There is no place like home
There is no place like home
En el colegio público hay una niña pobre que tiene piojos y es adoptada, o está en acogida, o no tiene padres.
Mamá me lo explica, pero no lo entiendo.
El caso es que tengo que ser buena con ella y ayudarla en lo que pueda.
Es una niña muy maja pero siempre está sola en el patio, por el tema de los piojos, así que suelo buscarla con la mirada y me la encuentro con su hermano pequeño, que no se separa de ella en los dos recreos.
Sé detectar quién está solo y necesita compañía.
Quizá porque yo me siento a veces un poco sola o porque una de mis destrezas de personaje es hacer que la gente que está triste sonría un poco.
Aunque todas mis amigas del colegio son simpáticas y me lo paso genial con ellas, hay una distancia, una sensación de irrealidad, una línea que separa nuestras vidas.
Yo tengo un secreto y no sé si puedo contárselo.
Lo intento, pero sospecho que no lo entenderían.
La niña que no tiene padres tiene secretos, como yo.
Me atraen los niños con secretos, misterios profundos que no nos contamos entre nosotros pero que hacen que nos entendamos, que vivamos al otro lado del espejo.
Quizá, como con los piojos, los demás saben mi secreto aunque no lo digan, pero ¿cuánto saben?
, ¿saben todo o solo una parte?, ¿intuyen que hay algo raro en mí o tienen toda la información?
Ni los adultos, ni los profesores, ni los otros niños, quieren asomarse a ese océano profundo y complejo de los secretos infantiles, de sus tabúes y de su aislamiento.
Pienso que lo que a mí me pasa no le sucede a nadie más, y que el mundo no lo comprendería.
En mi caso, lo que no he dicho es que tengo un Ángel de la Guarda.
Se llama Santiago, pero yo le llamo Santi y hablo con él cada día, cada segundo.
No es un amigo invisible, porque los amigos invisibles no existen.
El Ángel de la Guarda sí. El sacerdote y la numeraria del club me dicen que debo hablar con él, y me enseñan oraciones al Ángel de la Guarda.
No es un ángel genérico, sino que es mi ángel, mío, solo para mí.
Me sigue, me acompaña, ve lo que hago y toma notas para declarar en mi favor cuando me enfrente cara a cara con Dios en el juicio final.
Sé que todas las personas tienen un ángel, pero no todas hablan con él.
Mi secreto es supersecreto, es casi como tener poderes mágicos, porque hay alguien siempre ahí conmigo, a mi lado.
Nunca estoy sola. No puedo sentirme sola ni triste porque Santi está conmigo.
Pido cosas al Ángel de la Guarda sin parar: estudiar mejor, concentrarme más, le pido algún pequeño milagro, como, por ejemplo, que se ponga el semáforo en verde para poder cruzar rápido cuando llego tarde a clase, o que papá encuentre un sitio para aparcar la Vanette y así no se enfade ni grite porque llegamos tarde a misa o a la romería de las familias del club.
Santi está siempre conmigo, hablo con él cuando estoy en clase.
Le digo: «Santi, cuida de la niña que no tiene padres», o «Santi, ayúdame con este ejercicio de Matemáticas».
Aun así suspendo Matemáticas, pero no es culpa de Santi, claro, es culpa mía.
Santi me ayuda. Yo tengo que esforzarme más.
La profesora de Inglés a veces me riñe porque estoy distraída mirando por la ventana, pero yo no puedo explicarle que estoy hablando con Santi.
Ella no me entendería. Los adultos no entienden la fe de los niños.
Es demasiado complicado explicarle a la profesora que los milagros y los ángeles existen, existen de verdad y suceden en el día a día, en las pequeñas cosas.
No son grandes milagros, como tener una visión de Jesús (aunque me encantaría), sino que son pequeños milagros como no ahogarme en clase de Gimnasia corriendo por el patio.
La vida es el primer milagro divino y el más cotidiano, por eso —me recuerdan en el club— el aborto es un crimen atroz y un pecado que se paga con las penas del infierno.
A veces no me doy cuenta y me olvido de Santi porque estoy jugando con los chicos al fútbol.
Me encanta jugar con los chicos y me encanta el fútbol.
Antes de volver a casa, mi hermano Raúl y su amigo David me enseñan a chutar la pelota con el empeine, girando el tobillo y golpeando con la parte delantera.
Practico mucho y me sale bien. David, Raúl y yo siempre vamos y volvemos juntos del colegio.
Un tiempo después de enseñarme a hacer pases con el empeine, Raúl se va al seminario menor, como alumno interno, para ser sacerdote.
Tiene once años y aunque me da pena que se vaya, mamá me explica que Dios le ha elegido.
El personaje de rol de Raúl tiene un don tan tan grande que tenemos que estar contentos.
Ser sacerdote es una suerte, papá y mamá están exultantes.
Pregunto a mamá si yo puedo ser sacerdote, pero me dice que no, porque ser sacerdote es solo para los chicos.
Ser chica significa que no puedes ni estar tumbada en el sofá cuando es la hora de comer ni predicar en el púlpito.
Una lástima. «¿Entonces puedo ser monja?
