La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Zapatos relucientes
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Zapatos relucientes

Zapatos relucientes

Los fines de semana, siguiendo un ritual, papá ponía un banquito en la cocina y se sentaba.

Con cuidado, abría la caja donde guardaba el abrillantador, los trapos y la cera.

«¿Tenéis zapatos para limpiar?», gritaba, y uno a uno, los siete íbamos dejándolos a sus pies, en una versión más práctica y con menos magia que en el día de Reyes.

Papá frotaba el calzado con esmero, quitando hasta la última mancha.

Yo le había visto fregar los cacharros de la comida con la misma concentración y secaba los cubiertos hasta sacarles brillo.

Siendo nueve en casa, nunca tuvimos lavavajillas.

¿Para qué? Era muy caro. Además, Dios nos había dado un par de manos con las que trabajar y papá tenía claro que mantener la casa a punto era cuestión de repartir encargos, con orden y disciplina.

Acompañado por Federico Jiménez Losantos y otros presentadores de la Cope, que supervisaban y bendecían todas sus labores, papá cumplía con pequeñas tareas domésticas como barrer y hacer la compra: dos packs de seis cajas de leche por semana, una montaña de paquetes de galletas, media decena de envases de embutido en lonchas.

También se responsabilizaba de que nosotros, como él, ayudáramos a mamá en casa.

No podías estar de brazos cruzados, no podías estar sin hacer nada, sobre todo si eras mujer.

Te caía una bronca, en el mejor de los casos, o una colleja.

«Marina, ¿qué haces tirada en el sofá como un chicazo?

Levántate para ayudar a tu madre». Cuando vives en una casa con nueve personas, siempre hay quehaceres.

Mamá cocinaba, planchaba, ponía lavadoras y cuidaba de nosotros mientras papá estaba en el trabajo.

Cuando llegaba de la oficina o era fin de semana, papá, por lo menos, hacía recados.

Los lunes por la noche, papá y mamá nos dejaban ver la Gala de Operación Triunfo , antes de irnos a dormir. Yo rezaba para que ganara Alejandro Parreño, mi favorito. No he cambiado tanto desde los doce años: sigo apostando por el caballo perdedor y rescatando a los olvidados.

La vida familiar que recuerdo es muy diferente a la de los hombres célibes del Opus Dei, como mi hermano Rubén, por ejemplo, que vive en una casa de numerarios donde no limpia, ni cocina, ni hace la compra, ni recoge la mesa, ni pone la lavadora, ni barre, ni friega, ni siquiera pasa una gamuza por encima de la mesa después de comer, ni tiene que calcular cuánto dinero le queda para fin de mes y si esa semana comerá arroz o puede permitirse un filete de ternera.

Mi hermano, siendo hombre y del Opus Dei como mi padre, pertenece a otra clase, una clase diferente dentro de la organización, llena de empollones vírgenes entregados a Dios, chicos responsables y orgullosos de sí mismos, con doctorados y pelo engominado, que tienen a sus espaldas un ejército de mujeres que hacen todas estas tareas por ellos.

Argumentan que son una familia; una familia en la que los hombres adultos, hechos y derechos, no limpian ni hacen la compra ni preparan el café del desayuno.

Tampoco hacen zapping un martes por la noche para ver qué echan en la tele.

Aunque mi hermano se sintiera culpable por no hacer estas tareas, aunque quisiera pasar la mopa o quedarse hasta las tantas viendo una película de serie B a medio empezar, los directores no se lo permitirían.

Al menos, tendría que pedir permiso. En esta organización rige el orden y la disciplina.

Papá colabora en casa, mejor o peor, como tantos otros padres.

Los centros del Opus Dei son otra cosa. Los hombres que mandan en el grupo no deben hacer ninguna labor doméstica, siguiendo una norma interna de la organización.

Por lo general, son mujeres del Opus Dei las que limpian para los numerarios.

Sin embargo, en aquellos centros y casas donde no hay mujeres de la institución disponibles, contratan a externas para que lo hagan.

La norma de no limpiar aplica a ciertas mujeres de la organización, pero para los varones es tan estricta, que prefieren pagar a una mujer, incluso aunque no pertenezca a su familia divina, antes que fregar un plato.

Los hombres tampoco tienen permitido hablar con las mujeres que limpian para ellos ni pueden entrar en la cocina a cualquier hora y comerse un yogur sin el consentimiento del director.

Cuando papá me devolvía los zapatos, siempre decía orgulloso: «están impolutos».

Le encantan las palabras largas y rimbombantes, más aún si son palabras de pueblo que designan objetos que ya no existen y acciones que no entendemos.

Nos regaña diciendo: «no dejes el bote abierto, que se esvarcia » y pronuncia la palabra «taxi» con un sonido exacto «k·s», como en un esfuerzo constante por ser tan correcto y adecuado a las normas, que resulta excesivo. Él diría «ek·scesivo».

