La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Colegio de monjas
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Colegio de monjas

Colegio de monjas

Cuando me cambiaron del colegio público al de monjas tuve que llevar uniforme por primera vez.

Odiaba las faldas y los vestidos, y ahora tenía que llevarlas por obligación.

Papá y mamá decían que era lo mejor. Ellos siempre querían darme lo mejor, como la educación católica y el Opus Dei, que es lo mejor.

Sí, es mejor no tener que pensar en ropa cada mañana.

Es mejor ir vestida como viste el resto, así no hay diferencias entre unas niñas y otras, entre ricos y pobres.

«A estas edades ya empiezan a fijarse en las marcas y con el uniforme se les quitan las tonterías —argumentaba mamá ante sus amigas—.

El instituto público es muy bueno, pero el ambiente para unas niñas tan pequeñas no es el mejor.

Ahora van con trece años al instituto y se encuentran con chicos de diecisiete.

No, no, mejor el colegio de monjas». Las malas influencias acechaban: los chicos mayores con marcas de ropa cara. Lo mejor es estar protegida.

Llevar uniforme me recordaba a los internados británicos tan divertidos y educativos que describía Enid Blyton en sus series para adolescentes: Torres de Malory y Las Mellizas en Santa Clara .

Había leído todos los volúmenes de la biblioteca del club, y teníamos las colecciones en el trastero de casa.

¿Quién sabe? Quizá algún día podría incluso vivir en un internado con otras niñas en algún país lejano como Reino Unido.

Eso me parecía genial. Lo que no podía soportar eran las medias y los leotardos.

Se me hacían un rollo en la tripa, se caían y necesitaba pararme cada dos pasos para subirme cada una de las piernas de las medias.

A veces me ponía una braga por encima de las medias, pero notaba calor y rigidez para moverme.

Era incómodo. Los chicos podían ir con pantalón.

Es irónico, cuando piensas que el principal argumento para llevar uniforme es no hacer diferencias entre unos y otros.

Al fin, me di por vencida: en pleno invierno mirandés decidí ir con calcetines largos, y listo. Acabas acostumbrándote al frío.

En el colegio de monjas apenas hay monjas.

Deberían llamarlo «colegio de uniforme».

Y quizá revisar el concepto de «uniforme».

Solo tengo dos profesoras monjas, muy mayores y con mal genio.

Una me riñe por pedir días libres para ir a la canonización de Josemaría Escrivá en Roma y por no hacer los deberes.

Son monjas que no van vestidas de monjas, pero tampoco visten como numerarias.

Las monjas visten con una ropa que parece hecha a medida para ellas, como si hubieran estado rebuscando en la montaña del mercadillo o hubieran hurgado durante horas en la ropa de bolsa hasta encontrar las prendas más pasadas de moda, más anchas y con menos estilo que quedan, y entonces dijeran: «¡Sí, justo, esto es lo que andaba buscando!

». Las monjas del colegio son rancias y malencaradas, mientras que las numerarias siempre sonríen.

Las clases de religión son un rollo. Yo sé más que las monjas gracias a las charlas del club, y me parece que ellas lo notan.

Coincido con papá y mamá en que el club es mejor: el oratorio del club es mejor y más bonito que la capilla del colegio, los sacerdotes numerarios visten con alzacuellos y los de Miranda van de paisano, y los niños de la parroquia se saltan la misa muchos domingos y los del club jamás, ni por asomo.

Hay curas de parroquias que hacen muchas colectas solidarias para los pobres, pero luego no rezan bien el credo. El Opus se toma las cosas en serio.

Descubro con horror que mis nuevos compañeros de clase no van a misa.

Entonces ¿por qué van a un colegio de monjas?

No entiendo. Si sus padres no son creyentes, deberían apuntarles a un colegio público.

El colegio público es para cualquiera y el religioso, para los creyentes.

Me gusta el orden y la organización. Por eso, el colegio de monjas me desconcierta.

María Eugenia (la Maru, repetidora, contestataria e impuntual) dice que sus padres la llevan a ese colegio porque está cerca de casa.

Mundo Cristiano y las otras revistas católicas que lee papá en casa y que he visto en las mesas del club tienen razón: los padres no se toman en serio la educación de los hijos y son capaces de matricularles en un centro solo porque es barato o está cerca. Menudos irresponsables.

Yo sé que este colegio es concertado, así que tenemos que pedir subvención.

Es un esfuerzo, sí, pero nuestra integridad física como niñas y nuestro futuro como católicas está en juego.

Lejos quedan los días del cole público y de ponerme chándal para ir a clase.

