La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Sangre de Cristo, embriágame
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Sangre de Cristo, embriágame

Sangre de Cristo, embriágame

Un trozo de hígado, o una gelatina como las que compra mamá en el Lidl, húmeda y viscosa, emanaba de mí, como si me hubiera hecho pis.

Peor, como si estuviera dando a luz a un embrión de alienígena, un pequeño ser que se deshacía al nacer transformándose en un charco rojo.

Salía a borbotones como si mi vagina estuviera echando moco, igual que cuando tenía mi cuarto catarro del mes y mamá me tumbaba en el sofá para golpear con suavidad mis costillas.

«Expectora», decía, y yo escupía las flemas en un cubo.

Esta vez la enfermedad se manifestaba en silencio, sin tos y sin pañuelos a mano, en mitad de clase.

Mamá tampoco estaba cerca. Miré a mi alrededor.

¿Alguien más se estaba dando cuenta? Hacía mucho calor de repente.

Sudaba. Me costaba respirar. ¿Sería otro ataque de asma?

Los síntomas no eran los de siempre: estaba caliente pero no tenía fiebre, la respiración se me entrecortaba, pero no tenía ganas de desmayarme sino de llorar.

Algo le estaba pasando a mi cuerpo, y era espantoso.

Notaba que aquel líquido denso se iba deshaciendo por mis muslos.

Se me cruzó por la mente que podría estar enferma, tener una enfermedad rara y desconocida, peor que el asma.

Quizá fuera la misma enfermedad que se llevó a Alexia González-Barros o Montse Grases, las niñas a las que quería beatificar el Opus Dei por su santidad durante la agonía, casi protomártires de la institución, que hicieron ofrenda y sacrificio de sus dolores físicos y sufrimiento espiritual por el bien de la organización.

Bueno, si me moría siempre podría verlas en el cielo (por supuesto yo iría al cielo) y preguntarles cómo fue su primera regla.

Ese dato no suele aparecer en las biografías de las santas y mártires de la Iglesia.

Levanté la mano.

—Iñaki, ¿puedo ir al baño?

El profesor asintió. Me levanté. Aquellas flemas se transformaron de pronto en un río, como si la presa hubiera abierto las compuertas.

Sentí como si me acabara de hacer pis encima, delante de toda la clase, incapaz de controlar mi esfínter.

Se suponía que la regla llegaría mucho más tarde, ¿no?

Por lo menos a los catorce, y yo tenía doce.

Además, estaba segura de que su funcionamiento era más sencillo: al hacer pis salía sangre.

Pero lo que me sucedía era muy distinto, estaba sangrando de repente, como si me hubiera hecho un corte, o como sangraba mi hermano Álvaro de la nariz por las mañanas, de forma espontánea.

Miré la silla. Una mancha parduzca del tamaño de mis nalgas y con la forma abstracta que había dejado mi carne al restregar la sangre contra el asiento de madera, como en un cuadro de Francis Bacon o una de las caras de Bélmez, dejaba en evidencia que sí, me había venido la regla por primera vez y, para más inri, delante de mis compañeros.

Miré a Iñaki, el profesor, que me devolvió la mirada con preocupación, y corrí al baño.

No tenía ropa para cambiarme y estaba muy angustiada, con la angustia existencial de la primera regla, cuando una niña constata que esto va a ser así para siempre, que podría sangrar en cualquier momento, en cualquier lugar, sin previo aviso y sin decisión posible.

¿Por qué mis hermanos chicos se libraban de esto?

¡Otra injusticia! Me bajé el pantalón y la braga.

Estaba empapada de sangre, roja, caliente.

Así debía de ser el infierno. Me mareé. No soporto la sangre.

Iñaki llamó a la puerta del baño, pero no contesté.

—Marina, hemos llamado a tu casa, vendrá tu padre en coche a buscarte.

Me sequé las lágrimas.

—Vale.

Mamá no conduce, así que era mejor que viniera papá.

Solo quería meterme en la Nissan Vanette como una famosa que sale de un centro de rehabilitación y se oculta de los paparazzi intentando rodear de glamour una situación vergonzosa.

Lamenté no tener unas grandes gafas de sol y un bolso con un chihuahua colgado del brazo.

Quería irme a casa, meterme en la cama, leer Versos fritos de Gloria Fuertes y leer, leer, leer hasta volver a ser una niña, la misma niña que era unas horas antes.

