La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei El espantapájaros #2
21%

El espantapájaros #2

El espantapájaros se movía en el punto perfecto entre la comedia y el drama.

Además, ¿quién no quiere al espantapájaros?

Es un personaje que suscita lástima, pero siempre se puede contar con su apoyo.

Es un tontaina indefenso que busca su cerebro igual que yo solía buscar las gafas antes de ir a clase o preguntaba cosas que no debía preguntar.

Me encantaba el espantapájaros, con su barriga de paja, su jersey de granjero y su andar torcido.

Con una sonrisa de felicidad sincera, agradecí a la profesora de baile y a la directora del club que me dieran la oportunidad.

No las defraudaría. Sería el mejor espantapájaros.

Ensayamos durante meses, grabamos las canciones y, en mi cabeza, sonaba una y otra vez Over the Rainbow cantada por Judy Garland, con el mismo anhelo con el que yo deseaba vivir en otro mundo, más allá de Miranda de Ebro, donde la vida se pareciera un poco más a los musicales.

Vi la película de El Mago de Oz en VHS con las niñas del club y me convencí: era mucho mejor ser un espantapájaros divertido que una niñita sosa con falda y rostro angelical, por muy protagonista que fuera.

Como bien demostraba Ben el deshollinador, sin personajes secundarios no habría héroes ni aventuras.

Los secundarios son los que hacen posible la película.

Por fin llegó el día de la representación ante los padres y papá condujo la Nissan Vanette desde Miranda a Vitoria, escuchando el fútbol en la radio a todo volumen.

Perdía el Real Madrid y papá resoplaba. Irene y yo íbamos en los asientos de atrás, preparadas para la actuación.

Papá aparcó al lado del club, en una de las avenidas principales del centro de la ciudad.

Yo estaba hecha un manojo de nervios. Ultimamos los ensayos y nos dirigimos al espacio donde tendría lugar la obra.

Había un escenario de verdad, enorme, con un gran telón.

Era la primera vez que actuaba en una obra de verdad, con focos y butacas llenas de familias que habían reservado el día para venir a vernos.

Era real, era verdad, estaba pasando porque yo lo estaba viviendo, estaba ahí.

Y me encantó esa sensación: la adrenalina, la tensión de actuar en directo, de salir ante un público deseoso de entrar en un mundo de ficción, de aplaudir a sus hijas y de demostrar que el club era superguay.

Seguro que muchos padres indecisos acabarían apuntando a sus hijas al club después de aquella actuación y podríamos hacer muchos más musicales.

«Lo voy a hacer genial». No tenía dudas.

Tenía seguridad en mí misma, porque me había preparado muchísimo.

Cuando llegó mi turno, salí al escenario, dije mis frases, puse cara de tristeza cuando tocaba poner cara de tristeza, me tropecé cuando tocaba simular un tropiezo, escuché las risas de los niños, supliqué a Dorothy «solo quiero un cerebro» y di la mano a mis compañeras de reparto para el saludo final, incluida a mi hermana Irene, que interpretaba al Hombre de Hojalata sin corazón.

Sentí llover los aplausos. Todas saludamos por segunda vez, radiantes, entregadas a nuestro público.

Hacer playback usando la grabación con nuestras voces y las canciones de fondo fue una gran idea de las directoras: así era imposible equivocarse.

El mundo artificial de Oz era aún más artificial con aquella trampa para evitar errores.

No teníamos que hablar, bastaba con vocalizar lo que habíamos memorizado, poner la cara adecuada cuando correspondía, y ya.

Era una actuación sin voz. Era falso, pero parecía real, tenía truco, y el truco había surtido efecto.

Los padres eran conscientes, por supuesto, pero yo quería pensar que igual no se habían dado cuenta.

Quería creer que la grabación parecía tan real que había resultado imperceptible para ellos y que mi grandiosa actuación les había convencido.

Deseaba que nuestro artificio fuera tan parecido a la realidad que ni nuestros propios padres pudieran distinguirlo.

Así, igual que defendí aquella noche mi actuación, he defendido muchas veces después al Opus Dei: yo estoy aquí, yo lo estoy viendo, es maravilloso .

Yo misma no me daba cuenta de que había un casete por detrás, que Mary Poppins no volaba de verdad y que, aunque adoremos al Mago de Oz, este también puede tener un secreto inconfesable.

Estaba fusionada con la Obra de Dios, viviendo el musical, incapaz de saber qué percibían los otros y qué percibía yo.

Mi verdad era la única verdad. Bendita inocencia: era imposible arrebatarme aquella felicidad y yo no quería soltarla.

No había sensación comparable a la de actuar en un escenario, esa mezcla extraña entre ser yo misma, usando mi cuerpo, mi cara y mis brazos, y ser otra al mismo tiempo.

Construir una ficción entre todas, bajo la batuta de la directora y la profesora de baile, con la complicidad de los padres que sonreían y aplaudían en la oscuridad de los asientos.

Tenía la oportunidad de vivir una fantasía en mi propia piel, como si estuviera dentro de una película.

Era como atravesar el cuadro de la carrera de caballos en el parque de Mary Poppins o dejarse arrastrar por el huracán de Kansas, que te llevaba a otro sitio más feliz, lleno de color.

Actuar siempre. Bailar, cantar, hacer playback.

Repetir. Ensayar. Repetir y repetir y repetir hasta el show final, ante los espectadores: mi familia y Dios, que todo lo ve.

Quizá jamás tendría que bajar del escenario, quizá la vida pudiera ser eso, si queríamos que lo fuera, nos poníamos de acuerdo y no se rompía la ficción.

Bastaba con tener directoras, padres que lleven a sus hijas al club, niñas que quieran ser buenas.

El teatro a nuestra disposición. Actuar sin límites, con el público aplaudiendo llevado por el frenesí de la fantasía que se vuelve real ante nuestros ojos por un milagro divino.

Ser niños para siempre, para siempre, para siempre.

No salir del estado de felicidad construida y negar el constructo, el disfraz, las máscaras y el cartón piedra del decorado.

En primera fila, la directora del club aplaudía como la que más.

Detrás de bambalinas, la profesora de baile nos felicitaba mientras nos desmaquillaba, consciente de que la función había terminado, como si fuera rutinario.

«Buen trabajo, chicas». Pero yo no quería irme, no podía limpiarme el maquillaje y volver a mi realidad.

Necesitaba más, esa máscara sutil adherida a mi cara.

Actuar era la mejor sensación del mundo, y me permitía viajar gratis a otros universos.

Nunca volvimos a hacer un musical, pero la posibilidad de que sucediera, la esperanza de que pudiera repetirse, permaneció conmigo.

Entonces deseé que existiera la tecla de REW en la vida real. Quería apretarla con todas mis fuerzas, pero no había mago, ni padre, ni santo, capaz de obrar ese milagro.