Aunque los zapatos fueran viejos, heredados o comprados en el mercadillo, papá los lustraba y los dejaba como nuevos.

Al vestirse, papá entraba en el salón y nos preguntaba a mi hermana y a mí: «¿Qué corbata va mejor con esta camisa?

». Yo me encogía de hombros porque no veía la diferencia entre una y otra, pero mi hermana Irene, la pequeña, contestaba de inmediato.

Irene siempre tenía una opinión contundente sobre la ropa, que no admitía discusión pero que tampoco estaba muy razonada: «esa corbata no pega».

Era pura intuición, talento y gusto con un toque de desagrado y negatividad.

Si le preguntabas por qué no quedaba bien, se encogía de hombros y te miraba con desprecio «¿no ves que no pega ni con cola ?

», como diciendo «¡hay que estar ciega para no verlo!

». Pues no, no lo veía, pero papá ya tenía su respuesta, la solución que buscaba, y sonreía agradecido.

Nunca he sabido qué combina con qué. Se suponía que, como mujer, debería encantarme la moda, tener un gusto refinado y una sensibilidad especial para estos temas, pero no es el caso.

Lo que sí tenía clarísimo es que venir de familia pobre no implica salir a la calle hecho un cuadro.

Éramos nueve en casa, no teníamos mucho dinero, pero no éramos unos zarrapastrosos.

De un vistazo, evaluábamos y regulábamos cómo nos vestíamos.

«¿Adónde vas con esas pintas?», o «¿Tengo que llevar camisa para los oficios de Semana Santa?

». Dentro de casa podíamos llevar camisetas con anuncios de propaganda, pantalones con algún que otro agujero o los típicos jerséis con pelotillas, como la familia residente en una vivienda de protección oficial que éramos, pero había que arreglarse para el mundo exterior.

Eso sí. Uno tenía que ir bien a la calle.

Para eso, lo mejor era echar mano de la «ropa de bolsa».

La ropa de bolsa llegaba de vez en cuando, sin una periodicidad específica, porque dependía de la buena voluntad de las amigas de mi madre.

Un día, igual que Mary Poppins se presentaba ante la puerta de los Banks para mejorar su vida, subía a casa una señora-amiga-de-mamá acarreando un par de bolsas grandes, de rafia, con estampado de cuadros y una larga cremallera.

A veces, incluso traía un carro de la compra lleno hasta los topes.

Mamá le daba las gracias con educación, charlaban un buen rato, y luego se despedía de ella con la misma celeridad que don Pantuflo, doña Jaimita y los hijos Zipi y Zape Zapatilla se despedían de los Plómez en los cómics de mi infancia.

Mamá cerraba la puerta con un golpe suave y entonces lanzaba el grito de guerra: «¡Hay bolsa!

». Salíamos raudos de las habitaciones como ratoncitos de su ratonera dispuestos a devorar el queso.

El botín se abría en medio del salón y sacábamos toda la ropa, prenda por prenda, en una imitación barata y aspiracional de la escena del probador de Pretty Woman .

Tener ropa de bolsa era como ir de compras, pero sin gastar dinero.

Después de haber seleccionado nuestras galas, devolvíamos los descartes a la bolsa original y añadíamos la ropa que ya no nos servía de nuestro propio armario. Economía circular.

Papá cargaba la nueva bolsa llena de nuestras prendas desechadas en el maletero de la Nissan Vanette roja y se apostaba en el asiento del conductor, encendía la radio para seguir escuchando a Jiménez Losantos y conducía hasta Miranda de Ebro.

Yo le acompañé algunas veces. Iba hasta la zona de las torres, donde solían poner las barracas durante las fiestas y el mercadillo los sábados.

Se acercaba a uno de los portales de ladrillo verde y llamaba al timbre.

Subíamos en ascensor y, con la misma sonrisa que la señora-amiga-de-mamá nos había dado las bolsas, ahora él daba las bolsas a la Josefa, una gitana enorme que, con una sonrisa de oreja a oreja, las aceptaba gustosa.

Seguro que las ponía en el centro del salón de su casa para sus siete hijos.

Mi familia era como la de la Josefa, pero no igual.

En aquel momento no hubiera sido capaz de resolver el acertijo de los pasatiempos que tanto le gustan a mamá: «Descubra las siete diferencias».

Solo podría decir que la Josefa no llevaba zapatos relucientes como los nuestros.

Sospecho que muchas veces salía de casa con las zapatillas de cuadros, como había visto hacer a otras señoras en Miranda cuando iban a comprar al mercado de abastos o a recoger a sus hijos al colegio público donde estudiaban. Y mi familia nunca haría algo así.