El espantapájaros
El espantapájaros
Si me hubieras preguntado con ocho o nueve años cuáles eran mis objetos favoritos de la casa, hubiera contestado sin dudar:
la cámara de vídeo que nos regaló la amiga de mamá (la misma amiga que traía ropa de bolsa).
una radio de juguete que grababa casetes y que usaba para hacer entrevistas.
el reproductor de VHS.
Las películas de VHS de Disney eran caras, así que teníamos una versión de marca blanca de La Cenicienta y Un cuento de Navidad donde no salían ni Mickey ni ratones ni nada que se le pareciera.
No vi la versión original de La Bella y la Bestia hasta segundo de carrera, y siempre he pensado que las princesas Disney eran unas pijas y un rollo.
Ser una princesa, en mi casa, estaba muy mal visto, porque era sinónimo de superficialidad y vanidad femenina.
Eso de los vestidos y el maquillaje era para niñas que solo quieren llamar la atención.
Era mejor ser lista, sacar buenas notas y trabajar mucho.
Así se lo repetía una y otra vez a mi hermana Irene, la pequeña.
Por eso, mis personajes favoritos eran Matilda y Mary Poppins.
Grabé Mary Poppins en la televisión una tarde de domingo y, cada vez que llegaba del colegio, la ponía en el reproductor, pasaba los anuncios presionando con ansiedad la tecla FF del mando e iba memorizando los diálogos.
Si no encontraba el mando, me arrodillaba frente al reproductor, mirando de reojo la pantalla llena de rayas con el dedo pegado a la tecla del vídeo para no pasarme ni un segundo después de los anuncios.
A veces, paraba la película, sacaba un cuaderno de tapas azules y apuntaba los diálogos que me gustaban, para luego poder leerlos cuando quisiera.
Mi objetivo era aprenderme la película entera, de memoria, con las canciones y los bailes incluidos.
Cada escena, con cada personaje y situación, me suscitaba nuevas preguntas como por qué Mary Poppins hablaba español si vivía en Londres, si era posible que existiera un mundo de dibujos animados en medio de nuestro mundo de personas reales, dónde estaba Londres y si viviría yo alguna vez en una de esas casas unifamiliares con jardín y techo a dos aguas.
Había una pregunta más secreta y sutil que empezaba a hacerme desde que iba sola al colegio, una pregunta que me parecía prohibida y pecaminosa, tanto que ni siquiera me atrevería a compartirla con el sacerdote: ¿conocería yo algún día a un deshollinador que caminara con sus instrumentos a cuestas, como Ben, mi personaje favorito de la película?
, ¿se enamoraría Ben de mí (como yo estaba enamorada de él en secreto)?
, ¿tendría que renunciar al amor de Ben diciendo, con una mezcla de tristeza y autosatisfacción: «Ben, debo ayudar a otros niños que me necesitan.
Nuestro amor es imposible. Tengo una misión encomendada desde la eternidad»?
Entonces me iría volando con mi paraguas-loro hasta aterrizar en una nube dejando a Ben boquiabierto y con el corazón roto, como hice con David, como haría mi ídolo Mary Poppins.
Mary Poppins es la mejor, y lo sabe. Ella misma lo dice cuando saca su cinta de medir: «Prácticamente perfecta en todo».
Yo esperaba que, algún día mi cinta de medir, mi Dios amado, pudiera decir lo mismo de mí.
Yo no podía decirlo de mí misma (eso era soberbia) pero quizá Santi, mi Ángel de la Guarda, lo pudiera decir en mi lugar.
El cielo debía ser muy parecido a uno de esos cuadros donde saltan los niños de la familia Banks para ir a la carrera de caballos.
El cielo debía ser un sitio donde te lo pasas genial y la gente canta y baila en sus cuerpos gloriosos resucitados y dice palabras especiales que tienen efectos mágicos y que el resto no entiende, como «supercalifragilisticoespialidoso» o «transubstanciación».
Me encantaba Mary Poppins en particular y los musicales en general.
Por eso, cuando en el club nos dijeron que íbamos a representar El Mago de Oz fui la primera en apuntarme.
Organizaron un casting para seleccionar a las actrices y decidir qué personajes interpretaríamos.
Éramos muy pocas niñas, unas quince o veinte como mucho, y la mayoría eran más pequeñas que yo, así que tenía muchas opciones de que me eligieran para un papel con bastante texto y protagonismo.
Había que preparar un fragmento de diálogo y hacer una coreografía que supervisaba la profesora de baile.
La profesora de baile del club no pertenecía a la organización, estaba claro nada más verla: iba siempre en chándal y usaba tops apretados que se transparentaban debajo de la camiseta blanca.
