Dios me llama por mi nombre
Dios me llama por mi nombre
Recorrimos todas las procesiones en distintas ciudades de Andalucía, celebramos los oficios cada uno de los días santos, asistimos a una meditación del sacerdote cada mañana sobre la vocación, la muerte de Jesús, el sacrificio y la entrega, y tuvimos charlas de formación donde nos animaban a «ver qué quiere Dios de ti».
Mi directora espiritual, la directora del campamento y el sacerdote me buscaban cada día para hablar.
No hay un culpable único, y no di con una mala persona a la que culpar de mis males.
El engranaje funciona así y, cuando se piden responsabilidades, intentan señalarte a ti o a una supuesta persona que cometió el error de hacerte entrar ahí.
Pocos se señalan a sí mismos y al sistema de presiones que engrasa la organización.
Teníamos que preguntarle a Dios cuál era nuestro propósito en la vida y encontrar las señales a nuestro alrededor.
Las señales apuntaban a ser numeraria del Opus Dei, la vocación más excelsa.
Se les olvidó mencionar que, por ejemplo, ser tornero fresador, podía ser una vocación, parte del plan divino y la santificación del trabajo.
Las convivencias de pitables (potenciales niñas reclutadas) era como una yincana de la vocación, la búsqueda del tesoro que tanto les gustaba organizar a las numerarias en campamentos y convivencias, y donde ellas habían colocado con esmero cada fase del juego.
Buscábamos las pistas, las miguitas, que nos iban poniendo las directoras y el sacerdote en nombre de Dios.
Las mismas miguitas y pistas que, hacía no tanto, les habían puesto a ellos. La rueda sigue girando.
Había varias niñas en la convivencia que ya habían tomado la decisión de hacerse miembros unos días o meses antes que yo.
No tuvimos revelaciones místicas. Fue al saber que Sara, una chica de mi edad que me parecía muy divertida y nada pija, se había hecho numeraria, cuando me convencí de que igual yo podría serlo.
Quizá las numerarias no eran tan sosas como parecían, y ser numeraria podría ser guay si Sara lo era.
Siempre podía seguir llevando mi sudadera negra de Quiksilver de imitación, ¿verdad?
La directora de la convivencia y el sacerdote charlaban conmigo, hasta que, nerviosa, escribí una carta donde le pedía al líder que me aceptara como aspirante a numeraria.
En el fondo de mi ser, esperaba que este líder cuya cara yo aún no había visto nunca se diera cuenta de que era un error y dijera que no, desvelando el truco, igual que el Mago de Oz.
El líder, aun sin conocerme, podía argumentar que yo todavía no había alcanzado el nivel de bondad y madurez requerida, que hacía cosas terribles como engullir demasiada miel dejándome llevar por la gula, no levantarme a la hora en punto movida por la pereza o discutir con mi hermana pequeña (claro signo de soberbia).
Estaba segura de que escribir aquella carta era una decisión reversible y que las directoras y el sacerdote me persuadirían para salirme si aquel no era mi sitio.
Cuando vieran que yo era un fracaso, mi camino vocacional terminaría. Había sido un error de casting divino.
Llamé a mi madre desde el móvil de la directora y le informé.
Fui escueta. Le dije, con ironía para quitar hierro al asunto: «A este paso, no vas a tener nietos».
Fue una llamada corta, técnica, para anunciar un hecho que mis padres aceptaron igual que tantas cosas en su vida, como la voluntad de Dios a través de la Obra.
«Dios sabe más», «los hijos son para Dios», «el Opus Dei tiene la mejor doctrina».
Sin tristeza ni alegría, dando por hecho que estábamos contentos con la decisión y con la tranquilidad de que estábamos en buenas manos. Tampoco hicieron preguntas.
Unas semanas después de pedir la admisión, ya de vuelta de la convivencia de Semana Santa, en Miranda empecé a incorporar todas las normas en mi vida, igual que me preparé para el papel de espantapájaros.
Había que ensayar, aprender un guion e incorporar las características de mi nuevo personaje.
Me senté por casualidad en la cama de una numeraria y descubrí que en lugar de colchón tenía una tabla de madera.
Me explicó con total naturalidad que «las numerarias dormimos en tabla».
No era opcional, era un hecho. Luego, estando de compras con mi madre, cogí una camiseta sin mangas y ella me dijo que «las numerarias no llevan camisetas de tirantes».
Tampoco era debatible. La miré desconcertada.
Me dijo que podía confirmarlo preguntando a la directora, que me lo corroboró.
¿Cuáles eran las reglas de ese juego? Había entrado en Jumanji y no había cómo salir.
Esperaba que apareciera Robin Williams en mi auxilio.
