El club
El club
Papá conduce la Nissan Vanette roja, mamá va en el asiento del copiloto y detrás estamos Irene y yo, sentadas sin hablar en la primera fila de asientos.
Es de noche. El trayecto de Vitoria a Miranda es de unos veinte minutos, pero se hace eterno.
Observo hipnotizada las gotas que resbalan por la ventanilla haciendo carreras para acabar desapareciendo.
A lo lejos, veo un fulgor rosa de neón, una llamarada fucsia que brilla en la oscuridad.
Supongo que así deben de comenzar las apariciones de la Virgen a los niños pobres.
Tengo seis o siete años, miopía y astigmatismo, así que me ajusto las gafas redondas atadas con una cuerdecita en la nuca y fuerzo la vista.
La luz va tomando forma. ¡Son letras! Mamá me enseñó a leer en el hospital cuando tenía cuatro años y estaba ingresada con neumonía por tercera vez.
Estuve quince días tumbada, con el gotero enchufado por vía intravenosa y no paraba de pedir cuentos, así que mamá, cansada de mi insistencia, decidió enseñarme a leer.
Desde entonces, leo lo que encuentro, incluido un grafiti enfrente de casa que decía «Felipe miente, PSOE chorizos», anécdota que a papá le hizo mucha gracia y, por qué ocultarlo, un poco de ilusión.
Ahora uso mi don de lectura precoz en cualquier circunstancia.
Agudizo la vista a través del cristal de la ventana y las ráfagas de lluvia, deseosa de saber qué o quién emite esa luz.
Las grandes letras rosas color flúor se van desvelando ante mí.
Deletreo: la C con la L, la L con la U, la U con la B.
Club. ¡Pone «club»! Era la primera vez que veía escrita la palabra club con letras tan grandes.
Pero ese club… parece diferente. No es como el club de Vitoria, el centro del Opus Dei donde van las niñas a pasar el rato, la asociación que dirigen las numerarias y donde hemos estado ese mismo día haciendo una yincana y rezando un ratito en el oratorio.
La palabra «Club» en color rosa se ve desde cualquier punto de la carretera, incluso en las noches de lluvia, porque resplandece.
En cambio, en el club de Vitoria no hay letras, ni carteles, ni luces que lo señalen.
Solo yo sé que hay un club ahí, y mis padres, y las niñas que van, pero nadie más.
Es un club secreto si lo comparamos con el club de carretera.
Al lado de las grandes letras de color, me sorprende aún más ver la silueta de una chica tumbada, descansando y tomando lo que parece ser un refresco con una sombrilla.
La intriga me corroe. Necesito explicaciones y las necesito ya.
Pregunto a mis padres si ese club es como el club de Vitoria, porque la palabra es la misma, pero parece un lugar distinto.
Si es un club, ¿por qué el club de Vitoria no tiene ninguna señal ni símbolo externo, ni cartel ni chica tumbada, por qué no queda claro que es un club?
Antes de dejar que mis padres respondan, me lanzo a soltar argumentos y posibles explicaciones, costumbre que seguiré replicando en mi vida adulta: preguntar y responderme a mí misma.
«Si la gente no sabe que el club de Vitoria es un club, ¿cómo van a ir más niñas?
», argumento. Cojo carrerilla y sigo diciendo, emocionada, que si el club de Vitoria tuviera grandes luces de neón rosas, seguro que los padres podrían apuntar a sus hijas para que hagan actividades divertidas.
«Así todos irán al cielo. No solo las niñas, también sus padres.
El club estaría lleno de gente. ¿Verdad, mamá? ».
Papá sigue conduciendo con la mirada al frente.
Está serio y parece aliviado de que yo haya dirigido mi pregunta final a mamá.
Insisto: «¿Verdad, mamá, verdad?», Mamá comprueba si Irene está escuchando, pero mi hermana se ha quedado dormida en cuanto he abierto la boca.
«No es lo mismo, Marina. Es un club diferente».
Y así zanja la conversación. ¿Qué significa diferente?
¿Por qué no da explicaciones? Tendré que inventarme una historia.
Las numerarias del club me animaban a rezar por aquellas niñas que no habían tenido la oportunidad de tener una «buena formación como la nuestra» y me enseñaban que cruzar las piernas al sentarse en la capilla es un detalle que demuestra falta de respeto a Dios.
Como yo era obediente y me llevaba muy bien con mis compañeras de clase, me preguntaban si alguna amiguita del cole no querría venir a las actividades del club y aprender ese tipo de cosas, para amar mejor a Jesús, nuestro amigo.
«Animar» es una palabra que se usa en la organización como sinónimo de invitar, presionar, insistir, convencer.
