La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Dios me llama por mi nombre #2
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Dios me llama por mi nombre #2

Mi nueva amiga sería mi compañera de litera durante los quince días que duraba el curso anual.

Intuí que sus padres le habían pagado la convivencia, pero por educación no le pregunté.

Mis padres no me la podían pagar. Yo había trabajado en verano en una administración, limpiando en centros para sacar dinero, que me dieron en un sobre.

Pero no está bien comparar ricos y pobres, así que deseché esos pensamientos diabólicos.

Agradece lo que tienes, trabaja, sonríe y calla la boca.

Ya de adolescente sabía cómo funcionaban ciertas cosas aunque no me las hubieran explicado.

En un momento de sinceridad, al poco de conocernos y cuando todavía no sabíamos que estaba prohibido hablar sobre intimidades entre nosotras, le pregunté:

—Oye, ¿tú qué harías si esto de la vocación fuera una mentira?

Dentro de mí había ido creciendo una voz escéptica que a veces me poseía sin venir a cuento. Yo misma me sorprendía al hacer esas preguntas en voz alta. Así es la adolescencia, supongo.

—Bueno, pues lo dejaría y me buscaría un novio, algún chico majo con el que casarme —me contestó ella, muy segura y resuelta, como si la opción de vivir una mentira no le causara ninguna angustia, o como si la vocación fuera un comodín intercambiable y no una llamada que determina tu existencia y tu condenación eterna.

—Ah… —me quedé pensativa—. Yo me suicidaría.

En aquella convivencia, viendo a todas las mininumerarias tan conjuntadas, bien peinadas y perfectas, solo podía pensar qué hace una chica como yo en un sitio como este.

Ellas usaban el pantalón de chándal para hacer deporte o ir de excursión, como un objeto práctico de uso puntual, no como el fondo de armario que era para mí.

Solo Dios podría dar explicación a mi presencia en ese lugar.

Necesitaba mucha mucha fe para creerme que ese era mi sitio.

Así que fui a hablar con la directora de la convivencia de aspirantes:

—Me estoy agobiando.

—Tranquila. Siéntate aquí conmigo.

La directora era cercana. Pija a más no poder, pero muy cercana.

Nos sentamos en la explanada que había fuera del oratorio, en el suelo del complejo residencial donde se hacían las convivencias.

Era un entorno relajado, rodeado de naturaleza.

Las otras chicas entraban y salían de la capilla con sus libretas, sus rosarios, sus biografías de Alexia González-Barros, los libros internos titulados Cuadernos que se guardaban bajo llave y que daban a leer cuando ya habías pedido la admisión (no antes) y sus apuntes de teología.

Yo estaba abrumada con todo aquello. Estaba almacenando muchísima información de golpe y esas chicas me resultaban extrañas, alienígenas.

Se unía otro pequeño detalle: el cilicio que llevaba en la pierna derecha empezaba a hacerme daño.

Al principio pensaba que no sería gran cosa, pero ya me estaba empezando a resultar incómodo.

Los pinchos se me clavaban en la carne, y tenía que llevarlo dos horas al día, por amor a Dios, excepto el domingo (santificarás las fiestas).

La directora me dijo que el tema de mi vocación se podría solucionar con una pequeña cuestión técnica.

Quizá, en lugar de ser numeraria, debía plantearme ser agregada.

Yo, como el resto de mis compañeras, no sabía mucho sobre las agregadas, y la directora me mencionó que había algunas en el club donde yo iba, en Vitoria.

Me puso un par de ejemplos y no me parecieron los más atractivos, la verdad.

Eran las más sosas, como si ser numeraria fuera estar en el número uno del podio y ser agregada, en el número dos.

No me gustaba ser la número dos. Según esta directora, lo que me agobiaba no era la vocación (que es una «elección de Dios desde la eternidad», y «Dios nunca se equivoca»), sino las exigencias de la vida en común y mi ansia por viajar y ser independiente.

Yo no entendía bien a qué se refería con la vida en común, porque aún era una adolescente que vivía en Miranda con mis padres, pero bueno, por lo visto ese era mi problema: mi personalidad «bohemia» (palabras textuales) no encajaba con las numerarias.