Saturada por la cantidad de cosas que debía o no podía hacer, y viendo cómo había cambiado mi vida de la noche a la mañana, un día le dije por primera y única vez a mi madre que me había equivocado, que quería dejar mi supuesta vocación.
Supongo que fue la manera que encontré de pedir ayuda, y toda la ayuda que me brindó mi madre fue redirigir mis dudas vocacionales a mi directora espiritual y al sacerdote del club.
Es lo mismo que hacía ella. Así funciona la confianza en la organización, y así se delegan estas cuestiones.
Me derivó al club, como era lógico. En el fondo, mi madre pensaba que dejar el grupo era tan fácil como abrir la puerta de la directora del club o del confesionario del sacerdote y decir: «Oye, mira, he cambiado de idea, ¡hasta luego!
». Mucha gente sigue pensando así. O creen que si los padres se esfuerzan lo suficiente, conseguirán parar los pies a la institución.
Los padres, y los adultos en general, suelen ser muy ilusos.
Sobre todo cuando les conviene. Quizá confían demasiado en sí mismos, quizá no quieren saber cómo funciona la Obra por dentro o puede que los dirigentes del Opus Dei no den explicaciones.
Es posible que todas las opciones anteriores sean correctas.
Las cosas pueden ser blancas y negras, y justo entre un tono y el otro, están los grises.
Como buena hija, hice lo que me dijo mi madre.
Fui a la directora espiritual y al sacerdote, pero la respuesta de ambos fue que «la vocación se ve una vez», porque es como un chispazo o una llama que hay que cuidar y alimentar para que no se apague.
No podía echarme atrás ahora y dudar de aquello que ya había visto.
Mi madre no volvió a preguntarme y yo no volví a sacar el tema.
Resignada, acepté que esa era la voluntad de Dios, igual que aceptaba la menstruación, el frío en mis piernas durante el invierno y que mis hermanos no vivieran en casa.
Hay que vivir con las consecuencias de las decisiones que se toman.
Dios me había llamado desde la eternidad y yo no podría modificar los designios del Altísimo.
Cualquier intento de huir era un signo de rebeldía y soberbia.
No necesité volver a preguntar si me podía ir: estaba claro que no.
Santi, mi ángel de la guarda, hacía tiempo que había desaparecido de mi lado, como si hubiera delegado sus funciones en la numeraria y el sacerdote al que contaba toda mi intimidad, que me preguntaba sobre mis amigas, mi relación con mis hermanos, mis padres, mis rezos, mis mortificaciones y si me gustaba algún chico mientras yo negaba con la cabeza, muerta de vergüenza.
Después de pedir la admisión, fui a mi primera convivencia exclusiva para niñas del Opus Dei, como hacíamos todas las que habíamos pedido la admisión.
Las convivencias anuales de elegidas por Dios se llaman «curso anual».
En mi primer curso anual había unas veinte chicas que, como yo, estábamos llamadas a ser futuras numerarias.
A pesar de que nos llamaban «adscritas», en el lenguaje de la organización, todas nos considerábamos ya numerarias.
Hice una amiga, porque las otras chicas no me caían muy bien.
No estaba segura de que Dios hubiera podido elegirme a mí a la vez que a ellas.
Es como si me gustara Juan, mi amor platónico del pueblo que andaba siempre por la montaña o cazando renacuajos, y además me gustara un niño pijo de San Sebastián.
O te gusta una cosa o te gusta otra, no se puede tener gustos tan dispares. Dios era un amante extraño.
Como en casa me habían dejado muy claro que usar ropa de marca era de gente rica y superficial, me sorprendió la cantidad de marcas que llevaban las chicas de la convivencia, incluidas sus agendas de Jordi Labanda.
No pensaba que a Dios le gustaría la ropa de marca, cuando estaba tan obsesionado con la uniformidad en los colegios.
La única amiga que hice en aquel curso anual vestía con el típico outfit de «niña-club»: polo, pantalones beige y pendientes de perlas.
No había muchas más opciones. La rara era yo, que iba con la ya conocida sudadera de Quiksilver y unas zapatillas de deporte color azul cielo, de la marca J’Hayber (en aquel entonces, las deportivas aún se consideraban un calzado informal, así que desentonaba bastante).
Mi nueva amiga elegida por Dios como yo estudiaba en un colegio de la Obra en otra provincia, un colegio exclusivo para niñas.
Yo había oído hablar de esos colegios, aunque solo los había visto durante el verano, porque allí hacíamos las convivencias y cursos anuales mientras las alumnas estaban de vacaciones.
Había niñas que iban de campamento en verano a su propio colegio.
El Opus Dei puede ser enorme y muy pequeño a la vez.