Papá aparcó enfrente del colegio. En silencio y con cuidado, colocó una toalla de propaganda, doblada en el asiento de atrás, para que no manchara.

Me senté callada, temiendo por dónde colocaba mi pierna izquierda, mi muslo derecho, siendo por primera vez consciente de que mi cuerpo era un contenedor de líquidos sucios y malolientes que podía explotar en cualquier momento como la central nuclear de Garoña.

Cuando ya llevaba conduciendo unos metros, papá miró por el espejo retrovisor, me preguntó si estaba bien y contesté con un escueto «sí».

Al llegar a casa, mamá me explicó cómo ponerme las compresas, mencionó que había unos tampones en el armario del baño pero que ella no los usaba, que debían de ser de Marta, y me dio unos frutos secos.

Estaba sangrando mucho y me sentía débil.

A los pocos días fuimos al ginecólogo y me recomendaron que tomara una pastilla para regular el flujo de la menstruación.

Cuando volvimos a casa, mamá me dijo que aquellas pastillas eran demasiado fuertes para una niña.

Además, a los doce años yo ya estaba harta de tomar medicinas para el asma, para la alergia y los catarros incesantes, no soportaba el olor a enfermo de hospital y había asumido que mi cuerpo haría cosas sin mí y atraería dolencias sin mi consentimiento.

Era mejor aceptar que Dios me había creado así.

Viviría como una pequeña humana en los brazos de una divinidad que dirigía mi destino y mi flujo.

No tomé esas pastillas y tardé más de diez años en volver al ginecólogo.

Me metí en la cama con una pila de libros, me tapé con las mantas, puse el CD de Let Go de Avril Lavigne en el discman y esperé a que mi cuerpo dejara de sangrar.

Pronto descubrí que leer era uno de los mayores placeres del mundo, solo comparable a las rebanadas de pan con miel de Ahedo.

Si eres una niña, leer bien te da cierto estatus, en la familia y en el colegio.

Los adultos tienden a pensar que una niña que lee bien es lista.

Siempre quise dejar claro que yo era lista y, además, buena.

Así que complementé mi personalidad de buena lectora con el púlpito de la iglesia: leer en misa se convirtió en mi carta de presentación ante los parroquianos.

Solía tocarme la primera lectura, la segunda lectura o el salmo responsorial.

El salmo siempre me ponía nerviosa, porque era interactivo.

Tenía que hacer una pausa, levantar la vista, repetir con los feligreses el texto que podían haber olvidado entre párrafo y párrafo, y seguir.

El salmo tenía un componente de riesgo, de memorización y de performance .

Por otro lado, los salmos solían ser más poéticos, ya que antiguamente iban acompañados de música y estaban dirigidos a describir las bondades de Dios.

Los feligreses repetían «Dichosos los que temen al Señor» y, desde tu atril, podías sentir el poder de una mirada, de unas palabras y de un grupo de adultos repitiendo lo que tú querías, cuando tú querías y de la manera que tú querías.

Si, en lugar de recitar «Dichosos los que temen al Señor» hubiera dicho «Marina es la más guapa», ¿lo habrían repetido?

Las posibilidades eran infinitas. El poder de la palabra se extendía ante mí.

En la entrada de las iglesias suele haber una pila de agua bendita y, aunque yo mojaba las yemas de los dedos y me santiguaba al entrar, sabía que lo ideal era guardar un botecito en la mesilla junto a la cama.

Cada noche teníamos que echar unas gotas en la almohada antes de rezar el Jesusito de mi vida o los tres avemarías.

Me habían explicado muchas veces en el club que el agua bendita espanta al demonio.

No eran habladurías: mi tío, sacerdote, era exorcista y me había contado que, durante un exorcismo, puso un vaso de agua bendita delante de una chica endemoniada y esta se puso a gritar «aparta ese vaso de ahí».

Gracias a sus poderes de exorcista, mi tío consiguió vencer a aquel demonio.

Él me lo contó, así que sin duda era verdad.

El agua bendita funcionaba con los demonios como un repelente de mosquitos, si te la echabas, no se te acercaban, ya que Dios está en esa agua.

No está igual que se encuentra y vive en la hostia consagrada de la misa ni en el vino que es la sangre de Cristo.

Hay una dosis suficiente de esencia divina en el agua bendita que hace que el demonio lo detecte, como el mosquito tigre el insecticida o como los ácaros el antihistamínico que tomo para la alergia.

