Una señorita
Una señorita
Mis primas Laura y María suben a despertarnos, en la habitación de las tres camas que comparto con mi hermana Irene en la casa de veraneo, en Ahedo del Butrón.
La casa del pueblo es donde nació mi padre, en un valle burgalés y, aunque la casa está vieja y destartalada, es habitable en los meses de verano.
Hemos sustituido la fresquera donde antaño solían estar los cerdos y los animales por una despensa.
La casa solo tiene un baño, pero como mis hermanos mayores apenas vienen en verano porque están en las convivencias del club, nos apañamos.
Laura y María son hijas de mi tía Rosa, hermana de mi madre, y siempre vienen de visita.
Les encanta el pueblo. Llevan pantalones muy cortos y tops de los que enseñan el ombligo.
Su estilo me recuerda al de la profesora de baile.
María tiene un año más que yo. Abre su mochila del colegio, llena de firmas y dibujos hechos con rotulador permanente y saca unas revistas, como si fueran material de contrabando: Bravo y SuperPop.
Aunque no hablemos de ello, las dos sabemos que esas revistas están prohibidas en mi casa.
Mi prima tiene un buen montón y me deja que las lea siempre que quiera.
Laura, María y yo nos tumbamos en las camas, ponemos las revistas en el suelo de la habitación y vamos comentando cada página.
«Este chico es guapísimo», digo yo. Para mí solo hay chicos guapos y feos, buenos y malos, estudiosos y vagos que no llegarán a nada en la vida.
Mis primas hablan de los chicos como si fueran comida, y dicen «está bueno», o hablan como si tuvieran un truco, como si ellas conocieran un pasadizo oculto detrás de una pared que, con un par de toques, te permite acceder al mundo masculino, a un mundo hecho de carne y caricias y risas y miradas.
Es evidente que ellas saben cosas sobre los chicos que yo no sé.
Leo con avidez las revistas. Leer es la única forma que tengo de empaparme de esa sabiduría que, año tras año, mis primas traen consigo cuando vienen a veranear durante quince días.
Me convenzo de que no necesito ser como María o Laura para saber «cosas de chicos», que yo puedo aprender si leo lo suficiente.
No necesito ser una adolescente normal. Me basta con leer la SuperPop para poder fingir.
Mi tía Rosa se despide desde la calle, así que salimos al balcón y le decimos adiós.
Ella también lleva pantalón corto, camisetas ajustadas y a veces coge ropa de sus hijas para vestirse.
Me gusta que la tía Rosa sea tan distinta a mamá.
Me gusta ver que, incluso en una misma familia, hay muchos modos de ser madre.
Mamá tiene cuatro hermanas y cinco hermanos que, a excepción de la monja de clausura, suelen venir a Ahedo un día al año.
Es una familia muy grande y se dan dos besos, abrazos y palmadas en la espalda para saludarse.
Los tíos siempre nos cogen en brazos y dicen: «A ver esta niña, ¿por qué no me ha dado un beso todavía?
». Como a mí, les encanta el dulce, así que traen los coches cargados de chocolate a la taza y bizcochos.
No son del Opus Dei. Solo hay que fijarse en cómo visten, cómo hablan y en que no bendicen la mesa antes de comer.
Los tíos son muy altos y grandes, pero no dan miedo.
Las tías van arregladas y te dicen cosas del tipo «qué alta estás ya, Marina», pero no te escudriñan con la mirada.
Cuando los tíos y las tías se encuentran, no paran de hacer bromas:
—El otro día me encontré con la Jose subiendo a casa de la mamá, le ayudé con las bolsas de la compra, que pesaban muchísimo. Me dio recuerdos para ti.
—Jo, ¿solo te dio recuerdos? Ya podía haberte dado unas manzanas o una caja de leche, ¡menuda tacaña!
—Ja, ja, ja.
Entro en casa y me asomo a la cocina, que está en la planta baja.
«Hola, ¿queda chocolate para mí o ya os lo habéis comido?
». Los tíos están sentados en círculo ante una gran cazuela de chocolate y me saludan con efusividad: «Te estábamos esperando, aquí está la merienda».
Mamá, en cambio, se queda paralizada con el cucharón de servir en la mano:
—Pero bueno, Marina, ¡mírate las rodillas!
Sí, están llenas de heridas y tierra. Me siento orgullosa. Me limpio la frente con la manga de la sudadera negra de Quiksilver falsa.
—He estado jugando al rugby con Juan y los chicos. Luego hemos hecho un campeonato de lucha libre. He ganado.
—¿Al rugby? Marina… ¡Tienes que ser una señorita!
Mamá intenta hacer una broma que no es una broma.
No tiene gracia. Mi prima María parece que va a pronunciarse, pero la tía Rosa hace un gesto y la frena.
Noto cómo la ira y la vergüenza suben desde mis pies al estómago y llegan a la garganta.
Cierro las manos en un puño. Mi hermano Raúl puede llegar sudado, con heridas y con tierra, y no hay problema.
En cambio, cuando lo hago yo, me regañan.
Mamá cree que no me doy cuenta de esas cosas, pero me siento humillada delante de mis tíos y primos.
—No… soy… una… ¡señorita!
Doy un portazo y subo enfurecida a la habitación que comparto con Irene, Laura y María.
Lloro un buen rato, sintiéndome atrapada en mi propio cuerpo y dejando que salga la impotencia y la rabia.
Para más inri, mi familia no me ha dado la enhorabuena por ganar.
Y eso que he tenido a Juan tres segundos con la cabeza aplastada en el suelo mientras los niños del pueblo nos rodeaban, coreando el «¡tres…
dos… uno!» que me ha dado la victoria. Ha sido épico.
Cuando me canso de llorar, cojo una de las revistas Bravo que mi prima guarda en la mochila. Ya no pienso bajar a merendar chocolate, aunque tengo hambre. Me entretengo leyendo «los cinco mejores trucos para ligar este verano».
Parece que ganar el concurso de peleas y dejarle con un moratón en la pierna no me ha servido para conquistar a Juan, mi amor platónico e hijo del principal fabricante de miel de Ahedo, pero no he tirado la toalla.
Sé que tarde o temprano pillará mis señales.
Aún tendrán que pasar unos diez o doce veranos hasta que ponga en práctica los consejos del artículo.
Una década durante la que, con más fracasos que éxitos, acabaré aprendiendo a comportarme como una señorita célibe de la Obra.