La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei El último verano
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El último verano

El último verano

Descubrí la película Tienes un email por casualidad un sábado por la tarde, haciendo zapping mientras mis padres se echaban la siesta. Me encantaba encender la televisión, ir saltando de un canal a otro y descubrir películas al azar. Era otra época.

Tienes un email me parecía una comedia romántica distinta a las que había visto hasta entonces, en parte porque la protagonista tenía pelo corto.

Meg Ryan era femenina y conseguía ligarse a un tío bueno, sensible y divertido a pesar de (o gracias a) su look.

El pelo corto de Meg Ryan no solo no la hacía masculina o «chicazo» (esa expresión que suena tan desagradable en boca de mi padre), sino que resultaba incluso más guapa e interesante.

Su estilo de corte no era como cuando mamá cortaba el pelo a los chicos, usando la maquinilla al uno o al dos o al tres, ni como cuando me sentaba en el salón, sacaba las tijeras y decía «por dónde te lo corto» y yo marcaba con el dedo.

Meg tenía un pelo totalmente distinto a los que había visto en chicas o señoras a mi alrededor.

No parecía una vieja de las que se aparecen en las paredes de las casas encantadas ni una niña a la que cortan el pelo cuando tiene piojos, tampoco parecía un chico y estaba guapísima, sin rodeos.

Me encantó Tienes un email y quería el pelo de Meg Ryan.

Un día, después de mi clase de Inglés de los miércoles subvencionada por la Escuela Oficial de Idiomas, me aventuré a entrar yo sola a una peluquería cualquiera, cerca de la parroquia, porque luego tenía que ir a misa de diario (norma ineludible cuando eres miembro del Opus).

La peluquera estaba lavando el pelo a una señora.

Yo me sentía perdida, pero era un día importante: iba a dar el primer paso para parecerme a Meg Ryan en Tienes un email .

El siguiente paso sería vivir en Nueva York. Tiempo al tiempo.

—Quiero cortarme el pelo, cortito pero como con un poco de flequillo, con capas y las puntas de atrás así un poco disparadas, como que quede informal pero elegante al mismo tiempo.

Con quince años y siendo oriunda de Miranda de Ebro, desconocía la palabra chic .

La peluquera asintió como asienten las peluqueras cuando una clienta les pide más que un corte de pelo (un cambio de vida), y cuando son incapaces de imaginarse lo que les estás explicando.

Yo intuía que ella no había visto Tienes un email y tampoco quería revelar mis fuentes.

Con el tiempo y la experiencia, descubriría que cuando las peluqueras asienten en silencio y con una gran sonrisa, por dentro están pensando «ya veremos.

Haré lo que me dé la gana». Las psicólogas tienen actitudes parecidas.

La peluquera agarró la coleta con una mano y, animada por mi determinación y valentía, cortó por todos lados.

Los largos mechones de pelo iban cayendo al filo de la tijera.

Cada mechón caído me aterraba, pero a la vez me acercaba a Meg Ryan, como cuando renunciaba a las tostadas con miel para hacerme más santa.

Mientras, la peluquera me preguntaba con soltura y total despreocupación si tenía novio.

La experiencia y el tiempo me enseñaron que este es uno de los temas favoritos de las peluqueras. Negué.

—No muevas la cabeza.

—No tengo novio —contesté, aunque por dentro pensé: «Dios, tú me quieres más que nadie. Ya soy tuya, tengo tu amor inmenso, no necesito un novio». Ser del Opus Dei me hacía inmune al cotilleo y la vergüenza adolescente.

A mi lado, la señora que estaba ya con la cabeza lavada, con los rulos debajo del secador industrial, metió baza.

—A ver si en las fiestas de San Juan del Monte conoces algún chico guapo.

La peluquera sonrió mientras desfilaba las puntas de mi pelo recién cortado.

—Sí, los chicos ganan mucho con la camisa de San Juan del Monte, ¿eh? Hay alguno que te parece feo, pero luego le ves con su camisa de la peña, su cubata en mano, su vaquerito… y gana mucho.

Las dos se reían. Yo aún no había estado en una peña de San Juan del Monte, aunque los había visto desfilar, y no me parecían demasiado guapos.

Me parecían borrachos. ¿Estaría Meg Ryan en una peña de San Juan del Monte, comiendo tortilla en la montaña y bebiendo calimocho mientras sonaba Paquito Chocolatero ? ¿Y la Virgen María? Yo creo que no.

