La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Entre bambalinas
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La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei

La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei

Por Marina Pereda

© inepub.com

Entre bambalinas

[Interior. Salón de casa, en Barcelona. Día. Marina, en pijama, se recoge el pelo en un moño. Respira. Abre el ordenador y comienza a escribir].

Es un domingo de diciembre, por la mañana.

Hace frío y el sol brilla. Termino de repasar el texto de mi próxima obra.

He dado forma a un alter ego tan real como yo misma y tan ficticio como pueden serlo un puñado de recuerdos.

Me pregunto si, al terminar este libro, el lector tendrá las herramientas para ser capaz de reconocer a un actor inconsciente de su actuación o si escribir estas líneas no se interpretará como una performance .

«Basado en hechos reales» es una fórmula común en las películas, poniendo la verdad en el centro de la historia, pero cuando la identidad de una persona está moldeada para adecuarse al rol designado por una autoridad, como fue mi caso, puede que uno no sea consciente de qué es propio y qué es inoculado, qué es real y qué está alterado. Varios yoes conviven y se superponen.

Como le sucede al espectador de teatro, el lector quizá no sepa identificar qué es actuación y qué es auténtico, si el personaje se comporta así porque tiene el perverso propósito de ocultar la verdad, si está protegiendo sus intereses o si es que ha aprendido a sobrevivir de esa manera.

Hay actitudes y gestos que quizá chirrían desde fuera, pero, observar a una persona consumida por su personaje nos adentra en un valle inquietante de extrañeza e irrealidad.

Sacar a la luz todos mis yoes en estas páginas me ha obligado a hacerme preguntas acerca de mi pasado y mi presente.

¿Era libre, autónoma e independiente? ¿Lo soy ahora?

«Hay que entrar en el personaje», dicen los actores, cada uno siguiendo su método.

El director de mi obra durante muchos años, el Opus Dei, tiene un mensaje que parece sencillo y claro.

En apariencia, no resulta un papel difícil de interpretar: santidad en la vida cotidiana.

Pero esa idea puede convertirse en una máscara asfixiante tras la que los miembros abandonan su individualidad y acaban performando una vida normal y corriente donde comen, trabajan y rezan predicando una fe doméstica en circunstancias muy poco habituales, que rayan el absurdo.

Mirando mi historia y la de tantas personas que he conocido a lo largo de estas décadas, me pregunto en qué momento el personaje se come a la persona, corroyéndola desde dentro, hasta dejarla vacía.

En esta obra he sido y aún soy cada uno de sus personajes: protagonista, secundaria y antagonista, amiga y enemiga.

Como tantos otros, llevé mi actuación hasta el final, fui fiel.

Luché por mi santidad, el Oscar de los católicos.

Hice todo lo que había que hacer, de la mejor manera que fui capaz.

Seguí las indicaciones estipuladas y arrastré mi corazón y mi fe hasta el límite, eso lo tengo claro.

No puedo adivinar lo que pasa por la cabeza de los miles de personas que siguen vinculadas a la organización ni puedo saber qué sienten los líderes y sus departamentos de comunicación institucional cuando la institución recibe denuncias públicas.

Muchas veces, los que hemos pasado por ahí solo podemos mascullar «seguí mi camino hasta que ya no pude más», y no queremos continuar con el tema ni dar explicaciones.

Los exmiembros del Opus Dei seguimos adelante, con más o menos heridas, con el relato que nos hace sentirnos felices y libres.

Salimos de ahí y construimos un nuevo sentido, cada uno el suyo.

Y, aunque hable ahora en plural, no espero que mi vivencia represente a nadie más que a mí misma, porque es ahí hasta donde alcanza mi voz. Esta es mi obra.

Dejar el papel por unos segundos y quitarse la máscara, aunque sea para hacer una mínima crítica, no es tan fácil como puede parecer desde fuera.

Tomar conciencia de tu propio drama y estar abierta a la posibilidad de la mentira y el autoengaño puede llevar décadas, e incluso acompañarte toda la vida.

Muchos serían capaces de morir y matar por sus ideas, antes que admitir la posibilidad de haber caído en un error o en una estafa.

Pasa en las mejores familias. Por eso, no pretendo desentrañar las intenciones ajenas ni señalar a personas concretas.

Tampoco considero que mi verdad sea incuestionable.

Hablo en primera persona, desde la claridad que tengo hoy y sabiendo que, lo que un día consideré inamovible, de hecho, se ha movido.

Escribir siempre ha sido para mí una tabla de salvación.

Llevo haciéndolo mucho tiempo, desde mi infancia, y quizá las palabras me han ayudado a construir un mundo posible, igual que un investigador busca los indicios y reconstruye los hechos abriéndose a múltiples interpretaciones hasta determinar cuál es la más probable.

Intento recuperar y dar forma a la voz real que se esconde detrás de la actuación: doy coherencia a unos actos que puedo confirmar que sucedieron y que yo misma ejecuté.

Quizá esta obra que tienes en las manos se convierte en un monólogo.

[Marina se quita la máscara y guiña un ojo al público].