«¡Anímate!» es un mantra que se utiliza tanto cuando estás en depresión clínica como cuando no te apetece ir a un plan al que te invitan por decimoctava vez.
Entonces, yo iba a clase e invitaba a mis amigas del colegio público de Miranda.
Alguna se animó a venir a clases de cocina algún viernes o a mi celebración de cumpleaños.
Una vez nos dejaron saltar encima de las butacas y nos reímos mucho, pero mis amigas veían que solo iban chicas al club, que aquellas «actividades superchulas» acababan en una charla de formación católica y se percataban de lo sosas que eran las numerarias en comparación con su otro mundo, así que dejaban de venir.
Puede sonar extraño, pero a las niñas de los 2000 de Miranda de Ebro no les atraía en absoluto pasar su fin de semana jugando a la casa del terror con un puñado de numerarias.
Seguro que con trece o catorce años alguna de mis amigas perdió la virginidad mientras yo horneaba galletas un viernes. Dos universos en un mismo mundo.
La numeraria te anima a que animes a tus amigas a que vayan al club y te anima a rezar más, luchar más, esforzarte más y apuntar tus pecados de niña en una libreta.
Las numerarias y los sacerdotes hablan en susurros que hipnotizan.
El tono persuasivo característico y las expresiones de su jerga propia —«es conveniente», «rézalo», «pásalo por la oración», «haz pequeños propósitos»— se pegan a la piel.
Apunto todo en un cuaderno de anillas, para no perderme nada y planificar mi salvación eterna.
Mi agendita de los diez u once años tiene a Winnie The Pooh con su famoso tarro de miel en la portada.
Me encanta ver la serie Winnie The Pooh al llegar del colegio y seguir las aventuras de Puerquito el miedoso, Igor el deprimido y Tigger el impulsivo.
Me doy cuenta de que cada personaje es diferente, y mi favorito es Winnie, porque siempre está comiendo.
Cuando papá trae miel de Ahedo del Butrón, el pueblo de Burgos donde pasamos los veranos, me relamo como Winnie.
Luego, hago el examen de conciencia de la noche sentada en mi cama y anoto que «he tenido gula» porque me he comido tres panes con miel para merendar en lugar de los dos que le había prometido a Jesús.
No solo voy a engordar, que no es tan importante (al fin y al cabo, eso sería vanidad), sino que le he fallado a Dios en esa pequeña, tan pequeña mortificación que podría haber hecho a mis diez años para colaborar con la redención.
Las numerarias del club no eran terroríficas, ni mucho menos.
Eran chicas de entre veinte y treinta años, célibes y pizpiretas, que dedicaban sus tardes a hacer planes para nosotras: eran lo que yo aspiraba a ser, eran lo que Dios les había pedido que fueran y, aunque habían entregado su vida a Dios, no se parecían a las monjas, sino que su estilo era más bien como el de María Pombo.
Algunas de ellas no disfrutaban de organizar actividades con niñas, y se les notaba.
Era evidente que aquellas tareas formaban parte de su vocación, un contrato divino, un pacto con Dios a través de los notarios celestiales del Opus.
Algunas numerarias me caían fatal y otras no tanto.
No las odiaba y, si las hubiera odiado, tampoco me habría dado cuenta porque yo no me creía capaz de odiar, esa era una palabra fuerte, de gente mayor y amargada.
Odiar es horrible, es un pecado y Dios es amor, amor, amor.
Cualquier aspecto del club debía estar rodeado de sonrisas y amor.
No se puede odiar el Opus Dei ni a las numerarias que hacen todo por amor.
Las niñas que íbamos al club los viernes por la tarde y los sábados por la mañana enseguida comprendimos que el rol de las numerarias era el de corregirnos, controlarnos y educarnos, así que nuestro rol de niñas era el de escondernos y ser traviesas.
Huíamos de las charlas con el sacerdote, de las catequesis de las numerarias y de las conversaciones a solas a puerta cerrada en una salita.
La numeraria pesada quedó para siempre en nuestra memoria como el arquetipo de numeraria que te perseguía, que te acosaba, que te buscaba en todas las salas de las tres plantas del club hasta dar contigo y agarrarte del codo mientras te preguntaba —entre susurros, con una sonrisa de oreja a oreja— si habías hecho el ofrecimiento de obras por la mañana, si ibas a ir a la convivencia de Semana Santa, si ibas a ir al campamento de verano y si ibas a invitar a alguna amiguita para que conozca el club.
Si cedías, eras buena. Te convertías en material adecuado para entrar en la organización.
Si te rebelabas, eras una oveja negra. Nunca quise ser una oveja negra, porque yo quería ser buena, muy buena, y no podía soportar la tensión de la rebeldía y la maldad. La culpa, esa lombriz en el anzuelo.
