaña, y tú lo quieres, pero sabes que no puedes decirlo en alto porque es de mala educación, o te van a mirar mal o es indigno de alguien tan generoso como tú y entonces te verían como la glotona y egoísta que eres en realidad.
En el fondo, muy en el fondo de mi ser, pensaba que, tarde o temprano, una numeraria —con ese tono susurrante que utilizan mientras te agarran del codo para llevarte a una salita y charlar en intimidad, tomándose confianzas cuando acaban de conocerte— me diría: «Marina, tengo una noticia para ti.
En el registro de las vocaciones elegidas desde la eternidad traspapelaron unos documentos y resulta que tú no has nacido para esto, sino para escribir o hacer teatro o lo que quieras.
No hace falta que seas virgen toda tu vida, y tampoco tienes que casarte.
Existen más de dos opciones. Puedes elegir la vida que te apetezca y Dios no te odiará por eso, ni serás una pecadora. Vete. Elige tu vida. Puedes ir en paz».
Me sentía como si me hubieran asignado el papel de Dorothy en lugar del espantapájaros y viviera con un constante síndrome de impostora: «¡Seamos sinceros, ya sabemos que no pinto nada aquí!
». Pero no podía renegar de mi vocación divina, ni poner palabras a esa sensación.
Me encontraba en una especie de estado de shock, como si me hubiera arrollado el tren de la elección desde la eternidad, con las directoras y sacerdotes como maquinistas, seguidas de los vagones de los retiros espirituales, convivencias, charlas, confesiones, mortificaciones y tantas niñas como yo hacinadas en los compartimentos de clase turista.
Algunas viajaban en asiento VIP. Pasaban por encima de mí.
No movían ficha ni decían: «Marina, este no es tu sitio».
¿De verdad iba a ser mi vida así para siempre, y luego me moriría, y encima existía la posibilidad de que, si no me lo curraba suficiente, aún acabaría en el infierno?