Aquella profesora era lo más cerca que yo había estado nunca de la Spice Girl deportista.
Supongo que no había muchas numerarias que supieran bailar bien, ya que salir de fiesta y participar en espectáculos está prohibido para los miembros célibes de la organización.
La numeraria-Mel-C no existía. En un rango imaginario entre las Spice Girls y Matilda, había más posibilidades de encontrar una numeraria-Trunchbull que una numeraria haciendo el espagat.
Como el reclamo de la actividad de baile (reformulado como «sketch musical») era muy atractivo para las adolescentes, el club necesitaba externalizar ciertas actividades más mundanas.
La profesora de baile llamaba mi atención por su forma de vestir.
El pantalón de deporte que usaba no era como el pantalón de chándal de Fruit of the Loom típico de las numes .
A la profesora, el pantalón le quedaba ajustado en la cadera.
Cuando hacía giros y curvas sinuosas, mientras marcaba con tono marcial, «uno, dos, tres, cadera a la izquierda, chicas, y ahora paso adelante, paso atrás, y vuelta…
», yo no podía dejar de mirarle el culo.
En especial, después de que una amiga a la que invité un día al club me dijera que a la profe de baile se le transparentaba el tanga.
Tanga. Menuda palabra. Mi amiga vino al club, dijo eso y no volvió.
Veni, vidi, vici. Me dejó a solas ante el abismo de la palabra «tanga».
Me sonaba al Tang de naranja o al de limón.
Además de la fe, la comida y la televisión eran mis grandes ejes de comprensión del mundo.
Por supuesto, yo entonces no sabía lo que era un tanga y nunca había visto uno, pero desde que mi amiga me lo explicó, el top ya no me parecía tan escandaloso y trataba de comprobar si era cierto o no el asunto.
Una parte de mí se resistía a creer que de verdad existían los tangas, en un acto de negacionismo, mientras que otra parte daba vueltas a la moralidad del tanga, si las monitoras llevasen tanga, qué pensaría Josemaría Escrivá de los tangas y por qué una persona querría llevar una braga tan pequeña.
Estas preguntas sin resolver, junto a tantas otras de gran profundidad, quedaron eclipsadas cuando anunciaron el casting para el musical.
Mi única obsesión entonces fue saber si me elegirían para actuar en El Mago de Oz.
Dejé de escudriñar el culo de la profesora como si fuera un planeta que flota en la Vía Láctea donde todos vagamos cuestionando el sentido de la existencia y, en su lugar, decidí enfocar mis energías en el casting para el musical.
Era la mejor actividad que se había propuesto en el club en mucho mucho tiempo.
Terminé mi coreografía en postura agachada, con una mano en el suelo y mirando al frente, con un hilo de sudor corriendo por la espalda, segura de mí misma, esbozando la sonrisa enorme con la que debíamos acabar nuestras actuaciones en público, con la respiración entrecortada por la excitación y el asma, y las gafas resbalando hasta la punta de la nariz.
«No te va bien hacer deporte en sitios cerrados», diría mamá.
Pero El Mago de Oz bien merecía la pena un poco de asma.
Estaba convencida de que me había ganado un papel importante.
Me lo había currado. Además, en el club, no importaba tanto si se te daba bien una habilidad o no, sino si eras una niña que iba con frecuencia a las actividades o que se esforzaba mucho.
Cuando hacían sorteos, todas sabíamos que les iba a tocar a las niñas que habían ido al club por primera vez, por ejemplo, solo porque eran nuevas.
Así, volverían contentas a casa y pedirían a sus padres volver más veces al club. Se animarían a volver.
Todas las niñas veíamos la estrategia y la aceptábamos, porque fuimos las nuevas algún día y era parte del pacto para que vinieran más niñas a las actividades.
Si no, solo íbamos cuatro gatos al club y así era imposible organizar planes tan chulos como los musicales.
Había que ingeniárselas para ser más, atraer más niñas, siempre.
En mi caso, sabían que si yo estaba dentro del musical, me implicaría al máximo.
Nadie deseaba actuar tanto como yo, así que tenía esperanzas de conseguir un buen papel.
Si me esforzaba, me lo darían. Era así de simple.
Me tocó ser el espantapájaros. No desprendía la dulzura de Judy Garland y mis medidas de niña gordita en plena fase de desarrollo tampoco encajaban con las características necesarias para ser Dorothy.
En cambio, era perfecta para representar al buen amigo, leal y bobalicón de la protagonista.
Un personaje parecido a un payaso, que se tropieza cuando baila, que no sabe mantenerse en pie si no tiene un palo metido por la espalda, que está lleno de paja y teme al fuego, a cualquier chispita que le pueda hacer arder su armazón blando y débil en cuestión de segundos.