Los otros padres
Los otros padres
Hace dos días que ha fallecido el papa Francisco.
Enciendo la televisión y los noticiarios no paran de hablar del tema, me escriben exmiembros del Opus Dei para saber qué pasará con los nuevos estatutos pendientes de aprobación.
Francisco ha recortado poder a la institución y, ahora que se ha muerto, el trabajo ha quedado a medio hacer.
Bad timing . Al fundador de la organización le sucedieron otros prelados, llamados genéricamente «el Padre», que continúan su liderazgo y se aseguran de que el espíritu siga intacto, de que las estrategias gatopardianas garanticen que todo cambia para que todo siga igual.
La sensación entre muchos exmiembros y críticos del Opus Dei es que son intocables, y Francisco ha dado esperanzas de que eso no sea así al limitar el poder de la organización.
La muerte de Francisco levanta dudas sobre el futuro de la Obra.
Veo los rostros de los fieles en San Pedro, las monjas rezando ante el Gemelli en las noticias.
Mi novio, aún en calzoncillos, cruza frente al televisor.
—¡Aparta, cariño! No me dejas ver. —Doy un sorbo al café, que se está quedando frío.
—Marina, ya se ha muerto. Ya está. No creo que resucite en directo.
Recuerdo cuando murió Juan Pablo II. Lloré y recé arrodillada ante el televisor, con el corazón desgarrado.
En parte, me da pena no sentir nada ahora.
Es como si se muriera el abuelo de una familia que no es la tuya pero que un día sentiste cercana.
El bisabuelo de un ex de hace quince años.
Aunque sea por quedar bien y por aparentar, me gustaría sentir tristeza, pero no.
Solo siento inquietud y me pregunto qué va a pasar ahora con los miembros que siguen dentro de la organización.
Juan Pablo II era muy querido en el Opus Dei porque fue el pontífice que les dio la estructura jurídica, en un régimen particular llamado prelatura , y eso es lo que Francisco ahora ha deshecho.
Gracias a este papa, la Obra no tenía demasiada supervisión; podía hacer y deshacer, sin rendir cuentas a nadie.
Además, Juan Pablo II fue el responsable de la canonización de Escrivá, el fundador, cuyas fotos inundaban mi casa de Miranda.
Sí, lloré mucho cuando se murió Juan-Pablo-Segundo-te-quiere-todo-el-mundo.
Cumplí trece años exactos el día de la canonización de Escrivá, en la plaza del Vaticano: era el 6 de octubre de 2002.
Que la fecha de canonización coincidiera con mi cumpleaños era una señal inequívoca de que debía ir a Roma, al corazón de la Iglesia católica, para celebrar la santificación de uno de los hombres de los que más había oído hablar en mi vida.
Había oído hablar de él más aún que de Aznar y Bush, y eso era mucho decir.
Incluso había visto películas de dibujos animados sobre su vida santa y perfecta.
En el club había cómics y tebeos. Sentía verdadera devoción por los líderes de la organización, los sacerdotes con alzacuellos y los papas anticomunistas.
Así que me planté en Roma de la mano de mi hermana Marta, que ya había estado antes en la Ciudad Eterna y cuya visita al pontífice había quedado inmortalizada en una foto de la que mi madre hizo mil copias que repartió a toda la familia.
Viajamos en autobús con varias niñas del club de Vitoria y de otros clubes de ciudades cercanas.
Recorrimos el camino desde Bilbao hasta Roma en un autocar repleto de adolescentes mayores que yo y numerarias que se las ingeniaban para dormir unas horas y organizar el viaje.
Los conductores se turnaban cada cuatro horas, se veían obligados a hacer paradas para que fuéramos a misa y bajaban el volumen de la radio del autobús cuando rezábamos el ángelus a las doce.
En el camino de ida a Roma, me vino la regla.
Por suerte no era la primera vez, pero quizá fuera la segunda o la tercera.
Aún no estaba muy ducha en el arte de la compresa y me agobié.
Me daba la sensación de que ninguna otra chica en ese autobús tenía la regla o, si la tenían, la llevaban con mucha elegancia.
Mis reglas eran abundantes, incómodas, problemáticas: nunca tenía suficientes compresas, necesitaba ponerme dos juntas en forma de pañal y, aun así, manchaba el pantalón, se traspasaba al asiento y las gotas se escurrían por el interior del muslo.
Trataba de que no se me notara, pero miraba mi entrepierna de manera obsesiva para detectar cualquier manchita minúscula que pudiera delatar mi menstruación.
Me preocupaba tanto que lo hacía incluso los días en que no estaba con la regla.
Esta podía aparecer en cualquier momento, como una numeraria invitándote a un superplan de fin de semana.
«Marta, necesito ir al baño, por favor».
Qué vergüenza. En la siguiente parada, en la ciudad de Pisa, fuimos a un baño.
Tardé bastante, tardé mucho. Tardé tanto que mi hermana dijo al resto de chicas que fueran al autobús sin nosotras.
Intentamos volver a toda prisa y mientras recorríamos las calles de noche buscando el autobús, yo solo podía pensar: «Maldita regla.
¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Por qué los chicos no tienen la regla?
», volviendo al sentimiento de indefensión, complot cósmico y angustia existencial que me acompañaría durante los días de la regla del resto de mi vida.
Pero no era momento de hacer dramas sino de encontrar soluciones.
Mi hermana no dejaba de andar, desesperada, buscando el autobús.
Yo estaba a punto de cumplir trece años, así que Marta tenía veintitrés.
Siempre hay que calcular así las edades en las familias numerosas: en función de tu posición respecto a tus hermanos, porque sois tantos que llega un momento en el que solo tú misma puedes ser el punto de referencia si quieres sacar alguna conclusión en claro.