Las monitoras en los campamentos de verano se dirigían a las niñas por nombre y apellido.
Pronto me di cuenta de que tener un apellido largo o compuesto te hacía especial.
Algunos de los hermanos mayores de mis amigas de las convivencias conocían a mis hermanos mayores, los hermanos pequeños de las familias numerosas coincidían con los pequeños de las otras familias numerosas, y casi todas las niñas que íbamos al club y a las convivencias teníamos hermanas numerarias y hermanos numerarios, tíos sacerdotes, hermanas numerarias auxiliares y algún familiar agregado, aunque no se hablaba mucho de los agregados porque es un tipo de miembro de la organización que nadie sabía definir.
En esos campamentos me daba cuenta de que, fuera de Miranda, mi familia era de lo más normal, ¡incluso era una familia modélica!
En ese contexto, ser normal consistía en tener seis hermanos, varios ya admitidos en la organización y padres que iban a misa cada día.
Ser normal entre las niñas del Opus Dei era ser rara en el otro mundo y hacía que la gente abriera mucho los ojos y exclamara «¡¿Siete hijos?
!» para proceder a dar su opinión no solicitada.
Recuerdo una conversación incómoda en la que una monitora empezó a preguntarnos a todas las chicas cuántos hermanos teníamos y, cuando una niña dijo que eran solo dos, o quizá hubiera cometido la osadía de ser hija única, la numeraria espetó: «Tus padres deberían ser más generosos», y se hizo un silencio en la mesa.
Intenté que no se me notara, pero suspiré aliviada: era una tranquilidad saber que mis padres sí habían sido generosos y que iríamos al cielo.
Pensé que la Josefa también había cumplido y me alegré por ella, porque me caía bien.
Me hubiera gustado confirmar con la numeraria si la generosidad aplicaba a los gitanos o si era una virtud exclusiva de las familias opusinas, pero el gesto de superioridad de la monitora me desalentó.
Daba un poco de miedo. Intuía que me iba a contestar de manera cortante.
Sería mejor pensar mi propia respuesta o quedarme con la duda rondando, como había hecho tantas veces.
De reojo, vi la reacción de la niña cuya familia acababa de ser desterrada junto al clan de los egoístas de un plumazo.
Me dio un poco de pena su desconcierto, esa cara apesadumbrada del que ha pasado de tener una conversación coloquial a ser objeto de un juicio aplastante.
Su estirpe acababa de ser maldecida, desde sus ancestros hasta su descendencia: hija de padres egoístas, a ver qué haces tú ahora con eso.
Durante el resto de los días de campamento, esa misma numeraria me enseñó a nadar y yo obedecía sus indicaciones con temor a que me dijera que era «perezosa» o «torpe».
No temí por mi vida ni pensé que quisiera ahogarme, por supuesto, pero había algo que me daba casi tanto miedo como enfrentarme al agua: que alguna de aquellas mujeres, en especial las más estrictas, me hicieran sentir mediocre y diferente.
Todo el mundo sabe que para una niña de diez años gorda y con asma que ha pasado varias veces por largos y complicados ingresos hospitalarios, solo hay una cosa peor que la muerte: el ridículo.
Al menos ya sabía que la muerte podría llevarme antes al cielo con santa María Goretti, Montse Grases y otras niñas santas a las que rezaba, pero vivir toda la vida con culpa por no ser suficientemente buena, generosa o hábil, y acarrear el sambenito de «mediocre», era una condena sin beneficio en el mundo Opus.
Los campamentos permiten a los niños conocer los secretos de otros chicos de su edad: cómo duermen, cómo es su pijama, si huelen raro y a qué tienen miedo.
El secreto mejor guardado es que los campamentos permiten conocer a los adultos, más aún cuando estos adultos tienen un poquito de poder sobre las almas de los niños.
Yo vivía aquel teatrito de las numerarias-monitoras-directoras-de-almas como una dinámica normal e inocente, un juego al estilo del gato y el ratón donde las adultas ojeadoras de vocaciones nos observaban, nos juzgaban y nos perseguían, claro que nos perseguían, mientras envolvían la persecución en una familiaridad colectiva, rodeada de amor y sonrisas y donde las niñas como yo (incapaces de resistirnos al dulce, el caramelito de la salvación eterna y la atención de las numerarias), acabamos cayendo como moscas en la miel.
Supongo que, siguiendo la narrativa opusina inculcada en mi cerebro infantil, que no permite odiar ni expresar rabia ni denuncia, debería buscar lo positivo de toda esta experiencia.
Por supuesto, hubo cosas positivas: aquel verano aprendí a nadar. No me ahogué.