—¡Ya está!

La peluquera coloca un espejo en mi nuca para que vea la parte de atrás del corte de pelo.

—Si quieres, en los pinchitos de aquí atrás, puedes ponerte cera de vez en cuando para que se mantengan rígidos.

Me miro. Trago saliva. Horror. No hay posesión demoniaca equiparable al terror de ver el resultado de tu corte de pelo y saber que tienes que salir a la calle con eso en la cabeza y que pasarán muchos muchos meses antes de que tu expresión facial y tu ser vuelvan a ser los que eran y la gente deje de comentar tu peinado.

Peor aún si tienes hermanos mayores. Un escalofrío me recorre el cuerpo.

No quiero que me devuelvan el dinero, ¡quiero que me devuelvan mi pelo!

, quiero volver atrás en el tiempo y no haber entrado jamás en esa peluquería.

En un segundo, me arrepiento de todas las decisiones vitales que me han llevado a ese momento y sé que en una peluquería ni siquiera Dios puede ayudarte.

Los milagros y el Ángel de la Guarda están para las cosas importantes, como un cáncer, un accidente o encontrar aparcamiento, no para mis cortes de pelo.

Si Dios no ha hecho una excepción con mi vocación, tampoco va a hacer una excepción con mi look de aspirante a Meg Ryan.

Parezco la hija ilegítima fruto de la unión prohibida entre María Pilar González de la Vega y un etarra.

Papá siempre lo dice: «En Miranda la gente se siente más alavesa que burgalesa».

Y la identidad se traduce —como es sabido— en la estética y tratamiento del cabello, a medio camino entre lo tradicional y lo punkarra.

No sé si Miranda está más cerca de ser el País Vasco que Castilla y León pero, desde luego, no es Nueva York.

Miranda no es Nueva York, ¡maldita sea!, y yo no soy Meg Ryan.

Fuerzo una sonrisa, pago a la peluquera y salgo disparada: llego tarde a misa.

—¡Que ligues mucho en San Juan!

La peluquera se despide, orgullosa de su hazaña. Ligar con esas pintas sí sería un milagro.

Mi amor platónico de invierno era un compañero de catequesis de confirmación, y mi amor platónico de verano era Juan, mi amigo de Ahedo, al que conocía desde niña.

Durante varios años, los treinta chavales que pasábamos los tres meses de vacaciones en Ahedo hacíamos una representación teatral con bailes, teatros y números cómicos.

Nuestra primera obra se tituló Ana la de las musarañas y trataba sobre una niña que tiene mucha imaginación.

Sacamos la obra de teatro de un libro infantil y la protagonista era mi amiga María.

Fue la primera obra que se hacía en el pueblo y los vecinos estaban intrigados.

El difunto Valeriano, que solía pasar las tardes de verano a la fresca, preguntaba a cualquier niño que pasara por delante: «¿A qué hora son las comedias?

», y todos nos reíamos, porque preguntaba lo mismo una y otra vez.

Ahedo es un pueblo pequeño, que está casi vacío en invierno y que en verano se llena de niños que se bañan en el pozo, van a caminar al campo y juegan con globos de agua.

No hay mucho más. Organizar una obra de teatro bien preparada por los chavales del pueblo era el evento del verano.

Después de aquella primera actuación, pasamos una bolsa por si los asistentes querían darnos un donativo.

Con el dinero recaudado nos compramos una minicadena y el primer disco de La Oreja de Van Gogh.

Escuché miles de veces la canción Pop , soñando un futuro artístico, un mundo de viajes y actuaciones, música y arte, pero sin perder la humildad, sin olvidar mis orígenes.

La canción de Amaia Montero me recordaba lo mismo que, sin tanta parafernalia ni arreglos musicales, al estilo más castellano y directo, me solía decir papá cada vez que conseguía un premio literario o una beca para estudiar: «No olvides que tu abuelo fue pastor».

Durante tres años consecutivos preparamos distintas obras y las representamos ante nuestros vecinos, que nos daban alguna propina.

Otro año, la obra fue sobre un sultán que se convierte en cigüeña, y en ella mi hermano Raúl y Juan interpretaban a los protagonistas.

Con unas cartulinas naranjas y unas cuerdas, fabricamos unos grandes picos de cigüeña.

La frase de mi hermana Irene en aquella obra era «quita, quita, cigüeñita» y la repitió tantas veces que acabó formando parte del acervo familiar y de las bromas que solíamos hacernos.