Mis padres están invirtiendo en mi educación y soy consciente de que no han podido hacerlo con mis hermanos mayores.

Eso me convierte en una privilegiada. Además me han dicho que el instituto es más peligroso para una niña que para un niño, y más en una ciudad conflictiva como Miranda.

Me voy dando cuenta de que Miranda no es un sitio seguro.

Acechan los peligros, dentro y fuera del aula.

En secundaria dejamos de tener clase de Religión y pasamos a tener clase de Ética con Pedro, un profesor que no es sacerdote ni nada que se le parezca.

Pedro nos explica las religiones que hay en el mundo.

Descubro que hay más de una religión y que es una materia que se puede estudiar, en plural: «las religiones».

Hasta ahora, todas mis clases de Religión habían sido catequesis.

Sigo con mucho interés las explicaciones de Pedro.

Me gusta cómo se expresa, me hace pensar y me cae bien.

Me da la sensación de que es la típica persona a la que le puedes preguntar dudas, pero aún me siento un poco insegura.

Busco argumentos a favor de la religión católica en mi cabeza para confirmar que mi familia va por el buen camino, pero me queda claro que debo respetar todas las creencias.

Siguiendo la línea de pensamiento de Pedro, concluyo que mis mundos —el creyente y el no creyente, el Opus y el no-Opus— pueden existir en armonía.

Eso me consuela, me da un lugar donde aferrarme: hay muchas religiones en el mundo y todas caben en el mismo planeta.

Respiro aliviada. Por momentos me frustra que el mundo no sea más católico, mis amigas no muestran interés por convertirse y siento que vamos perdiendo la batalla.

Pedro pone como tarea obligatoria para su asignatura el visionado de tres películas durante el curso.

Veremos en horario lectivo: El nombre de la rosa , A quién ama Gilbert Grape y otra que no recuerdo.

Mis padres, preocupados, consultan en el centro del Opus Dei si esas películas son recomendables para mí.

Sus directores, solícitos, consultan las bases de datos de la organización y aseveran con rotundidad que al menos dos no, así que firman una nota para prohibir que participe en el visionado de El nombre de la rosa y de la otra película que no recuerdo.

Pedro me mira con lástima cuando va con mis compañeros a la sala donde van a ver la película mientras yo me quedo en clase haciendo deberes.

A quién ama Gilbert Grape se salva de la quema y, quizá por ese mismo motivo, se convierte en mi película favorita hasta los diecinueve años.

Que esta película se haya escapado de la caza de brujas, que haya sobrevivido al brazo invisible y censor de la organización me da una sensación de pequeña victoria: una de tres.

Hay un resquicio por el que se cuela el cine.

Chúpate esa. Me enamoro del cine y me doy cuenta de que mis padres tomarán decisiones consultando a los sacerdotes y directores del club.

Mis padres, como yo, van al club, apuntan sus pecados en una agenda y un director espiritual de la organización les dice lo que tienen que hacer para ir al cielo y llevar consigo a sus hijos.

No hay materia educativa que no pase por sus manos.

El cine se transforma en el fruto prohibido, que me da acceso a otras vidas y a otras esferas de mí misma; el cine es un terreno desconocido para mis padres, que no tienen tanta cultura cinematográfica, y donde yo puedo ir ejerciendo mi rebeldía.

Nadie sabe lo que pienso ni lo que siento cuando veo películas.

Es imposible que puedan adivinar que estoy enamorada de Johnny Depp.

Pienso mucho en el protagonista de la película, en su vida aburrida y gris, con su familia disfuncional en Endora, «el lugar donde nunca pasa nada», del que quiere huir.

Como yo, que quiero descubrir el mundo. Desde que vi la película en clase de Ética me pregunto si podré conseguirla, si podré grabarla y verla una y otra vez como hice con Mary Poppins.

Cuando por fin aparece el eMule en nuestras vidas, mi hermano Diego me enseña a descargar de internet.

Veo A quién ama Gilbert Grape cada vez que estoy triste. Me obsesiono.

No veré El nombre de la rosa hasta muchos años después, cuando salga de la Obra.

Veré también Camino , que cuenta la historia inspirada en Alexia González-Barros, cuya biografía conozco bien (en la versión del sacerdote opusino).

Al salir de la organización, mientras estoy recuperando la capacidad de ver películas tachadas de anticatólicas por la organización y despreciadas como un ataque a la Iglesia, en el mundo se irá abriendo un debate sobre la «cultura de la cancelación».

Sospecho que, mientras hablan de ello, muchos intelectuales, artistas y escritores ignoran que en España, a día de hoy, sigue existiendo esta censura velada y muchos adultos, con doctorados, amplia cultura y aún más amplias sonrisas, son los que trabajan como censores para la institución.