», sigo preguntando a mamá. «Si quieres, sí —responde mamá—, pero tendrías que esperar un poco».
Claro, Raúl ya es mayor, tiene once años.
Quizá dentro de tres años yo pueda irme de casa y estar siempre con Santi, Jesús y la Virgen.
La vida de monja me parece un poco aburrida, prefiero estar con mis amigos de clase y sueño con recorrer el mundo. Me lo pensaré un poco mejor.
David, el amigo de Raúl, sigue pasando por casa para buscarme cada mañana y llevarme al colegio.
El colegio está lejos, pero como es público nos sale gratis.
Por suerte Dios nos ha dado un par de piernas fuertes.
El camino se hace largo, aunque con David es mejor.
David es alto y rubio, tiene once años y me escucha, creo que no le parezco una pesada.
Además, su madre trabaja en una pastelería cerca de la biblioteca y, cuando paso por delante, siempre me da un dulce.
Eso me anima a pasar muchas veces, y además me encanta ir a la biblioteca.
Como cualquier niña, no sé diferenciar si es que su madre es muy simpática o si es que me gustan mucho los dulces.
Sería como intentar descifrar si una numeraria de treinta años es mi amiga de verdad o solo soy parte de su trabajo vocacional.
Para los niños, solo hay tres tipos de adultos: los que te dan cosas, los que te quitan cosas y los que te son indiferentes.
La madre de David es una adulta que me da chuches y las numerarias, las pautas para llegar a la salvación eterna. Son igual de buenas.
A medida que pasan los días, me carcome pensar que cuando estoy con David, me olvido de Santi y me olvido de que Raúl no está.
Cuando me divierto, o juego o charlo, no hablo con mi ángel.
Luego me siento mal, como si le hubiera sustituido, como si hubiera fallado por no estar siempre pensando en Dios.
Es difícil vivir con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.
Algo se empieza a desgarrar dentro de mí y tendré que tomar decisiones.
Es un martes o un jueves cualquiera, papá me pone la bata de cuadros encima de la ropa.
Ya estoy lista para ir al colegio, pero no encuentro mis gafas.
Siempre pierdo las gafas por la mañana y, como estoy cegata, las busco a tientas.
Meto el Pulmicort, el Ventolín y el Flixotide en la mochila, por si acaso.
Me miro al espejo y me veo un poco gorda.
Mamá dice que es por la medicación, que no estoy gorda, sino que estoy «hinchada» por los corticoides.
El año pasado estuve unos meses sin comer pan, con un objetivo: poder reutilizar el vestido de la prima María para hacer la comunión.
Yo quería hacer la comunión con pantalones vaqueros o con chándal, pero no me dejaron.
Los niños sí pueden ir con pantalón, pero las niñas no.
Las niñas hacen la comunión con vestido, y no iban a comprar uno nuevo para mí solo porque odiaba las faldas.
Tenía que adelgazar para entrar en el vestido de prima María.
Lo conseguí. Suelo conseguir lo que me propongo.
La fuerza de voluntad puede hacer que ahorres mucho dinero y que alcances tus objetivos.
El día de la comunión mis tíos me regalaron una minicadena con reproductor de CD que me encantó, aunque seguí sin saber por qué no podía ir en chándal a comulgar.
Hay normas que se deben aceptar, y punto.
Si pasas por el aro, puedes llevarte un regalo. Vale más estar agradecida.
Lo que no consigo es encontrar mis malditas gafas, justo antes de que empiecen las clases.
Inspecciono el baño, pero necesito ayuda, no veo más que manchas borrosas.
Lanzo el grito que pondrá a todo el mundo en alerta: «¡¿Alguien ha visto mis gafas?
!». Mamá resopla. Papá pregunta irritado: «¿Son estas?
». Niego con la cabeza: «Esas son de Diego».
Mi hermana Irene busca. Mi hermano Diego busca.
Mi hermano Raúl ya no vive en casa. Las gafas no aparecen, papá tiene que ir al trabajo, Diego al instituto.
Suena el timbre y me desespero. Es David, que viene a buscarme para ir juntos al cole.
«David, no estoy preparada para salir. Vete sin mí».
Hago una pausa. Estoy a punto de tomar una decisión drástica.
No puedo explicar los motivos, porque yo misma tampoco los tengo demasiado claros, solo sé que cuando estoy con David, me alejo de Santi, y que estoy muy enfadada conmigo misma porque soy un desastre y los demás llegan tarde por mi culpa, porque me despisto y no estoy pendiente de las cosas importantes.
Hay una bola dentro de mí que se deshará en un momento, si tomo decisiones, si cambio mi vida y elimino elementos distractores: «David, no hace falta que vengas a buscarme más.
A partir de ahora, iré sola al colegio».
Cuelgo el telefonillo, enfadada. No estoy enfadada con David, pero estoy enfadada y me doy cuenta de que cortar y arrancar lo que me molesta me hace más fuerte, más libre e independiente.
Cuando me giro, veo la mirada sorprendida de mamá, con mis gafas en la mano.
—Gracias, mamá, ya puedo irme.
Cojo mi mochila y voy sola al colegio. Con Santi de mi lado tengo lo que necesito. Somos un equipo. Solo Dios basta.