Cuando me acercaba a ella, me echaba diciendo «quita, quita, cigüeñita» y nos reíamos, pero otras veces me decía «quita, pesada», y entonces iba en serio y yo me apartaba enseguida con un poco de miedo y culpa.

La tercera obra que representamos fue una que yo había encontrado olvidada en la biblioteca de una casa de convivencias.

La obra se titulaba Cadáveres ambulantes y trataba sobre una institutriz que se hace pasar por otra que ha fallecido y va a trabajar a la casa de unos señores adinerados en su lugar.

Todas las protagonistas eran mujeres y tenían que ir vestidas de luto.

Se llevaban mal entre ellas. Uno de los personajes se llamaba Olegaria y todas tenían nombres parecidos, feos y antiguos.

«Menuda obra más rara», repitió mi amiga María hasta el último día, y aún hoy lo sigue diciendo cada vez que nos encontramos.

«¿De dónde sacaste esa obra, Marina? ¿No había otra mejor?

¡Hay que rebuscar a conciencia para encontrar una obra tan rara!

». Aún ahora no sé bien cómo explicarle qué es una casa de convivencias, qué es una numeraria, qué es el Opus Dei y por qué no había personajes masculinos en aquella obra pasada de moda.

Demasiadas explicaciones para mis amigos del pueblo, que vivían al margen de este universo.

La representación de aquel año fue recibida con indiferencia entre nuestro público fiel.

Estaba claro que lo que funcionaba en el club no funcionaba en Ahedo.

No resultó un éxito rotundo como sí lo fueron las obras anteriores pero, como contrapartida, improvisamos una actuación llamada Los Enanitos , que quedó para siempre en nuestra memoria.

Yo me colocaba detrás de Juan, que estaba sentado en una silla.

Agachada, con mi cabeza muy pegada a su espalda, introducía mis manos por las mangas de su camiseta.

Me cubría una tela para que el público no pudiera verme, ni yo a ellos.

Simulaba ser una joroba, mis manos eran la única parte visible y servirían como manos del personaje enano que interpretaba Juan.

Él, por su parte, metía sus manos en unos zapatos y, con la voz, indicaba lo que yo debía hacer.

«Voy a lavarme la cara»: con mis manos cogía agua de un cubo y frotaba la cara de Juan, totalmente a ciegas.

Cuanto más torpes eran mis gestos, cuanto más exagerada era la descoordinación entre Juan y yo, más sonoras eran las carcajadas del público.

Yo me reía, aún sin verlo. Oír sus risas me hacía sentir que todo iba bien.

Escuchando al público, podía leer sus emociones, lo que les gustaba y lo que no.

Aunque no pudiera verlos, estar ahí dentro haciendo que el espectáculo funcionara era suficiente recompensa.

Mis manos eran mi único elemento de actuación.

Las movía sin parar. Como no veía más que la espalda de Juan, me dedicaba a palpar los objetos sobre la mesa, buscando un cepillo de pelo, una botella de agua, cualquier cosa con la que interactuar para dar más gracia al teatro.

Iba a tientas, explotando la comicidad en cada gesto.

A la vez, trataba de descifrar las indicaciones de Juan, como en un juego secreto a la vista del público.

Nunca había estado tan cerca de un chico y nunca había sentido mi corazón palpitar tan rápido.

Cuando tenía cuatro o cinco años, yo había corrido calle arriba y calle abajo por ese pueblo de mi infancia, gritando a pleno pulmón: «¡Marina por Juan, Marina por Juan!

», porque en mi inocencia infantil pensaba que estar enamorada era lo que te hacía gritar y salir a la calle para que los vecinos se enteraran.

Con catorce años, como ya había hecho un compromiso de celibato y estaba enamorada de Dios, entendí que el amor era otra cosa: un secreto íntimo, lleno de sacrificio y renuncia carnal, que no podía gritar en la plaza.

Aún conservaba dos manos para rezar. De pronto, esa tarde haciendo comedia y mímica, me di cuenta de que podía usar esas mismas manos para hacer reír.

Podía reírme y ser feliz. ¿Qué más daba el amor humano?

Reír era mucho mejor. Reír escondida, sin que me vieran.

Agazapada en forma de joroba detrás de Juan, le tocaba la cara con mis dedos humedecidos y me reía en secreto, con carcajadas tristes y alegres que lanzaba a escondidas.