Siendo agregada, no tendría que vivir en un centro con otras numerarias ni ver a niñas conjuntadas a mi alrededor que vestían ropa de Zara, Polo y Tommy Hilfiger.

La vida sería menos rígida y podría hacer las cosas a mi manera.

Ser agregada era igual que ser numeraria —no me casaría, ni tendría relaciones, y daría toda mi vida y mi dinero a la organización—, pero podría vivir donde quisiera, con mis padres o incluso comprarme mi propia casa en cualquier parte del mundo.

En aquella época, muchos españoles aún creíamos en la vida eterna, la vocación religiosa y las hipotecas.

La directora, experta en almas, guía espiritual de niñas de once a dieciocho años, no tenía dudas de que yo tenía vocación al celibato y de que si me rendía ahora, estaría diciendo que «no» a Dios.

Decir «no» es lo que había hecho el ángel caído.

La Virgen, en cambio, dijo que sí. Yo ya había dicho que sí a esa llamada genérica al pedir la incorporación al grupo, si me volvía atrás ahora no sería como la Virgen, mi role model .

Estuve a punto de negar con la cabeza porque, en cierta forma, la Virgen me recordaba a las princesas, pero no quise entrar en esa discusión.

Era una pregunta retórica. Debía ser agregada.

Seguí adelante con la vocación, pero quedó para siempre en mí la sensación de regateo, como cuando iba con mamá al mercadillo de Miranda.

Y yo no sé regatear: si me dices un precio, lo pago.

Me ofrecen un sueldo y lo acepto. Entiendo que las cosas cuestan dinero y que si te comprometes, debes hacerlo hasta el final.

Para algunos, yo seré una mentirosa, o una tonta por haberme creído la película de la vocación, o la culpa será de mis padres por no haberme sacado de ahí.

Creo que tampoco les hubieran hecho caso si lo hubieran intentado, igual que si mi hermano numerario quisiera ponerse unos guantes para fregar los cacharros en un centro del Opus Dei.

Hay gente, y organizaciones, que consiguen actuar a la luz del día, imponer sus normas y salir impunes.

Igual yo no era tan lista como creía, pero lo que sí sé a ciencia cierta es que era menor de edad.

La directora, desde luego, sí era más lista que yo y tenía amplia experiencia en la compra-venta de vocaciones.

Mientras escribo estas líneas, googleo a la directora regateadora y la encuentro en LinkedIn.

No aparece foto ni descripción de su trabajo.

Sé que sigue implicada en los asuntos internos de la organización, con encargos específicos, sin dar muchas explicaciones de cara al público.

Encuentro su perfil en la red social X. Veo que solo comparte contenido de colegios mayores, colegios de niñas, entidades y fundaciones vinculadas a la organización.

Re-post, re-post, re-post. La rueda sigue girando.

Así, con dieciséis años, ya estaba preparada para dar el segundo paso dentro del plan de incorporación a la institución, aprobado por la Iglesia, pidiendo ser agregada en lugar de numeraria.

Aún estaba agobiada pero, al menos, me consolaba saber que no tendría que vivir en un centro con numerarias.

No había conseguido irme, pero había logrado un cambio.

Para el Opus Dei, yo había sido un poco menos generosa de lo que debería, como aquella madre que solo había tenido uno o dos hijos.

En mi cabeza había librado una bala. Me di cuenta de que, si conseguía aprender la técnica del regateo divino, podría mantener mi personalidad al mismo tiempo que escapaba del fuego eterno.

Era cuestión de práctica, buena voluntad y aprender de los trileros.

Al final del curso anual, doblé la sudadera negra de Quiksilver, de la que nunca me desharía, y la guardé en mi maleta.

Entré como numeraria en aquella convivencia y salí como agregada.

Era igual a todas, pero un poco diferente.

Dios tenía otros planes para mí. Me despedí de mi nueva amiga que, a día de hoy, sigue siendo una numeraria fiel, mientras yo —lejos de suicidarme— tengo un novio bien majo.

Me consuela pensar que no estoy determinada y que mi historia no está escrita desde la eternidad.