Ahora me doy cuenta de lo afortunada que fui al estudiar en un colegio mixto y con profesores que valoraban la cultura por encima de la ideología.

No lo pensé así en mi infancia, pero tuve suerte al nacer en Miranda.

En ese mismo curso me inscribí al grupo de teatro que dirigía Iñaki, mi profesor de Inglés y Lengua, el que me echó una mano cuando me vino la regla.

Una vez, estando con mi madre de compras, vimos el guion de Los lunes al sol en una librería.

Ni mamá ni yo conocíamos la película, pero pensamos que a Iñaki le gustaría porque le gustaba el cine, como a nosotras, así que se lo compramos y, de la mano de mamá, se lo regalé.

Aunque mis compañeros siempre estaban a la gresca con los profesores, a mí me gustaba llevarme bien con ellos, me parecía lo normal y a mamá le gustaba que yo fuera tan buena alumna.

Me encantaba que me explicaran cosas, seguir aprendiendo fuera de clase, ir a la biblioteca, leer y hacer trabajos.

Estar en el colegio era estar en un lugar seguro, lejos de los gritos de casa, disfrutando de aprender, centrada en estudiar sin la omnipresencia de Dios.

Me entretenía y soñaba con salir de Miranda, hacer algo grande e importante, viajar.

Creo que los profesores sabían que yo tenía algunos secretos, pero no me perseguían para que hiciera cosas o fuera a planes.

En el colegio aprendí a solucionar las cosas por mí misma utilizando mi cerebro que aún se estaba desarrollando, y lo disfrutaba.

En teatro éramos cuatro o cinco alumnos, no más.

Representamos El Gato con Botas en el centro cultural de Miranda y yo ya sabía que no me tocaría ser la princesa, lo cual me consolaba, dada mi aversión a los papeles protagónicos y la realeza.

Estuvo bien, pero no me emocionó tanto como lo haría la siguiente: una adaptación para niños de La Vida es Sueño.

Eso sí que era teatro de verdad, profundo y oscuro, con palabras complicadas, con personajes como Astolfo, duque de Moscovia.

¡Astolfo! Qué nombre tan interesante, tan enigmático.

¿Y qué me dices de Moscovia?, ¿dónde está Moscovia?

, ¿qué se come en Moscovia?, ¿el Opus Dei está en Moscovia?

Astolfo, Basilio, Rosaura… eran personajes fascinantes, con una profundidad que me atrapaba: luchaban por el trono, sus vidas estaban determinadas por los astros, los reyes tenían miedo y los padres encarcelaban a sus hijos. ¡La vida misma!

Me tocó el papel del rey Basilio. Recuerdo con estupor la escena en la que debía consultar al oráculo sobre el destino de mi pueblo.

Me daba miedo mi personaje, como casi todo en aquella obra de teatro.

Leía el libreto una y otra vez, consciente de que esos protagonistas tenían conflictos que bordeaban la herejía.

El personaje del espantapájaros de El Mago de Oz era muy fácil en comparación con el rey Basilio.

Un compañero hacía de Segismundo y otro de Clotaldo.

La otra chica que había, Laura, interpretaba a Rosaura.

Como éramos pocos actores nos tocaba repetir algunos papeles.

Fuera de los ensayos, no podía dejar de pensar en las frases de Segismundo encadenado: «¿Qué es la vida?

Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión».

Los versos resonaban en mi cabeza, volvían una y otra vez a mi pensamiento y siguieron ahí durante años, en la misma zona del cerebro donde almacenaba el avemaría o los padrenuestros, sin que yo pudiera hacer nada por separarlos.

Quizá un mago o un doctor puedan explicar dónde guardan las niñas sus recursos salvavidas, sus frases memorizadas y por qué unos sobreviven al paso del tiempo y otros no.

En momentos de tristeza, soledad y vacío existencial, volvían a mí esas frases de Segismundo, pero aquellas dos líneas no me daban el refugio, la seguridad y el consuelo de las oraciones.

Como al rey Basilio, me inquietaban, me enfrentaban al terror: una vida sin Dios.

El absurdo, la vida sin sentido, la condena eterna, las cadenas del mundo.

Dios era libertad, fuera de la fe solo había tristeza, llanto y rechinar de dientes.

Pensaba en Segismundo y me faltaba aire.

Una chispa, una duda (¿qué es la vida?), podría hacer que toda la paja que había ido acumulando en mi cerebro de espantapájaros ardiera en cuestión de segundos.