Si el demonio estaba planeando poseerme, al ver que me he echado agua bendita, se lo pensará dos veces.

El agua bendita tiene un poder tan potente que repele cualquier mal diabólico.

Me aterrorizaban las posesiones demoniacas, la posibilidad de la locura y que un ser superior pudiera tomar control de mi ser y obligarme a hacer cosas que no quería hacer.

Convivía con el miedo a que el demonio pudiera ocupar mi cuerpo un día cualquiera, de buenas a primeras.

No había visto Carrie por aquel entonces, pero se me ocurren pocas atrocidades peores que poseer el intelecto, el sexo y el cerebro de una niña preadolescente.

Paradójicamente, no tenía ningún miedo al Opus Dei.

En el club nos contaban historias reales, con final feliz, donde las posesiones se habían solucionado gracias al agua bendita y a la invocación a la Virgen María, la bella mujer que aplastaba con su pie la cabeza del demonio.

El demonio es soberbio y la Virgen es dócil y humilde.

La pureza de María era la que terminaba con la tentación diabólica de un plumazo y rescataba a la humanidad del pecado con su «sí», que contrarrestaba el «no» del ángel caído.

Por eso era tan importante rezar los tres avemarías de la noche con los brazos en cruz: la Virgen cuida tu pureza para que vayas bien limpito a la cama, antes de que te acuestes entre sábanas sedosas.

Y el agua bendita en la almohada te protege de los sueños impuros que pueda inducir el demonio.

Una de las escenas que más me atormentaba era la que leí en la biografía de Alexia González-Barros, escrita por un sacerdote del Opus Dei.

Cuenta que, cuando la niña está muy enferma en el hospital, se le aparece la cara de una vieja.

La cara de una mujer mayor, como es sabido, no puede representar otra cosa que el mismísimo demonio, mientras que si se te aparece una mujer joven, no hay dudas de que es la Virgen.

No sé en qué edad las apariciones de mujeres pasan de joven a vieja, de bella virgen a horrenda anciana.

¿Quizá a los cuarenta? En cualquier caso, la vieja, en la biografía de Alexia, venía a aterrorizarla en mitad de su larga y dolorosa enfermedad, como si fuera poco tormento estar ingresada en el hospital.

Que se te apareciera el demonio o sufrieras tentaciones podía ser una muestra de predilección, pero había que estar protegida.

Ese era el aprendizaje que todas las lectoras precoces que nos nutríamos de las bibliotecas del club debíamos extraer.

Cuando íbamos hasta Ahedo en el coche y pasábamos delante de un pueblo durante el trayecto, papá levantaba el dedo hasta tocar el techo de la furgoneta.

Eso significaba que debíamos guardar silencio.

Entonces, empezaba a rezar una plegaria.

Esa pequeña oración se llama comunión espiritual y es típica del Opus.

Cada vez que pasas delante de un campanario, hay que hacer la comunión espiritual, porque Dios está guardado allí dentro, en una cajita llamada «sagrario» en el fondo de la iglesia, que es como la caja fuerte de las hostias consagradas.

Ante cada campanario que despuntaba en el paisaje castellano, hacíamos esa oración, siguiendo de largo hasta nuestro destino.

Si había música puesta, se paraba; si estabas hablando o pegando a tu hermano, guardabas silencio.

El rezo inundaba todo. Estos pequeños rituales nos mantenían en conexión constante con Dios, nos protegían de las tentaciones diabólicas y nos recordaban que, en cualquier momento, podíamos caer en el pecado.

Había que estar alerta y tener amuletos, como el rosario, siempre a mano.

Rezábamos unidos, como una familia unida, la comunión espiritual y el rosario, en los trayectos en coche.

Muchas personas creen que, cada vez que salta un escándalo de la institución a la opinión pública o alguien critica al grupo, es porque el diablo está «moviendo el rabo» (cita textual) o hay «ataques del demonio».

Solo una organización tan santa como el Opus Dei podría ser objeto de la ira del demonio y de los ataques de los anticatólicos.

Cada crítica de la sociedad es una prueba más de su perfección.

Cada vez que el micrófono del Padre, líder de la organización, falla en un acto público, alguien masculla «debe de ser el demonio» y cuando arreglan la megafonía sonríen aliviados convencidos de que Dios está con ellos luchando en la eterna batalla entre el bien y el mal.

Por el momento, a día de hoy, los únicos amuletos que llevo siempre conmigo son las compresas, la braga menstrual y la copa. Bendito progreso.