Menos mal que tenía una hermana mayor. Estaba perdida pero no estaba sola.
Marta encontró a un grupo de españoles que viajaban en autobús.
Me sorprendió mucho que viajaran chicos y chicas juntos.
Nosotras éramos solo chicas porque en el Opus no se hacen actividades mixtas.
Me sorprendió porque iban a Roma. Empecé a sospechar que igual no todos los seguidores de Escrivá se dividían en hombres y mujeres, sino que algunos hacían planes mixtos, pero era un mal momento para hacer preguntas a Marta, que acababa de conseguir un teléfono móvil y estaba llamando a la directora, con una cara que me resultaba familiar.
Hay otra cosa que también aprendes pronto en una familia numerosa: cuándo toca no hacer preguntas porque se avecina una bronca.
El autobús vino a recogernos y Marta, con una sonrisa, devolvió el teléfono móvil a los españoles que nos habían echado una mano.
Subió furibunda al autobús. Se enfadó con la directora bajo la mirada de todas las adolescentes con pendientes de perlas.
En el Opus Dei no es habitual ver a gente enfadada, y mucho menos con la directora, pero para mí no era tan raro ver a Marta hecha una furia.
Aún no sabía que enfadarse está mal visto entre las mujeres de la Obra.
El contraste entre mi hermana y las numerarias sonrientes e impasibles era evidente.
«No eches más leña al fuego», susurró la directora a mi hermana, y me pareció que era una respuesta muy poco adecuada después de que hubiéramos estado perdidas un buen rato, en mitad de la noche.
«No le hables así a mi hermana», quise decir, pero me quedé cortada.
En el fondo, había sido culpa mía, o de la regla.
Si no llega a ser por Marta, me hubiera quedado sola sangrando en una gasolinera a las afueras de Pisa.
A nuestra llegada a Roma, nos esperaba el camping Fabulous.
Ironías de la vida. Cómo olvidar las tiendas de campaña minúsculas para tres personas y aquella lluvia que las inundó la primera noche.
Cómo olvidar a todas las niñas con polos de Ralph Lauren (que yo veía por primera vez) corriendo de lado a lado, llorando y gimiendo «esto es horrible», «quiero hablar con mi padre».
No habíamos pensado en cavar una zanja, tampoco los organizadores del camping.
Unas pocas privilegiadas dormían en bungalows, así que nos alojaron en las casitas enanas, donde todas dormimos apiñadas.
Me enfundé mi sudadera negra de Quiksilver de imitación y coloqué el Ventolín en la Volumatic de 750 ml, una especie de cámara de plástico con dos piezas donde tenía que poner el inhalador en un extremo, apretar, aspirar el aire dentro de la cápsula y aguantar unos segundos hasta que la medicina llegara a los alveolos de mis pulmones para hacerlos grandes grandes, como me había explicado el doctor.
Dentro del bungalow, sin embargo, a pesar de haber hecho las pulsaciones de Ventolín como todas las noches, me ahogaba.
Como había poco espacio, me tocó dormir debajo de un somier.
Me asfixiaba. Pero ¿qué era un poco de asma comparado con la emoción de estar en Roma?
Era mi primera vez fuera de España y estaba lista para presenciar cómo iban a hacer santo —¡santo!
— a Josemaría Escrivá. Ninguna crisis respiratoria ni menstruación inesperada me impedirían disfrutar de tal evento.
La Iglesia estaba confirmando ante mis ojos que lo que había hecho y dicho Escrivá era digno de un santo que estaba en el cielo.
Así estábamos: emocionados, viendo in situ cómo Juan Pablo II ponía el sello definitivo.
Nuestra fe, nuestra organización, era verdadera y nuestro líder era un santo.
El Opus Dei era lo más. Yo aún no pensaba en incorporarme, ni sabía en qué consistía hacerse miembro ni cómo vivían en su día a día, pero ya era consciente de que era una idea buenísima y que Escrivá era genial.
Además, igual que la resurrección de Jesús nos permitía comer pinchos los domingos, los acontecimientos religiosos eran la única excusa con la que papá y mamá me dejarían cumplir mi sueño de viajar por el mundo.
Cuando Juan Pablo II pasó con su papamóvil entre las hileras de fieles en la plaza de San Pedro, como yo había visto hacer a los reponedores del Lidl en un cochecito entre los estantes del supermercado, me quedé en shock.
Casi le rozo con la punta de los dedos. Me temblaba la mano y no fui capaz de hacer una foto con mi cámara de carrete.
Era como ver a mi cantante favorito, a mi estrella del rock: el representante de Dios en la tierra.
El ranking era: Dios, Juan Pablo II, Escrivá.
Y sospechaba que Escrivá podía estar un poco por encima del papa, casi a la altura de Dios, aunque las directoras no se atrevieran a decirlo en alto.
Guau. Yo nunca había estado en un concierto ni había visto a un famoso, y ahora, como si nada, acababa de ver al papa delante de mis narices.
Me sentí bendecida. Con Santi y Dios de mi lado, podría viajar a cualquier parte del mundo.
No era la única que estaba exultante. A mi lado, la directora que había dicho «no eches leña al fuego» a mi hermana estaba al borde de las lágrimas.
La gente gritaba, aplaudía, reía. No era como en los conciertos de Justin Bieber donde ves a las madres resignadas, en plan «cosas de crías, ya se les pasará».
No. Era real. Los adultos estaban más emocionados que yo y jaleaban a los niños.
Esto era fuerte de verdad, el milagro de la santidad había llegado a Escrivá.
No era una opinión ni un debate, sino que por fin había un certificado oficial con sello del Vaticano y por eso todo el mundo lo debía creer hasta la médula.
Yo estuve ahí. Yo lo vi. Vi cómo se convertía en santo in real time .