Como suele pasar en los monólogos tragicómicos, la verdad se asoma detrás del humor; los recuerdos aparecen distorsionados y fragmentados y la fiabilidad del narrador se pone en entredicho, pero, al final —algunos más, otros menos— el público sonríe si el monologuista es bueno.

La ironía nos permite dar la vuelta al tapiz, la paradoja muestra las contradicciones entre el actor y el personaje, entre la voz impostada y la real, y nos conocemos un poco más a nosotros mismos.

Uno sale del espectáculo sintiendo que el cómico puso palabras a lo que otros no se atrevían —o no sabían, o no querían— decir en voz alta.

La broma, en mi caso, se ha transformado en el único espacio de libertad, denuncia y aire puro que me queda.

La carcajada irreverente y la sonrisa triste de los bufones es mi bombona de oxígeno, a la que me aferro para seguir adelante.

Algunos experimentados esgrimistas blanden la espada del «soy feliz, respétame» para desarmar a cualquier voz crítica, y yo les invito a que tomen asiento en esta representación, que dejen sus defensas a un lado y puedan leer con calma mis palabras antes de restregarme su felicidad y su libertad sin fisuras.

Me gustaría que, sentados en las butacas de este escenario que es el mundo, podamos reírnos de las mismas situaciones reconociendo nuestra humanidad, nuestros fallos y vulnerabilidades.

Espero que, en lugar de adjudicarme la maldad, infelicidad y amargura que suelen achacar a las mujeres agnósticas, enfadadas y sin hijos, puedan otorgarme el beneficio de la duda.

Ojalá me presupongan una bondad equiparable a la que concederían a un miembro célibe del Opus Dei, por ejemplo.

Ni más ni menos. El mismo beneficio que yo doy con gusto a quienes siguen encima del escenario, personas a las que considero listas y responsables, que defienden su papel en la obra de la que yo renegué.

Si no creyera en la libertad, no me prestaría al debate.

Si no confiara en el poder de las palabras, habría perdido la esperanza.

De ser así, jamás me hubiera sentado ante la página en blanco y no sería capaz de mostrar mi cara, mis ojos, mi voz y mi cuerpo.

Me considero afortunada porque aún puedo reconocerme en otros, cuando observo con distancia y prudencia su pantomima silenciosa.

A veces, incluso, rompo el embrujo de la ficción con una risotada o una lágrima.

Que nadie se ofenda, por favor, solo soy un mimo. Solo cuento una historia.

[Captatio benevolentiae. Marina enseña sus cartas].

Mi papel dentro del grupo estaba claro: fui una soldado raso durante los diez años de mi pertenencia al Opus Dei.

Yo era una mindundi, un peón, para entendernos.

Pero era una mindundi muy comprometida y, como he visto hacer siempre a los miembros y simpatizantes del Opus Dei, jamás utilicé el apelativo «Opus» para referirme a ello porque, en el marco del lenguaje de la organización, este se considera un término despectivo y propio de un «rebotado» ( hater) .

Decir «fui del Opus» levanta todas las alarmas: por la connotación negativa y por el verbo en pasado.

Siempre usé una acepción más cariñosa y familiar, que se recomienda utilizar a las personas externas a la organización para no caer en la ofensa: la Obra .

«Soy de la Obra». Eso sí es políticamente correcto y adecuado a oídos del opusdeísta.

Entre los miembros, se dice «soy de Casa», expresión que dejaría desconcertada a una persona del mundo exterior.

Cada palabra importa y nada se deja al azar.

La norma no escrita sobre cómo debe denominarse al grupo en público y en privado, la praxis aceptada e inculcada entre los miembros y sus amigos, que separa a los buenos de los malos y establece jerarquías de vínculos afectivos con una cuidada y específica jerga propia ( Opus , Obra, Casa ), no ha cambiado hoy en día, como tantos otros usos y costumbres de la organización.

Hay personas a las que aún les tiembla el labio superior con culpa, dolor y miedo cuando dicen «Opus», a secas, como si estuvieran profiriendo un insulto o una blasfemia y, a otros, les sangran los oídos y les inunda la ira y la tristeza cuando lo oyen.

Saquemos el bisturí. Diseccionemos el lenguaje por unos segundos.

«Opus» y «obra» son exactamente lo mismo: la segunda es la traducción literal del latín al castellano.

El significado es el mismo, sí, pero donde unos ven odio, otros ven amor.

Una simple palabra hace que donde unos se ríen, otros lloren y donde unos suspiran con alivio, otros se indignen.

Para mí, ambas palabras son intercambiables, aunque conozco de sobra las connotaciones y los matices.

He utilizado «Obra», sobre todo porque considero que el Opus Dei es como una tramoya colocada entre las bambalinas del gran teatro del mundo.

Una estructura con grandes actores que ejecutan su rol y que tiene unos directores sin rostro que han perfeccionado su técnica con la experiencia de los años.

Obra, Opus, Casa… son sinónimos. La realidad es la misma.

Bienvenidos sean, conocidos y desconocidos, a La Obra .

[Marina hace mutis por el foro. Se abre el telón].