La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Zapatos relucientes #2
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Zapatos relucientes #2

Papá se preparaba rápido y era puntual. Siempre llegábamos tarde, según sus estándares, y nos atemorizaba con gritos y castigos para meternos prisa.

Mamá tenía que dejar la comida hecha con antelación, así que acababa acicalándose a última hora.

Los dos habían hecho su correspondiente lectura espiritual y ofrecimiento de obras por la mañana.

La homilía de la misa dominical convalidaba la media hora de oración matutina estipulada para los miembros del Opus Dei.

Antes de salir, papá ponía a prueba por enésima vez la corbata y la camisa con Irene y, tras su aprobación final, corríamos en tropel camino a la parroquia, después de superar las discusiones por las colas en el baño y la pereza que da levantarse un domingo para ir a misa.

La misa era el acontecimiento de la semana que nos permitía la vanidad, un toque de lujo y glamour que rompía con la rutina del día a día.

Después de misa íbamos a tomar el vermú.

La encarnación, muerte y resurrección del hijo de Dios parecía ser la única excusa permitida para comer fuera de casa, hacer un plan diferente todos juntos y gastar dinero en caprichos como unas patatas bravas y una Coca-Cola.

Para mí, ir bien vestida era importante, pero no tanto como para Irene, que empezó a maquillarse antes que yo a pesar de ser dos años menor.

En el fondo, yo estaba convencida de que, además de embucharme unos buenos calamares, lo más importante de la misa era comulgar y recibir a Dios en mi corazón.

Quería ser santa, como me habían enseñado en el club, y renunciar a toda vanidad.

Mamá no es presumida, apenas se maquilla, pero sí le preocupaba que no fuéramos bien vestidas a los eventos religiosos, ya fuera la misa dominical o los centros del Opus Dei.

Mi sudadera negra de imitación de Quiksilver y mi camiseta favorita (con un dragón naranja estampado en el centro) no eran apropiadas.

Esas mismas prendas sí podían servir, en cambio, para ir al mercadillo de los sábados, donde comprabas una cebolleta de veinticinco pesetas en el puesto de los encurtidos, regateabas el precio de los zapatos de polipiel a los vendedores y leías los carteles: «Calzoncillos 2 × 3 €. ¡Jesús ha resucitado!».

En la casa de Miranda teníamos tres habitaciones: una para papá y mamá, otra para los chicos y otra para las chicas.

En la habitación de las chicas estábamos mi hermana Marta, la mayor; Irene, la menor, y yo, que soy la sexta.

En la de los chicos estaban los cuatro, seguidos, pun, pun, pun, pun, uno detrás de otro.

Los cuatro chicos formaban un bloque difuso e informe que se intercalaba cronológicamente entre mi hermana Marta y yo.

Me intrigaba saber qué hacían mis hermanos en su habitación, en el club, con sus amigos, qué vida llevaban y por qué siempre me apartaban con la mano como quien se deshace de una mosca pesada.

Cuando yo me iba a dormir, veía un rayo de luz que se escapaba de su habitación por el marco de la puerta.

No me atrevía a entrar. Me hubieran echado diciendo «lárgate, Marina» o «no vengas a molestar».

Les espiaba, estando atenta a alguna posible bronca de papá.

Algunas noches, durante el fin de semana, se levantaba enfadado a medianoche y yo, desde mi cama, oía que les regañaba con voz atronadora.

«¿Qué horas son estas? Ya está bien con el rol.

Dejad de jugar ahora mismo. Todos a dormir».

Creo que fue mi primo el que regaló un libro de Dungeons & Dragons a mi hermano Álvaro, y Álvaro se lo enseñó a mis hermanos Rubén y Diego, más pequeños que él.

Pregunto a Álvaro y me confirma que sí, que fueron los primos los que introdujeron el rol en la familia.

Después, mis hermanos compraron unos dados que guardaban en un pequeño estuche negro e imprimieron unas fichas y se inventaron unos personajes con determinados poderes, debilidades y una breve historia personal con algunas notas sobre sus dones, trapicheos y trayectoria vital hasta la fecha.

Al principio, como el personaje de Calogero en Una historia del Bronx , yo podía ver cómo jugaban si estaba callada y quieta, como una mosca en la pared.

Me dejaban tirar los dados de vez en cuando por si les traía suerte.

Disfrutaba viendo cómo la fantasía se iba creando ante mí y el relato iba tomando forma, despertándome a un mundo desconocido que se construía con palabras y una tirada de dados.

Aquel universo del rol me recordaba un poco a El Hobbit , pero mucho mejor: es más divertido vivir dentro de una fantasía que leerla.

Las partidas de rol se alargaban durante horas y horas.

Gracias a mi buen comportamiento, silencio y discreción, pude ascender del puesto de tiradora de dados a tener un pequeño personaje en la partida.

Me tocaba ser la hechicera (me encantaba), o la ladrona (no me gustaba tanto, prefería ser buena).

El mío, solía ser un personaje astuto o sabio, pero no fuerte, violento ni con armadura.

Me tocaba representar a una mujer que tenía poderes mágicos por su conexión con la tierra y con la sabiduría, o que destacaba por su agilidad al ser pequeña y tener manos rápidas y dedos largos.

Rubén dirigía la partida, era el Master.

Decidía los ataques, cuántos trolls nos acechaban y, según el puntaje de los dados, la historia tomaba un rumbo u otro guiada por una combinación entre el azar y los designios del Master.

Por aquel entonces, yo no sabía que los juegos de rol eran de frikis, y tampoco conocía la palabra friki.

En aquel momento, el rol era un juego genial, porque lo que tocaban mis hermanos mayores se convertía en lo mejor del mundo y cuando todos hacemos lo mismo, juntos y a la vez, nadie está solo ni es raro.

Cuando mis hermanos ya no vivían en casa y ya no se escapaba la luz por debajo de la puerta, quise instalarme en su habitación.

Deseaba con todas mis fuerzas tener un cuarto para mí sola y no discutir con Irene porque dejaba sus cosas en mi lado del pupitre o porque no me concentraba para estudiar o porque, «¡ya soy mayor!

Pronto cumpliré quince años —la edad de mis sueños cuando tenía doce— y necesito mi espacio».

Por fin lo conseguí, pude vivir un tiempo en aquella habitación acompañada por los objetos que pertenecieron a mis predecesores, abandonados en estanterías y al fondo de los armarios: sus libros y fichas de rol, algunos CD de grupos como Barricada o casetes de AC/DC y pequeños rosarios de dedo.

Con los restos fui reconstruyendo los personajes de mis hermanos con sus dones y debilidades, fortalezas e historias, basándome en lo que dejaron al salir corriendo, como una arqueóloga que limpia los fósiles tratando de encontrar pistas para construir un relato.

Antes de cumplir la mayoría de edad, Raúl llevaba varios años interno en el seminario diocesano preparándose para ser sacerdote y los demás ya habían pedido la admisión como miembros célibes en el Opus Dei, su otra familia.